España: Formación tecnico profesional básica
Noviembre 8, 2023

Logo el PaísEstudiantes que cambiaron el fracaso escolar por el éxito: “Pasé de no hacer nada a desear que llegase el día siguiente para ir a clase”

Cuatro alumnos cuentan cómo cambió su vida gracias a los grados básicos de FP, y destacan el papel que los profesores tuvieron en ello. La etapa educativa sigue teniendo una elevada tasa de abandono.
Juan Carlos de los Santos repitió segundo de la ESO, y para mitad de tercero, cuando ya solo iba esporádicamente al instituto, parecía reunir todas las papeletas del fracaso escolar. “Yo estaba en la ruina, básicamente, porque no hacía nada con mi vida. Y entrar en la FP Básica me dio como un vuelco mental. Pasé de estar desmotivado y no querer estudiar, a estar deseando que llegase el día siguiente para ir a clase y seguir aprendiendo”. A De los Santos, 21 años, vecino de Los Palacios y Villafranca (Sevilla), siempre le había gustado montar y desmontar aparatos. Pero gracias al grado básico de Electricidad de un instituto público y a los profesores que se encontró en él descubrió, dice, una pasión. Completó los estudios, de dos años, que le dieron el título de la secundaria obligatoria. Se matriculó en un grado medio de la misma familia, que acabó con sobresaliente. Y después en un grado superior, que está terminando y compatibiliza con el trabajo en su propia pequeña empresa, de reparación de teléfonos móviles, que abrió en verano y le ha permitido independizarse con su novia, mientras se prepara para presentarse en junio a la Selectividad de quienes proceden de FP para estudiar la carrera de Ingeniería robótica.

De los Santos es uno de los cerca de 23.000 alumnos que cada año terminan la FP Básica, un itinerario educativo que combina una parte académica y otra profesional, pensado para quienes parecen abocados a dejar de estudiar sin sacarse ni el título de la ESO. Se accede normalmente con 15 años. Y buena parte abandona: según los datos publicados la semana pasada por el Ministerio de Educación, solo logra titularse, a los cuatro años de haberse matriculado, el 50,4%. Un porcentaje 1,3 puntos mejor que un año antes, que sigue lejos del que presenta el grado medio de FP (64,3%) y el superior (75,3%). A muchos, sin embargo, como De los Santos y los otros tres jóvenes entrevistados en este reportaje, les sirve para reengancharse y progresar con éxito en los estudios. Siete de cada 10 alumnos del grado básico (que estudian, en total, 78.000) son chicos. La mayoría proviene de hogares de clase trabajadora (el padre de De los Santos es carpintero metálico, y su madre ama de casa y costurera). Y una parte ha vivido al borde o de lleno en la exclusión social, con situaciones familiares y personales muy complicadas.

Juanjo Alcalá lleva 34 años dando clase en la enseñanza pública, casi siempre en institutos de Albacete, y 10 de ellos en Formación Profesional Básica. “Por mi experiencia, es un alumnado que suele llegar con la autoestima muy baja, y eso es lo primero que hay que trabajar. Vienen de fracasar en la ESO porque, por unas circunstancias u otras, no han sabido adaptarse al sistema ni el sistema a ellos. En general han pasado por malas experiencias educativas, pueden haber tenido reiteradas expulsiones de clase o absentismo escolar. Normalmente, han sido estigmatizados como malos estudiantes. Y necesitan otros estímulos, otras metodologías, contenidos más prácticos e interactivos. En mi caso, son los alumnos con los que más satisfacción he tenido al trabajar”. Todavía más que en otros niveles, con ellos tuvo que aprender a ser un poco “psicólogo y pedagogo, a dejar a veces los contenidos en un segundo plano y actuar en otros campos”. “Adquirí unas herramientas que mi formación académica no me había dado, y que me han servido para dar clase en otros niveles educativos”.

Una de sus alumnas fue Alba Calderón, de 21, que ahora está acabando el grado superior de Administración y finanzas. Hija de un militar y una empleada de hogar, antes de llegar a Albacete con 10 años, ya había vivido por cuatro provincias. En segundo de la ESO suspendió nueve asignaturas, repitió, y se convenció de que no iba a poder acabar la secundaria. “Por entonces no me gustaba estudiar. Lo veía todo complicado. Me decía: ‘no voy a poder’. Y al empezar la FP básica me encontré con unos profesores que te ayudaban, te motivaban, y al ser menos en clase, podían estar más pendientes de ti”, cuenta. En los grupos del grado básico hay, de media, 12,1 alumnos (frente a los 24,9 de la ESO), según los datos del Ministerio de Educación. Con grandes diferencias por comunidades, que van de 8,2 en Extremadura a 15,3 de Madrid. Calderón se tituló después, con matrícula de honor en una FP de grado medio en el instituto Leonardo da Vinci de Albacete, y en marzo empezará las prácticas de empresa del grado superior.

La perspectiva de la FP básica hace replantearse qué es el éxito educativo, comenta Roberto García, coordinador de la Cooperativa Peñascal, una entidad sin ánimo de lucro surgida en los años ochenta en Euskadi en la que más de 500 alumnos estudian la etapa. “Muchos dicen que es ir a la universidad, pero antes que nada significa que una persona alcance la inclusión laboral y vital”. Christian Olfos, 23 años, criado en Otxarkoaga, uno de los barrios con menor renta de Bilbao, pasó por las aulas de la cooperativa. Sus padres, albañil y barrendera, se separaron cuando tenía cinco años, y de niño sufrió la violencia que algunas parejas de su madre ejercieron contra ella. “Vi muchas cosas en casa que no eran… Estuve en un centro de menores, me fugué, a los 15 años llegué a vivir en la calle, y agradezco mucho la ayuda de los profesores y los familiares que me ayudaron a salir del pozo”, afirma. Olfos hizo una FP Básica y luego un grado medio de Soldadura. Mientras estudiaba, quedó quinto en un concurso de su especialidad organizado por Talgo y el CSIC entre centenares de alumnos de diversos lugares de España, y poco después lo contrataron. “Ahora tengo un contrato indefinido, una casa, pareja. Vivo feliz”, dice.

Aprender de otra forma

Uno de los objetivos pendientes, dice Clara Sanz, secretaria general de FP, es que los grados básicos dejen de ser considerados estudios de segunda y pasen a verse como una vía “para estudiantes que aprenden de otra manera”. “Yo”, dice Olfos, que repitió en primaria y en la ESO, “me sentía incómodo estando tantas horas en una silla. Notaba que estaba hecho para cosas más prácticas”. E Ilyas Laktaoui, de 21 años, que llegó a España con sus padres desde Marruecos cuando tenía dos, y repitió secundaria antes de cambiarse al grado básico en Albacete, añade: “En la ESO tenía asignaturas que pueden ser importantes, pero que a mí se me hacían un mundo, como Biología o Historia. En cambio, al entrar en la FP de Informática me gustó enseguida”. Laktaoui (padre, mecánico; madre, ama de casa) hizo después un grado medio, y ahora está terminando el periodo de seis meses de prácticas del grado superior en una multinacional, donde está casi seguro de que se quedará trabajando.

Reducir a niveles razonables el gran abandono que presenta el grado básico pasa, cree Rodrigo Plaza, que fue durante años responsable federal de FP en Comisiones Obreras, por rebajar más las ratios (hay centros donde las aulas tienen 25 alumnos), destinar a sus clases profesorado “muy especializado en este tipo de alumnado”, y aumentar y diversificar la oferta pública, en la que ahora existen enormes contrastes territoriales. Con Cantabria, donde la básica puede estudiarse en la mayoría de institutos, en un extremo, y Cataluña, donde hay pocas plazas, en la otra. “En L’Hospitalet, por ejemplo, la segunda ciudad más poblada de Cataluña, solo hay dos FP básicas, y además muy sesgadas por género. Una, en el instituto donde yo doy clase, de Metal, al que prácticamente solo van chicos, y otra, en otro instituto, de peluquería, al que prácticamente solo van chicas”.

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Ignacio Zafra: Es redactor de la sección de Sociedad del diario EL PAÍS y está especializado en temas de política educativa. Ha desarrollado su carrera en EL PAÍS. Es licenciado en Derecho por la Universidad de Valencia y Máster de periodismo por la Universidad Autónoma de Madrid y EL PAÍS.

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