Radiografía de la Cuenta Pública presidencial
Junio 5, 2024

Radiografía de la Cuenta Pública presidencial

José Joaquín Brunner, 5 de junio de 2024

El país está inaugurando una segunda etapa donde, si bien no hay lugar alguno para autocomplacencia optimista en el oficialismo, tampoco hay razón ninguna para alimentar el pesimismo catastrofista de la oposición de derechas más recalcitrante. 

 

Todavía resuenan los ecos de la Cuenta Pública presidencial del 1 de junio. Qué duda cabe: el discurso compite ahora por la atención de las audiencias en un ambiente poblado de noticias, ruido y espectáculos. Sic transit Gloria Perez, según escribió irónicamente Manuel Cabrera Infante en una de sus novelas a propósito de una fugaz figura.

¿Que nos dejan entonces esos ecos efímeros, antes de desaparecer?

1

En primer lugar, una verdadera batalla de mensajes buscando desvirtuar que el país habría entrado en una fase de normalización y estabilización, como planteó el Presidente Boric en su propio mensaje.

Uno habría esperado una reacción más favorable ante dicho mensaje, al menos inicialmente. A fin de cuentas, hace bien a la sociedad acariciar la idea, aunque sea por un instante, de que las cosas mantienen o han recuperado un cierto equilibrio y que se hallan, en tal sentido, sujetas a ciertas reglas, bajo un relativo control.

Sin embargo, lo normal, o la normalidad así entendida, se opone al ambiente pesimista, a ratos catastrofista, que nos envuelve. De allí que la oposición, en todos sus matices de derechas, haya salido de inmediato a denunciar la cuenta. Candidez, acusó, esto de pensar que estamos en el mejor de los mundos posibles, cuando en realidad reinan la inseguridad, el desgobierno y una mala gestión.

En efecto, según los opositores la Cuenta Presidencial no pasó de ser poesía, un sueño, una falsa visión rosada del estado de cosas que por todos lados mostraría signos de estancamiento, corrupción e ineficiencia.

Paradojalmente, también del otro lado, de las izquierdas radicales y más comprometidas con el programa PC+FA, la idea de una estabilización y normalización del país aparece como algo inaceptable; peor aún, como una renuncia a la utopía de una transformación permanente, estructural, de la sociedad.

Desde ese lugar, la normalidad aparece como un acomodo, la aceptación del status quo, un abandono de los propósitos de ruptura con la falsa estabilidad del orden dominante.

Así, ambos lados del espectro, con mayor dureza a medida que nos movemos hacia los extremos, repudiaron el mensaje que buscaba inaugurar una segunda fase de la administración Boric. Una fase menos turbulenta en cuanto a expectativas y promesas, con diagnósticos algo más compartidos y con soluciones en el marco de lo posible, ojalá consensuadas, sujetas a los límites de los recursos y las capacidades disponibles.

Si se quiere, la propuesta estabilizadora y normalizadora de la cuenta venía a decir dejemos atrás el tiempo de conmociones del último lustro: (i) tiempo del “estallido social” (una revuelta violenta y unas protestas masivas, ambas con lógicas y expresiones distintas, pero apuntando a cuestionar el sistema, las élites y a los poderes institucionales y fácticos); (ii) tiempo de la pandemia con su profunda desarticulación de la vida cotidiana y el extendido daño colateral en todos los aspectos de la existencia; (iii) tiempo del ascenso glorioso (sic transit) de la nueva izquierda generacional al gobierno, portando un paradigma y un programa refundacionales de la nación;  y (iv) tiempo del doble “momento constitucional”, un ejercicio poco habitual de reingeniería jurídica de la sociedad para plasmar sucesivamente los sueños opuestos de ambos extremos, el frenteamplismo-comunista y el republicanismo-derechismo-restaurador.

¿Cómo no apreciar que tras dicho planteamiento e invitación a superar un tiempo tan intenso, agobiante y lleno de incertidumbres, el gobierno -en la voz más autorizada del bloque que lo sostiene- daba otro paso más de distanciamiento y de neto revisionismo respecto de su propia propuesta inicial, hacia una fisonomía completamente distinta de segundo tiempo, ahora con algunos signos de viento a favor?

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Parece difícil no reconocer que este segundo tiempo de la administración Boric se inaugura en medio de condiciones totalmente distintas de las que prevalecían al comienzo de la primera mitad, en marzo de 2022.

Por lo pronto, se despejó el “gran dilema” de si entonces entrábamos o no a un cuatrienio radical, de “ruptura democrática”, emergencia de fuerzas populares, imposición de un programa maximalista, alteración de los fundamentos del modelo de desarrollo y hegemonía de una ideología y un programa situado en la estela del octubrismo. Ese camino se cerró definitivamente el 4-S con el plebiscito constitucional que rechazó esa alternativa de cambio radical. Y con el cambio de marea posterior que dio lugar a un nuevo clima ideológico, desplazando la iniciativa política hacia el bloque de las derechas conducido por republicanos.

En seguida, la nueva etapa imaginada por la Cuenta Pública se inaugura en un marco económico gruesamente positivo; si se quiere, de normalización y estabilización. Como señala un economista consultor, crítico del gobierno como la mayoría de esa especie: “Está claro que la economía ha logrado estabilizarse, el tema de la inflación va por buen camino, el Banco Central y el gobierno han hecho una buena tarea. La economía está en un proceso en que dejó de caer y está empezando a recuperarse”.

Efectivamente, hay signos de crecimiento, aunque con rezagos de la inversión; hay un orden público económico sustantivamente estable; hay una fuerte convergencia en torno a oportunidades para una nueva fase de crecimiento exportador y, en general, más allá de las escaramuzas con los Narbonas y Craigs, existe una clara voluntad gubernamental de colaboración público-privada. El acuerdo entre Codelco y SQM para la explotación de una de esas nuevas, mayores y más inmediatas oportunidades exportadoras, la del litio, es la mejor evidencia de que estamos frente a una política maciza y no sólo de un discurso misional o una coartada oportunista. Volveremos sobre este acuerdo.

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El tercer elemento característico de la coyuntura que empieza, probablemente el menos comprendido y por ende el más discutido desde el ánimo catastrofista-pesimista, es el que tiene que ver con la evolución ideológica del gobierno y las pugnas dentro del oficialismo respecto a dicha evolución. Donde esa evolución es más evidente, sin duda, es en el propio Presidente Boric, su discurso, decisiones, actuaciones y estilo de liderazgo.

Entiendo esa trayectoria como una “curva de aprendizaje” relativamente empinada, considerando el escaso tiempo transcurrido. Se expresa claramente en su gabinete, los ministros de La Moneda, el decisivo rol moderador y argumentativo de la ministra del Interior, la conducción de la hacienda pública, el compromiso práctico-legislativo con la seguridad, la relación con los demás poderes del Estado, el trato respecto de las fuerzas de orden y seguridad, la política exterior llevada consistentemente como un asunto de Estado en las materias de fondo, el gradual revisionismo respecto de la historia de los últimos 50 años, la recuperación de la obra y el relato concertacionista y la atención puesta a las relaciones con la sociedad civil y sus actores gremiales, sindicales, sociales, de género e identidades.

Un análisis poco fino de esta evolución lleva a la derecha a la fatal contradicción entre saludar estos cambios que recibe con indisimulada sorpresa y, a la vez, calificarlos de trasvestismo, en el extremo de la rudeza intelectual. Más habitual y difundida es la reacción cínica que desconfía de la honestidad de dichos cambios, de las motivaciones tras de ellos y, por ende, de su insuficiencia y falta de integralidad. Se quisiera, ya lo dije alguna vez en esta misma columna, que Boric haga el camino de Canossa y abjure de todo lo que antes adoró, confesando sus graves errores, creencias enajenadas y falsos ídolos. En el extremo, algunos grupos de ultraderecha querrían que Boric y el gobierno asuman en plenitud la agenda entera de su sector, como único testimonio veraz de haber modificado su conciencia. Es el camino del absurdo.

Hay que ser claros; no sólo desde las derechas más elementales y partidarias de la guerra cultural permanente y sin cuartel existe una resistencia profunda a reconocer la trayectoria de Boric y su grupo, sus aprendizajes y la evolución de su discurso. También las izquierdas más rupturistas y refundacionales declaran que dichos cambios de visión, percepciones, convicciones e ideas hacia un mayor pragmatismo del mando y realismo frente a las opciones serían un mero acomodamiento al status quo, un entreguismo de posiciones, un transbordo ideológico inadvertido, un oportunismo derrotista y una traición de la utopía revolucionaria anticapitalista.

Estas tensiones en el seno de las izquierdas, dentro de la alianza original del Presidente en primer lugar (PC+FA) y entre esta y el Socialismo Democrático en segundo lugar, cuyas propias tribulaciones estratégicas y de pensamiento son aparentes también, son parte de la historia de los reagrupamientos de este sector tras la (auto)disolución de la Concertación.

Desde ese momento, en torno a 2014 y a la breve emergencia de la Nueva Mayoría, hay un fondo de mar revuelto en las izquierdas, una lucha por la conducción política del sector, por la renovación de las élites y los partidos y, al fondo del fondo, por la hegemonía de las ideas y de los proyectos, de las emociones y la inteligencia.

Todo esto dentro de un marco global de intenso desorden de las ideas e ideales en el seno de las izquierdas, en pugna entre reformistas y rupturistas, centralizadores y descentralizados, modernos y posmodernos, izquierdismos nacionalistas o cosmopolitas, generacionales o nostálgicos, capitalistas o comunistas, etc., sin que aquí podamos detenernos en estas definiciones.

4

Como sea, en medio de las batallas locales (chilensis) entre estabilizadores y catastrofistas, entre normalizadores y soñadores, entre negociadores y rupturistas, el hecho es que el país está inaugurando una segunda etapa donde, si bien no hay lugar alguno para autocomplacencia optimista en el oficialismo, tampoco hay razón ninguna para alimentar el pesimismo catastrofista de la oposición de derechas más recalcitrante. 

El optimismo moderado, que tanto se parece a un escepticismo ilustrado, me parece tiene la ventaja cultural de hallarse abierto hacia el futuro, con sensibilidad de zorros más que de erizos, según la metáfora de Isaiah Berlin. Me inscribo en esa sensibilidad que no abandona ninguna posibilidad de lograr cambios, pero “en la medida de lo posible»; o sea, de la capacidad de construir acuerdos, de avanzar y corregir, de ensayar y enmendar.

Desde esa sensibilidad, la fase de normalización y estabilización debe ser bienvenida y empleada como una plataforma para gestionar cambios y hacer progresos incrementales; nada épico ni descollante sino paso a paso hacia una sociedad mejor.

¿Hay elementos presentes en el cuadro actual, en este segundo tiempo con sus características propias, que apunten en esa dirección? Pienso que sí los hay. Al menos, visto desde esa sensibilidad de izquierdas que no teme ser tildada como de renovación social demócrata, liberal social, reformista, escéptica pero esperanzada, moderadamente optimista pero no cándida ni nostálgica.

4.1

Primero, comienza a despertar -en variados círculos de esa izquierda que intenta renovarse- una nueva valoración del crecimiento económico, del desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas (guiño a Marx) con sus posibilidades tecnológicas (Schumpeter) y su orientación hacia derechos sociales (T. Marshall) y capacidades humanas (A. Sen). Menciono ese potpurrí de autores pues dan una idea de ese crecimiento con equidad, innovación, emprendimiento e inversión en capacidades humanas que da pie a una crítica del economicismo neoliberal extremo, sin renunciar ni a los mercados ni al Estado.

4.2

Segundo, a diferencia de hace 30 años, hay ahora -incluido en círculos de derecha liberal, pero sobre todo de izquierda reformista- una conciencia más aguda de objetivos de desarrollo sostenible (ODS), por resumir un capítulo entero con una sola metáfora. O sea, conciencia -trágica a veces, como en el Fausto de Goethe- de las tensiones inherentes al crecimiento industrial, racionalizado, basado en el conocimiento científico-técnico; tensiones con la naturaleza, las demás especies, los recursos naturales, las comunidades y sus tradiciones y lazos. Igual que de los desequilibrios inherentes a ese crecimiento al interior de las propias sociedades, en términos de desintegración de grupos humanos básicos como la familia, pérdida de vínculos intergeneracionales, desigualdades de todo tipo, maltrato de grupos vulnerables, evaporación de las solidaridades y así por delante.

Se trata pues de una izquierda que deja atrás cualquiera falsa esperanza (ilusión) de un reino sin desigualdades, sin tensiones ni contradicciones, pero que descree también de las soluciones del gran planificador o provista por los automatismos invisibles de los mercados. Realismo postutópico, pero reformista democrático, fundado en el crecimiento orientado a capacidades y derechos de las personas.

4.3

Tercero, se va asentando poco a poco -por la fuerza de los hechos y en correspondencia con las ideas- la noción de que las soluciones a los problemas mayores de producción y reproducción de la sociedad suponen economías mixtas y colaboración público-privada, provisión y financiamiento de bienes públicos con base en esquemas de costos compartidos entre el Estado y los usuarios y generando, a la vez, mecanismos de solidaridad progresiva e intergeneracional.

De hecho, Chile funciona así y así creció y avanzó durante las últimas décadas, buscando establecer esas modalidades de colaboración y coordinación con participación del Estado y los mercados. Basta mirar alrededor nuestro para apreciar que hace rato venimos buscando -mediante ensayos y errores- soluciones de ese tipo: concesiones de carreteras y sanitarias, puertos y aeropuertos, cárceles y hospitales, sistema de educación escolar y superior, etc. Nos lo pasamos discutiendo dichas soluciones y cómo mejorar su diseño, a veces sin alcanzar acuerdos mínimos necesarios, como muestra el debate previsional, de las isapres, del CAE y el financiamiento de la educación superior, etc.

4.4

Cuarto, si miramos hacia el futuro tras la Cuenta Pública, dejando de lado la odiosa guerrilla del catastrofismo versus las ilusiones cándidas, uno observa un bullir de posibilidades y potencialidades. No se trata sólo de que el gobierno y su bloque haya ofrecido un abanico de más de 60 iniciativas según reportó la prensa, sino de que desde los más variados sectores del emprendimiento, de las ciencias, del patrimonio y la cultura, de los innovadores, el mundo filantrópico, incluso del Estado, se anuncian continuamente iniciativas interesantes, experimentos valiosos y propuestas con valor de futuro. Sólo que frecuentemente no logran superar el espeso y pesado manto de dudas y desconfianza, de prejuicios y noticias triviales, de ruidosas rencillas pseudo ideológicas, de la burocracia aplastante, la “permisología” y la parquedad de recursos o la dificultad de acceder a créditos y estímulos.

4.5

Quinto, casi como un símbolo de la configuración de ese escenario de posibilidades, y puesto en la encrucijada de una serie de oportunidades de futuro, aparece el litio en la agenda-país. En la materialización de esta posibilidad concurren diversos elementos de máximo interés. Primero, se trata de una operación cuyo centro se sitúa en la minería; un sector del más alto valor simbólico, y no sólo económico, en la historia del país. Lugar de nuestras “vigas maestras” donde se anuda el pasado del cobre (o antes de la plata y el salitre) con el presente y el futuro del litio. Eje, además, de nuestro modelo de crecimiento exportador y nuestra inserción en los mercados globales. También punto de encuentro, aunque lleno de tensiones, entre el capital extranjero y chileno, y del Estado con los privados, como ratificó el reciente acuerdo de Codelco y SQM.

¿Acaso esta no constituye una operación económico-financiera-tecnológica-logística-gerencial-productiva de la mayor envergadura en la perspectiva de los últimos años? ¿No ha funcionado ella, precisamente, en la dirección de aquellos aprendizajes de los que hablábamos antes, con la creación de un esquema que no es una mera nacionalización, ni chilenización siquiera, ni estatización, ni tampoco un monopolio tipo empresa nacional estatal del litio?

Situada en el centro estratégico de nuestra economía que busca proyectarse hacia fuera, innovar y acompañar los procesos de transición energética y de nuevas plataformas tecnológicas como la electromovilidad, esta operación da forma a una novedosa alianza público-privada que muchos no creían posible. Ella no sólo logra superar la barrera simbólica representada por una figura del pasado en extremo divisiva, sino que además pondrá a prueba una idea de Estado-emprendedor (no empresario) que obliga a las izquierdas a adoptar modelos de gestión eficaz y competitiva y, a las derechas, a cuestionar su idea de que la innovación sólo resulta de la acción de mercados autorregulados. De hecho, llama la atención la escasa presencia de voces gremial-empresariales y de los medios académicos y de comunicación más próximas a aquellas voces en la conversación en torno a las posibilidades y el potencial de esta operación. Lo mismo, el hecho que tampoco las derechas políticas hayan recibido esta nueva alianza como una contribución -en la actual coyuntura- a revertir la todavía débil e insuficiente inversión en proyectos de esta envergadura. Hay aquí curvas de aprendizaje funcionando con distintas velocidades. Y el gobierno no va por él. Abril más lento.

5

En conclusión, la Cuenta Pública de Boric, entendida como materia de reflexión para escrutar la marcha de nuestra sociedad, revisar el estado de la polis y sus élites y conocer la evolución de las fuerzas políticas, particularmente de izquierdas, resulta una cantera interesante para el análisis. Reducirla meramente al terreno polémico -aborto, por ejemplo, o ausencia del CAE, o silencio respecto del siguiente paso en salud o, insistencia en mayores tributos- resulta anodino y no enriquece la deliberación pública. Tampoco aporta el aprovechar la coyuntura para remarcar lo ya evidente; o sea, que Boric ha modificado profundamente su enfoque programático inicial.

En cambio, preguntarse -como hacen varios, y me cuento entre ellos- si acaso esa evolución hacia una nueva visión de país logrará irradiar más allá penetrando los varios círculos concéntricos de las izquierdas, y hasta dónde, es abrir una discusión de fondo. Pues toca el núcleo mismo de la crisis del pensamiento de izquierdas, al menos en Occidente, y el fracaso de las respuestas que han ido apareciendo aquí o allá. Como una izquierda ortodoxa en Francia, por ejemplo, que ha ido achicándose; o una neo izquierda alternativa como la de Podemos en España, ahora al borde de desparecer; o el enflaquecimiento de las socialdemocracias europeas, incluso allí donde los Estados de bienestar alcanzaron mayor desarrollo; o la sucesión de diversas izquierdas nacionales latinoamericanas que no logran -salvo excepciones temporales en un par de países- crear una real alternativa de desenvolvimiento de sus países a la altura de los dilemas y desafíos del siglo XXI.

¿Acaso no resulta interesante, a lo menos para quienes nos sentimos parte de las culturas de izquierda del último siglo -y también para las restantes fuerzas políticas e ideológicas del país- pensar en esta clave a Boric y su equipo? ¿Es decir, como un incipiente intento por rehacer un camino de renovación de la izquierda chilena, esta vez con otra base generacional, otras influencias ideológicas, ante nuevos problemas y con una perspectiva de encuentro a mediano plazo con el socialismo democrático y con grupos y movimientos surgido de la modernización de la sociedad chilena?

Por su lado, una derecha que sólo se dedicara a remedar las posiciones más extremas de su “vanguardia radical o ultra”, como proponen quienes se niegan incluso a conversar con sus contrapartes de la izquierda gobernante, ¿no terminaría inevitablemente atrincherada, reducida a una ideología puramente autoritaria y securitaria, desconfiada y temerosa frente a cualquiera innovación, anti-intelectual, reaccionaria, “esperando a los bárbaros” de día y de noche?

Con todo, esa, precisamente, parece ser la actitud de aquella derecha, según se desprende de las palabras de uno de sus estrategas a propósito de la cuenta presidencial: “Hay que dejar la ambigüedad de lado y de intentar llegar a acuerdos con un gobierno embustero y fantasioso como éste. Chile no necesita pactos tributarios, acuerdos en pensiones o reformas consensuadas con un gobierno que no tiene ninguna noción de la realidad en la que viven. Chile necesita una alternativa de verdad a este mal gobierno y enviar a los actuales ocupantes de La Moneda, a la isla de la Fantasía”. Un pasaje ominoso si se piensa que ya antes un buen número de chilenos fue enviado a esa isla y más allá.

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