Alfredo Joignant: Sobre lo inevitable del golpe
Septiembre 19, 2023

Logo el PaísPensar la catástrofe: sobre lo inevitable del golpe

Lo inevitable terminó siendo el apego a un proyecto y a una representación -equivocada o no- de los intereses deseos de un pueblo
Golpe de Estado en Chile
Velatón de el Estadio Nacional de Chile, el mayor centro de detención en la dictadura de Pinochet, Santiago.CRISTOBAL VENEGAS

Las controversias que rodearon las conmemoraciones del golpe de Estado en Chile fueron tan apasionadas como variopintas, a veces infames, y otras ingenuas, las que se movían entre espasmos personales y catarsis colectivas. Desde la afirmación que “sin Allende no hay Pinochet” hasta que las causas del golpe producen consecuencias, sin olvidar las expresiones revisionistas que equiparaban al gobierno de Allende con el gobierno de Pinochet (“las barbaridades del gobierno de Allende son equiparables a las barbaridades del gobierno de Pinochet”, una barbaridad dicha en público sin arrugarse por la secretaria general de la UDI María José Hoffmann), pasando por todo tipo de análisis políticos del “periodo” (pero, ¿cuál? ¿1964-1973, el tiempo largo de las revoluciones? ¿1970-1973, el tiempo corto de la revolución, el del socialismo con olor a empanada y sabor a vino tinto?).

Las conmemoraciones del año 50 del golpe estuvieron bañadas en preguntas obvias y disputas vacuas, batallas interesadas y egoístas en las que se buscaban responsables y culpables del golpe: por ejemplo, el lamento del presidente Gabriel Boric sobre Sergio Onofre Jarpa, quien fuese ministro del interior de Pinochet (cuyos “días terminaron impunes, pese a todas las tropelías que cometieron”, lo que provocó la ira de la derecha, omitiendo que también fue uno -entre varios- de los artífices de la transición a la democracia), o las acusaciones de dirigentes de derecha en las que Salvador Allende fue el responsable final de todo (manipulando la interpretación de datos de encuesta).

Si bien algunos historiadores, como Sol Serrano, vieron en estas conmemoraciones un momento en el que se intentó responder por primera vez la pregunta por el legado de la Unidad Popular (“es que éste sea el tema principal de este aniversario: volver a la Unidad Popular, salir del esquema de golpe y dictadura, contextos y justificaciones, en el que nos hemos estado dando vueltas tanto tiempo, y hacerse la pregunta fundamental: ¿cuál es el legado, la lección? Es la reivindicación de la política”), no es realmente allí en donde hubo algo realmente novedoso, política o historiográficamente hablando.

En lo que sí hubo un tema original e interesante que de verdad dominó el debate público de los últimos meses se dio en torno a una pregunta: ¿fue inevitable el golpe? Esta pregunta ya había sido instalada por Mauro Basaure en el año 2018, al publicar un libro no totalmente concluyente sobre la respuesta a la pregunta, la que volvió a reflotar tras la publicación del libro de Daniel Mansuy sobre Salvador Allende y la Unidad Popular; y del mismo Mauro Basaure. La pregunta es relevante e inquietante: Gonzalo Cordero tiene razón en señalar que la pregunta por lo inevitable del golpe es imposible de zanjar en el presente, y por un largo tiempo. ¿Por qué será?

Detengámonos en la idea de inevitabilidad, en este caso referida a un acontecimiento con inmensas consecuencias humanas, políticas, económicas, sociales y culturales: algo parecido a un “hecho social total” según Marcel Mauss, en el que se condensan todo tipo de lógicas y razones. No es una casualidad si la idea de lo inevitable del golpe está referido a una catástrofe: es precisamente porque estamos en presencia de lo catastrófico, de lo indecible, de lo inexplicable, de eso que no se puede narrar totalmente porque el acontecimiento nos desborda, que la hipótesis de “inevitabilidad” irrumpe como recurso de socorro.

¿Cómo pensar nuestra última catástrofe que se tradujo en un hecho social total, abarcando para sus contemporáneos todas las esferas de la vida, para bien o para mal? Precisamente porque es una catástrofe que acudimos a la creencia de su carácter inevitable, un recurso más psicológico que intelectual para resignarnos ante un acontecimiento sobre el que no había nada que hacer. Mirado con la distancia del tiempo, se trata de un recurso cómodo, exculpatorio: aceptemos que estamos en presencia de un proceso revolucionario irresistible para entender y adherir a la creencia que su interrupción mediante un golpe era inevitable, el último recurso. Otra historia es lo que siguió a continuación: las violaciones masivas a los derechos humanos. Dicho de otro modo: hay un momento, ¿cuál?, en el que no había nada más que hacer: pero, ¿qué puede significar esto?

Aceptar sin más, así como así, que enfrentados a la posibilidad de un golpe militar subyacía una razón, un sentimiento y una creencia sobre la inevitabilidad de la catástrofe equivale a aceptar la idea que la agencia humana tiene límites y puede sucumbir ante la realidad: es posible que así sea ante realidades y estados del mundo que son externos a los deseos y voluntades de los agentes humanos (crisis climáticas o crisis económicas, que nadie persigue, pero que ocurren a partir de acciones humanas). ¿Pero podemos aceptar esta aserción cuando lo que somete y aplasta a la agencia humana es su propia creación, eso que llamamos “realidad política” que engendra sin percatarse un golpe de Estado?

Bien digo su propia creación política para no confundirnos con sus creaciones que impactan negativamente en el medioambiente o en otras esferas de la vida. Aquí estamos hablando de lo que la política puede generar, en medio de instituciones que ella misma creó para limitar sus excesos, sin que sus actores tengan conciencia de lo que están engendrando. De ser cierta esta hipótesis de que la propia agencia política crea las condiciones para su propia destrucción (es por razones políticas que grupos e individuos actuaron entre 1970 y 1973 para crear condiciones que se pensaban eran revolucionarias, pero terminaron siendo reaccionarias y contra-revolucionarias), entonces deberíamos estar en condiciones para explicar, concretamente, en qué sentido los distintos actores políticos de la época generaron las condiciones para que tuviese lugar un acontecimiento que, retrospectivamente, era inevitable: una cosa muy distinta es argumentar sobre los actores que, en el tiempo real de aquel entonces, creyeron que no había nada más que hacer, sin tener conciencia sobre lo que significaba un quiebre democrático ni menos sobre sus consecuencias.

Se ha podido sostener que, ocurridas tales o cuales circunstancias que son también el resultado de conductas humanas, la sociedad chilena y su política transitaron hacia un estado del mundo sobre el que no tenían control: algo así como un efecto no deseado generado por múltiples acciones individuales en las que cada actor satisfacía sus propios intereses y preferencias pero que, cuya agregación con otros comportamientos de igual naturaleza, generaron un gran mal colectivo. Es a este tipo de fenómenos, reales, que se refiere la sociología interesada en asociar preferencias individuales y males colectivos (como, por ejemplo, los embotellamientos vehiculares a continuación de la búsqueda por satisfacer el interés de transportarse en la soledad gratificante del automóvil).

¿Es sostenible esta sociología de los efectos no deseados para explicar el golpe de Estado en Chile? No lo es. ¿Por qué? Porque en las controversias políticas que tuvieron lugar en las postrimerías del gobierno de la Unidad Popular hubo conductas maximalistas referidas no a la democracia, sino a la satisfacción de necesidades por grandes grupos populares: es sobre estos grupos que el gobierno de la Unidad Popular nunca cejó en referir a sus intereses. Este es el origen de lo inevitable. Dicho de otro modo, lo inevitable terminó siendo el apego a un proyecto y a una representación -equivocada o no- de los intereses deseos de un pueblo. Es en ese contexto que el marco institucional de la democracia no pudo impedir lo “inevitable”.

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