¿Qué educación nos prepara mejor para el futuro?
Noviembre 5, 2017

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En el turbulento entorno actual, algunos proclaman que la educación debería lograr balances, aunque sean inestables y cambiantes, entre los polos que hoy están en tensión.

José Joaquín Brunner, 5 de noviembre de 2017

¿Es posible unir coherentemente en un mismo currículo formativo creación e imitación, desarrollo de la inteligencia y la emoción, contenidos y destrezas, ciencia y humanidades, disciplina y libertad, especialización y cultura general?

Parte importante del debate educacional de los modernos -y también nuestro, los modernos tardíos o posmodernos- gira en torno a ese tipo de tensiones. La educación, ¿ha de orientarse hacia fines y valores o hacia medios y operaciones? ¿Debe transmitir tradiciones o cultivar la innovación? ¿Formar para el trabajo, la ciudadanía o la excelencia personal?

Estas tensiones no pueden superarse fácilmente. Incluso, pensamos algunos, conviene aprovecharlas, precisamente para mantener al sistema en tensión.

Además, ellas se expresan de diferentes maneras en distintas épocas. Por ejemplo, en el amanecer de la modernidad, con el Siglo de las Luces, Kant se preguntaba si acaso la filosofía debía preceder a su graciosa señora, la teología, portando la antorcha, o caminar tras ella sosteniendo la cola de su vestido. De esta disputa académica salió victoriosa la filosofía. Pero solo al comienzo. Más adelante, en pleno siglo XX, es sustituida en la cima por las ciencias, que bajo el acrónimo de STEM (Science, Technology, Engineering, Mathematic) llevan hoy la antorcha.

Un siglo después de aquel tránsito de la educación desde las escuelas catedralicias y la escolástica medieval al foro público de la razón moderna y la universidad, el sociólogo Max Weber anticipó un nuevo desplazamiento para el siglo XX. Esta vez, desde la educación del hombre culto, distinguido por su carácter y espíritu estamental aristocrático, que Weber resumía en la figura del gentleman , hacia la enseñanza racionalmente objetivada, dice él, del especialista, el profesional experto. La burocratización de todo tipo de organizaciones, y la tecnificación del mundo, le darían plenamente la razón.

Ahora, en un momento de grandes cambios tecnológicos, sociales, económicos y culturales, la educación vuelve a estar en la encrucijada. Los puestos de trabajo se crean y destruyen rápidamente. La información y el conocimiento se acumulan en cantidades nunca antes vistas.

Crece la desconfianza en las autoridades, las instituciones y las tradiciones. La naturaleza se halla amenazada. Se cree que el futuro estará caracterizado por una intensa individuación, privatismo, volatilidad, incertidumbre, conflictividad, complejidad y ambigüedad.

En este entorno turbulento, ¿qué debemos esperar de la educación?

Algunos proclaman que ella debe lograr balances -aunque sean inestables y cambiantes- entre los polos en tensión: autonomía individual y reconocimiento del otro, profundidad especializada y comprensión amplia, STEM y cultura humanista, productividad y felicidad, flexibilidad y disciplina, etc. Está bien. Cada uno de estos balances -de lograrse- son adquisiciones valiosas. Pero ¿cómo pueden alcanzarse?

En un interesante libro, sus autores -Fadel, Bialik y Trilling (2015)- responden proponiendo un marco de referencia para pensar la educación del futuro. Mediante cuatro dimensiones interconectadas -conocimientos, destrezas, carácter y meta-aprendizaje- exploran las bases de un nuevo currículo. Este debería surgir de un cuidadoso diseño educacional.
Por ejemplo, en relación con la primera dimensión, exploran cómo renovar la enseñanza de las disciplinas que organizan los conocimientos, destacando su valor práctico, cognitivo y emocional.

¿En qué momento conviene enseñar qué contenidos? ¿Cómo enseñar y aprender en un entorno progresivamente estructurado por procesos y dispositivos de inteligencia artificial? ¿Cuál debe ser la respuesta educativa frente a la amplificación de las capacidades humanas que traerá consigo la bioingeniería?

En la dimensión de las destrezas, comienzan a aparecer mapas de competencias claves para el siglo XXI, en las áreas cognitiva, interpersonal e intrapersonal. Los autores ponen énfasis en la creatividad, que aparece involucrada en múltiples tareas, desde el emprendimiento hasta las ciencias y las artes; así como en el pensamiento crítico, la comunicación y la colaboración. ¿Cómo entonces combinar aprendizaje de destrezas y conocimientos?

El desarrollo de ciertas cualidades del carácter es la tercera dimensión clave; corresponde a las virtudes de los antiguos que hoy llamamos valores y hábitos. Son aprendizajes frecuentemente invisibles, que comienzan en el hogar y, luego, continúan en la escuela, el trabajo y a lo largo de la vida. Hoy, la dimensión moral de la educación es considerada crucial para la conducción de la propia vida y la convivencia con los otros. Deviene una cuestión central de la moderna paideia en sociedades que ofrecen infinitas elecciones y escasa orientación. Se asocia con autoconciencia reflexiva, curiosidad, persistencia y resiliencia.

Por último, el meta-aprendizaje aparece como una cuarta dimensión esencial dentro de este marco de referencia educacional. Esto es, la capacidad de aprender respecto del propio aprendizaje, internalizar una mentalidad positiva (autoconfianza y motivación) que apoye el esfuerzo de cada uno y, en general, una actitud abierta y de experimentación para favorecer el aprendizaje en un medio cambiante.

En suma, en estas cuatro direcciones debería encaminarse nuestra conversación educacional sobre el futuro, naturalmente, sin descuidar los problemas inmediatos de la coyuntura. A fin de cuentas, preparar para el futuro es la causa final de la educación.

“Ahora, en un momento de grandes cambios tecnológicos, sociales, económicos y culturales, la educación vuelve a estar en la encrucijada. Los puestos de trabajo se crean y destruyen rápidamente. La información y el conocimiento se acumulan en cantidades nunca antes vistas. Crece la desconfianza en las autoridades, las instituciones y las tradiciones. La naturaleza se halla amenazada”.

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