Desastres, paradigmas y propósitos
Noviembre 13, 2022

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José Joaquín Brunner, 13 de noviembre de 2022

Distintas voces compiten por el diagnóstico más negativo posible. El estado de nuestra educación, se dice, sería desastroso, devastador, ruinoso, fatal, rematadamente malo, catastrófico. Este lenguaje desmesurado sirve para remecer conciencias adormiladas pero no anima a la acción, hoy más necesaria que nunca debido a los graves efectos de la pandemia

Si se atiende a los debates que envuelven en estos días al sector educacional—familias, la profesión docente, sostenedores de colegios, municipalidades, medios de comunicación, gremios empresariales, organismos de la sociedad civil, ministerio de educación, academia y expertos—pueden concluirse dos cosas fundamentalmente.

Por un lado, parece existir una carrera hacia el precipicio. Distintas voces compiten por el diagnóstico más negativo posible. El estado de nuestra educación, se dice, sería desastroso, devastador, ruinoso, fatal, rematadamente malo, catastrófico. Este lenguaje desmesurado sirve para remecer conciencias adormiladas pero no anima a la acción, hoy más necesaria que nunca debido a los graves efectos de la pandemia. En cambio, una alentadora iniciativa ministerial reciente, llamando a la sociedad civil a formar una alianza estratégica para enfrentar la emergencia educacional, ha pasado casi desapercibida.

Por otro lado, la propia autoridad ministerial del sector parece a ratos avalar ese diagnóstico pesimista, al insistir que se debe cambiar el paradigma—o sea, el modelo, las fundaciones, las bases más generales, las ideas rectoras—del actual orden educacional. Implica con ello que la situación—más allá del daño pandémico—es irreversible y que el estado actual de cosas debe ser objeto de un giro completo y radical hacia un nuevo paradigma.

¿Qué significaría esto? En términos del Mineduc, transitar desde una educación de mercado, sin garantía estatal de derecho social, dependiente de la condición socioeconómica de los estudiantes, endeudadora, segregadora, con voucher, que descuida el servicio público, es desigual y carece de perspectiva de género hacia un nuevo paradigma de educación equitativa e inclusiva, garantizada por el Estado como derecho social para la justicia educativa, gratuita, con financiamiento basal y propósito de bien público fortalecido, con perspectiva de género y aulas integradoras.

Este lenguaje aparentemente denso y academicista, ¿qué clase de políticas podría inspirar?

Una alternativa son políticas destinadas a desmontar o debilitar la institucionalidad regida por el ‘antiguo paradigma’, como lo llama el Ministerio. ¿Podría ser que los confusos anuncios sobre el programa de liceos bicentenario apunten hacia allá? ¿O los varios amagos de desahuciar el Simce y la rendición de cuentas? ¿O bien la suspensión de la evaluación docente? ¿O insistir en una inviable condonación universal de la deuda educativa? Como sea, son medidas puramente reactivas, sin futuro.

Otra alternativa son políticas testimoniales, donde el cambio de paradigma ocurre sólo en el plano del lenguaje. En tal caso, el efecto buscado es ante todo ritual y simbólico; un gesto de lealtad ideológica. Por ejemplo, podría ser que la propia hoja de ruta ministerial sea un artefacto diseñado solo con ese efecto en mente. Lo mismo podría ocurrir si se usan tácticamente ciertas iniciativas prometidas—como la política nacional de educación en afectividad y sexualidad integral—solamente con el fin de agitar la batalla cultural. Por lo demás, esa fue la estrategia de la Convención Constitucional, con el resultado que conocemos.

Por el contrario, conversar en serio sobre cambios paradigmáticos obligaría a discurrir sobre los propósitos de la educación de cara a los próximos 30 años. Es precisamente en ese plano donde las sociedades democráticas necesitan articular una visión común, evitando dicotomías paradigmáticas.

Según la tripartición empleada por Gert Biesta, uno de los más influyentes pedagogos contemporáneos, los propósitos básicos de la educación son la cualificación, la socialización y la individuación o subjetivación. ¿Qué discusiones suscita cada uno?

Cualificación significa formación especializada para el desempeñe de actividades tanto en el mundo del trabajo como en la sociedad en general. Por ejemplo, formación ciudadana, saber hacer en entornos digitales, responsabilidad ambiental, convivencia, apreciación literaria y estética, un segundo idioma, comprensión de las lógicas con que funcionan las ciencias y humanidades. ¿Cuánto de todo esto, y cómo, debe estar presente en el currículum obligatorio? Y, ¿cómo formar a los maestros para estas tareas del próximo futuro?

Socialización es más que lo enunciado por la RAE, o sea, adaptar a los individuos a las normas de comportamiento social. Significa hacerse parte de la cultura de una comunidad diversa compartiendo sus discusiones sobre moral y el significado de una buena vida. Obliga a pensar sobre el sentido de identidad nacional, el valor y la experiencia de la interculturalidad y el papel de la religión en la escolarización K-12. Sabemos que la función socializadora de la educación se halla atada a la cultura familiar y allí se mantiene en la sucesión de las generaciones. De allí que la relación entre familia y escuela sea crucial. Igual como lo son el clima escolar y los modelos de comportamiento que los colegios favorecen. También estos temas deberían ser parte de la deliberación del sector.

Individuación o subjetivación, finalmente, representa el tercer propósito formativo de la educación según Biesta. Implica el proceso por el cual nos volvemos sujetos, individuos autónomos; partes de un todo pero con carácter propio. En cierta medida es lo opuesto a una  socialización que solo buscara uniformar bajo los imperativos de una comunidad con una única moral. Por el contrario, la individuación nos distingue dentro del grupo de iguales y es contraria a la homogeneización cultural. Valora la diversidad y la deliberación. ¿Qué puede hacer la educación formal para cultivar este sentido de agencia? ¿Para enseñar a pensar y actuar autónomamente en medio de una sociedad y cultura de masas?  ¿Y cómo evitar que la individuación se convierta en mero individualismo?

Proponemos que este tipo de cuestiones—y no las tareas de desmontaje o los ritos ideológicos—deben ser la materia de una auténtica discusión sobre paradigmas formativos.

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