El futuro de la universidad española
Enero 12, 2015

La universidad a examen: los debates

¿Hacia dónde debe ir la Universidad?

La Universidad está un punto de inflexión: la crisis económica, el aumento de los costes de la educación superior, la puesta en cuestión de su propia esencia en un mundo de tecnología que pone a disposición de cualquiera en cualquier punto de planeta obliga a tomar decisiones urgentemente y probablemente a cambiar muchas cosas. La pregunta es: ¿en qué dirección?.

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Josep Ferrer Llop

Josep Ferrer Llop

Catedrático de Matemática Aplicada, exrector de la Universidad Politécnica de Cataluña.

Defendemos un modelo social de Universidad, que no solo aspire a la calidad académica, sino que también se comprometa en el uso del conocimiento que genera y difunde.

TRIBUNA

La función social de la Universidad

Defendemos un modelo que aspire a la calidad académica se comprometa en el uso del conocimiento que genera

La Universidad ha alcanzado en buena medida los objetivos académicos y de regeneración democrática propuestos en la transición. Está en condiciones de asumir los nuevos retos sociales, que deben ser debatidos y clarificados para determinar los pasos a dar.

Una alternativa falseada

El debate sobre el modelo de universidad sigue vivo desde que en 1994 el Banco Mundial pusiera negro sobre blanco la propuesta de derivar la universidad hacia un modelo “empresarial”, concibiendo la educación superior como una mercancía más. En la Conferencia Mundial UNESCO Paris-98 prevalecieron las tesis “sociales”, pero el debate no se ha cerrado y de hecho la llamada mercantilización de la universidad ha ganado terreno en este par de décadas.

En nuestro país tales tesis se argumentaron inicialmente sobre un diagnóstico catastrofista de nuestra universidad, en realidad difícil de justificar. En efecto, en los últimos 40 años nuestra universidad ha dado un salto sin precedentes, hasta conseguir la homologación con las de nuestro entorno, como demuestran las cifras sobre producción científica, intercambios internacionales, etc. Somos los primeros en denunciar que hay mucho por hacer, pero partiendo de la esperanza de que ya se ha hecho mucho y bien.

Ese diagnóstico tendencioso venía seguido de propuestas, igualmente injustificadas, sobre gobernanza, financiación, gestión de personal, etc. Así, contra un pretendido desgobierno, se propugnaba un modelo piramidal y externalizado, cuando los análisis comparativos no detectan correlaciones (ni en el ámbito público ni en el privado) entre el modelo de gobierno y la calidad de la universidad.

Finalmente, la crisis ha sido la excusa para aplicar alguna de dichas recetas, sin necesidad de diagnósticos ni argumentaciones. Así vemos como se reducen y precarizan las plantillas, se aumentan las tasas universitarias o se recortan drásticamente las dotaciones para investigación, apelando simplemente a les estrecheces presupuestarias, obviando el análisis de si con esto estamos pervirtiendo la función y el modelo de la universidad.

Un país basado en el conocimiento

Frente a todo ello defendemos un avance decidido hacia un modelo social de Universidad, que no sólo aspire a la calidad académica, sino que también se comprometa en el uso del conocimiento que genera y difunde. Esto es, que la universidad sea también un agente activo de desarrollo socio-económico, hacia un país basado en el conocimiento.

Un país que siga avanzando hacia la generalización de la educación superior (profesional y universitaria), culminando el camino iniciado hace un siglo con la alfabetización universal. Un país donde las clases populares tengan igualdad de oportunidades para la formación de alto nivel, pero también para un ejercicio profesional vinculado a la investigación y la innovación. Un país en que los profesionales en activo y la ciudadanía en general siga ampliando y actualizado sus conocimientos.

Pero se requiere también un cambio profundo en el modelo productivo, que de basarse en la competencia por precio, pase a hacerlo en la innovación en productos y procesos. Nuestro tejido empresarial no ha aprovechado suficientemente la época de vacas gordas para invertir en esta dirección, de forma que buena parte del conocimiento creado termina por desaprovecharse.

Más aún, las externalidades positivas de la educación superior y del conocimiento son muy superiores a las computables comercialmente. La valorización del concomimiento debe ir más allá de su uso mercantil, apreciando su uso social en iniciativas públicas, de servicio general o de solidaridad. Así, ya el “Manifiesto de Bucarest” de 1998 aboga por poner la ciencia al servicio de la ciudadanía, por ejemplo, en el sentido de que las opciones ideológicas y políticas deban respetar las bases científicas y el rigor intelectual.

El compromiso social

Para que todo ello pase a formar parte del horizonte universitario es necesario el compromiso social de la comunidad universitaria, pero también el convencimiento y el apoyo de la administración, del empresariado, de los agentes sociales y de la sociedad en general. Construir un país basado en el conocimiento requiere la colaboración de quienes lo generan, pero también de quienes lo financian y lo aplican.

Ese compromiso social de la universidad no haría sido reforzar la necesidad de la autonomía universitaria, nunca interpretable como aislamiento o inhibición. Sólo desde la autonomía académica y financiera se puede ejercer esa labor creativa y crítica.

Un tercer elemento es imprescindible en este modelo social de universidad: la trasparencia y la rendición de cuentas. No sólo en la gestión económica, sino también en la formulación de objetivos, en la toma de decisiones y en los mecanismos de evaluación.

Los condicionantes y las consecuencias

Por supuesto no es fácil asumir esta nueva función social de la universidad en momentos de restricciones económicas, puesto que su rentabilidad, aunque innegable, lo es a medio y largo plazo. Resulta más fácil derivar hacia el modelo mercantilista, en el que los costos corren a cargo de los “clientes” o beneficiarios particulares: estudiantado que aspira a altas retribuciones profesionales, mercado laboral que acoge dicho capital humano, empresas que adquieren a costos indirectos los resultados de la investigación, investigadores que obtienen retribuciones complementarias,…

Otros aspectos, sin embargo, son hasta cierto punto independientes de estas limitaciones económicas. Por ejemplo, clarificar las competencias y responsabilidades de los distintos actores. Por una parte, a las administraciones, como responsables de la planificación y coordinación del sistema, corresponde la determinación de los objetivos generales (en la línea de los antes relacionados) y la atribución de objetivos particulares a cada entidad, con su participación. A partir de ahí la comunidad universitaria debe responsabilizarse de su organización y de sus decisiones para dar cumplimientos a esos objetivos. Por su parte, el Consejo Social (convenientemente remodelado) probablemente sea el canal más adecuado para la rendición de cuentas y la valoración de los resultados alcanzados, ya que su conocimiento del entorno y de la propia universidad le han de permitir interpretaciones más acertadas de los indicadores y parámetros, evitando las conclusiones asépticas de los ranking al uso.

En cualquier caso, la asunción de esta función social de la universidad conlleva consecuencias sobre la orientación de su docencia e investigación, sobre las formas de gobierno interno y de elección de cargos, sobre los mecanismos de control económico, sobre la gestión de gestión de personal, sobre los instrumentos de financiación, etc.

Es inútil un debate sobre todo estos aspectos sin clarificar previamente la función social que esperamos de nuestra universidad. Los condicionantes circunstanciales quizá limiten la implementación de las conclusiones, pero por lo menos tendremos claro el camino a seguir.

Josep Ferrer Llop es catedrático de Matemática Aplicada, exrector de la Universidad Politécnica de Cataluña

 

 

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Daniel Peña

Daniel Peña

Rector de la Universidad Carlos III de Madrid

TRIBUNA

Vientos de cambio

Las universidades españolas se especializarán y tendrán que competir

La revolución digital está produciendo ya cambios fundamentales en las universidades de todo el mundo y las españolas tendrán que transformarse sustancialmente en los próximos años. Estos cambios van a afectar a la docencia, la investigación y la transferencia, y, también, a cómo las universidades se organizan y se financian. Las universidades españolas se especializarán y tendrán que competir por estudiantes y por profesores en un entorno más internacional y más abierto.

En primer lugar, vamos a asistir a cambios fundamentales en los métodos docentes y en la organización de las enseñanzas. La aparición de Internet hizo posible la formación on-line a distancia, pero no modificó, en sí misma, el proceso de aprendizaje. Se grabaron clases en vídeo y se colgaron en la red con ejercicios, reproduciendo a distancia el método habitual de enseñanza presencial utilizado en las universidades desde su creación en el siglo XIII. El cambio pedagógico vino de la mano del MIT. En 2001 lanzó la iniciativa OpenCourseWare (OCW) dando acceso libre y gratuito a los materiales de muchos de sus cursos oficiales. La extensión de esta idea ha llevado a la aparición de plataformas abiertas como EDX, Cursera y MiriadaX en España, que ofrecen cursos universitarios gratuitos a distancia o cursos masivos on line (MOOCs). En 2004 Salman Khan, un joven ingeniero del MIT, inspirado por este espíritu de apertura, grabó y colgó en Youtube vídeos cortos explicando matemáticas para sus primos en New Orleans. Tuvo la intuición genial de grabar lo que vería un estudiante si él estuviese a su lado explicándole el concepto en una hoja de papel, en lugar del busto parlante habitual en los vídeos docentes. Cada vídeo explicaba un sólo concepto y equivalía a una clase particular de unos pocos minutos de duración. Además, después de la explicación incluyó ejercicios de autocomprobación simples, para que el estudiante pudiera comprobar por sí mismo si había entendido el concepto y era capaz de aplicarlo. Si el estudiante no respondía adecuadamente a la comprobación podía escuchar de nuevo el vídeo y volver a intentarlo hasta conseguirlo. Su método tuvo un éxito inmediato y sus vídeos fueron utilizados por estudiantes de todo el mundo. Este efecto le animó a fundar la Khan Academy, una institución sin fines de lucro y financiada con donaciones privadas, que promueve la enseñanza gratuita a distancia con vídeos cortos y autocomprobación del aprendizaje. La formación en línea tiene la gran ventaja de proporcionar información detallada sobre el proceso de aprendizaje de cada estudiante: si resuelve o no a la primera el ejercicio planteado después de escuchar el vídeo, cuanto tiempo le lleva revisarlo y donde se demora en el vídeo antes de volver a intentarlo, etc. Estos datos son muy valiosos para entender cómo aprende cada estudiante y cómo ayudarle mejor en el futuro. Toda esta información ha llevado a replantear el papel de la enseñanza on line como complemento de la enseñanza presencial. Algunas universidades están cambiando el papel tradicional de la clase (flipping classroom): en lugar de impartir lecciones a grupos de estudiantes que hacen luego ejercicios en casa para comprobar su aprendizaje, los estudiantes escuchan vídeos en casa, comprueban su comprensión con ejercicios en línea, y en la clase trabajan en grupo con la ayuda del profesor sobre las implicaciones de estos conceptos en la práctica.

Vamos a asistir a cambios profundos en los métodos docentes y en la organización de las enseñanzas

Estos cambios están afectando a la organización de la docencia en las mejores universidades del mundo y tendrán su repercusión en España. Se modificará el papel del profesor, de conferenciante a estimulador del aprendizaje, y el del estudiante, protagonista de su propia formación. Además, hará cambiar la tradicional organización de un Grado en asignaturas de duración fija. De hecho, es posible que las lecciones que siga un estudiante hayan sido grabadas por profesores de una universidad distinta a la suya, de la misma forma que ahora utiliza textos de profesores de otras procedencias. La duración del curso también puede variar en función del trabajo e interés del estudiante. Se favorecerá la colaboración docente entre universidades y las titulaciones conjuntas, con estudiantes que siguen a distancia con plenos efectos académicos cursos de distintas instituciones.

La globalización y la apertura van a cambiar también la relación entre investigación y la transferencia. En el pasado estas funciones de la universidad se han movido por caminos distintos, donde por un lado los mejores investigadores creaban nuevo conocimiento, sin relación con su posible aplicación, y por otro, algunos profesores desarrollaban consultoría, con frecuencia con poca innovación real. En el futuro ambas funciones estarán mucho más próximas y se llevarán a cabo en centros de investigación con financiación privada y pública, donde los profesores universitarios trabajen mano a mano con investigadores de empresas e instituciones para crear y mejorar productos y servicios. Las mejores universidades integrarán esta investigación en la docencia, y los estudiantes tendrán que demostrar su capacidad para innovar y aplicar los conocimientos adquiridos en nuevos contextos para graduarse.

La investigación del futuro será cada vez más interdisciplinar, y habrá que crear nuevos espacios

La investigación del futuro será cada vez más interdisciplinar, y habrá que crear nuevos espacios más flexibles para romper los cotos cerrados de los pequeños departamentos especializados. La gobernanza de las universidades españolas, basadas en un sistema de contrapesos de poder que hace fácil mantener privilegios y difícil el cambio, tendrá que adaptar su toma de decisiones a lo que es habitual en las buenas universidades del mundo.

Las universidades tendrán que especializarse en lo que hacen bien y cooperar con otras para complementar su oferta docente e investigadora. Hoy un profesor puede impartir en la intimidad de su clase un curso muy mediocre, pero este curso no podrá sobrevivir si sus estudiantes tienen la opción de elegir y seguir a distancia un curso impartido por un profesor excelente. De la misma forma es difícil justificar un programa de doctorado impartido por investigadores que no han demostrado su capacidad para crear conocimiento relevante y que produce tesis doctorales cuyo impacto en la ciencia es nulo. La ventaja de un mundo más abierto es que la competencia docente o investigadora de los profesores será cada vez más pública, y por lo tanto la exigencia aumentará y la competición por atraer a los mejores estudiantes y profesores cambiará la estructura de las universidades españolas. Inevitablemente este proceso llevará a replantear su financiación, de manera que sus recursos dependan cada vez más de sus resultados, como ocurre en las universidades de los países más desarrollados y líderes en educación e investigación científica.

Daniel Peña es rector de la Universidad Carlos III

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