Sueños de una noche de primavera
Septiembre 22, 2021

Captura de pantalla 2016-10-13 a las 10.55.42 a.m.Publicado el 22 septiembre, 2021

José Joaquín Brunner: Sueños de una noche de primavera

No han desaparecido las razones del mal-estar (¡cómo podrían!) ni hay motivos, tampoco, pare creer que estamos mejor. Más bien, el deseo es el padre de esos pensamiento, como dice freudianamente uno de los reyes de Shakespeare. Es wishful thinking.

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No adhiero a la idea surgida de la clase ilustrada bien pensante que a propósito de los resultados de la reciente encuesta CEP dice: “ayer estábamos mal, ahora estamos mejor y, si todo continúa sobre rieles, mañana estaremos bien”. Cándido y el mejor de los mundos posibles.

El mal-estar del 18-O, el estallido, estaría quedando a nuestras espaldas, con su rechazo plebeyo del orden, revuelta violenta, e irrupción en el centro de la ciudad de toda clase de barras bravas; los excluidos de nuesta civilización burguesa.

Sin embargo, ese mal-estar, producto de la propia anomia capitalista —disyunción entre la meta cultural del éxito prometido (Chile-país-desarrollado) y la desigual distribución de los medios para alcanzarla— no ha sido superado ni ha quedado a nuestras espaldas. Está allí donde siempre estuvo, latente, al borde de irrumpir cuando se debilita la delgada capa de civilización con que las sociedades suprimen su agresividad destructiva (Freud dixit). Incluso, es probable que con la dislocación traída por la pandemia y con la crisis económica, su base de sustentación se haya ensanchado, igual como se mueven las placas tectónicas bajo el suelo de la sociedad. Quizá, la proliferación de conductas delictivas y desviadas que impiden dormir tranquilo a nuestro Cándido redivivo sea un síntoma de este movimiento sísmico.

A pesar de todo, tras conocerse los resultados de la encuesta mencionada y de otras similares, la opinión pública ilustrada respiró aliviada. No solo el mal-estar iba esfumándose del espejo retrovisor, sino que, además, ahora estábamos un poco mejor. Esta sensación se apoyaba en ciertos indicadores de los sondeos, tales como un minúsculo aumento de la confianza en las instituciones, unos puntos porcentuales más de adhesión a la democracia, la preferencia por acuerdos negociados frente a la pureza doctrinaria, un repunte saludable del rechazo a los manifestantes que usan protesta del tipo barras bravas y, más ampliamente, una mejora de la economía doméstica de las familias debido al aumento del dinero circulante. Pero, ¿hacen verano estas golondrinas?

No me parece a mí que la tímida variación de estos indicadores anticipen un cambio de estación.

Nuestra institucionalidad política no se afirma; al fondo, sigue igual de cuestionada. La gobernabilidad del país es precaria. La administración Piñera, a pesar de un manejo razonable de la pandemia y de haber inyectado cantidades de dinero, no ha logrado una respuesta favorable,  ni siquiera de su coalición. El Congreso mantiene su reputación a ras de suelo, igual que los parlamentarios y los partidos. Las restantes instituciones del Estado, incluidas las FFAA, de orden y seguridad, son evaluadas desfavorablemente. También las elites y los liderazgos nacionales y sectoriales —comprendiendo  a empresarios, sindicatos, iglesias y medios de comunicación— se hallan en tela de juicio.

Luego, si la movilización frontal contra  “el sistema” no ha vuelto a manifestarse ni ha superado la cima que alcanzó en noviembre de 2018, ello se debe más al efecto pandemia que al supuesto de Cándido. Y también, seguramente, al hecho de que hoy existen otras prioridades y cauces de expresión para la crítica y el descontento con el orden establecido. De manera que no han desaparecido las razones del mal-estar (¡cómo podrían!) ni hay motivos, tampoco, pare creer que estamos mejor. Más bien, el deseo es el padre de esos pensamiento, como dice freudianamente uno de los reyes de Shakespeare. Es wishful thinking.

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En cuanto a que mañana-estaremos-bien parece igualmente candoroso, pero al menos resulta más intrigante. Quienes anuncian esta buena nueva, confían en que la Convención logrará renovar nuestra alicaída institucionalidad y que, en paralelo, el proceso político electoral generará un nuevo ciclo ascendente de gobernabilidad. ¿Es plausible esto o, más bien, un deseo? Lo último, me parece a mí.

En efecto, la Convención —por sus obras la conoceréis— no logra aún establecer un centro de gravedad que asegure  su gobernabilidad. Ni siquiera ha superado la primerísima valla; contar con un reglamento que organice sus procedimientos y votaciones. Todavía vacila respecto de su propio estatuto y mandato y debe recurrir a ‘astucias’ para arribar a la única solución correcta. Mientras tanto transmite fluctuantes señales de sectarismo y autoritarismo, incompatibles con un clima deliberativo y con el pluralismo democrático.

En el plano de los asuntos sustantivos, se mantiene soterradamente la pugna entre una auto comprensión de la Convención como una instancia originada por la revuelta del 18-O, y otra que la concibe como una instancia surgida al amparo de la carta fundamental y el acuerdo del 15-N. Ambas posturas disputan la conducción del proceso constituyente. La primera se acompaña con un imaginario refundacional y de soberanía ilimitada, expresada como un encadenamiento de plebiscitos dirimentes. La otra, con una voluntad renovadora basada en amplios consensos y nuevos estándares de convergencia para superar los 2/3. La tercera fuerza en disputa, la derecha con sus varias caras, todas ellas defensivas, ocupa el lugar del convidado de piedra y todavía oscila entre atrincherarse o dialogar.

Sería ingenuo pensar que la disputa entre las dos principales posiciones tiene fácil solución. En la Lista del Pueblo y la orgánica del PC sopla todavía el espíritu octubrista, aunque pasa por una fase menguante (¿o definitivamente declinante?). La bancada de los pueblos originarios se agrupa tras sus propias banderas que, hasta ahora, ha plantado en territorio de extrema izquierda, debilitando su influencia. El conjunto del sector octubrista ha acumulado más derrotas que victorias en sucesivas rondas de votaciones, mientras su aura inicial —cuyas raíces se hunden en el estallido y la leyenda de la rebeldía plebeya— se vio ensombrecida por el affaire Rojas Vade. Eso por un lado.

Por el otro, el polo que representa el espíritu del 15-N —FA, independientes no neutrales, socialistas y otros ex Nueva Mayoría—todavía oscila entre conducir la Convención abriendo las puertas a una fracción de votos (y acuerdos de mutua conveniencia con la derecha, o, por el contrario, abrirlas hacia el sector octubrista para imponer mayoría refundacional, radical y rupturista.

3

Aquí la pieza decisiva es el FA, situado justo al medio de este entreverado campo de fuerzas, desde donde maneja la compuerta que daría paso, alternativamente, a una radicalización octubrista, o bien, a un reforzamiento del espíritu del noviembrismo. Esto nos lleva de inmediato a la carrera presidencial, donde el balance de votos es distinto del que existe dentro del microclima de la Convención.

En efecto, dentro de este otro teatro de operaciones, donde la elección presidencial corre en paralelo pero no ajena al proceso constituyente,  el candidato del FA camina de la mano con el PC. A su vez, éste cree tener a su alcance al electorado de la Lista de Pueblo; ¿otra instancia de wishful thinking, conocida la extrema personalización y el localismo del voto de esa Lista, que además se ha desmembrado?

Como sea, el FA se halla ante una disyuntiva difícil. De ganar la elección presidencial, y podría ocurrir, se le ofrece la oportunidad histórica de dirigir lo que algunos llaman una segunda transición, o segunda República post-dictadura, encabezando una amplia coalición reformista socialdemócrata, capaz de dar un nuevo impulso al desarrollo del país. Por el contrario, podría mantenerse ambiguamente sujeto a su alianza con el PC, vacilando indeciso entre reforma socialdemócrata o revolución tipo ‘socialismo siglo XXI’; entre continuidad o ruptura institucional. En tal caso, lo más probable es que termine alineándose con el radicalismo popular (populista) latinoamericano, en alguna de sus varias versiones: argentina kirchnerista, boliviana evo-moralista, ecuatoriana correista, peruana castillista (por verse), o venezolana chavista.

En varios momentos el candidato Boric parece abrazar la opción socialdemócrata, con énfasis en ideales fuertes de cambio (ética de convicción y valores) y compromiso con medios reformistas (ética de responsabilidad y medios negociados). ¿Mero oportunismo táctico o proyecto asumido como opción personal  y plataforma colectiva? Es difícil decirlo hoy.

De hecho, la inclinación natural de un líder joven, confiado en sus propias (pero todavía no probadas) habilidades de conducción, podría ser  repetir el modelo de la administración Bachelet II, con la misma composición de fuerzas —de la DC al PC— pero con un eje corrido hacia la siniestra. Un gobierno así, podría pensar Boric, lograría reunir el más extenso ‘arco progresista’, evitando el costo de optar entre reforma y revolución; caminar con un pie dentro y otro fuera del riel institucional.

El programa de Boric, varios cientos de páginas, transmite a ratos esa ambigüedad y a ratos aparece como otra expresión más de wishful thinking; una colección (expandible al infinito) de promesas e ilusiones camino al futuro bien-estar. Varios de sus portavoces programáticos aportan una adicional cuota de candidez, al declarar que su objetivo sería nada más que llevar a Chile a ser como Alemania (codeterminación en las empresas, capacitación dual), Australia (política minera y medio ambiental), Canadá (pueblos indígenas y descentralización territorial), Finlandia (educación e innovación), Nueva Zelanda (modernización del Estado, pueblos indígenas) y así por delante. Como queriendo decir: que nadie se preocupe, nuestras políticas serán evidence-based y seguirán modelos y prácticas impecablemente socialdemocráticas, incluyendo todo tipo de recomendaciones de  la OCDE. Es Cándido en el reino de la tecnocracia. Y recuerda, cómo no, la desacreditada experiencia de la Nueva Mayoría.

No digo que aquella sea necesariamente una mala inspiración, sobre todo si fuese acompañada por una revisión crítica seriamente asumida. Al contrario, ofertar todas aquellas ‘maravillas’ plurinacionales en conjunto —pero sin especificaciones, sin punto de partida, sin presupuesto, sin identificación de capacidades, sin diálogo con las partes interesadas; en breve, sin realismo alguno— aparecen simplemente como otro, ingenuo, acto de wishful thinking; sueños de una noche de primavera.

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