¿Hacia dónde va el gobierno de Kast? Anatomía de una indefinición
Junio 3, 2026

La emergencia pasa a ser recuperación, la refundación restauración, el cambio radical una interminable lista de cambios cosistas para la conservación del orden en sus dos pilares de seguridad y crecimiento.

Antes todavía de conocer el mensaje presidencial del 1 de junio, cuando escribo estas notas, los mensajes, anuncios, enunciados, proyectos y declaraciones del gobierno han sido contradictorios. Así fue desde el comienzo. Con el paso de las semanas el ruido se mantiene. Y crece un sordo desconcierto también dentro del oficialismo.

De allí el clima expectante en palacio. Según un medio electrónico bien informado, “en La Moneda apuestan por que la Cuenta Pública del 1 de junio, la primera del Presidente José Antonio Kast, marque un punto de inflexión para la administración Kast y permita retomar la agenda política”. O sea, salir del desorden político-comunicacional.

Veremos si el Presidente logra dejarlo atrás o no. Es decir, nuestra columna está siendo escrita esta vez en dos tiempos. Antes y después del discurso presidencial. Así, yo mismo podré someter mi análisis escrito con anterioridad, la semana pasada, a un examen y verificación con los dichos del Presidente.

I.

Un gobierno de emergencia supone abordar pocos asuntos dramáticos y hacerlo bajo el signo de la unidad nacional, que el propio Presidente invocó la noche de su elección. Luego, sin embargo, nunca más mencionó seriamente la palabra “unidad”. Al contrario: hay un clima de crispación y acoso permanente hacia la oposición, el gobierno anterior, los parlamentarios discrepantes, las opiniones críticas; en suma, la “otra mitad del país”.

La misma reconstrucción nacional ante los desastres naturales y grandes incendios, que tradicionalmente convoca a la unidad, se usó aquí como manto protector de un proyecto de ley miscelánea, sin duda la más polémica y divisiva de las iniciativas del Ejecutivo hasta ahora. Se desperdició así la posibilidad de tener un momento de unidad en los primeros meses del gobierno y se usa el drama de la reconstrucción para generar presión moral sobre el Congreso.

En lo demás, la emergencia inicialmente definida ha ido desdibujándose rápidamente.

La seguridad, seamos francos, ha resultado una calamidad, desde el inicio con el nombramiento de la ministra Steinert hasta su forzada renuncia, que vino acompañada contradictoriamente de una verdadera loa a su gestión, justo al momento de despedirla. El aprecio y cariño humano mostrado por la Primera Dama a la ministra despedida en esa ocasión pública, pero que más bien debió ocurrir en los aposentos familiares y domésticos de La Moneda donde habita el matrimonio presidencial, mostró nuevamente lo lábil que se ha vuelto el límite entre la esfera privada y el espacio público-gubernamental, como suele ocurrir con este Gobierno en diversos planos. Según señalé hace algunas semanas en una columna anterior, “Kast rodea su imagen con los códigos de la esfera privada: la familia numerosa, los valores del hogar, la fe como brújula. Hasta La Moneda ha sido domesticada”. También aquel día del cambio de gabinete, el rito republicano adquirió por momentos el carácter de un salón familiar, donde se consuela a quien ha caído en desgracia.

En cuanto a la meta de alto contenido securitario y moral —según repetía entonces el candidato Kast en campaña—, la de expulsar a 300 mil inmigrantes irregulares, no solo ha ido difuminándose, sino que fue directamente degradada por el Presidente primero con el calificativo de ser una metáfora (¿de qué?) y, enseguida, al explicarla como una hipérbole; es decir, una exageración altisonante. Dio lugar, sin embargo, a una polémica de fondo sobre las fake intentions en la comunicación político-electoral.

El crecimiento económico, la otra prioridad declarada como pilar de la emergencia, aparece, sin embargo, envuelto en la polvareda de una batalla ideológica; la cruzada antiopositora conducida desde el ministerio de Hacienda. En vez de convocar una opinión favorable para políticas pro-crecimiento —que hoy no sería difícil reunir—, el ministro Quirozparece estar empeñado en demostrar lo mal que está la “caja fiscal vacía” y en agitar denuncias contra el manejo de esa caja por parte del anterior gobierno; la última sobre la deuda pública “sin contar con el suficiente chequeo técnico, abriendo innecesarios flancos para el Gobierno, los partidos del oficialismo y la imagen que proyecta el país ante los mercados internacionales”, según editorializó el diario La Tercera.

A pesar de todo esto, el ministro de Hacienda aparece investido desde el primer día como el real poder de la gobernabilidad interna del Gobierno, al lado del Segundo Piso, y como vocero del único plan gubernamental que hasta aquí se ha hecho presente. La agresividad mostrada por Quiroz desde el inicio parece tener al menos un blanco claro. Es un ataque libertario contra programas y presupuestos del Estado, que ha puesto a todo el gabinete a moverse al ritmo de las tijeras. Nada de esto, claro está, favorece el crecimiento, las inversiones o el empleo, ni crea un clima favorable al entendimiento político. Más bien, las actuaciones hostiles del ministro de Hacienda han creado un sinnúmero de querellas al interior del gobierno, del oficialismo y con las oposiciones.

II.

La pregunta, entonces, es qué persigue el gobierno en medio de la confusión creada por sus propias comunicaciones —del Presidente, Hacienda, el Segundo Piso, el núcleo político de La Moneda, los portavoces del oficialismo— que provocaron la abrupta salida de la ministra vocera antes de cumplir tres meses en el cargo.

¿Hacia dónde va o quiere ir el gobierno? ¿Qué prospectivas de gobernabilidad existen para este gobierno?

Para responder llevaremos adelante este ejercicio. Propongo imaginar cuatro escenarios posibles, construidos previamente al discurso presidencial, lo que nos permitirá luego, en la sección final, volver sobre esos escenarios, pero esta vez ya con la información procesada del mensaje y las metas presidenciales.

Escenario 1: una gobernabilidad refundacional lograda. Materializa todo —o casi todo— lo que estaba previsto en el proyecto Republicano y en el programa y discurso de la campaña presidencial. Se pone fin a la decadencia nacional: al país que se caía a pedazos; la sociedad chilena que estaba deshilachándose; la profunda crisis moral en que nos tenían sumidos 35 años de gobiernos y políticas equivocadas; el crimen que recorría rampante las calles de las ciudades, y un Estado que se hallaba paralizado por la grasa burocrática, la captura corporativa, la corrupción en las oficinas públicas (llenas de parásitos).

Bajo ese diagnóstico, el gobierno se había declarado en estado de emergencia y, si bien tuvo un inicio vacilante, tras una serie de victorias políticas y un potentísimo “nuevo comienzo” marcado por el mensaje presidencial del 1 de junio de 2026, se afirmó, enfiló y radicalizó, siguiendo un modelo de estilo trumpiano: un Poder Ejecutivo potenciado al máximo, actuando en todos los frentes por medio de decretos y órdenes administrativas, con mano dura y tolerancia cero frente al crimen, en comunicación directa con las masas y en lucha frontal contra la clase política opositora con el respaldo absoluto, decidido y coherente de los partidos oficialistas.

Además, logró soltar, agresivamente, los espíritus animales del capital y las grandes empresas mediante una desregulación máxima y rápida, la extirpación de la permisología, una drástica reducción del Estado y del gasto, un fuerte impulso privatizador, incluyendo el “capitalismo popular” en Codelco, una reducción significativa de tributos y contribuciones, y un exitoso movimiento cultural en favor de las virtudes y la moral cristiana y contra el nihilismo y la anomia posmoderna y woke de unas izquierdas en decadencia alrededor del mundo. Chile pasa a ser visto mundialmente como un ejemplo destacado de gobierno posdemocrático-iliberal, en la onda de Trump y del movimiento latinoamericano de orden, seguridad y aceleración capitalista de Bukele, Milei, Bolsonaro Jr., De la Espriella, Fujimori y Delcy Rodríguez, convertida en la primera mujer fuerte de esta ola refundacional.

Escenario 2: gobernabilidad refundacional fallida. De manera similar a lo ocurrido previamente con el gobierno Boric, aunque por motivos y con formas muy distintas, la refundación proclamada programáticamente por Kast y su gobierno de emergencia sucumbió a los pocos meses de iniciado, en medio de medidas contradictorias, un equipo inestable, un liderazgo inesperadamente débil y de tono doméstico, y un fracaso rotundo de ambas vigas maestras del proyecto kastista: la seguridad y el crecimiento.

El relativo estancamiento económico continuó(crecimiento en torno al 2%), las tasas específicas de empleo de jóvenes, mujeres y personas con educación superior no experimentaron cambios significativos, hubo solo un aumento marginal de las inversiones y, aunque la permisología se redujo, la desregulación trajo consigo mayor concentración y algunos escándalos de colusión que terminaron por minar la confianza en el equipo de Hacienda. Tampoco las exportaciones aumentaron debido a la inestabilidad del comercio global. Y la situación fiscal se deterioró al no cumplirse ninguno de los vaticinios (híper) optimistas del gobierno, mientras los poderes fácticos del capital y la empresa —ya a mediados de 2027— comenzaban a buscar alternativas para la futura administración dentro del conglomerado de los partidos de Chile Vamos.

En cuanto a la inseguridad ciudadana, esta continuó sin disminuir en sus niveles dramáticos en las pantallas y en la percepción de los hogares, si bien se insistía en las imágenes que mostraban a ministros en terreno y a pesar del uso intensivo de la legislación y los aparatos de seguridad aprobados por el gobierno Boric y que el ministro Arrau, desde el primer momento, se propuso utilizar. Las calles de las ciudades mantuvieron su ritmo de miedo y crispación y el uso de más tecnología, más represión, más amenazas de “mano dura” apenas modificaron la presencia del crimen común, del organizado y de las víctimas de uno y otro. La hiperbólica promesa de poner a 300 mil inmigrantes fuera de las fronteras del país —por invitación o a la fuerza— se convirtió en el principal símbolo del fracaso gubernamental y su intento de asegurar una nueva gobernabilidad. Todo lo prometido se convirtió en una gran metáfora de un malogrado proyecto y las ilusorias expectativas alimentadas por el Presidente republicano.

Escenario 3: gobernabilidad conservadora restauradora. La pulsión refundacional del gobierno recibió un modesto entierro el 1 de junio de 2026 con el discurso presidencial que, con voz pausada, anunció: “aquí cambió la mano”. De allí en adelante el escenario de la gobernabilidad se trasladó desde el eje agresivo del “cambio radical” hacia el eje del deber, del orden y —en general— del fortalecimiento de los mecanismos de control jerárquico y de denuncia y castigo de las incivilidades, junto al renacer de las virtudes y hábitos personales de mesura y discrecion. El vandalismo no solo comenzó a ser registrado burocráticamente, sino que fue puesto bajo la lupa del pater familia, donde la vida cotidiana se desenvuelve bajo vigilancia, al cuidado de una fuerte protección policial provista por un gobierno hobbesiano, preocupado del crimen, el aseo y la higiene, apoyado en un fondo de moral y de virtudes que va creando un nuevo espíritu en el país: doméstico, ordenado, seguro, restaurado, conformista y atento a los deberes desde el hogar hasta la tumba.

El “peso de la ley” se extiende así al amparo del “peso de la noche”. Recuperaremos los territorios bajo el mando y la fuerza del Estado, igual como se irán recuperando los valores tradicionales de la educación: obediencia y respeto, esfuerzo y sacrificio, tareas y responsabilidades, deberes escolares y compromiso familiar, libertad de los colegios para seleccionar a sus alumnos, pausa permanente a la desmunicipalización, municipios educativos para aquellos que puedan financiar una mejor educación y “máxima seguridad” no solo en las cárceles sino también en los establecimientos educativos.

Todo esto en un clima de relativo mayor orden, mejores expectativas económicas (empleo, contención de la inflación) y algunas satisfacciones en el plano de los servicios públicos, particularmente salud y vivienda. Donde la coalición de gobierno se ha ido consolidando y se ha ido produciendo un acercamiento creciente entre Republicanos y la UDI, en torno a la revalorización de su pasado común, su común líder ideológico, Jaime Guzmán, y su autoreconocimiento en una común historia, la del alessandrismo, el pinochetismo y el catolicismo tradicional, la subsidiaridad y las solidaridadescorporativas. Ideológicamente, este escenario de gobernabilidad conservadora implica un abandono de la pulsión refundacional y de los excesos libertarios, de las ilusiones pipiolas y tentaciones de una democracia pluralista, tolerante, modernizante, gerencialista (en suma, piñerista) y, por ende, una evolución hacia un mix ideológico gremialista, conservador, corporativista, de nacionalismo-portaliano y equilibrio basado en un orden de sólidas virtudes.

Escenario 4: gobernabilidad mediocre y enmarañada. Nunca hay que descartar la posibilidad de que —alcanzado un cierto nivel estructural de mediocridad— los países sigan atrapados en ese mismo curso, dependiente de su trayectoria anterior. Llevamos más de una década de frágil gobernabilidad, moviéndonos últimamente, como país, entre esquemas de altas expectativas impulsadas desde derechas duras e izquierdas confundidas y bajos resultados de desempeño y logros de los gobiernos de ambos lados.

El pasado 1 de junio de 2026 se volvió evidente que, más allá de las renovadas expectativas de seguridad y crecimiento reiteradas en el ambiente solemne del mensaje presidencial, la brecha con la realidad del país siguió instalada y se mantuvo y profundizó durante los los años siguientes.

Nada dramático ni fatal, como tampoco ocurrió bajo la administración de Boric. El país navega lento y a baja velocidad, con sucesivos golpes de timón, pero se mantiene a flote, mediocremente, sin capacidad de insertarse en las actuales dinámicas del capitalismo global, soñando con una economía innovadora, exportadora e integradora pero que permanece concentrada, atrapada en sus recursos naturales y reproduciendo niveles altos de desigualdad e inseguridad. La precaria gobernabilidad asegurada por la administración Kast quedó pronto en evidencia al abandonar toda pretensión de unidad nacional y dedicarse exclusivamente a profundizar la polarización política, la austeridad social y la reducción del Estado. Justo al contrario de lo que el país había intentado hacer bajo la administración anterior a la de Kast y volvió a intentar en la que siguió cuatro años después.

III.

Vistos los cuatro escenarios anteriores, ¿hacia dónde se dirige, entonces, el país juzgado antes de escuchar al Presidente Kast el lunes pasado?

Depende, evidentemente, de un conjunto de factores que el gobierno no controla y que, en parte, ni siquiera el país controla. El nuevo proteccionismo trumpista en Estados Unidos —con su arsenal arancelario y su política industrial sui generis— altera de raíz las condiciones de exportación de una economía pequeña y abierta como la nuestra. Y condiciona la inversión extranjera directa que el programa de Kast asume casi como una variable al servicio del gobierno. El ciclo capitalista se mueve por su cuenta: las tasas de interés, el precio del cobre y del litio, la demanda china, la volatilidad del dólar no negocian con La Moneda ni se acomodan a sus expectativas. La geopolítica —Ucrania, Medio Oriente, Taiwán— administra shocks energéticos y logísticos cuyo costo el gobierno debe absorber sin haberlos provocado. Y a todo esto se suman las catástrofes naturales, cada vez menos “naturales” en el mundo del cambio climático, y las catástrofes manufacturadas —incendios, cortes prolongados, colapsos de infraestructura— que en Chile ya se han vuelto recurrentes. Sobre este telón de fondo, la pregunta por la dirección del gobierno se vuelve, en parte, una pregunta sobre su capacidad de absorber sacudidas externas más que sobre su capacidad de imponer un rumbo.

Y allí la primera interrogante es sobre el liderazgo del presidente Kast.

Por ahora, Kast practica un no-liderazgo. Una conducción que subraya ante todo la imagen de un señorío conservador, un mando formal, abotonado, con ánimo de representar valores, “carácter”, fe en que “todo va a estar bien” en la medida que reconozcamos la autoridad, mostremos respeto y cada uno trabaje en sus tareas con responsabilidad. Mando poco espectacular, de segundo plano, escasamente discursivo, sin arrestos populistas, de personalidad templada por valores familiares, domésticos, austeros, de firmeza.

Es —digámoslo sin eufemismos— un liderazgo casi el opuesto exacto de aquel del líder que la campaña prefiguró. La promesa era la de un dirigente refundacional al estilo Bukele-Milei, con estampa trumpiana que hablaría directamente a las masas y desbordaría a la clase política. En cambio, el Presidente real recuerda más, por temperamento y forma, un liderazgo que en su momento se llamó alessandrista por don Jorge: discreto, de administrador austero, poco amigo del escenario, con escasa proyección discursiva. Amigo de pocos amigos, que confía en “gente bien”, gerentes y abogados e ingenieros (de preferencia de la PUC), y con negativos hacia la política, los políticos y el Estado. Para no mencionar a los literati que escriben libros inútiles.

La cuestión, sin embargo, no es personal sino de gobernabilidad. Si en Kast persiste una ausencia de liderazgo, ese vacío empuja objetivamente al gobierno hacia uno de los escenarios 2 o 4. Si, por el contrario, presiona —o se deja presionar por su entorno duro— para parecerse más al líder que prometió, podría aparecer empujar hacia el escenario 1 o el 3. Y, si permanece oscilando entre ambos pares de escenarios sin definirse, estará facilitando el advenimiento de un escenario tipo 4, de gobernabilidad mediocre y enmarañada. La Cuenta Pública del 1 de junio la leeremos, justamente, como una pista sobre cuál de los cuatro escenarios Kast buscaría instalar durante los próximos meses.

Adicionalmente, un liderazgo presidencial depende de la arquitectura del poder interno. Aquí radica, a mi juicio, una de las anomalías interesantes del período. Lo que el primer trimestre exhibió no fue un gobierno de Presidente dominante como supone la institucionalidad del régimen presidencial, sino de un triángulo: La Moneda (Kast), el Segundo Piso (con mando operativo y de coordinación y también estratégico-comunicacional) y Teatinos 120 (Quiroz, aquí la verdadera quilla de la nave gubernamental). Las disputas en sordina entre los tres vértices explican, mucho más que los errores individuales de las dos exministras apartadas del gabinete, la caída en seis semanas consecutivas de la aprobación presidencial y un clima de generalizada improvisación. En varios momentos, Hacienda opera como la real vocería política del gobierno, fijando el sentido y el ritmo del relato gubernamental y determinando el margen discursivo de los restantes ministerios. Nunca antes los ministros de Hacienda chilenos fueron tan importantes, incluso decisivos; nunca se habían convertido en operadores de gobernabilidad por encima de la Segegob y del Interior.

La pregunta es si esta anomalía es transitoria —un efecto del armado de un equipo poco rodado— o estructural. La “segunda fase” anunciada por el biministro Alvarado tras el cambio de gabinete sólo será real si redibuja el triángulo: se acota a Hacienda a su perímetro técnico y se resta poder estratégico-comunicacional y coordinativo al Segundo Piso, y, simultáneamente, el Presidente asume realmente la conducción política. Que ninguna de estas tres cosas haya ocurrido todavía es lo que en parte explica por qué el primer cambio de gabinete tuvo que producirse a los 69 días, el más rápido desde el retorno a la democracia.

Está, además, entre las condiciones del liderazgo presidencial, la coalición de gobierno. El gabinete original, con dos tercios de independientes y un núcleo republicano relativamente acotado, descansa sobre un soporte parlamentario heteróclito: Republicanos, Social Cristianos, una UDI y un RN que entraron al barco a regañadientes, una Evópoli más matizada y una geometría variable hacia el Partido Nacional Libertario y el PDG de Parisi que ya permitió despachar la megarreforma miscelánea desde la Cámara al Senado. Vista la composición, la capacidad legislativa no es trivial. Pero la cohesión depende del éxito presidencial, no al revés. Si el Presidente acumula caídas en encuestas y estas se reflejan en desorden en el Congreso, la coalición se desordena; si acumula victorias, se afirma. Los poderes fácticos —gran empresa, banca, Fuerzas Armadas— soportan al gobierno mientras éste contenga su pulsión refundacional dentro de límites tolerables para la estabilidad institucional. La derecha tradicional, en silencio, empuja hacia el escenario 3; los republicanos más duros, hacia el 1 con el riesgo de provocar el 2. Ese pulso interno, no la oposición, decidirá el carácter del período. Y, sobre éste, pesa la amenaza del escenario 4.

En cuanto a las oposiciones, estas son débiles e inciden poco, por lo mismo, sobre el desarrollo del liderazgo presidencial. La izquierda parlamentaria está autoneutralizada: derrotada en diciembre, sin liderazgos visibles, sin proyecto propio, instalada en una crítica reactiva estridente que no logra siquiera capitalizar el bencinazo, el cambio de gabinete o la pelea Quiroz-Grau. Su problema no es Kast; es ella misma.

Por lo mismo, allí donde corresponde mirar es, paradójicamente, hacia el flanco opuesto: las derechas más extremas que el propio gobierno —ya traspasando el umbral hacia el mundo libertario— o bien, los populismos anti-clase política; eventuales outsiders, plataformas pospartidistas, caudillos digitales sin pasado en La Moneda, esperando agazapados que el fracaso del gobierno Kast habilite un escenario aún más anti-élites, anti-política y pro “clases emergentes”. El verdadero riesgo de gobernabilidad no proviene pues de quienes perdieron en diciembre, sino de quienes podrían capitalizar el descontento si las derechas duras fracasan en su mandato. Colin Crouch llamó a este horizonte “posdemocracia”: instituciones formalmente intactas, debate público colonizado por audiencias y algoritmos, decisiones reales desplazadas hacia élites económicas y comunicacionales, y un votante que se desplaza, periódicamente, entre opciones cada vez más outsider. Chile, esta vez por la derecha, parece estar ensayando esa coreografía.

¿Hacia dónde va, entonces, el gobierno de Kast?

La respuesta es: empezaremos a aclarar esa dirección una vez sepamos qué Kast asoma al balcón el 1 de junio. Si es el conservador alessandrista, el país buscará ir hacia un gobierno ordenado, reordenado más bien, en torno al eje de la seguridad, del combate a los vándalos e inciviles y de restauración de los valores y la austeridad. Si aparece el refundador trumpiano comprimido durante estos meses, iremos hacia un experimento que desafiaría tanto los límites institucionales como la paciencia de su propia coalición. Y si no es ninguno de ellos quien asoma —o sea, si el Presidente sigue siendo un administrador discreto en una arquitectura de poder sin centro de liderazgo—, el país se quedará exactamente donde está: en la indefinición de la gobernabilidad que puede llevar a los escenarios 2 (fracaso del intento refundacional) o 4 (continuidad de la gobernabilidad débil, mediocre y enmarañada).

IV.

Un breve epílogo, ya una vez escuchado el discurso presidencial y como una primera reacción enmarcada en mis escenarios previos. Adelanto el veredicto: el mensaje del 1 de junio no abre un quinto escenario ni clausura los cuatro previos, sino que inclina al gobierno, de manera deliberada, hacia el Escenario 3.

¿Modifica el mensaje entregado al país ante el Congreso Pleno algo sustancial de los escenarios? ¿Hay que agregar o suprimir alguno?

No me parece que sea el caso. Efectivamente, no se trató de una pieza oratoria decisiva, que marque un giro brusco en la navegación, que ofrezca una explicación que haga aparecer nuevas aristas previamente no contempladas en la comprensión del actual gobierno. Al contrario, fue un discurso estándar para esta ocasión; primer mensaje de los cuatro que la administración kastista deberá transmitir a la nación. Quizá mostró una pretensión algo exagerada de dar a conocer avances y portentos del primer trimestre de la administración y, al revés, fue escueto en visión proyectiva; más bien, de un intenso cosismo de cara al futuro. Nada inesperado y tampoco sorprendente.

En términos de visión, hubo claramente un esfuerzo del Presidente por dejar atrás la emergencia entendida como situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata, definición que comandaba el discurso hasta ahora, para dar paso a su acepción segunda,acción y efecto de emerger, algo que aparece y se levanta, que viene a recuperar y restaurar según insistió Kast varias veces. No se trata de un cambio meramente semántico.

Es el primer intento oficial por transitar desde una noción de gobierno rupturista, de cambio radical, refundación y reconstrucción del país que se caía a pedazos, o sea, del Escenario 1, a un gobierno de continuidad conservadora-alessandrista (don Jorge) portaliano, propio del Escenario 3. La emergencia pasa a ser recuperación, la refundación restauración, el cambio radical una interminable lista de cambios cosistas para la conservación del orden en sus dos pilares de seguridad y crecimiento.

Estamos entrando, pues, a una fase más fácilmente reconocible como propia de una democracia protegida, con eje en la seguridad en 360 grados —anti-vándalos, de vigilancia y control, de autoridad jerárquico-paternal, de la ley y la costumbre— y un despliegue de leyes, decretos y reglamentos que vendríana dar un nuevo orden institucional a la República conservadora. A esto se agrega el ethos y el tono austero, formal, duro, corajudo, implacable, policial de “cambio de mano” y “mano dura”, con un fuerte entramado interior de interpelación moral católica, siempre a un paso de iniciar la batalla cultural preferida por los Kaiser.

El otro pilar, el del crecimiento económico, es más conocido, con reminiscencias ochenteras, de consenso de Washington y confianza en la inversión, el capital, la gran empresa, los mercados bajamente regulados y, ¡cómo no!, el trabajo bien hecho, el cumplimiento de las tareas, el cuidado de cada peso, la liberación de los espíritus animales exentos de las amarras permisológicas e impositivas, todo encaminado hacia la supervivencia, el trabajo intenso, la iniciativa privada, el emprendimiento y, diría Weber, una ética religiosa de sublimación, ahorro y austeridad frente al ocio, el consumo excesivo y la distracción que apartan a la gente del camino correcto y del bien.

Es esta combinación de ideología securitaria, austeridad fiscal para crecer y apelaciones constantes al carácter de las personas en la tradición de una burguesía afincada en los valores de la familia y las disciplinas del hogar, la que sirvió de base al desarrollo y a la educación en las democracias capitalistas tradicionales, y que hoy vuelve a ser invocada en condiciones completamente distintas.

Tal es también la apuesta que el gobierno Kast acaba de hacer; abandonar toda pretensión refundacional y dirigirse hacia el Escenario (neo)conservador.

Las tensiones que acompañarán a este giro son varias y las nombramos meramente para concluir este ejercicio: (i) la doble pulsión refundacionalextrema y populista anti-clase política se mantendrá latente; (ii) la amalgama entre las ideologías securitario-autoritaria y del capital y los mercados desregulados chocará de lado y lado, respectivamente, con la institucionalidad democrática y sus límites al Leviatán y con la espiral de desigualdades que insuflarán los espíritus animales; (iii) las contradicciones culturales, como las llama Daniel Bell, entre un exigente ethos de control interior impuesto desde fuera y el ethos de libre opción posmoderno, propio de una sociedad de consumo masivo con expectativas disparadas, podrían adquirir especial virulencia bajo el Escenario 3 al cual el mensaje presidencial aspira. Volveremos sobre estas tensiones en futuras columnas de opinión.

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Académico UDP y UTA, ex ministro

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