Apuntes sobre el malestar frente a la modernidad: ¿transfiguración neo-conservadora del pensamiento progresista?
Agosto 11, 2005

Texto escrito de la presentación realizada por el autor durante un seminario convocado para discutir sobre el tema de los malestares en la sociedad chilena, el año 1998.
Palabras claves: modernidad, malestar, crecimiento, polis, mercado, intelectuales
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El progresismo ha sido puesto en la incómoda posición del ángel de la historia del que nos habla Walter Benjamín:
Su rostro se halla vuelto hacia el pasado. Allí donde nosotros percibimos una cadena de eventos, él ve una sola catástrofe que acumula desastre sobre desastre y los arroja frente a sus pies. El ángel quisiera quedarse, despertar a los muertos, y devolver su integridad a lo que ha sido hecho pedazos. Pero una tormenta sopla desde el Paraíso; ha quedado atrapada con tal violencia en sus alas que el ángel ya no las puede plegar. La tormenta lo propulsa irresistiblemente al futuro hacia el cual se halla vuelta su espalda, mientras delante de él los escombros crecen hasta el cielo. Esa tormenta es lo que llamamos progreso“.
Walter Benjamin, Illuminations, 1968
Todos aceptan que la modernidad es una experiencia ambivalente. Quien mejor lo ha expresado es Marshall Berman: “ser modernos [o sea, tener esa experiencia vital] es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos”.
Con la licencia del esquematismo podría afirmarse que, a lo largo del último siglo, el pensamiento progresista ha tendido a colocarse habitualmente del lado afirmativo de la ecuación de Berman y el pensamiento conservador del lado negativo. Bastan dos metáforas para ilustrarlo: el optimismo marciano frente al desarrollo de las fuerzas productivas, la revolución capitalista y su posterior reemplazo por la sociedad soñada a un lado y, al otro, el pesimismo católico frente a los “errores modernos”, las libertades del liberalismo, los avances de la ciencia y el despliegue del capitalismo y la democracia.
Dicho en otras palabras: por lo general, el progresismo ha confiado en la modernidad y el conservadurismo ha sospechado de ella y ha condenado sus efectos disolventes.
Sabemos, sin embargo, que el siglo XX ha terminado mal. La cara oscura de la modernidad nos ha llevado a dudar de la razón, del progreso, de las ideologías; incluso, se hallan en entredicho la libertad de los modernos, su confianza en el conocimiento y en los frutos de la técnica. En particular, ha cambiado el clima dentro del cual se debate sobre uno de los aspectos claves del tema socialdemócrata; el crecimiento. Hasta ayer él conformaba una de las bases del optimismo progresista.
Con el cambio de clima, sin embargo, el optimismo progresista está siendo puesto a la defensiva y su espíritu, su sensibilidad, su forma de mirar el mundo, sus sentimientos de trasfondo, parecieran estar experimentando una profunda mutación. Es como si su centro de gravedad se estuviera trasladando desde el lado izquierdo de la ecuación de Berman –el lado afirmativo-optimista– hacia el lado derecho, el del temor al cambio y los malestares frente a sus efectos.
A ese progresismo puesto a la defensiva, más preocupado por los efectos deletéreos que por las causas generadoras del crecimiento, llamamos aquí neo-conservadurismo. Se trata de una actitud, una sensibilidad y, al mismo tiempo, de una toma de posición intelectual. Es algo así como una teoría del malestar dentro de la modernidad que resuena más con los temores que ella despierta que con las opciones que crea. Bajo esa mirada, el crecimiento de lo moderno con sus incesantes efectos desestabilizadores–aparece ante todo como un riesgo y el orden social, la cultura y la política son vistos como insoportablemente fragmentados, leves, sin raíces, vulnerables. Todo lo sólido parece desvanecerse en el aire y, con ello, se debilitan o esfuman también los puntos de referencia del progresismo finisecular: la razón, el Estado, la igualdad, la comunidad, los horizontes utópicos.
La pregunta que resta por responder es esta: ¿ha cambiado tanto la modernidad (tardía) para peor o han cambiado, por el contrario, las suposiciones del progresismo al punto de que la modernidad le parece ahora insoportable? ¿Estamos frente a una crítica progresista de la modernidad o a un malestar neo-conservador con ella?

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