
Notas para una conversación en curso sobre el futuro del socialismo. Continúan en la línea de anteriores intervenciones:
El derrumbe ideológico de las izquierdas: ¿qué sigue ahora?, aquí
La izquierda de las belles lettres, aquí
Las izquierdas reformistas en el interregno: tres rupturas para ir al fondo,aquí
Progresismo: ¿qué nos une y qué nos separa?, aquí
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El terreno de lucha
Durante cien años, la izquierda creyó que su misión era derrocar por completo el capitalismo, reemplazándolo de una sola vez por un nuevo orden planificado desde el centro, controlado por el Estado y liberado de la anarquía del mercado. Este sueño, en sus versiones más firmes, no condujo a la emancipación sino a su opuesto: economías burocratizadas, sociedades vigiladas y libertades suprimidas en nombre de una libertad futura. En los lugares donde la revolución tuvo éxito y se consolidó, lo hizo —con la mayor astucia de la historia— integrándose al capitalismo global y perfeccionando formas igualmente autoritarias de control social. En cambio, donde no quiso o no pudo integrarse, quedó en ruinas, irreconocibles para quienes alguna vez esperaron que allí prosperara el socialismo del siglo XXI: Cuba, Venezuela y Nicaragua.
Esa perspectiva no se supera con un enfrentamiento prolongado ni con una autopsia interminable. Se supera con convicción: la lucha no es contra el capitalismo, sino dentro de él. No porque nos guste el capitalismo —no se trata de preferencias—, sino porque es el escenario: el único terreno real en el que actuaremos en este siglo. Reconocer esto no implica rendirse al enemigo; significa dejar de luchar contra un “fantasma” para enfocarnos en qué y cómo se debe cambiar, “en la medida de lo posible”.
Es importante recordar que luchar dentro del capitalismo no representa una rendición ni es algo nuevo: las socialdemocracias del siglo XX lograron con éxito conquistar derechos sociales, seguridad y bienestar colectivo, ahora amenazados por la ola de derecha dura que recorre Occidente. Sin embargo, esas experiencias parecen agotadas; aunque merecen ser recuperadas, no podrán repetirse.
Lo que ha cambiado es el propio terreno. La transición de la sociedad industrial a la digital acelera las innovaciones y concentra, como nunca antes, el control sobre los datos, la información, el conocimiento y la atención de las personas en la frontera de la inteligencia humana. Reconocer un impulso “socialdemócrata” requiere, por tanto, reconsiderarlo en un contexto que sus fundadores no conocieron.
El desafío actual
El desafío actual es diferente. “Dentro del capitalismo” implica comenzar a concebir algo distinto de simplemente administrar un sueño o un ideal heredado. Para ello, es útil recordar una idea clásica de Max Weber, hoy de nuevo relevante.
La sociedad moderna no funciona como un bloque homogéneo, sino como un conjunto de esferas de valor distintas, como la economía, la política y la cultura, cada una con su propia legalidad, lógica y dignidad. Weber ilustró esto con una imagen potente: la modernidad es un politeísmo de valores, una lucha entre dioses sin un dios único que pueda reconciliarlos. La condición de una sociedad libre no es que una esfera prevalezca sobre las demás, sino que ninguna las domine por completo. El cambio clave es que el enfoque de la política pasa de ser una disputa entre “más Estado” o “más mercado” a centrarse en la pluralidad de las esferas frente a su posible colonización por una sola lógica. El “socialismo” del siglo XXI —si aún empleamos ese término— no es la victoria de la economía planificada ni del Estado total, sino la defensa de esta pluralidad. En resumen, existen tres esferas y, con ellas, tres cambios respecto a la izquierda en la que nos formamos.
1. La economía: un medio, no un fin
La economía se centra en el cálculo, la eficiencia y el rendimiento; por naturaleza, es expansiva e imperialista y tiende a invadir todos los ámbitos. Intenta poner precio incluso a lo que no se vende, medir con su propia vara lo que tiene otra medida, y transformar cada gesto humano en datos y cada dato en mercancía. La tarea principal es limitar su alcance: devolver a la economía su función de medio, no de fin. Algunos bienes —como la salud, la educación, el cuidado y el agua— no deben regirse únicamente por la lógica del mercado, ya que son bienes públicos esenciales. Por ello, el Estado debe garantizar y financiar estos bienes, reconociendo que también tienen dimensiones contributivas y beneficios privados. No se trata de expulsar al mercado, sino de evitar que su lógica sea la única que determine su valor.
Acotar la economía capitalista no implica desentenderse de ella. Sin crecimiento, no hay redistribución, servicios, política ambiental, empleo ni autonomía frente a los poderosos. Una izquierda que solo denuncia la riqueza, sin saber crearla, terminará gestionando la escasez y fomentando el resentimiento. Por eso, sostengo dos principios simultáneamente, consciente de la tensión que esto genera: es necesario producir y crecer con energía, pero también poner límites a la tendencia economizante con la misma determinación.
2. El Estado: una esfera política, no un aparato totalizante
Aquí me dirijo principalmente a nuestra historia y a la tentación más antigua de la izquierda. Durante un siglo, la izquierda estuvo fascinada con el Estado, viéndolo como el medio para lograr toda redención, la herramienta capaz de coordinar todo desde arriba, y un aparato que —en nuestras manos— podría transformar la sociedad. Sin embargo, olvidó que el Estado también es una esfera que puede expandirse, sofocarnos y colonizarnos: que su burocracia tiene su propio imperialismo, y que el aparato que promete protegernos puede terminar administrándonos, controlándonos y vigilándonos. Además, es intrínsecamente contradictorio, limitado, y lleno de ineficiencias: un campo de poderes en conflicto, y no la encarnación de una voluntad unificada.
El Estado que necesitamos no es un Leviatán que absorba a la sociedad, sino su mejor versión: una esfera política democrática. Es decir, un espacio de deliberación, participación y representación, donde una comunidad decide en conjunto sobre lo que es común. Un Estado capaz —que invierte, orienta, administra y protege frente a la dominación del más fuerte, ya sea el mercado, el patrón, el crimen o el patriarca—, pero sin confundir protección con tutela ni servir con administrar a los mandantes. En una democracia renovada, la seguridad, el orden y la autoridad legítima no son enemigas de las libertades: las son su condición, siempre que estén dirigidas por el derecho. Renunciar a su vigencia es ceder su control a quienes hoy prometen orden a cambio de menos libertad. Reconquistarlos, sin seguir una deriva autoritaria, es una tarea de una izquierda que desea volver a gobernar, no solo protestar.
3. La cultura: las formas de vida
He llegado a la tercera esfera, que considero el núcleo del argumento. La cultura no es simplemente una superestructura ni un mero adorno del espíritu; es el ámbito donde se forman nuestras formas de vida, sentidos y vínculos simbólicos que nos constituyen. Es el espacio donde se define qué tipo de personas somos y qué mundo aspiramos a construir. Es en esta esfera, y no en las fuerzas productivas ni en los medios de producción, donde se decide lo que alguna vez llamamos emancipación.
Porque la libertad que realmente importa no se limita a la del individuo que decide solo en el mercado; no es solo la “libertad de elegir” entre objetos de consumo. Es lo que podemos llamar una libertad social: aquella que se manifiesta en relaciones de cooperación, reconocimiento y solidaridad; que no contrasta con el individuo, sino que lo complementa; y que, además, requiere capacidades efectivas para ejercerla, como enseñó hace años Amartya Sen.
Reconocer la cultura como un ámbito autónomo implica defender la diversidad de valores frente a su reducción a una única medida de rendimiento e impacto. Significa preservar los espacios donde se pueda reflexionar sin necesidad de autorización, crear sin tener que justificar la utilidad, y creer sin estar obligado a rendir cuentas ante un tribunal de la eficiencia.
En resumen, en el siglo XXI, la resistencia y la emancipación ya no consisten en asaltar un palacio de invierno, sino en evitar que toda la vida quede sometida a una única lógica, ya sea la del mercado o la del Estado.
Una tecnología disruptiva
Las tres esferas fundamentales de la sociedad no existen en un vacío. Actualmente, todas ellas están atravesadas por una misma corriente: la transición de la sociedad industrial —pensada por Adam Smith y Marx— hacia la sociedad digital, cuya vorágine apenas comenzamos a experimentar. En el centro de este proceso se encuentra una tecnología disruptiva, la inteligencia artificial, un fenómeno en extremo ambiguo. Es, en realidad, la tensión más significativa de nuestro tiempo. Como Jano, presenta dos rostros y observa en direcciones opuestas en cada una de las tres esferas.
En la economía, la misma inteligencia que promete abundancia, mayor productividad y la liberación del trabajo arduo también puede conducir a una concentración de poder sin precedentes, capturando cada uno de nuestros gestos — convertidos en datos explotados por otros — y dejando sin empleo a quienes no la operan. En la política, la misma herramienta que potencialmente enriquece la deliberación y amplía las capacidades públicas también puede perfeccionar el control, manipular opiniones mediante algoritmos y actualizar el Leviatán hasta hacerlo invisible. Y en la cultura, la máquina que aumenta el acceso, la creación y el encuentro puede, a su vez, homogeneizar el gusto, reemplazar el juicio por los datos y colonizar nuestra propia vida cognitiva, afectando la forma en que pensamos, recordamos, decidimos y nos imaginamos a nosotros mismos.
La inteligencia artificial no es, como se suele decir, ni el fin del mundo ni una utopía. Es una forma de destrucción creativa de Schumpeter en su máxima expresión y a una velocidad sin precedentes: crea nuevos mundos mientras destruye otros. Lo crucial es que su rumbo no está determinado por la máquina en sí, sino por nuestras decisiones. La misma tecnología puede promover la libertad o aumentar la servidumbre, dependiendo del ámbito que la controle y los objetivos que persiga. Por eso, la verdadera pregunta del siglo no es si tendremos inteligencia artificial —que ya es seguro—, sino quién la controlará, para qué y bajo qué autoridad. Esta es una cuestión política fundamental para los próximos años, y la izquierda que no la adopte quedará, una vez más, rezagada en la historia.
Un nuevo principio esperanza
Hace más de medio siglo, Ernst Bloch denominó principio esperanza a esa dimensión humana que se orienta hacia lo todavía-no: lo que aún no existe pero tiene potencial de ser. No se trataba de un optimismo superficial ni de una predicción; era la creencia de que el presente está lleno de posibilidades que dependen de nosotros para hacerse realidad.
Creo que eso es lo que la izquierda necesita reaprender. No se trata de la esperanza en un más allá del capitalismo, como prometió y luego sepultó el siglo XX, ni de resignarse ante un presente sin alternativas. Es una esperanza concreta, real y verificable: que dentro de este capitalismo y en medio de la transición digital, aún es necesario —y posible— limitar la economía sin dejar de producir; democratizar el Estado sin externalizarlo a las tecnoburocracias; y enriquecer las formas de vida sin que el mercado o los algoritmos las absorban. Es una esperanza sin revolución ni nostalgia, que probablemente sea la más difícil, porque no delega la tarea en nadie: ni en partidos, ni en gobiernos, ni en los profetas del populismo o la inteligencia artificial.
A veces pienso que mis nietos más pequeños, con suerte, llegarán a ver el siglo XXII. No podemos prometerles un mundo sin capitalismo, pero sí podemos luchar desde dentro de él por un mundo donde la economía sea un medio, no el fin; donde el Estado sea un espacio abierto a todos y no controlado por unos pocos; y donde la cultura siga siendo —a pesar de todo— un espacio plural, libre y reflexivo. Si la palabra “socialismo” aún tiene significado, eso es lo que representa. Puede que sea necesario abandonar esa palabra para rescatar su verdadero sentido, que al final, es lo que realmente importa.
Santiago de Chile, 25 de junio de 2026
No puedo estar más de acuerdo! Parace más relevante que nunca aquello de que la esperanza es lo último que se pierde. También lo plantea Byung-Chul Han en “3l espíritu de la esperanza “.
Muchas gracias!
Cordial saludo!
JJ Brunner
Un buen sentido de lo es posible abrir espacios en esa compleja trama humana de individuo y ser social. La individuación ha ido como contraca de la vida social. Esa ecuación solo puede romperla la cultura y la creación desde un pensamiento humanista y libertario. Debemos de bregar más libertades y más solidaridad. El Estado de hoy ha repuesto su rol dominador y displicente con la democracia.
Un Estado derechos y garantías debe ser un ideario colectivo e individual.
Estoy muy de acuerdo, Alvaro.
Saludo cordial,
JJ B
Pero cuando son gobierno son los más entreguistas y funcionarios del gran capital saqueador y abusivo, que sus declaraciones de guenismo solo se quedan en promesas y excusas. China está demostrando que planificación centralizada de la economía es el camino para un real desarrollo y que la “democracia liberal o representativa” solo fue una linda teoria o una promesa que nunca pudo realizar sus principios en ningún país porque fue hecha para someter y expoliar y no liberar.
En fin, cada cual tiene el derecho de expresarse ..,
JJ Brunner
Muchas gracias por su siempre lúcido análisis.
Cordial saludo,
JJB
Extraordinario texto, José Joaquín. Tus planteamientos en los tres ejes que propones debiesen servir de brújula para la reflexión que se está iniciando en la izquierda chilena. Sacudirse de nostalgias y ataduras meramente semánticas debe ser una condición sine qua non para la construcción de un proyecto progresista acorde a nuestros tiempos.
Agradecido y un saludo cordial,
JJ Brunner
He hecho circular tu reflexion entre tantos amigos chilenos y latinos, asi como italianos. Recojo como resultado un gran aprecio por la vision de futuro que presentas y por el coraje y determinacion con que lo has hecho. Comparto plenamente cuanto has dicho
Un muy afectuoso saludo, Javier y gracias por el comentario.
José Joaquín B
Muy buen análisis desde todas las esferas del poder real y simbólico. Hace tiempo que no veía un texto tan nutritivo. Gracias.
Bienvenida Vanessa y gracias por la lectura.
JJ Brunner