Crisis del pensamiento liberal
Mayo 19, 2023

Logo el PaísAl liberalismo le crecen los enanos (a izquierda y derecha)

Los conservadores le acusan de olvidar los vínculos con las comunidades nacionales mientras los progresistas le afean que haya dejado atrás la igualdad entre personas y grupos sociales
Fernando Vallespín
El marxismo ha muerto, la socialdemocracia ha muerto y el liberalismo no se encuentra del todo bien”. Así podríamos parafrasear hoy el conocido enunciado de Woody Allen sobre la muerte de Dios y Nietzsche, esta vez aplicado a las ideologías. Se trata, no hace falta decirlo, de una exageración. La socialdemocracia sigue con su mala salud de hierro habitual de las últimas décadas, y el liberalismo, al menos en lo que hace a la encarnación institucional de sus principios, opera sin alternativa. Su némesis, eso que hemos dado en llamar “iliberalismo”, ni siquiera es una ideología, es una forma de acción política, que es como Laclau entendía el populismo. Como mucho, ofrece un modelo de democracia distinto al liberal, caracterizado por intentar despejar cualquier límite a la acción de la voluntad mayoritaria, aunque en el camino transgreda valores como el pluralismo, la libertad de expresión y la tolerancia. Solo por el hecho de que su adversario ostente esa denominación, el liberalismo puede presumir de fortaleza; sus supuestas alternativas solo cobran identidad en tanto que espejo negativo de este. Por tanto, ¿de qué crisis estamos hablando? Y, si la hubiera, sería común a todas las demás ideologías.

Eso para empezar. Luego está la dificultad de delimitar a qué diablos nos referimos cuando hablamos de liberalismo. De Friedrich Hayek a John Rawls hay un mundo, pasando por toda una constelación de subespecies. El problema de toda teoría triunfante es que los enanos le crecen más en su interior que en su exterior. Y puede que sea aquí, en el hecho de que en estos momentos empiecen a cobrar fuerza sus enemigos, lo que explica esta nueva retórica de la crisis de lo que, por simplificar, llamaremos la “cultura de la libertad”, el mínimo común denominador que engloba a todas sus variedades. Lo que tiene desconcertados a autores que se predican de liberales, como Fukuyama o el propio Timothy Garton Ash y muchos otros nada sospechosos de no serlo, es que hoy sea atacado tanto por la derecha como por la izquierda. La derecha le acusa de haber abandonado los vínculos de la comunidad nacional, que habría sido reemplazada por un cosmopolitismo global, carecería de “comunidad de destino”. Habría hecho suyos, además, los valores de la élite cultural progresista, imbuida de una política de identidad rayando en lo woke. El resultado es la aparición del resentimiento en amplios sectores de la derecha, la sensación por parte de esta de que, como antiguo grupo cultural mayoritario en la sociedad, es ahora intimidado y preterido, empujándoselo a un papel minoritario.

La queja de la izquierda va en otra dirección. La acusación aquí es que se habría abandonado el principio de igualdad entre personas y grupos sociales, los supuestos principios clásicos de la tradición liberal. La nueva ortodoxia progresista se muestra intolerante hacia posiciones que no coinciden con sus valores y exige la aplicación del poder del Estado para hacerlos efectivos. No ya solo para reclamar nuevos derechos para las minorías, sino también una mayor distribución de recursos económicos y sociales. El enemigo sería, pues, tanto el así llamado neoliberalismo como los valores tradicionalistas.

Como vemos, eso que llamamos liberalismo quedaría sujeto a una pinza que lo presiona desde posiciones antagónicas. Con todo, parece haber coincidencia en que el neoliberalismo ha sido la mayor causa de la pérdida del alma del liberalismo. Edward Luce, del Financial Times, por ejemplo, imputa a sus élites el haber provocado el divorcio entre estas y los más menesterosos, favoreciendo así un casi generalizado grito de guerra contra los plutocratsaristocrats and other rats. Lo curioso de esto último es que se entona desde ambos extremos del espectro político, no solo por parte de la izquierda. Y por ambos lados se le exige también más sustancia identitaria y menos individualismo privatista, aunque salta a la vista que unos defienden sobre todo la identidad nacional y otros el colorido archipiélago de identidades polimorfas. También menos veleidades tecnocráticas y —esto hay que decirlo en italiano— más passione, más atención a lo emocional.

¿Es el liberalismo un cascarón vacío?

Lo que se percibe, en suma, es que el liberalismo ha perdido impulso movilizador ilusionante y se ha petrificado escondiéndose detrás de la frialdad del derecho. Se habría reducido, pues, a la idea de un gobierno constitucional, a eso que entendemos por Estado de derecho. Es obvio que en éste han cristalizado sus ideales o principios básicos: la convivencia de individuos libres e iguales bajo un orden jurídico que respeta su dignidad moral y su autonomía y tolera el pluralismo de sociedades cada vez más complejas. Establece, por tanto, las reglas de juego de los sistemas democráticos dentro de las cuales se despliega toda la vida social. Ahora bien, estas imponen límites, pero no prejuzgan cómo hayamos de vivir cada cual. Sería la ideología del árbitro, no la de los jugadores. Y así es como se vive en nuestros días por parte de sus mayores críticos —y enemigos—, como constreñimientos ajenos a la espontaneidad social y limitadora de sus impulsos democráticos y sus convicciones y emociones profundas.

El trasfondo de esta situación es, desde luego, una insatisfacción casi generalizada con el funcionamiento de los sistemas democráticos y la dificultad por ir acompasándonos a la velocidad con la que se suceden los cambios sociales. Pero el que no nos guste el juego no significa que tengamos que apuntar a los árbitros o a las reglas básicas que lo sostienen. Ya dijimos que la fortaleza del liberalismo es que sigue siendo la opción menos mala. ¿Acaso alguna otra tiene una mayor capacidad para integrar el creciente pluralismo y diversidad? Lo que está ocurriendo con el liberalismo puede que tenga menos que ver con el liberalismo en sí que con la propia deriva de la sociedad. La crisis del liberalismo es expresiva del vaciamiento de lo ideológico y, por ahora al menos, de una alternativa clara a la función orientadora que en su día cumplieran las ideologías. Ninguna es capaz de acoger la nueva complejidad. Ahora navegamos sin mapas y por ese hueco se van colando las políticas identitarias y florece el recurso a la emocionalidad primaria. Es de agradecer, por tanto, que quien está al timón durante la tormenta sea una ideología fría y racional.

De izquierda a derecha, los pensadores liberales John Rawls (1921-2002), Friedrich von Hayek (1899-1992), Francis Fukuyama (70 años) e Isaiah Berlin (1909-1997). 
De izquierda a derecha, los pensadores liberales John Rawls (1921-2002), Friedrich von Hayek (1899-1992), Francis Fukuyama (70 años) e Isaiah Berlin (1909-1997). GETTY IMAGES/CONTACTOPHOTO/GETTY IMAGES/ALAMY

Con todo, el liberalismo no se encontraría en una posición tan vulnerable si no fuera en parte culpable de su estado actual. Entre las cuestiones desdeñadas se encuentran algunas tan relevantes como la aceptación neoliberal de la creciente desigualdad social, la insuficiente integración social y política de los inmigrantes, los fracasos en la prevención de las migraciones y el cambio climático, etcétera. Las amenazas, no solo las ideológicas, son formidables, y la reacción, teórica al menos, no puede esperar. En su definición de la sociedad abierta, Karl ­Popper afirmaba que la apertura de esta consistía en “liberar los poderes críticos del ser humano”, mientras que las sociedades cerradas estaban “sujetas a fuerzas mágicas”. “Apertura” significaba, por tanto, el ser capaz de aceptar sus propias imperfecciones e insuficiencias y a partir de ahí decidir su propio rumbo, no limitarse a aceptar lo dado. Me temo que el liberalismo contemporáneo, y por tal no me refiero solo al discurso, sino también a sus seguidores, se ha dormido en la complacencia con el statu quo; no ha liberado sus poderes críticos hacia sí mismo, dando así alas a sus enemigos. Quizá porque ignoraba que los tuviera o despreciara su fuerza potencial. No tener que competir en la dispu­ta ideológica lo volvió demasiado acomodaticio. Y ahora observa con horror que ha de reinventarse.

La fuerza del adjetivo: liberal

Si se fijan, allí donde el liberalismo cobra más fuerza es cuando se adjetiva, cuando sustituimos liberalismo por “liberal”. Lo sabemos bien porque no hay más democracia que la que se predica como tal. Ahí desaparecen ya los demonios asociados a algunas de sus variedades, como el propio neoliberalismo, y donde también salen a la luz sus virtudes: la promoción de la libertad, la apertura de miras, la tolerancia, la inclusión del otro con todas sus diferencias. Vista así, ¿qué hay de frío en una moral pública que predica las virtudes del pluralismo, del reconocimiento de la igual dignidad de todo ser humano, de la lucha contra la discriminación? Otra cosa ya es que se quede como dimensión declarativa, que no trate de luchar por acercarse en lo posible al ideal. Michael Walzer, el teórico izquierdista más prestigioso de Estados Unidos, en lo que considera que ya será su último libro, ha procedido a hacerles el mayor elogio posible a sus principios. Lo que viene a decir es bien simple: aplicar el adjetivo “liberal” a cualquier concepto político es una forma de ennoblecerlo —como “nacionalismo o socialismo liberal”, por ejemplo—; es lo que permite crear espacios para la saludable competencia política y el desacuerdo. Y concluye: “La lucha por la decencia y la verdad es una de las batallas políticas más importantes de nuestro tiempo. Y el adjetivo “liberal” es nuestra arma más importante”. Ya ven, otra ideología con mala salud de hierro.

¿Por qué no hay grandes teóricos?

La respuesta sencilla y un tanto cínica sería decir que tampoco los hay en otros espacios ideológicos. La “gran teoría” (Quentin Skinner) se ha desinflado o ha huido a reductos más seguros, apartándose de los viejos y casi épicos esfuerzos de justificación de los fundamentos normativos de los sistemas políticos. Rawls ha quedado como el último intento por emprender reflexiones de esa ambición y nivel. El problema es que tampoco asoman autores en una escala menor. Al menos en comparación con el británico Isaiah Berlin, el francés Raymond Aron, el austriaco Karl Popper, la letona nacionalizada estadounidense Judith Shklar o el alemán Ralf Dahrendorf, algunos de los más sobresalientes “liberales de la Guerra Fría”, como ahora se les califica. Una respuesta más sólida sería, por tanto, el ubicar tanta y tan excelsa productividad en el marco del conflicto ideológico de posguerra; se correspondería con un momento en el que la disputa por la hegemonía geopolítica se peleaba también en el mundo de las ideas. Desvanecido el enemigo, se afloja la necesidad de justificación teórica.

Sin embargo, todos esos autores liberales, aun siendo plenamente conscientes de lo que había en juego, no pueden identificarse sin más con aquellos otros que sí tenían claro que su labor consistía en racionalizar el lado que ocupaban en el frente de la Guerra Fría, los estadounidenses Arthur M. Schlesinger Jr., Reinhold Niebuhr o el Samuel P. Huntington joven. Para los primeros, la preocupación venía de antes, de las guerras mundiales, el Holocausto y el Gulag, del totalitarismo como pesadilla política. Después de la barbarie tocaba reprimir las ansias utópicas, recelar del discurso del progreso y replegarse a territorios más templados y escépticos, a posiciones más capaces de evitar el mal mayor, la caída en el autoritarismo. Pero defender las “sociedades abiertas” no consistía únicamente en poner al día las conocidas premisas liberales, había que tapar también algunas de sus imperfecciones. Berlin lo hizo dando acogida a un liberalismo más hospitalario con lo identitario y se tomó en serio la crítica del romanticismo político. Shklar y Dahrendorf, por su parte, trataron de inmunizarlo frente a la injusticia económica, algo que acabará cobrando carta de naturaleza en el liberalismo igualitarista de Rawls. El final del conflicto ideológico parece haberlo dejado desconcertado. Quizá porque el verdadero ganador fueron sus variantes neoliberales, porque su expansión al resto del mundo quedó frustrada y, sobre todo, porque su enemigo es ahora mucho más difuso, taimado e inaprensible; antes provenía sobre todo del exterior, de los países totalitarios, hoy se incuba en nuestros propios países democráticos. Su respuesta ante los nuevos conflictos es defensiva, buscando refugio en un liberalismo constitucional, fusionándose al concepto de democracia misma. Y dando un peligroso salto semántico: liberalismo es democracia, todo lo demás es autocracia. Punto. Como si esto le eximiera de tener que reinventarse. Sigue siendo incapaz de resolver las tensiones entre su ala conservadora y la más izquierdista, lo que a su vez responde a la incapacidad del liberalismo para encontrar respuesta a lo que siempre le ha obsesionado: cómo reconciliar autonomía individual con vida colectiva o la erosión de una cultura política capaz de mediar entre la creciente heterogeneidad de aspiraciones y estilos de vida. Le falta, en suma, la suficiente imaginación sociológica como para saber conectar lo mejor de su tradición a los nuevos desafíos. Una teoría a la altura de nuestros borrascosos tiempos.

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Fernando Vallespín

Es Catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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