Educación gratuita
Junio 30, 2017

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Manuel Agosin, Decano Facultad de Economía y Negocios, UCH, 30 de junio de 2017

AHORA QUE la Presidenta ha anunciado que los estudiantes provenientes del 60% de hogares más pobres tendrá gratuidad en la educación superior a partir del próximo año, me parece curioso que los estudiantes y algunos políticos de izquierda sigan insistiendo estridentemente en que dicha gratuidad debe cubrir a todos los restantes, o sea beneficiar hasta a los estudiantes provenientes de los hogares más ricos. ¿No habrá algo más en esta insistencia en la gratuidad universal que simplemente abogar por los derechos de los estudiantes talentosos, pero pobres? A mi me parece que sí, y que lo que está detrás de la demanda de gratuidad universal no es otra cosa que la eliminación radical del demonizado “subsidio a la demanda” (léase, becas para los que las necesitan). Si la universidad es completamente gratuita, no hay más subsidio (becas) para nadie.

Esta propuesta es intransable, porque proviene de un concepto de la sociedad donde los bienes y servicios importantes – ¿y qué más importante que la educación superior? – deben ser gratuitos para todos los ciudadanos. Una posición que no repara en costos y beneficios, sino en principios absolutos. Empero, es altamente posible que la gratuidad universal podría tener daños colaterales sobre la equidad, que supuestamente es algo que sus proponentes valoran.

No se repara en que la gratuidad en la educación superior para los ricos es altamente regresiva. La diversa calidad de la educación anterior a la universitaria es una poderosa herramienta para la transmisión intergeneracional de la pobreza y la desigualdad. Los ricos pueden enviar a sus hijos a colegios particulares y así colocarlos en mejores condiciones para ingresar a universidades selectivas, mientras los pobres deben contentarse con mala educación escolar (y escasa preescolar). Todos los estudios que conozco nos dicen que los efectos más importantes de la educación sobre las capacidades futuras de las personas se dan en los niveles escolar y preescolar. El énfasis en la gratuidad en la educación superior le resta recursos al Estado para mejorar la calidad de la educación para los pobres antes de llegar a la universidad y, además, se les entrega a los ricos un subsidio que ni siquiera han pedido.

Para mejorar la educación en pos de una mayor equidad en nuestra sociedad, el pragmatismo aconseja trabajar en dos frentes. El primero, es mejorar el acceso a buena educación escolar y preescolar para los más pobres. Hay poco en las reformas educacionales que se están implementando para mejorar sustantivamente la pésima educación que el país ofrece a los niños pobres. El segundo, es reinterpretar el derecho social a la educación como la noción que nadie que pueda llegar a la universidad se quede sin ella por razones económicas.

Si lo hacemos, no será difícil consensuar, con buena voluntad y con pragmatismo, soluciones efectivas, bien evaluadas y que tengan como resultado que todo el sistema educativo sea el poderoso trampolín al desarrollo con equidad que tanto anhelamos.

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