Cinco asedios a José Joaquín Brunner: Republicanismo suspensivo
Marzo 12, 2026
Comparto aquí la reflexión crítica de Mauro Salazar J., referida a mi columna del día 11 de marzo sobre “Cambio de mando e inicio de una emergencia”, cuyos principales  argumentos retomaré en el futuro próximo.

Hay una tensión que el análisis crítico ha tardado demasiado en tomarse en serio: que el pueblo desee lo que lo somete. El orden excita. La jerarquía produce goce. El oxímoron constitutivo de la ultraderecha es que la «moral» y el «neoliberalismo» no se contradicen, pero exilian la patología liberal: se articulan libidinalmente, produciendo el mismo sujeto, el mismo deseo, la misma «gramática del merecimiento».  

Antes de comenzar, una advertencia que no es menor: lo que sigue no es «inflacionismo semiótico». No se trata de producir una lectura que expanda indefinidamente la economía de signos hasta que todo signifique todo o nada. Tal vicio del análisis crítico termina por disolver la especificidad de lo que se examina en una nube de referencias que se autoconfirman. Chile es un régimen multipartidario y presidencialista, con separación formal de poderes e instituciones que, aunque fatigadas y tensionadas, siguen siendo reales en sus efectos y límites. Eso no es mero arte del datólogo ni un telón de fondo decorativo: es la condición materialista desde la cual cualquier análisis sobre el «post-autoritarismo» (como temporalidad política) o la «deriva iliberal» debe partir si no quiere confundir la tendencia con el hecho consumado y el riesgo con la catástrofe ya ocurrida. Decir que hay «microfascismos capilares», «economía libidinal del enemigo», y una «Internacional de derechas duras» que gravita sobre el nuevo gobierno, no equivale a sostener (como lo señala mi colega Pablo Solari) que el país sea ya una autocracia consumada ni que las instituciones hayan dejado de funcionar como tales¹.  Equivale, más precisamente, a señalar que esas instituciones están siendo habitadas por fuerzas que no las respetan como fin, sino que las utilizan como medio, y que esa diferencia entre respetar y utilizar es exactamente lo que está en juego. El análisis que sigue parte de esa distinción y no la abandona.

Con todo, la operación teórica más urgente no es la de catalogar sino la de desplazar: desplazar el fascismo (capilar o tardío según la óptica) desde la comodidad taxonómica del «tipo» (esa configuración estable de partidos, regímenes e ideologías) pertenecientes, a un pasado europeo que el consenso liberal declaró irrepetible hacia la incomodidad analítica del «proceso» y la «tendencia». El fascismo contemporáneo no es una figura que retorna idéntica a sí misma desde un archivo histórico clausurado (camisas negras): es una lógica política que emerge de las contradicciones del «capitalismo racial» en momentos de crisis, que cristaliza con distinta intensidad y en distintas formas según las condiciones históricas específicas de cada formación social².  Ese desplazamiento (del tipo al proceso, del fenómeno al problema, de la esencia a la operación) no es un refinamiento académico menor: es la conditio sine qua non de cualquier análisis que pretenda ser útil para la contemporaneidad autócrata, incluido el caso chileno, donde la tentación del tipo ha funcionado históricamente como coartada para no ver lo que opera en los márgenes de lo reconocible. Lo que emerge de este análisis no es, entonces, la figura tranquilizadora del «protofascismo» (esa categoría diferida que sitúa el peligro siempre en un todavía-no, en una fase previa al fascismo real que aún no ha llegado y que por tanto puede seguir esperándose sin urgencia), sino algo más perturbador: el Partido Republicano constituye una expresión del «fascismo incubado» operando ya, ahora, dentro de los límites que el marco democrático-electoral contemporáneo establece como marco de despliegue. No en los bordes del sistema sino en su interior más funcional, habitando sus procedimientos, instrumentalizando sus garantías, produciendo sus efectos sin necesidad de declarar su nombre. 

El espejo trizado.

Tempranamente, y antes de que el léxico de la transición normalizara sus propios desplazamientos, el profesor Brunner realizó una «migración conceptual» (intensamente innovadora) que merece ser leída en su exacta productividad teórica: la apropiación del término «hegemonía» (en su filiación gramsciana, con todo el peso de una tradición que piensa el poder no como imposición exterior sino como producción interior de consentimiento) para describir las prácticas de un autoritarismo que no se limitaba a reprimir sino que, más perturbadoramente, organizaba.³ Organizaba la cultura, distribuía los signos, configuraba los modos de percepción y los umbrales de lo decible. Lo que esa «migración conceptual» permitió nombrar no era la violencia espectacular del régimen (esa era visible, demasiado visible) sino su dimensión productiva: la «cultura autoritaria» como sistema de sentido, como arquitectura simbólica que la «ideología de mercado» y la «privatización de la experiencia social» consolidaban capilarmente, mucho más allá del alcance de cualquier decreto. «Hegemonía», en ese contexto, no era un término importado sino una herramienta de precisión: la única que permitía describir cómo el autoritarismo exacerbado no solo prohibía sino que, fundamentalmente, producía «sujetos» funcionales a su propia reproducción.

Hay una advertencia adicional que el texto del profesor José Joaquín Brunner no formula, pero que su propio gesto analítico convoca oblicuamente: el riesgo de confundir las matrices teóricas de punta con la realidad que pretenden cartografiar. Comprar conceptualizaciones muy estilizadas (aquellas que nos dejan satisfechos a quienes hemos frecuentado ciertos autores) como si fueran el territorio mismo y no apenas su traducción intelectual más sofisticada, constituye un error estratégico de consecuencias políticas concretas. Porque el placer de la conceptualización precisa, ese goce particular del que reconoce en un texto la densidad teórica que buscaba, puede operar como sustituto del análisis antes que como su condición. La jerga crítica, cuando se vuelve autorreferencial, produce un efecto de clausura: el mundo queda explicado antes de ser examinado, y lo que debiera ser instrumental se convierte en ornamental. No es un problema menor ni meramente académico: es, en parte, lo que permite que la derecha avance como lo está haciendo, ocupando los espacios donde el pensamiento crítico dejó de habitar porque estaba demasiado ocupado citándose a sí mismo. La sofisticación conceptual, sin anclaje en las texturas específicas de lo real, no es rigor: es una forma elegante de la evasión.

El deseo no se administra: prolifera en los márgenes de lo que el mercado codifica como «producción útil», se instala en los pliegues de una circulación que nunca termina de cerrarse sobre sí misma. Hay una energía que antecede al contrato, que excede la lógica del «intercambio equivalente» y sus registros contables, una pulsión que atraviesa los cuerpos y los signos antes de que cualquier racionalidad instrumental pueda domesticarla en cifra o en función. Lo que fluye no obedece al «principio de escasez»: desborda, gasta, disipa sin retorno calculable y en esa disipación funda una «política de la intensidad» que ningún dispositivo de regulación logra capturar del todo. El placer opera como fuerza productiva, pero también como resistencia a la productividad misma, como aquello que el capital necesita movilizar para reproducirse y que, simultáneamente, amenaza con desestabilizar sus equilibrios. En los bordes de la representación dominante, donde la norma se fractura y el sentido se vuelve poroso, emerge una «economía otra»: no la del ahorro y la inversión, sino la del exceso, la de una pérdida soberana que los lenguajes del rendimiento y la eficiencia jamás podrán traducir sin traicionar.

Pero hay una escena específica donde esa energía adquiere una densidad histórica que ninguna teoría general del deseo puede absorber sin resto: la escena del «post-autoritarismo como política temporal», es decir, como régimen de administración del tiempo que decide qué pasado merece duelo, qué presente merece nombre y qué futuro merece promesa. El post-autoritarismo no es simplemente una etapa que sucede al terror: es una «tecnología cronológica», un dispositivo que opera sobre la experiencia del tiempo vivido para producir una periodización conveniente, una cesura que separa el antes traumático del después reconciliado mediante el gesto autoritario (ahora democrático en su forma) de decretar cuándo termina una época y cuándo comienza otra. Esa política temporal es también, y fundamentalmente, una política del cuerpo: interviene la «economía del goce», redistribuye las cargas de la culpa y el silencio, inscribe en la carne una gramática de la obediencia que la transición democrática se apresuró a recubrir bajo el signo consensual de la «reconciliación» y el futuro como horizonte que cancelaba la deuda con el pasado.

 

Lo erótico en ese contexto no es metáfora decorativa sino nudo analítico que perturba la linealidad del «tiempo transicional»: nombra la tensión entre aquello que el orden post-autoritario necesitaba desactivar (los cuerpos disidentes, los duelos sin clausura, las memorias que contaminaban el relato del progreso) y aquello que insistía en retornar, indócil, anacrónico, fuera de la secuencia autorizada. El tiempo del deseo no coincide con el tiempo de la transición: mientras esta impone una temporalidad rectilínea orientada hacia la «normalización institucional», aquel opera en pliegues, en retornos, en latencias que desorganizan la promesa de un presente ya saneado. La democratización administró los afectos con la misma lógica tecnocrática con que administró la economía y el calendario político: eligió qué dolores eran rentables para el «nuevo pacto temporal» y cuáles debían quedar fuera del cuadro, sin archivo ni fecha reconocida. Frente a esa gestión cronológica del olvido, lo «erótico-político» se constituyó como práctica de desacato temporal: una forma de habitar el cuerpo y la memoria que rehusaba la equivalencia entre transición y reparación, entre el cierre institucional del pasado y la restitución simbólica de aquello que el tiempo oficial había declarado, prematuramente, clausurado.

Brunner: advertencias, dudas y perplejidades.

En su nota Cambio de mando e inicio de una emergencia —José Joaquín Brunner, el autor y mayor investigador de las modernizaciones— observa, con distancia analítica y sine ira et studio, hacia ninguno de los dos campos en disputa⁴. Su diagnóstico es lúcido, su prosa es precisa y su voluntad de equidistancia resulta, en este contexto político, casi un acto de resistencia intelectual. Y sin embargo, precisamente esa distancia genera tensiones internas que merecen ser interrogadas con la misma seriedad con que José Joaquín Brunner interroga el momento. No se trata de refutar sus conclusiones sino de llevarlas hasta donde él mismo, quizás deliberadamente, no las lleva. Porque hay apostillas que el texto produce sin formularlas, fisuras que el análisis abre sin habitarlas, umbrales que la prosa académica toca y luego rodea con la elegancia de quien prefiere la descripción al diagnóstico incómodo.

El primer asedio concierne al alcance de su diagnóstico institucionalista. El profesor Brunner lee el conflicto del «cable chino» y el quiebre del proceso de traspaso fundamentalmente como una crisis de legitimidad y de «rituales republicanos» deteriorados. El autor nos recuerda oportunamente que «Ambos líderes, [uno más que otro a mi juicio] el saliente y el entrante, disminuyeron su propia investidura al comportarse menos como jefes de Estado (uno vigente, el otro a punto de serlo) que como contendores atrapados en una pelea de corto alcance». Esa lectura es correcta en lo que describe, pero cabe preguntarse si no subestima la dimensión estructural del problema. La fragilidad republicana que documenta no es un accidente de carácter ni un déficit de altura política en dos líderes concretos: es el efecto acumulado de décadas de un modelo que privatizó los vínculos sociales, atomizó las solidaridades colectivas y redujo la política a administración técnica del orden existente. Diagnosticar el deterioro de la «gramática común» es necesario, pero insuficiente si no se pregunta por qué esa gramática se erosionó, quién la erosionó primero y con qué intereses. El republicanismo no se debilita solo: alguien lo debilita, y ese alguien tiene nombre, historia y estructura de clase. El profesor José Joaquín Brunner describe el síntoma con elegancia pero permanece reticente ante la etiología, como si nombrar las causas profundas exigiera un gesto que su distancia analítica no está dispuesta a conceder.

Un segundo asedio -o apostilla- toca el nervio metodológico del texto y es por eso la más incómoda. A lo largo de su análisis, José Joaquín Brunner tiende a distribuir las responsabilidades de manera relativamente equilibrada entre el gobierno saliente y el entrante. Ambos «se empequeñecieron», ambos fallaron, ambos contribuyeron al deterioro del momento. Pero ¿es esa simetría analíticamente honesta o una «simetría retórica» que produce el efecto de objetividad sin garantizarla? Un presidente electo que instrumentaliza deliberadamente el proceso de traspaso para construir su «narrativa de emergencia» no comete el mismo tipo de falta que un gobierno que gestionó mal un asunto de infraestructura crítica. Son errores de naturaleza distinta: uno es una torpeza administrativa; el otro, una operación política calculada con precisión. Equipararlos bajo el mismo reproche de haber «empequeñecido la investidura» produce una falsa equivalencia que, paradójicamente, normaliza la operación que el profesor José Joaquín Brunner dice querer alertar sobre. La equidistancia aplicada a situaciones asimétricas no es neutralidad: es una forma de tomar partido sin declararlo, de escribir desde el «centro» cuando el centro ya no es un lugar que el poder respete.

Un tercer asedio concierne a la categoría de «democracia iliberal», que José Joaquín Brunner convoca con precisión descriptiva pero con una cautela que roza la ambigüedad productiva. Advierte sobre el riesgo de derivas iliberales, enumera con nitidez sus síntomas, pero al mismo tiempo se cuida de aclarar que no toda defensa de «orden y autoridad» conduce al autoritarismo. Lo cual es cierto en abstracto. Pero ¿dónde traza él mismo la línea? ¿Cuáles son los criterios que permiten distinguir el conservadurismo democráticamente legítimo de la «deriva iliberal» que él mismo describe como un horizonte de riesgo? El texto del profesor José Joaquín Brunner describe los peligros con especial finura, pero no ofrece esos criterios, y esa indefinición puede ser intelectualmente honesta (la complejidad real a veces no admite líneas nítidas), pero también puede funcionar, involuntariamente, como cobertura discursiva para posiciones que en otros contextos merecerían un juicio más nítido. Nombrar el riesgo sin ofrecer el criterio de distinción es, en cierta medida, conjurarlo sin desarmarlo, y dejar al lector en la incomodidad de un diagnóstico sin instrumental.

Un cuarto punto que cabe apostillar (asediar) es quizás el más concreto y el más urgente porque toca el cuerpo real de la política y no solo sus formas discursivas. Las exigencias que el profesor José Joaquín Brunner formula a la izquierda al final de su texto son intelectualmente certeras: revisar su relación con el capitalismo contemporáneo, con la seguridad, con la experiencia real de las clases medias, con su propio déficit de «realismo geopolítico». Todo eso es necesario y está bien dicho. Pero Brunner no dice mucho sobre las condiciones materiales e institucionales bajo las cuales esa revisión podría realizarse. Una izquierda que sale del gobierno sin recursos organizativos consolidados, fragmentada internamente, sin medios de comunicación propios y enfrentada a un aparato del Estado que el nuevo gobierno ha prometido «intervenir desde el primer día», ¿en qué espacios concretos ejecutaría esa revisión? La autocrítica, sin condición de posibilidad para llevarla a cabo, se convierte en una exigencia moral abstracta que reproduce, en el plano analítico, exactamente el mismo déficit que denuncia: la distancia entre el discurso y la capacidad real de actuar. Se le pide a la izquierda que piense con rigor «desde afuera». Pero pensar desde afuera es más fácil cuando uno no está dentro de la derrota, cuando el «locus enunciativo» no está marcado por la urgencia y el desamparo.

El quinto y último asedio señala una ausencia más significativa: la del sujeto popular como actor político autónomo. El análisis del profesor José Joaquín Brunner circula con encomiable fluidez entre élites, liderazgos, partidos, doctrinas geopolíticas y «gramáticas republicanas». Es un análisis de altura, en todos los sentidos del término, incluido ese en el que la altura es también la distancia de lo que ocurre abajo. El estallido de octubre de 2019 demostró que existe en Chile una energía social que no se deja reducir a ninguna de esas categorías, que desborda los partidos, que precede a los liderazgos y que produce sus propias formas de diagnóstico y de demanda desde los márgenes donde la gramática republicana no llega o llega tarde. Esa energía fue contenida, pero las condiciones que la produjeron no han desaparecido: pese a los lirismos insurreccionales y la rabia erotizada, objetada oportunamente por Nelly Richard4, no ha mermado la deuda, la desigualdad, el agotamiento, ante la distancia entre lo prometido y lo efectivamente vivido en el cuerpo, se mantiene. ¿Dónde está ese actor en el escenario actual? ¿Ha sido absorbido por el «miedo al desorden» que el nuevo gobierno supo capitalizar con eficacia? ¿Ha migrado hacia formas de despolitización que el análisis institucionalista no tiene categorías para captar? ¿O espera, sedimentado en los pliegues de lo cotidiano, condiciones que ningún análisis «desde la cúspide» puede anticipar con precisión? Quien suscribe estas notas se declara tan respetuoso como discrepante respecto del enfoque —legítimo— del autor. El profesor Brunner sabe que quien suscribe estas notas forma parte de las belles lettres en su tradición secular: un belletrista, lo que en ciertos contextos equivale a un elogio y en otros, a una advertencia. En efecto, se honra la distancia crítica.

Estas apostillas no invalidan (en lo absoluto) el texto del autor de tamaña trayectoria. Con todo, aún habitan, más bien, como toda buena nota de análisis debiera producir en su lector: la incomodidad de lo que falta en este debate. Quizá la explicitación de que el mapa es siempre más pequeño que el territorio, y la sospecha de que los momentos más decisivos de la historia política rara vez se anuncian desde donde los analistas acostumbran a mirar, sino desde esos espacios que el análisis elegante tiende a dejar «fuera de cuadro». Solo resta decir que la «subjetividad microfascista» es una respuesta inmunitaria hipertrofiada a la crisis del lazo social: el sujeto neoliberal chileno, atomizado y endeudado, experimenta al otro como una amenaza inmunitaria antes de que haya razón consciente para ello —el migrante «contamina», el delincuente «infecta», el subversivo «corrompe». La metáfora sanitaria no es accidental: es la gramática de la lógica inmunitaria, que percibe la diferencia como patología y la exclusión como profilaxis. La comunidad que la ultraderecha promete es una communitas imaginaria construida sobre la immunitas real5: «Familia, orden y autoridad» nombran no una comunidad sino la forma inmunitaria de lo que queda cuando se ha expulsado todo lo que amenazaba. Y el peligro estructural —lo que Esposito llama autoinmunidad— es que, llevada al extremo, la respuesta inmunitaria deviene autodestructiva: un Chile «limpio» de migrantes, géneros y diversidades sería un Chile destruido en la heterogeneidad que hace posible cualquier vida común.

 

Dr. Mauro Salazar J.

UFRO/Sapienza.

Notas

¹ Pablo Solari, comunicación académica. La distinción entre «tendencia» y «hecho consumado» resulta central para no incurrir en el error metodológico inverso al que se critica: el de la catastrofización prematura que paraliza el análisis en lugar de orientarlo.

² Alberto Toscano, Late Fascism: Race, Capitalism and the Politics of Crisis, Verso, Londres, 2023. La categoría de «capitalismo racial» remite a la tradición inaugurada por Cedric Robinson, Black Marxism: The Making of the Black Radical Tradition, University of North Carolina Press, Chapel Hill, 1983.

³ José Joaquín Brunner, La cultura autoritaria en Chile, FLACSO, Santiago, 1981; Un espejo trizado, FLACSO, Santiago, 1988. La filiación gramsciana del concepto de hegemonía en el período 1977-1988 de la obra de Brunner ha sido documentada por el propio autor en entrevistas y prólogos posteriores.

⁴ Tiempos y Modos. Política, crítica y estética PAÍDOS. 2024.

5 Balibar, É. (2015b). Violence and Civility: On the Limits of Political Philosophy. New York: Columbia University Press.

 

 

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