Las izquierdas reformistas en el interregno: tres rupturas para ir al fondo
Mayo 14, 2026

José Joaquín Brunner — Sala Enzo Faletto, USACH — 14 de mayo de 2026

Las preguntas de la convocatoria —acaso siguen vigentes las ideas del socialismo, si es posible articular una alternativa al capitalismo, qué partidos y propuestas necesitamos hoy— son las correctas. Mas sospecho que, con frecuencia, las respondemos mal porque lo hacemos desde la nostalgia del siglo XX. Mi tesis es simple: el problema de las izquierdas reformistas hoy no es de programa ni de liderazgos; es de pensamiento. La renovación exige tres rupturas con nuestras raíces ideológicas más profundas. No para liquidar la palabra “izquierda”, sino para ver si todavía puede significar algo en el siglo XXI.

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El siglo XX fue el de las revoluciones socialistas. Terminó con la disolución de la URSS y su trágico epílogo en Nicaragua, Venezuela y Cuba. El concepto mismo de revolución, tal como lo conocíamos, quedó sepultado. Y por una astucia mayor de la historia, las únicas revoluciones de izquierda exitosas —China y Vietnam— lo fueron por la vía de integrarse al capitalismo global. Hoy están a la vanguardia de su reestructuración: productivismo, crecimiento, un control tecno-ideológico férreo sobre sus poblaciones y un ethos confuciano del trabajo, la familia, el esfuerzo y el mérito. No son una alternativa al capitalismo: son su variante más vigorosa.

A su turno, las izquierdas que sí transformaron estructuralmente sus sociedades sin desmantelar el Estado de derecho fueron las reformistas: las que eligieron la vía institucional, el cambio gradual y la democracia liberal. La socialdemocracia escandinava y su Estado de bienestar. El laborismo británico de 1945 y el Servicio Nacional de Salud (NHS). El SPD alemán y el giro de Bad Godesberg de 1959, en el que el partido renunció formalmente al marxismo como dogma único. El socialismo democrático de Felipe González y Mário Soares, que modernizó la Península Ibérica por la vía de la integración europea, sin pasar por la revuelta armada. Esa fue la genealogía que funcionó. Y por eso conviene tenerla a la vista.

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Chile tuvo una izquierda reformista con latencias revolucionarias que llegó al gobierno en 1970 sin su propio Bad Godesberg y sin capacidad productiva para sostener un Estado de bienestar. La ambigüedad de la UP y la implacable oposición nacional e internacional que debió enfrentar condujeron al fracaso simultáneo de la vía democrática y del ideal revolucionario latente, cuyos “profetas desarmados” pagaron con sus vidas, masacrados por la reacción cívico-militar convertida en dictadura. El proyecto fracasó tanto por sus contradicciones internas como por la violencia que se le opuso.

La salida de la dictadura fue liderada por una coalición claramente reformista de centro-izquierda. La Concertación llevó a cabo una transición pacífica que, además, estuvo acompañada de un fuerte crecimiento económico, una importante reducción de la pobreza, avances sociales y culturales, y la consolidación de una gobernabilidad democrática durante veinte años. Es necesario reconocerlo, ya que la autocrítica posterior ha oscurecido un balance que, en comparación con otros países de América Latina y con distintas etapas de la propia evolución chilena, resulta claramente favorable. A su vez, el principal déficit de la Concertación —haber completado su ciclo sin realizar un esfuerzo serio de revisión, crítica y planificación para adaptarse a las transformaciones sociales que ella misma ayudó a desencadenar—representa ahora un desafío para las nuevas generaciones.

Lo que siguió fueron dos intentos consecutivos de las izquierdas, ambos –lo sabemos hoy– fallidos. Primero, la Nueva Mayoría, una versión del reformismo estructural que aspiraba a “otro modelo” de sociedad, cuyos efectos —en educación, en el sistema tributario, en el fin del sistema binominal y en la reforma laboral— aún generan intensos debates. Luego, tras un período de dominio de la derecha liberal y gerencial, marcado por el estallido social, un nuevo eje de izquierdas conformado por el Frente Amplio y el PC, autodefinido más como refundacional que reformista, comenzó a proyectar una nueva izquierda. Esta se nutría inicialmente  de una heterogénea mezcla ideológica que incluía chavismo, ‘podemismo’, identitarismos diversos, ecologismo profundo, populismos al estilo de Laclau o García Linera y una fuerte carga generacional crítica al reformismo de la Concertación. El balance de este último ensayo es paradójico: sin duda hubo aprendizajes —mayor pragmatismo, realismo reformista y una gestión que no estuvo exenta de dificultades—, pero el proyecto, como idea de renovación ideológica, no logró ofrecer propuestas que permitieran reimaginar una izquierda reformista.

El resultado de este recuento es el incómodo interludio en el que nos encontramos hoy; dicho con la pegajosa metáfora gramsciana, un tiempo en el que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.

Mientras tanto, las derechas duras han asumido la iniciativa ideológica mediante una ola de renovación centrada en principios autoritarios, iliberales y securitarios, en la reducción drástica del Estado y en la aceleración del capitalismo global. Por nuestro lado, las izquierdas exhibimos una notable falta de ideas que ya no se puede ocultar.

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Para efectos de esta conversación, propongo que imaginemos tres rupturas de carácter epistémico, ideológico, político y emocional.

Primera: el crecimiento en el capitalismo. Desde Marx, en verdad, mucho antes que Schumpeter, sabemos que el capitalismo solo existe si revoluciona constantemente los medios de producción y, junto con ello, todo el sistema social. Esta fuerza creativa y destructiva no se limita a la economía: también impacta en instituciones, tradiciones, vínculos comunitarios, jerarquías, creencias religiosas y profesiones. Según el Manifiesto, el crecimiento capitalista desempeña un papel “verdaderamente revolucionario”. La cuestión para las izquierdas del siglo XXI es si aceptan esta fuerza —para aprovecharla, mitigar sus efectos destructivos y, en la medida de lo posible, dirigirla— o si continuarán condenando el capitalismo y proclamando su sustitución por un socialismo, en cualquier forma que podamos idear. En términos concretos: ¿las izquierdas reformistas están dispuestas a enfrentarse, con todas sus implicaciones, a gestionar el crecimiento en el Chile real, inserto en el capitalismo global tal cual es? ¿O preferimos seguir habitando la ética de la denuncia que renuncia a gobernar o, cuando lo hace, a promover el crecimiento? Porque sin crecimiento no hay redistribución, ni financiamiento de servicios, ni política ambiental efectiva, ni autonomía en el ámbito geopolítico. El reformismo del siglo XXI, o se ocupa del crecimiento, o simplemente no será.

Segunda ruptura: hacia un Estado transformado. Las izquierdas reformistas del siglo XX fueron, paradójicamente, estatales y estatistas. Repetíamos con Marx que el Estado era la junta directiva de los intereses burgueses y, con Althusser, que era el aparato ideológico de su hegemonía. Al mismo tiempo, nuestro imaginario descansaba íntegramente en la coordinación estatal, y no en la sociedad civil con sus redes, sus mercados, sus organizaciones no gubernamentales, sus iniciativas privadas y sus motivaciones públicas. Mientras el Estado ideal de la revolución era —quien se atreve aún siquiera a decirlo— la dictadura del proletariado, el de los reformistas era un Estado de bienestar a la nórdica, francesa o alemana, según las preferencias personales. La pregunta de hoy es: ¿qué Estado prospectamos para el próximo medio siglo? ¿Sigue siendo un pivote por reivindicar frente a los mercados, sobre todo ahora que los libertarios amenazan con reducirlo al mínimo? ¿Qué tipo de Estado imaginamos? Por ejemplo: ¿uno organizado hacia afuera por misiones, proyectos y emprendimientos —a la Mazzucato— y hacia adentro por la doctrina del Nuevo Gerenciamiento Público? Es decir, ¿un Estado que abandona sus pesadas burocracias, su monopolio de lo público y su pretensión de satisfacer derechos universales mediante prestaciones uniformes para articularse con una sociedad civil que pasa al centro de la coordinación? Para algunas tradiciones de izquierda, un tipo así de Estado podría sonar a herejía y, peor aún, a un engendro neoliberal.  Pero sin esta segunda ruptura, la primera –la del crecimiento capitalista– es inviable.

Tercera ruptura: ¿qué hacer con la democracia? Las izquierdas reformistas latinoamericanas se reconciliaron con la democracia liberal —su ethos, sus reglas, sus mediaciones— justo cuando esta entraba en crisis en Occidente, perdiendo la legitimidad popular y la utilidad instrumental para segmentos de la las élites. Hoy las democracias realmente existentes enfrentan una doble ola: el trumpismo y el pensamiento Xi, que se disputan la hegemonía del capitalismo y del poder tecnológico y cultural del siglo XXI. Ambas son respuestas autoritarias y tecnocráticas al desafío de gobernar un capitalismo acelerado en sociedades agobiadas por la incertidumbre. Al contrario, Europa se ve cada vez más débil y sin respuesta; sus socialdemocracias se hallan en retirada. Entre 40 países, solo uno, España, marca como de izquierda. En América Latina, con menor tradición de izquierdas democráticas, la situación del reformismo resulta aún más frágil.

De allí las preguntas que no podemos esquivar: ¿defenderemos realmente la democracia liberal, con todas sus fallas, frente al avance iliberal? De ser así, ¿cómo adaptamos la democracia a la velocidad del capitalismo? ¿Cómo ofrecemos certezas y seguridad a una sociedad civil acosada por la violencia? ¿Cómo se compatibilizan los derechos liberales con los derechos sociales? ¿Cómo se concilian la democracia representativa, la deliberativa y la participativa? La tercera ruptura consiste, entonces, en aceptar que la democracia liberal no es un obstáculo a superar para llegar a algo mejor: es hoy, más bien, una condición para concebir el crecimiento de los países con un Estado emprendedor moderno, bajo las condiciones de una sociedad civil no completamente controlada por el autoritarismo de las tecnocracias o de las burocracias de derechas o de izquierdas duras.

Termino donde empecé. Las izquierdas reformistas no necesitan otro programa: necesitan una refundación de su pensamiento. Y esa refundación pasa por tres aceptaciones difíciles. Que el crecimiento capitalista es la condición material de toda política redistributiva, no su antagonista. Que el Estado debe transformarse —emprendedor por misiones hacia fuera, gerencial hacia dentro, con la sociedad civil en el centro—. Y que la democracia liberal, con todas sus fallas, es el único marco posible para evitar la deriva autoritaria-tecnocrática que golpea a las puertas desde ambos lados.

 

Santiago, 14 de mayo de 2026

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