La izquierda de las belles lettres
Enero 29, 2026

Sin duda, ellos son un segmento decisivo de la elaboración y la difusión de respuestas frente a las interrogantes planteadas; un grupo cuya función es, precisamente, la elaboración de ideologías y su comunicación en todos los ámbitos de la sociedad civil y la política (círculos de ideas, academia, medios de comunicación, partidos, artes y letras, redes sociales, centros de investigación en ciencias sociales y humanidades, think tanks y organismos de la cultura).

Desde ya en el último tiempo han ido apareciendo una serie de contribuciones a estos debates de las izquierdas desde el Socialismo Democrático(Basaure, Joignant, Rivera, Manifiesto), el Frente Amplio (Jackson, Titelman), el Partido Comunista(Carmona, X Pleno del Comité Central, Resolucionesdel X Pleno) y desde el núcleo de los intelectuales de izquierda más allá de la izquierda institucional (literalmente, ultraizquierda) (Karmy, Salazar , Castillo et al., en Palinodia Libros), por nombrar sólo algunos; lo mismo que desde el lado de instancias latinoamericanas (Futuro Comunista; Declaración de Partidos Progresistas).

La presente columna examina un ángulo de estos debates, concentrándose en una fracción intelectual de ultraizquierda —aquí denominada «izquierda de las belles lettres«—, caracterizada por una producción textual estilizada y teóricamente esotérica, aunque de escasa incidencia en la práctica política. Este ángulo del campo intelectual privilegia la deconstrucción discursiva y la elaboración literaria por encima de la acción institucional. Opera en circuitos intelectuales cerrados, con sus propios códigos de inclusión/exclusión, donde los escritos parecen agotarse en el goce (a veces polémico) de sí mismos, antes que comprometerse con la transformación de la realidad social y del sentido común.

Son “planta aérea”, como escribió Sartre de sí mismo, justo antes de optar por radicarse en la tierra. «He entendido que la libertad (…) presupone una profunda radicación en el mundo. Pero esto es más fácil de decir que de hacer cuando uno tiene treinta y cuatro años, cuando estás desconectado de todo y eres una planta aérea. Todo lo que puedo hacer en el presente instante es criticar esta libertad en el aire, que me he proporcionado persistentemente, y atenerme con firmeza al principio de que es necesario estar radicado (…). Hay que ser de barro y yo soy de aire», según lo cita Rüdiger Safranski en un capítulo que le dedica (2022). Desde ese momento, dice una comentarista de este capítulo, Sartre se convertirá en «uno de los más vivos ejemplares del compromiso intelectual, enrolándose, actuando y tomando partido en todos los aconteceres de su tiempo […], iba a defender que había que ser uno con la época ya que, de alguna manera, uno es responsable de la misma y debe hacerse cargo». Para muchos de mi generación, ese Sartre existencial, al punto de comprometerse, representó el ideal del intelectual comprometido, por trágico que al final haya sido su destino en ese rol. Se situaba, por decirlo así, en las antípodas del belletrismo.

A este último, en cambio, cabría aplicar dos de las famosas tesis de Marx sobre Feuerbach. La segunda dice así: «El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad, el poderío y la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica es un problema puramente escolástico». Y luego, la tesis número once, la más famosa, donde arremete contra los filósofos de las bellas letras de su época, acusándolos así: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo».

El presente ensayo busca contrastar a esa «izquierda literaria», de vocación destituyente radical (anti-Estado, antisistema), con una izquierda transformadora, de vocación institucional y práctica. Se delinearán los ejes de tensión entre ambas: retórica vs. resultados, estética vs. poder, crítica vs. gobierno. Asimismo, incorporaremos ejemplos, referencias clave (a veces algo tediosas, lo sé) y controversias recientes que iluminen este debate. El objetivo es articular argumentos que —sin incurrir en querellas personales— ilustran las limitaciones políticas y el discurso autovalidante de esa «izquierda textual», así como algunas de sus implicancias para el debate democrático e institucional contemporáneo.

Ubicación espacial de la izquierda literaria

En primer lugar, definamos a grandes rasgos esta corriente intelectual. En el caso chileno, ella se sitúa ideológico-culturalmente en las izquierdas, como una de sus cuatro expresiones. Esto es: al lado de (i) la izquierda anacrónica representada por el PCCh, (ii) la neoizquierda generacional, por ahora fallida, del FA, y (iii) la izquierda del SD (Socialismo Democrático), que agrupa a los segmentos indistintamente denominados socialdemócratas, progresistas o incluso socialistas liberales.

Al lado extremo de estas izquierdas aparece un cuarto ámbito, variopinto, de izquierda intelectual, según postulé en una columna pasada; propiamente, una ultraizquierda, por tanto, ubicada en los intersticios (académicos) de las esferas de la política, la sociedad civil y la cultura. Se desenvuelve sobre diversas plataformas, con base en movimientos sociales, gremiales, de trabajadores; de defensa de derechos humanos, civiles, políticos y sociales; de protesta frente a diferentes explotaciones, enajenaciones, dominaciones y abusos; de «profetas de cátedra» y la «academia militante»; de protección de la naturaleza y el medio ambiente; de expresión de diversidades de todo tipo, como género, capacidades, etnia, territorios, lengua y otras señas de identidad. O bien, con base en corrientes de ideas y creencias, filosofías y autores, proclamas morales o estéticas, principios y valores, expresados en medios de comunicación esotéricos y redes sociales, así como en el campo intelectual, de las artes y de la cultura.

El tiempo en torno al estallido social del 18-O de 2019, prolongado hasta la conclusión de los trabajos de la Convención Constitucional fue —entre muchas otras cosas— un momento de eclosión de ese mundo de ultra izquierda bajo la forma de «lista del pueblo» que proclamaba representar al «mundo social» más que al político; de encendidas expresiones del vocabulario octubrista; del discurso ideológico de la Convención, y de los relatos retratados en los muros de la ciudad y su poética.

Es precisamente en este ámbito simbólicomarginal, situado en los bordes de la esfera política y del campo intelectual, académico y cultural («alternativo», si se quiere), donde se ubica el círculo de nuestra (ultra)izquierda de las bellas letras.

Un círculo que colinda, como vimos, con las otras tres izquierdas, pero cuya existencia transcurre ajena a las preocupaciones y dinámicas centrales de la esfera política. Más bien, las denuncia (como alienadas, corruptas, consensualistas, transaccionales, neoliberales, inmorales, etc.), al igual que desvaloriza la política real, práctica, tal cual existe en el campo de fuerzas, particularmente si es movilizada por las tres «izquierdas del poder».

Todo esto, mientras se halla instalado confortablemente —sin peligros ni mayores amenazas— al interior de la institucionalidad (en universidades, revistas, plataformas digitales), al amparo de los derechos liberales que le aseguran autonomía, expresión, libre circulación de ideas y de crítica «despiadada» a las propias instituciones (y sus habitantes) que sostienen dicho espacio de deliberación.

Características de la izquierda de las belles lettres

Se trata de una izquierda fuertemente textualista y esteticista, cuyos integrantes suelen provenir del ámbito académico o del ámbito literario. Alguna vez leí el argumento —y a mí me gustó esta idea— de que los grandes modelos de lenguaje (LLM) sobre los que opera la IA generativa son como una «venganza de Derrida»; se comportan según el postulado (posmoderno) de que lo único que importa es tener más y más texto, sin preocuparse por si el texto está efectivamente en contacto con alguna realidad externa. Según explicaba este argumento, Chat GPT es como un “Derrida en la práctica”. Lo que hace es reunir una gran cantidad de texto y generar más, sin llegar nunca a establecer contacto con alguna realidad externa. Algo similar, me parece a mí, ocurre con los belletristas en nuestro campo intelectual.

Sus rasgos distintivos incluyen:

  • Estilo discursivo refinado y hermético: Sus textos abundan en referencias filosóficas, metáforas poéticas y giros conceptuales complejos. Prima el preciosismo lingüístico y la crítica textual del lenguaje del poder concreto. Como advierte un comentarista, existe el riesgo de perderse en laberintos discursivos, en distinciones sutilísimas, en textos llenos de pensamiento y en vacíos de política. En efecto, muchos de estos textos son intelectualmente sofisticados pero desconectados de la materialidad política que dicen analizar. O sea, ensimismados.
  • Enfoque en la deconstrucción y la crítica académica: influido por corrientes posestructuralistas y postmodernas, esta izquierda privilegia la performatividad del discurso y el desmontaje de las narrativas hegemónicas. Su contribución principal suele ser desenmascarar mitos ideológicos o «dispositivos» de poder entrelazados con el lenguaje y la cultura. Sin duda, la teoría crítica y la batalla de las ideas son importantes para cualquier proyecto emancipatorio. No obstante, entre los/las belletristas, la crítica devora la propuesta: se ejerce una negación radical de lo existente, sin articular caminos viables de cambio. Se complacen en la denuncia abstracta (del «sistema», «la modernidad», «la representación», «el capitalismo», «la dominación», etc.) más que en el diseño de alternativas concretas.
  • Círculo endogámico y autorreferencial: Estos intelectuales suelen dirigirse principalmente a sus pares. Publican ensayos en revistas especializadas, columnas de opinión o libros de ensayo teórico que circulan en nichos reducidos (cenáculos intelectuales, he dicho en otra parte). El diálogo se mantiene dentro de una esfera académica o artística de élite intelectual, con escasa llegada al mundo masivo o a los movimientos sociales de base. En términos sociológicos, conforman una minoría selecta dentro del universo cultural de izquierda, cuyo principal capital es simbólico (palabras, prestigio intelectual) más que organizativo o electoral. Esa endogamia favorece una retórica autovalidante: los autores se legitiman entre sí, celebrando su radicalidad teórica, mientras descalifican a las izquierdas «institucionales» por supuesta falta de visión crítica o de pureza ideológica. Frecuentemente, sin embargo, se separan en grupos y grupúsculos intestinos, acusándose mutuamente de ser «tigres de papel».
  • Pensamiento destituyente radical: Ideológicamente, esta izquierda de las bellas letras abraza una visión antiautoritaria y antiestatal próxima al anarquismo posmoderno. Rechaza la búsqueda del poder institucional por considerarlo intrínsecamente corruptor y «trágico». En su lugar, exalta formas de resistencia difusas, espontáneas, micropolíticas o, simplemente, de negación activa (resistencia) frente al sistema. Usa conceptos como «poder destituyente», inspirados en el filósofo italiano Agamben, quien invita a «pensar una potencia puramente destituyente, es decir, que nunca se resuelve en un poder constituido». Enfatiza así la importancia de derribar estructuras (así no sea simbólicamente) antes que construir nuevas, incluso en el caso de los poderes constituyentes.

De hecho, el poder destituyente llevado al extremo se niega a buscar cualquier fin, meta u objetivo político, e incluso a oponer un proyecto alternativo de sociedad. Cualquier fin «constituyente» (p. ej., elaborar un programa de gobierno, una nueva Constitución, etc.) es despreciado por implicar acomodo al orden existente. Esta vocación destituyente se hizo patente, por ejemplo, tras el estallido social chileno de 2019: el sector intelectual que aplaudió la «revuelta» en abstracto, enseguida desconfió del proceso constituyente institucional que le dio cauce, calificándolo de cooptación o farsa, y de una vuelta al derecho, el orden que se trataba precisamente de suspender y volver inoperante.

Crítica «desde lo alto» a las izquierdas político-prácticas: Paradójicamente, pese a su aversión al poder, esta izquierda textual y literaria suele adoptar un tono de superioridad moral e intelectual al juzgar a las izquierdas que sí participan en la política institucional. Se siente autorizada para fustigar a gobiernos progresistas o movimientos populares por considerarlos tibios, acomodaticios o «parte del sistema». Así, por ejemplo, etiqueta despectivamente de «progresismo neoliberal» a las izquierdas de gobierno, acusándolas de administrar el capitalismo en lugar de hacerlo inoperante; de suprimirlo como civilización.

En el contexto chileno, intelectuales de esta corriente sostienen que, desde la vuelta a la democracia, no hubo una verdadera izquierda,sino puro progresismo y una izquierda expropiada de su propia lengua, adaptada al orden neoliberal vigente. Esa retórica «dura» les sirve para autoafirmar su pretendida radicalidad, presentándose como los únicos coherentes y «revolucionarios» en el escenario de las izquierdas. No obstante, tienden a ignorar las dificultades reales de transformar la sociedad desde el poder y a desconocer el valor de las conquistas graduales. A menudo encarnan la postura del «alma bella«. Aquella que, en sentido hegeliano, «para conservar la pureza de su corazón, rehúye todo contacto con la realidad y permanece en la obstinada impotencia de renunciar al propio sí mismo”, lejos de cualquiera contaminación que viene con ser-en-la-realidad.

En suma, la izquierda de las belles lettres se caracteriza por intervenir en el espacio público mediante acciones textuales, literarias, esencialmente simbólicas y discursivas, referidas a otros textos y al propio devenir de su alma ensimismada. Escribe bellamente, incluso en ocasiones con audacia conceptual y profundidad y sofisticación, pero sin una verdadera inserción orgánica en los procesos sociales de cambio. En efecto, sus protagonistas son interpretadores del mundo; no les interesa su transformación ni aspiran a ella. Su acción política se reduce a la esfera de la palabra —conferencias, ensayos, manifiestos culturales, webinars, conversatorios, proclamas—, confiando en que la performatividad del discurso producirá algún efecto (casi mágico) en la realidad.

A continuación, contrastamos esta orientación con la asumida por las izquierdas transformadoras, lo que permitirá esclarecer —por oposición— algunas diferencias entre ambas visiones.

Izquierda literaria vs. izquierda transformadora

Efectivamente, resulta de interés oponer —así no sea más que esquemáticamente— las lógicas de la izquierda literaria/destituyente y de la izquierda transformadora/constituyente.

Internacionalmente, las izquierdas oscilan entre momentos más anti-sistémicos (revolucionarios) y momentos institucionales (reformistas). En el contexto actual, a nivel global y nacional, esta dicotomía vuelve a aparecer en varios planos.

  • Finalidad política: negación destituyente vs. proyecto constituyente. La izquierda literaria tiende a definirse por la negación: se trata de resistir, denunciar, desmontar el orden existente, sin articular un «después». En el plano teórico, según vimos, esto conecta con la noción de poder destituyente —potencia de impugnación que renuncia a la voluntad de instituir. Para esta visión, no cabe un cambio local y gradual, pues de inmediato es cooptado por la civilización establecida. Pues, como plantea el maestro Agamben en su crítica de la realización, «Ustedes comprenden que, si se sale del modelo de la realización y se entra en este otro paradigma, las estrategias sólo pueden cambiar por completo». «Una potencia destituyente nunca puede ser algo que deba realizarse».

Incluso las viejas metas de la revolución socialista se declaran obsoletas. En su lugar propone una alternativa utópica, o sea, que no encuentra lugar en la historia. Según sugiere Carchia, otro filósofo italiano de la segunda mitad del siglo pasado, bien apreciado por las bellas letras, la vía órfica ofrecería una posible salida del reino de la biopolítica (poder político que gestiona la vida de las sociedades). Hay lo político sin polis. «Aquí es verdadero lo que nunca ha existido» (Carchia). Hay, pues, una «vida fuera de la vida», según proclama un admirador del italiano. Todo, como puede verse, intensamente utópico, romántico. Y, definitivamente, ensimismado.

En contraste, las izquierdas transformadoras (socialdemócratas, progresistas, populistas de izquierda, etc.) plantean objetivos de cambio definidos y están dispuestas a utilizar las instituciones como herramienta. No conciben la política solo como negación, sino también como construcción colectiva. Reivindican la tradición del poder constituyente: la capacidad de los pueblos para instituir un nuevo orden y transformarlo (por ejemplo, mediante una constitución, leyes de reforma o la creación de instituciones participativas).

  • Método de acción: textual-performativo vs. organización social. Otro contraste clave está en los medios para hacer política. La izquierda literaria confía ante todo en el discurso —en ganar batallas culturales y difundir nuevas sensibilidades estéticas o conceptuales— como si bastara para producir cambios en la sociedad. Su terreno preferido de lucha es la escritura (ensayos, manifiestos) o la performance simbólica. Esta visión estetiza la política, viéndola como una suerte de narración o puesta en escena en la que lo importante es desafiar los significados dominantes. En ese espíritu, ciertos intelectuales «órficos» —según se autodenominan ahora algunos de nuestros belletristes siguiendo a Carchia, como veremos en la siguiente sección— cultivan gestos poéticos, mitos y símbolos como armas políticas, confiando en la performatividad de los actos de habla y de la escritura. Decir es hacer; enunciar un discurso radical es, por sí, una acción transformadora.

La izquierda transformadora, por el contrario, privilegia la construcción de poder institucional. Sin descuidar el discurso ni la cultura (ya Gramsci advertía sobre la batalla en el terreno de las ideas y la cultura), entiende que la retórica debe traducirse en organización: sindicatos, partidos, movimientos de base, alianzas sociales, leyes y políticas públicas. Su accionar combina palabras y acciones: tomar decisiones, apoyar huelgas, convocar votos, administrar municipios, negociar reformas, etc. Para esta corriente, escribir manifiestos no es suficiente; hace falta «ensuciarse las manos» en la arena de las decisiones colectivas, dejar de ser «planta aérea» aunque ello implique negociaciones, compromisos e, inevitablemente, asumir costos.

  • Relación con el Estado y las instituciones democráticas: La izquierda de las belles lettresprofesa un anti institucionalismo casi absoluto. Ve al Estado principalmente como un aparato de dominación (herencia anarquista y foucaultiana) y a la democracia liberal como un «simulacro» vacío sostenido por el capital. Desde esta óptica, participar en gobiernos o en elecciones equivale a legitimar un sistema corrupto; cualquier avance «desde dentro» del sistema sería ilusorio o efímero. De ahí la postura típicamente destituyente: la emancipación vendría de fuera o contra las instituciones, nunca a través de ellas. Esta visión idealiza formas alternativas de política: asambleas horizontales, autonomías territoriales, comunas espontáneas, etc. (aunque pocas veces se explica cómo escalar dichos modelos a sociedades complejas).

Para la izquierda transformadora, por el contrario, el Estado no es un bloque monolítico inmutable, sino un campo de lucha que también puede ser escenario de cambios y conquistas graduales. Sin caer en un estatismo acrítico, esta corriente se apoya en instituciones democráticas como herramientas: impulsa políticas públicas concretas, regula mercados, coordina colaboraciones público-privadas e invierte en un Estado emprendedor con misiones. Lejos de ver la democracia liberal solo como un simulacro, buscará hacerla más participativa, inclusiva y efectiva. Reconoce los límites y condicionamientos que supone gobernar en un sistema capitalista global; sin embargo, asume que renunciar a esta arena equivale a abandonarla hoy en manos de la ola global de ultraderechas.

De hecho, en el contexto chileno reciente, el debilitamiento de las izquierdas y sus confusiones ideológicas —incluidos los remanentes del discurso octubrista y la crítica estéril de la izquierda literaria— contribuyeron al ascenso de Kast y de las derechas extremas en 2025. Al deslegitimar a las izquierdas institucionales y al levantar consignas «impolíticas» de corte destituyente, la izquierda de las belles lettres facilita la emergencia de opciones autoritarias. Es el viejo círculo vicioso causado por los «profetas desarmados«: desatar la reacción de los poderes fácticos, que luego se retroalimenta a sí mismos, bajo condiciones de fuerza cada vez mayor.

La implicancia es clara: cuando la izquierda se repliega sobre sí misma para dar testimonio de sus altos valores y se limita a producir textos bellos, abandonando la disputa institucional a cambio de levantar amenazas fantasmales, el vacío lo llenan fuerzas reaccionarias y discursos securitarios. En cambio, una izquierda capaz de combinar crítica y gobernabilidad puede disputar el poder democrático con las derechas y materializar — «en la medida de lo posible»— sus ideales en políticas reales.

  • Temporalidad y estrategia: instantaneísmo vs. acumulación progresiva. La izquierda literaria suele tener una visión mesiánica o apocalíptica del cambio: espera «eventos» fundacionales (la Revuelta, la Insurrección) que lo volteen todo de golpe. Por eso admira los destellos revolucionarios efímeros —una protesta masiva, un estallido, un motín creativo— como si, en sí mismos, contuvieran en potencia la emancipación. Citan, por ejemplo, la revuelta del 18-O chileno como un acto de imaginación política que, por un instante, habría anticipado el poder en manos del pueblo.

Más allá de ese instante sublime, sin embargo, la izquierda belletriste no ofrece un plan para el día después. Plantea algo así como un «mesianismo impolítico» que abre la posibilidad, sin necesidad de apelar a la fe ni a la política, de un evento que suspende el tiempo y permite «pensar la historia tras el fin de la historia (y sin incurrir en una nueva filosofía de la historia)». Otra vez, entonces, vemos la potencia destituyente en acción. Ante este grandioso panorama, se despliega también la consumación de los tiempos: una experiencia radical de anulamiento y de superación del orden creado por las potencias constituyentes de la historia. Todo esto —¿necesito repetirlo? — conecta con un cierto romanticismo político —la búsqueda de la épica o de la pureza revolucionaria— que choca con las «largas duraciones» que requieren las transformaciones sociales reales.

Las izquierdas transformadoras, en contraste, operan a largo plazo y en medio de las restricciones de la historia. Han abandonado la idea secularizada de una parusía; la idea de la proximidad inminente del día final, «ligada a la exhortación constante y a la preparación», puesto que nadie conoce el día de la gran consumación. Este es, verdaderamente, el acto que nadie ve venir.

Su estrategia asume que el cambio en la sociedad es un proceso, no un momento único.Si bien puede aprovechar crisis como «ventanas de oportunidad», sabe que luego viene la tarea tediosa de institucionalizar los cambios y sostenerlos, administrarlos, en el tiempo. Da valor, por lo mismo, a las pequeñas conquistas y avances —siempre reversibles, en eso consiste la democracia—, reformas incrementales que, aunque no «terminan con el sistema», mejoran vidas y abren camino a nuevos cambios (y retrocesos). En términos de teoría del cambio, el reformismo o transformismo —cuando no es mero «gatopardismo«— combina los avances graduales en las instituciones y en la sociedad civil con el rechazo de ensoñaciones destituyentes.

Esta visión estratégica, más trágica si se quiere (porque reconoce dilemas, retrocesos y ambigüedades), contrasta con la visión épica y estética de los belletristes. El choque entre idealismo revolucionario y realismo transformador se suma así a otro eje polémico.

En suma, los dos polos —izquierda de las bellas letras e izquierda transformadora— difieren en fines (negación vs. propuesta), medios (discurso vs. organización), relación con el Estado (anti vs. pro reforma) y temporalidad (salto instantáneo vs. proceso acumulativo).Estas diferencias generan inevitables tensiones en los debates de la izquierda actual, algunas de las cuales me propongo explorar en la sección siguiente.

Impacto real, límites políticos e inoperancia de la izquierda literaria

Un punto central aquí es evaluar el impacto efectivo de esta izquierda literaria en los acontecimientos políticos del día a día. ¿Qué logros tangibles se le pueden atribuir? ¿Qué consecuencias (deseadas o no) tiene su modo de intervención? Diversos autores han señalado que, pese a su excitación intelectual, esta corriente padece de inoperancia política.

Una frase mía a este respecto —la de una «izquierda inútil pero que escribe muy bien; estética, pero no política»— incomodó a quienes se sintieron aludidos, precisamente, me imagino, por apuntar a dicha inoperatividad. Veamos algunos argumentos que respaldan esta aseveración.

  • Ausencia de traducción en el poder o en las políticas: No encontramos casos en los que esta corriente de pensamiento haya conducido a victorias electorales, a la instauración de derechos o a reformas estructurales. Sus aportes quedan en el nivel de la crítica teórica, lo que está bien para la academia y entre «profetas de cátedra», pero no llegan a permear mayorías sociales ni a cristalizarse en decisiones públicas. Incluso cuando sus ideas penetran en movimientos sociales (por ejemplo, la retórica autonomista en asambleas estudiantiles o territoriales), suelen impedir la consolidación organizativa.

Un ejemplo: en la revuelta chilena del 18-O de 2019, abundaron los llamamientos intelectuales a no «encauzar» el movimiento por la vía institucional. Eso también alimentó la desconfianza hacia la Convención Constitucional, restando unidad a las fuerzas favorables a un cambio constitucional. Al final, el proyecto de la Convención fracasó en 2022, dejando al gobierno Boric sin piso político.Mientras tanto, los problemas de fondo permanecieron intactos en la sociedad y las derechas se rearticularon hacia la extrema diestra. Este desenlace plantea dudas sobre la eficacia de la pura negación antisistémica.

  • Fragmentación y sectarismo: La izquierda de las letras desdeña alianzas con otras corrientes por considerarlas capturadas al interior del marco constitucional. Se ubica en la posición de una suerte de «vanguardia moral», rehusándose a trabajar con partidos de izquierda institucional (a los que tilda de «vendidos») o incluso con movimientos de masas que no compartan su cosmovisión filosófica.

Esta actitud sectaria dificulta la construcción de frentes amplios o de coaliciones mayoritarias. Al final, la «vanguardia ilustrada» se queda hablando consigo misma, mientras la ciudadanía común se vuelca hacia discursos más sencillos (a veces reaccionarios) que ofrecen soluciones concretas. Ejemplo comparativo: en Europa, pensadores radicales como los del Comité Invisible en Francia publicaron manifiestos incendiarios (La insurrección que viene, etc.), alimentando círculos autónomos; pero su impacto fuera del ghetto anarquista fue mínimo y, en paralelo, surgió una extrema derecha capaz de canalizar el malestar en dirección opuesta.

  • Cooptación del discurso sin cambio sustancial: Paradójicamente, ciertas ideas de dicha izquierda (su crítica conceptual «posmo«) pueden ser absorbidas superficialmente por el sistema sin poner en riesgo el poder. El capitalismo tardío ha demostrado su capacidad para integrar la crítica simbólica y resignificarla. Por ejemplo, la retórica anti-sistema puede convertirse en estética comercial o en eslóganes vacíos de campañas publicitarias, mientras nada cambia en las relaciones de producción (un «gatopardismo» propio de la sociedad del espectáculo). En este sentido, la insistencia excesiva en la batalla discursiva corre el riesgo de ser performativa solo a nivel de imagen, pero no en resultados materiales. Algunos hablan incluso de una «izquierda virtual» o «impotente», cuyo radicalismo quizá pudiera funcionar como catarsis moral, pero sin consecuencias reales. Según señalan los debates filosóficos, el posmodernismo crítico de la izquierda letrada puede llevar al colmo de la impotencia política, pero no por ello deja de estimular la circulación de los textos críticos. Hay múltiples ejemplos de ello, lo que muestra, paradójicamente, que también existe un mercado para este tipo de literatura desde los márgenes.
  • Contribución involuntaria a la reacción: Un efecto político importante a considerar, como vimos, es si esta izquierda de las belles lettres termina por facilitar avances de la derecha. Esto podría ocurrir de dos maneras: (i) al dividir y debilitar a las izquierdas (restando apoyo a opciones transformadoras realmente existentes por considerarlas «insuficientes»), y (ii) al alimentar una narrativa de cinismo y desesperanza que deja el campo libre a salidas autoritarias. Por ejemplo, en Chile, la narrativa de que «nada ha cambiado desde 1973, la transición fue nada más que un simulacro» — repetida continuamente por estos círculos— conduce directamente a la desmoralización o a «soluciones» desesperadas. Cuando todo el sistema democrático se pintó como fraude, sectores populares pueden concluir que da igual un gobierno de ultraderecha que uno de centroizquierda (total, «son lo mismo»). Aquí se observa una convergencia perversa entre el ultraizquierdismo retórico y el nihilismo derechista: ambos coinciden en decir que la izquierda moderada es inútil y el Estado democrático, irreformable. Como advirtió alguna vez Slavoj Žižek, los extremos opuestos a veces se tocan en su desprecio por el reformismo; pero socavar a los reformistas progresistas suele terminar sirviendo objetivamente a la reacción.
  • Autocomplacencia y falta de autocrítica: Finalmente, en términos de retórica autovalidante, esta corriente peca de una fuerte satisfacción consigo misma. Se percibe como poseedora de la «verdadera» comprensión del sistema, inmune frente a las contaminaciones del poder. Por eso, raramente revisa sus propios fracasos. Si sus llamados no resuenan más allá de su angosta república letrada, de inmediato tienden a culpar a la ignorancia o a la «alienación» de la gente, más que a un error de planteamiento. Se instala así en la cómoda posición de quien nunca se ensucia las manos y, por tanto, nunca se equivoca en la práctica. Estas bellas almas pueden persistir indefinidamente en su «torre de marfil» denunciando la corrupción del mundo, sin hacerse cargo de su propia esterilidad política.

En breve, la izquierda de las belles lettresmuestra límites políticos evidentes: su influencia concreta es marginal, su capacidad de construir poder es nula o negativa, y su praxis se vuelve, en los hechos, impolítica (en el sentido de «inoportuna políticamente», por no incidir en los fines que proclama). No significa que sus críticas carezcan de interés ni que toda su producción sea inútil per se. A veces contribuyen textos valiosos o importan autores e ideas que enriquecen la discusión local. Sin embargo, una crítica de la política que no se traduce en programa ni en poder terminar por volverse estéril o incluso funcional al statu quo.

Al interior del propio espacio de esta izquierda, en su dialecto característico, también se discuten este tipo de asuntos, tales como: «a) el vacío imaginal para pensar formas de articulación, narrativa o traducibilidad, conducentes hacia ‘lo político’ sea en tramas de hegemonía o fijaciones de sentido; b) el desbande dialectal para abundar en lirismos insurreccionales que, en su pasión de fuga —éxodo— cincelaron una escritura acontecimental, sin sopesar la dimensión factual de la política; c) la nula capacidad de pensar lo institucional como un bloque no homogéneo que permite usar los agrietamientos o fisuras institucionales; por fin, d) la crítica […] a las metáforas beatas del campo intelectual que ayudaron a una restauración conservadora». ¿Tal vez ahí, entonces, amanece un destello de autocrítica reflexiva o, quizá más, el inicio tímido de una crítica de la crítica belletriste?

Retórica autovalidante: «orfismo» vs. «progresismo trágico»

Una de las mayores resistencias que desde aquella izquierda literaria se levantan contra la crítica externa es un marco retórico-conceptual autovalidante. Es decir, construye relatos en los que la propia falta de resultados prácticos se justifica teóricamente.

En la historia del pensamiento de este tipo de izquierda intelectual se ofrece un cierto modelo para proceder con esta alquimia, cuyo exponente más interesante (al menos lo fue para mi) es Herbert Marcuse, «intelectual revolucionario» alemán de la posguerra cuyos escritos se leyeron apasionadamente en América Latina durante los años 1960 y 1970.

Este modelo encuentra en la antigua filosofía griega el origen de un ideal de humanidad emancipada que sirve de fundamento para la crítica de las sociedades realmente existentes. Desde esta perspectiva, dicha filosofía propone una visión del cambio social como preocupación por «la existencia más plena», o sea, «el cumplimiento de las más altas potencialidades» disponibles para la humanidad, y, por lo tanto, «condiciones que resultan en bienestar y felicidad».

En términos generales, entonces, el cambio socialsería «un proceso que podría identificarse en su mayor parte con el progreso de la vida humana», medido de acuerdo con las potencialidades de la vida humana para realizar la felicidad y la belleza, antes que para servir —y esto es lo importante— al poder instituido. O sea, a las sociedades realmente existentes que, bajo sus distintas formas de civilización, son todas sociedades de la dominación, la represión y la explotación que, lejos de liberar y exaltar el potencial humano, el deseo de felicidad, los aplastan y sujetan a un régimen de anulación de ese deseo y de universal injusticia y sufrimiento.

De esta forma, solo una «revolución universal» —una que pudiera subvertir la totalidad de las condiciones prevalecientes y reemplazarlas por «un nuevo orden universal»— podría sobreponerse a la «negatividad universal» del capitalismo.

En su más famoso libro, Eros y Revolución de los años 1950, Marcuse propone la visión más radical de su utopía universal, recurriendo esta vez a la mitología griega antigua. En concreto a Orfeo y Narciso como alternativas al prototípico Prometeo, a quien describe como el «héroe del arquetipo» del principio de rendimiento. Por el contrario, asociados a la belleza, el arte y la naturaleza, Orfeo y Narciso representan una imagen de alegría y realización; la voz que no manda, pero canta; el gesto que ofrece y recibe; el acto que es paz y termina el trabajo de conquista; la liberación del tiempo que reúne la humanidad con la naturaleza (Marcuse, 1983).

Hoy vuelve a estar de moda esta aproximación órfica entre algunos intelectuales belletristas. Julien Coupat, por ejemplo, pinta de ellos un intrigante retrato:

Del siglo VI al IV (AEC), los órficos son marginales, errantes y, sobre todo, «renunciantes», es decir, eligieron renunciar al mundo, al mundo de quienes viven en la ciudad […] situarse voluntariamente fuera del mundo de la ciudad y al margen de los ciudadanos que, durante las fiestas y actos más «políticos», participan en los sacrificios públicos, financiados por la ciudad, cuando la asamblea de los llamados «asuntos sagrados» fija el precio de las víctimas y el calendario sacrificial de las fiestas de la ciudad.

Lo profundamente político del orfismo, dirá Coupat, «consistía precisamente en rechazar el conjunto de la polis»; «es un nombre en clave para la destitución de toda una civilización en el momento mismo en que ésta se instituye». De allí que «la historia de los vencedores» no dé cabida al orfismo; lo mantiene en los márgenes del olvido.

Por el contrario, el orfismo conservaría la conciencia mitológica, previa a la civilización «que se basa en el asesinato de los héroes, los dioses y la naturaleza»; retiene, pues, el momento de la gran escisión —una «inflexión metafísica», dice Coupat— «entre la humanidad de la Ilíada y la de la ciudad clásica»; un abismo «que separa a una humanidad mítico-aristocrática de una humanidad racionalista-democrática». Es el fin del mito y el comienzo de la (trágica) historia; Eros contra Tanatos, hilo rojo que recorre a la historia civilizada, según Marcuse.

En breve, se abre un abismo entre el mito de la plenitud precivilizacional y la historia de la racionalización weberiana del mundo en tiempo de sociedades de masa, tiempo en que «los videntes se convierten en excepciones dignas de curiosidad —unos ‘inspirados’”, según la hermosa imagen de Coupat.

De hecho, el propio Marcuse, hacia el final de su vida, escribe que su postura —órfica también— había sido a la larga «impotente, especulativa e impolitica» (powerless, abstract and unpolitical) pero el único medio de mantenerse fiel a la teoría revolucionariaen un momento en que él —al salir de la guerra— veía el futuro del mundo dominado por dos sistemas negativos: un neofascismo capitalista en occidente y el socialismo soviético expandiéndose en su propia esfera (33 Tesis, 1947).

También en Chile existe esta intelectualidad órfica que, como señala un reciente artículo de Rodrigo Karmy, postula incluso la alternativa de una «izquierda órfica». ¿Qué sería esto?

Retomando la nebulosa figura de Orfeo (el mito órfico), se plantea la necesidad de una política fundada precisamente en los símbolos. Se recordará que, en la mitología, Orfeo representa el poder de la música, la poesía y los misterios espirituales como formas de conectar mundos (lo humano y lo natural, lo vivo y lo muerto).

Los pensadores órficos actuales, a su turno, postulan la escritura, el arte y la imaginación como medios para abrir brechas de sentido que la cooptación sistémica no pueda suprimir. Según esta visión, en la historia de las izquierdas siempre pueden identificarse momentos «órficos»; por ejemplo, en las tradiciones revolucionarias, aquellas dimensiones utópicas, poéticas y de expresión artística que mantienen la esperanza de un mundo redimido y reconciliado.

Sin embargo, repudian la crítica que los sitúa en el mundo órfico de las bellas letras y de una izquierda estetizante. Por ejemplo, Karmy, en su respuesta órficafrente a esa crítica, me atribuye —imagino que al calor de un razonamiento poético— una visión «policial» y «amenazante» de estos asuntos. Escribe: «Me atrevería a decir que la operación nominativa de calificar a esa otra izquierda bajo el término de las belles lettres deja entrever el espectro de una amenaza. Ahí donde Brunner se apresura, reduce y actúa como policía, atestigua que aquello que pretende aislar, separar de su constitutiva politicidad, en rigor, irrumpe como una amenaza».

A quienes nos tocó trabajar intelectual y políticamente durante la dictadura en las izquierdas no-órficas, desde la arrinconada academia crítica, expulsados («exonerados», se decía entonces, o peor) de la «universidad vigilada», bajo la amenaza real y efectiva de una policía no puramente metafórica, esta insinuación órfica confirma que —incluso en asuntos tan serios como este— lo que manda son los excesos del lenguaje.

Performatividad del discurso y autolegitimación

A su vez, los juegos retóricos entre izquierda literaria e izquierda institucional transformadora se enmarcan en discusiones históricas sobre la relación entre política y estética y sobre el rol de la teoría crítica en la acción política. Éstas polémicas no son nuevas; de hecho, en ellas resuenan debates de larga data. He aquí algunas referencias.

  • Marxismo vs. «alto modernismo» teórico: Ya Karl Marx en 1845, con su famosa tesis sobre Feuerbach que mencionamos al inicio, estableció la prioridad de la transformación práctica sobre la mera interpretación filosófica. Esa idea fue luego invocada muchas veces para criticar a corrientes de izquierda excesivamente teóricas o académicas. En el siglo XX, pensadores como Gramsci denunciaron la figura del intelectual desconectado de la clase trabajadora (el «intelectual tradicional») y reivindicaron al intelectual orgánico integrado en la lucha social. La izquierda de las belles lettres se asemeja claramente a esos intelectuales tradicionales ilustrados, más cercanos a la bohemia o a la academia que a la fábrica o al sindicato.

Seguramente, también Gramsci hubiera cuestionado su falta de «función orgánica» en un bloque histórico alternativo. Asimismo, escritores posteriores como Richard Rorty (en Achieving Our Country, 1998) criticaron la «izquierda cultural» universitaria –preocupada por la teoría literaria y la crítica del discurso– contraponiéndola a la «izquierda reformista» orientada a logros concretos. Rorty sostuvo que desde los años 60 muchos intelectuales de izquierda en Occidente se «nietzscheanizaron», dedicándose a la desconstrucción de textos e identidades, pero aislados en la universidad, sin proyecto nacional. Esto habría dejado progresivamente huérfana a la clase trabajadora de un lenguaje de reforma y progreso y, en cambio, habría permitido a la derecha apropiarse del patriotismo y del sentido común.

Tales argumentos pueden aplicarse al caso actual: la izquierda belles lettres comparte con esa izquierda cultural el ensimismamiento en discursos sofisticados, que dificulta conectar con sectores de la sociedad en términos de seguridad, consumo, bienestar, esperanza y orgullo por un futuro común.

  • Debate político vs. estético en la izquierda histórica: A comienzos del siglo XX, hubo polémicas notables entre revolucionarios sobre el rol del arte y la literatura en las luchas por transformar la sociedad. Por ejemplo, el choque entre surrealistas y partidarios del «realismo socialista». André Breton y los surrealistas defendían la liberación de la imaginación como parte de la revolución, mientras que críticos marxistas ortodoxos como Georg Lukács reclamaban un arte al servicio directo de la conciencia de clase (novela realista, etc.). En la Unión Soviética y en otros lugares, esta tensión llevó a que se tachara a las vanguardias experimentales de «burguesas» o desviacionistas, frente a un arte «comprometido» pero a menudo acartonado. Los escritores fueron invocados por Stalin como «los ingenieros del alma humana».

Hoy sabemos que aplastar la imaginación estética en nombre de la eficacia política empobrece a la izquierda (Lukács luego fue criticado por su dogmatismo estético). Sin embargo, también aprendimos que un arte puro, desligado de la organización, puede volverse inocuo. El situacionismo de Guy Debord en los 60 es un ejemplo: propugnaba transformar la vida cotidiana en una obra de arte revolucionaria (la famosa crítica a «la sociedad del espectáculo»). Sus ideas fueron influyentes en el ámbito cultural (inspiraron a estudiantes del Mayo 68 con consignas creativas), pero los situacionistas se disolvieron sin construir un movimiento duradero y la oleada rebelde retrocedió.

Este balance sugiere que se requiere una síntesis: politizar la estética sin estetizar por completo la política. El filósofo Walter Benjamin advertía contra la estetización de la política (la consideraba propia del fascismo, que convertía la movilización de masas en un espectáculo vacío) y abogaba, en cambio, por una politización del arte. Es decir, usar la creatividad estética con fines emancipadores concretos.

La izquierda transformadora podría recuperar este enfoque: acoger el impulso utópico y la simbología potente, pero anclarlos en proyectos de emancipación tangibles. Por su parte, se le debería pedir a la izquierda literaria que, si valora tanto la estética, la aplique a la imaginación de instituciones democráticas nuevas, rituales cívicos incluyentes o pedagogías emancipadoras, en lugar de quedarse en negaciones abstractas. O bien en ensayos refundacionales, como el de la Convención Constitucional, que intentó introducir lenguaje poético y cosmovisiones indígenas en un texto constitucional, confundiendo estética y política hasta el punto de provocar una (perfectamente comprensible) reacción de masas en contra.

  • Performatividad y política prefigurativa: En las últimas décadas se ha discutido ampliamente la idea de prefigurar, en la propia práctica, valores futuros (por ejemplo, comunidades horizontales que «anticipan» una sociedad más integrada). La izquierda reformista valora esta política prefigurativa y la performatividad de los actos simbólicos (como manifestaciones creativas, teatro político y vídeos documentales). Todo ello puede enriquecer las formas de lucha dentro de las instituciones, dotándolas de una dimensión ética y pedagógica. Un sociólogo estadounidense de mi generación, Eric Olin Wright, proponía construir «utopías reales«, ejercicios sociales anticipatorios de instituciones más humanas para el futuro. Hoy, con la irrupción de la IA, tales ejercicios se vuelven todavía más necesarios.
  • Teoría crítica en la acción: Un punto obligado es el lugar de la teoría crítica en la praxis. La tradición crítica enfatiza la importancia de la reflexión profunda, incluso negativa, para evitar el conformismo. Pensadores como Adorno valoraban el «momento estético» y la negatividad como fuerza revolucionaria en potencia. Sin embargo, fue criticado por los estudiantes movilizados en 1968, que lo acusaban de pesimista; él temía que la acción sin teoría cayera en el autoritarismo. Este debate sigue latente: ¿debe la teoría subordinarse sin más a la práctica, o conservar una autonomía crítica? La respuesta matizada sería que ambos extremos son indeseables. Una teoría crítica completamente desligada de la práctica degenera en lo que algunos llaman «radicalismo verbal» (frases con impacto nulo). Pero una práctica sin teoría pierde visión de conjunto, puede enredarse en intereses cortoplacistas o quedar atrapada entre las fuerzas del status quo.

En contextos como el chileno, esto implica que los intelectuales belletristas, incluso órficos, necesitan estar en diálogo con las izquierdas practicantes y participar en el diseño de políticas o en acciones para transformar el capitalismo académico y ampliar el espacio de las ciencias sociales y humanidades. Por ejemplo, podrían aportar análisis sobre por qué ciertas reformas educacionales fallan, según su diagnóstico, y, a la vez, considerar seriamente las correlaciones de fuerza reales que condicionan el cambio.

Un puente así evitaría que la crítica de la izquierda letrada se consuma al interior de un círculo que, al final del día, pudiera aparecer nada más que afectado por el fenómeno del narcisismo de las pequeñas diferencias. Como explica un especialista, la idea detrás de este concepto freudiano «es que individuos y grupos con características, valores y antecedentes compartidos pueden enfatizar ligeras distinciones entre sí para afirmar su singularidad y superioridad. Freud también sugirió que la antipatía del narcisismo ante las diferencias menores no surge como consecuencia de la diferencia, sino de la creación de la diferencia, y descansa en la exageración de su presencia».

En suma, los debates históricos y contemporáneos nos enseñan que la tensión entre estética/crítica y política/práctica puede ser fértil si se aborda de forma dialéctica, no maniquea. La polémica con la izquierda de las belles lettres no busca abolir la crítica ni la imaginación; al contrario, pretende rescatar su potencia incorporándola a proyectos efectivos de futuro. Podemos hacer nuestra la frase: «Si no puedo bailar, tu revolución no me interesa», atribuida a Emma Goldman, feminista de la primera mitad del siglo pasado, que precisamente conecta la creatividad con el cambio social. Parafraseando: queremos cambios en que quepan la poesía y el pensamiento heterodoxo, pero que también ofrezcan gobernabilidad, seguridad y transformación de las condiciones materiales de la vida.

La izquierda literaria debe ser interpelada: ¿quiere influir realmente en los cambios o contentarse con la melancolía de sus ensayos? Si es lo primero, deberá abrirse a dialogar con proyectos de izquierda realmente existentes, aportando sus ideas, pero también escuchando y adaptándose. Si es lo segundo, entonces su papel será marginal —un estimulante literario, tal vez, pero no un actor de peso en la historia. En última instancia, para «incidir» (palabra clave en este contexto), la izquierda necesita tanto imaginación crítica como institución, tanto teoría como programa. Siempre los intelectuales han interpretado críticamente el mundo; de lo que se trata ahora es de gobernar su transformación, sin por ello renunciar a pensar, ahora asistidos además por la IA.

 

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