Las humanidades maltratadas
Carlos Peña, Rector UDP, académico de número de la Academia de Ciencias Sociales, Políticas y Morales, Lunes 10 de agosto de 2026
“…devaluar a las humanidades o las ciencias sociales, empujarlas fuera del espacio público en favor de la tecnología, es un error de proporciones gigantescas…”.
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Guerra cultural fría
En Chile la discusión sobre el gobierno de José Antonio Kast suele plantearse como una alternativa. O pertenece a la misma familia política de Trump, Milei, Bolsonaro y Orbán; o es una versión pragmática del gremialismo, legalista, técnica y respetuosa de la institucionalidad democrática. Tal vez esta alternativa oculta lo esencial. ¿Y si el gremialismo no fuese la moderación de una orientación de ultraderecha, sino el repertorio institucional que le permite gobernar?
Una cosa es la orientación ideológica; otra, la tecnología política mediante la cual se vuelve efectiva. Las ideologías no llegan intactas al gobierno: se traducen a las tradiciones e instituciones disponibles. Una eventual vía chilena al ultraderechismo no tendría por qué copiar la teatralidad de Trump ni la estridencia de Milei. Podría ser administrativa, legalista y, como suele decirse en Chile, bastante más “fome”.
La tradición gremialista ofrece precisamente ese repertorio. Su fuerza histórica no residió solo en convicciones conservadoras, sino en su capacidad de inscribirlas en reglas, diseños institucionales y mecanismos capaces de sobrevivir a las coyunturas. En su versión contemporánea, puede traducir preferencias normativas al lenguaje de la evidencia, la eficiencia, la productividad o la necesidad nacional. El pragmatismo técnico no elimina la política. Puede volverla menos visible y, por eso mismo, más administrable.
La política científica permite examinar esta hipótesis. La forma caliente de la guerra cultural acusa a las universidades de wokismo, denuncia a los estudios de género o declara inútiles a determinadas disciplinas. Construye un adversario y moviliza públicamente contra él.
Pero también puede existir una guerra fría de la política: el conflicto se enfría en criterios de elegibilidad, prioridades presupuestarias y reglas de asignación. No se intervienen directamente los contenidos; se modifican las condiciones bajo las cuales podrán seguir produciéndose.
Para identificar la novedad hay que distinguir tres procesos.
El primero es la parametrización de la ciencia. Desde hace décadas, la producción académica se convierte en artículos, indexaciones, citas, rankings e indicadores comparables. La literatura científica ha estudiado ese control by numbers: afecta al conjunto de las disciplinas, aunque deforma especialmente a ciencias sociales y humanidades, cuyos libros, archivos, ensayos o intervenciones públicas no siempre caben cómodamente en la unidad estandarizada del paper. La pregunta aquí es: ¿cuánto produces y cómo lo medimos?
El segundo proceso es la exigencia de utilidad. Ya no basta con producir según parámetros estandarizados. Hay que demostrar innovación, transferencia, aplicación, impacto económico o capacidad de resolver problemas. Eleonora Belfiore ha hablado de una economic doxa: una concepción del valor que obliga especialmente a artes y humanidades a justificar su existencia en términos construidos fuera de ellas. Algo semejante ocurre con las ciencias sociales cuando deben presentarse como instrumentos para la productividad, la empleabilidad o la mejor gestión. La pregunta pasa a ser: ¿Para qué sirve lo que produces?
Ninguna de estas dos transformaciones comenzó con el actual gobierno. Son parte de una larga managerialización de las universidades: una disciplina cómo producir; la otra, cómo justificar la producción.
La novedad está en una tercera operación: la priorización político-estratégica de recursos antes destinados a todas las áreas del conocimiento. Ya no se pregunta solamente cuánto produce un campo ni para qué sirve. Se decide previamente si pertenece a aquello que el país considera necesario financiar. Focalizar postdoctorados, becas doctorales y fondos en “áreas prioritarias” puede ser perfectamente defendible. Así se lo hace en relación con proyectos colectivos, como Fondap o Milenio. Los recursos son escasos y ningún Estado puede financiarlo todo de la misma manera. El problema no reside necesariamente en cada prioridad, sino en el efecto acumulativo de la lista y de sus omisiones. La diferencia es crucial: la parametrización disciplina a los campos existentes; la exigencia de utilidad los obliga a traducirse; la priorización estratégica redistribuye el futuro entre ellos.
Las ciencias sociales pueden seguir presentes, pero bajo formas crecientemente instrumentales: capital humano, productividad, seguridad, justicia, políticas públicas. Pierden espacio las preguntas que no solo buscan realizar esos objetivos, sino discutir qué entendemos por productividad, seguridad, justicia o desarrollo.
Las humanidades enfrentan una dificultad aún mayor. Su aporte rara vez puede presentarse como innovación tecnológica o respuesta inmediata a una emergencia. No se dice necesariamente que sean falsas o inútiles. Se sugiere algo más silencioso: que hay otros saberes más urgentes.
Ahí comienza a adquirir sentido la idea de una guerra cultural tecnocratizada. Habermas llamó “conciencia tecnocrática” a la operación mediante la cual conflictos sobre fines y valores aparecen como problemas técnicos sobre medios. La pregunta política —¿Qué conocimientos queremos producir y qué sociedad queremos construir?— puede sustituirse así por otra aparentemente instrumental: ¿Cómo asignar eficientemente recursos escasos? Pero la segunda termina respondiendo la primera. Boltanski permite dar un paso más. Su “dominación por la realidad” describe la fuerza que adquiere una preferencia cuando deja de presentarse como elección y aparece como exigencia de las cosas mismas. Escasez, innovación, productividad, seguridad o competencia tecnológica parecen simplemente obligar a priorizar.
“Menos ciencias sociales” sería una consigna ideológica, polémica y fácilmente impugnable. “Chile necesita más ciencia estratégica” reclama otra autoridad: la de la evidencia y la necesidad. La selección permanece, pero quien selecciona se vuelve menos visible y reprochable.
La investigación sobre instrumentos de política pública muestra, además, que estos no son recipientes neutrales. Una clasificación, una regla de elegibilidad o una fórmula de financiamiento no se limitan a ejecutar decisiones: distribuyen recursos, organizan actores y contribuyen a producir la realidad sobre la que después actúan.
Una prioridad científica puede, en ese sentido, ser performativa. Los campos favorecidos reciben becas, investigadores, infraestructura y redes; fortalecidos por esas decisiones, pueden mostrar posteriormente su capacidad como evidencia de que eran efectivamente estratégicos. Los postergados pierden recursos y su debilitamiento puede terminar pareciendo confirmación de su menor importancia.
No se trata de convertir toda focalización en guerra cultural ni de imaginar una conspiración contra las ciencias sociales y las humanidades. La cuestión interesante no está en las intenciones secretas, sino en las afinidades y efectos acumulativos: quién obtiene becas, proyectos y puestos; qué departamentos pueden renovarse; qué preguntas conservan instituciones capaces de sostenerlas; quién podrá formar a quienes vienen después.
Ahí está la diferencia entre una política científica sectorial y una guerra cultural tecnocratizada. La primera prioriza reconociendo abiertamente los costos y preservando suficiente pluralismo. La segunda convierte una determinada jerarquía cultural en resultado aparentemente inevitable de criterios técnicos. No necesita intervenir universidades ni vigilar contenidos. Gobierna sus condiciones de reproducción. Su eficacia consiste en desacoplar el efecto cultural de su justificación cultural. El efecto puede ser fortalecer unos saberes y debilitar otros. La justificación permanece fiscal, productiva, científica o administrativa.
Por eso esta modalidad puede resultar incluso más eficaz que la guerra cultural estridente. El ataque frontal identifica al adversario y puede movilizar su defensa. La censura reconoce que un saber es peligroso. La priorización tecnocrática hace algo diferente: entrega el mensaje de que es prescindible. Quien es censurado puede denunciar al poder. Quien es considerado irrelevante debe comenzar por demostrar que merece existir.
En Fahrenheit 451, Ray Bradbury imaginó un régimen que quemaba libros. La modalidad fría no necesita hogueras. Los libros pueden permanecer en los estantes mientras disminuyen las becas, los puestos y las instituciones que permiten leerlos, discutirlos y producir otros a partir de ellos. No se prohíbe una pregunta. Se reducen las condiciones para que mañana exista alguien capaz de formularla.
Por eso el debate sobre Kast no se resuelve escogiendo entre ultraderecha y herencia pragmática del gremialismo. Una expresión designa una orientación; la otra, el repertorio que puede volverla institucionalmente eficaz. La herencia gremialista no necesariamente modera la radicalidad. Puede enseñarle a hablar el idioma que las instituciones chilenas consideran razonable.
Esa sería la vía chilena: menos gritos, más criterios; menos enemigos declarados, más prioridades; menos guerra cultural caliente, más guerra fría de la política. No haría falta quemar libros. Bastaría con decidir, bajo la autoridad de la necesidad nacional, qué saberes merecen tener futuro.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
“La censura declara peligroso un saber; la tecnocracia puede declararlo inútil para Chile”.
Las ciencias sociales y sus enemigos, por Alfredo Joignant
Es una batalla importante, ya que describe a cuerpo entero al presidente José Antonio Kast y su anti-intelectualismo, a su Gobierno y a una ministra que sabe mucho de tecnología y nada de ciencia

Una solapada batalla está siendo librada por estos días: lamentablemente, carece de glamour y espectacularidad, ya que involucra a la elite científica, a uno que otro líder de opinión y a un puñado de políticos que algo saben de esta controversia, además de un gobierno que la provocó.
Es una batalla importante, ya que describe a cuerpo entero al presidente José Antonio Kast y su anti-intelectualismo, a su Gobierno y a una ministra que sabe mucho de tecnología y nada de ciencia. Nadie desconoce su meritoria trayectoria en materia de emprendimiento, pero afirmar que es una conocedora del ecosistema científico es un abuso, y de que ha sido productora de conocimiento científico una fantasía. Distinto es el problema de si tiene atribuciones para alterar la orientación de la política científica en Chile: qué duda cabe, las tiene, lo que permite concluir con claridad sobre la ausencia de contrapoderes en este ámbito de cosas.
Todo partió con la fijación, por parte del Ministerio de Ciencia, de nuevas áreas prioritarias del programa FONDECYT para el próximo concurso de postdoctorado, el que eliminó a las ciencias sociales y a las humanidades, así como a las ciencias básicas, además de la posibilidad de que doctores extranjeros de excelencia puedan venir a desarrollar sus agendas de investigación postdoctorales a Chile debido a una torpe cláusula de residencia previa. No diré que se desató una crítica masiva a esta nueva política, pero el Consejo de Rectores de las universidades chilenas (CRUCH) reaccionó con dureza: no es evidente afirmar, por tratarse de una actitud ingenua, que la ministra reculó tras una declaración de buenas intenciones, ya que la verdad de las cosas en estos asuntos se mide en políticas formales, en presupuestos, concursos y fallos finales. La ministra puede haber perfectamente informado a los rectores que estudiará los reparos del CRUCH, y al final persistir en sus orientaciones: esto es algo típico en gobiernos que afirman solapadamente su naturaleza iliberal.
El momento científico chileno es fatal.
Esta decisión bien podría estar prefigurando lo que será el próximo fallo de los concursos mediante los cuales son financiados proyectos de investigación en las áreas ya mencionadas: de confirmarse esta sospecha, no solo se verificaría el prejuicio de que la derecha no está interesada en las ciencias sociales ni en las humanidades, tampoco en las ciencias básicas, sino en el conocimiento aplicado, lo que fue relevado a través de una carta por el académico de la Universidad de Los Andes Daniel Mansuy, quien no puede ser acusado de izquierdista o de activista. Tanto la sospecha como el prejuicio ganan en verosimilitud cuando se pone en relación esta decisión gubernamental con esa otra decisión en la que se recorta el presupuesto del Fondo del Libro y la Lectura en un 32,2%. ¿Cómo no interpretar estas decisiones de desfinanciamiento a la luz del juicio presidencial hostil y despreciativo hacia los libros, y al conocimiento que es transmitido a través de ellos, por no generar ningún empleo? El presidente Kast fue bastante menos brutal que Milei en Argentina, al reconocer que los libros que son financiados por el Estado pueden ser “preciosos” en una estantería, pero son totalmente ineficientes en materia de generación de empleo: el presidente libertario del otro lado de la cordillera aplicó motosierra y con una estridencia discursiva sin límites, sin reparar en las formas. El problema es que estamos en presencia del mismo ecosistema: anti-intelectualista y (cada día que pasa es más evidente) iliberal. Por un rato dudé: hoy estoy convencido, por acumulación de políticas cuya orientación es fatal. Uno podría entrar a discutir el argumento de creación de empleo (la producción de conocimiento no solo supone autores y creadores, sino también toda una infraestructura intelectual y editorial que se puede medir en cantidad de puestos de trabajo, directos e indirectos), pero lo que el gobierno de Chile omite es la importancia social y cultural de la producción de interpretaciones, explicaciones y significados sobre la realidad. Algunos colegas chilenos, pocos, académicamente reconocidos pero que son marginales más allá de sus nichos positivistas de recepción, se han comprado el argumento gubernamental, avalando la crítica al parasitismo de las ciencias sociales y de las humanidades: en tal sentido, no son muy distintos de los activistas de extrema derecha tanto en Chile (Axel Kaiser) como en Argentina (Agustín Laje), cuyas publicaciones leídas en diagonal, de modo transversal o enteramente (lo que no vale la pena) no resisten el juicio ilustrado. Tanto Kaiser como Laje han expresado su desprecio por la ciencia en general, y por las ciencias sociales en particular: ¿qué sentido tiene publicar en revistas indexadas que “nadie lee” (salvo los nichos de pares que, convengamos, se preocupan en difundir el conocimiento conquistado), o aprovechar el financiamiento público para intervenir, como intelectuales públicos, en las luchas de su tiempo? La diferencia la hace el origen del financiamiento y de la libertad que este provoca: esa libertad puede ser infinita cuando la vida entera de Kaiser y Laje es financiada por un par de empresarios, quienes no se inquietan por saber si sus empleados publican ideas a partir de conocimiento verificado o de delirios personales. En el ecosistema científico público, lo que vale es el publish or perish, en donde publicar supone ser reconocido por pares, so pena de perecer. Cuando el financiamiento privado es infinito e indiscriminado, perecer no es una alternativa.
Buena parte de este pésimo momento de las ciencias sociales y de las humanidades fue originado por el Gobierno de Gabriel Boric, quien pavimentó la ruta hacia el anti-intelectualismo al haber hecho posible que la Universidad de Chile haya quedado completamente desfinanciada en lo que se refiere a centros de excelencia, y que una proporción importante de la investigación general en ciencias sociales haya quedado desfinanciada. No por anti-intelectualismo, sino a punta de negligencia: no es normal que hayan habido cuatro ministros de ciencia en cuatro años, una muestra de que en materia de ciencias no había ni proyecto, ni una idea.
Alfredo Joignant es sociólogo y analista político
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La investigación en ciencias sociales y humanidades: sus debates e impactos
José Joaquín Brunner, Julio Labraña, 20 enero, 2021, Centro de Estudios Públicos
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- A nivel global, en los ámbitos académicos y de las políticas públicas de fomento de la investigación en las ciencias y humanidades, tiene lugar un intenso debate sobre cómo evaluar los resultados de esa investigación y su impacto en esos saberes.
- En este contexto adquiere relevancia la pregunta de cómo la política pública debe tratar a las disciplinas académicas; en particular, las ciencias naturales y exactas, ingenierías y tecnologías (STEM: Science, technology, engineering and mathematics) y las ciencias sociales y humanidades (CSH).
- Este debate tiene antecedentes históricos de larga duración; es coetáneo, en efecto, con la historia de las universidades desde su nacimiento, expresándose como una querella entre las facultades por la jerarquía de las disciplinas y el modo en que ellas inciden en la riqueza y progreso de las naciones.
- Contemporáneamente, dicho debate ha pasado a formar parte del nuevo contrato social entre los Estados y gobiernos nacionales con las universidades, cuyo eje principal es la evaluación de los resultados de la investigación y su impacto, perspectiva que favorece a las disciplinas STEM en comparación con las CSH.
- Lo anterior presenta una serie de desafíos para las CSH, puestas ante la decisión de tener que dar cuenta del valor de los resultados de su investigación más allá de la academia o bien verse apartadas hacia posiciones cada vez más marginales al interior de las universidades.
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Parece confirmarse el prejuicio
El Ministerio de Ciencia ha anunciado que, de aquí en adelante, el concurso Fondecyt va a privilegiar ciertas áreas definidas como prioritarias, en desmedro directo de las Humanidades, ciencias sociales y ciencias básicas. La decisión parece confirmar un extendido prejuicio, según el cual la derecha que nos gobierna no tiene ningún interés en el pensamiento ni en la reflexión
Señor Director:
El Ministerio de Ciencia ha anunciado que, de aquí en adelante, el concurso Fondecyt va a privilegiar ciertas áreas definidas como prioritarias, en desmedro directo de las Humanidades, ciencias sociales y ciencias básicas. La decisión parece confirmar un extendido prejuicio, según el cual la derecha que nos gobierna no tiene ningún interés en el pensamiento ni en la reflexión: para ella, solo existen la economía y las ciencias “aplicadas” (como si la aplicación no exigiera previa reflexión). Si el Ejecutivo no corrige dicha medida, no tendremos más que concluir que ese prejuicio tiene mucho de verdad.
Debe decirse, eso sí, que el efecto más inmediato de esta perspectiva recaerá sobre el mismo gobierno: si acaso los libros son inservibles, si la reflexión no merece atención alguna, este gobierno será incapaz —como ya deja ver de cuando en cuando— de comprenderse a sí mismo y la enorme tarea que pesa sobre sus hombros. Vaya frivolidad.
Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Rennes, Francia, máster en Filosofía y licenciado en Humanidades, mención Historia y Filosofía de la Universidad Adolfo Ibáñez. Es Director de Signos, centro de investigación de la Universidad de los Andes, columnista de El Mercurio, conductor del programa “Réplica” de Tele13 Radio y panelista de actualidad nacional en el mismo medio. En 2013 fue elegido uno de los 100 jóvenes líderes de revista “Sábado” de El Mercurio. Autor de los libros Naturaleza y comunidad (2008), Nos fuimos quedando en silencio (2016) y de uno de los capítulos del libro El derrumbe del otro modelo (2017), Salvador Allende. La izquierda chilena y la Unidad Popular (2023), Enseñar entre iguales. La educación en tiempos democráticos (IES), Los inocentes al poder (2025) y coautor de Deshacer el cuerpo. Cuatro objeciones a la agenda trans (2025).
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¿Sirven de algo?
¿Qué clase de tecnocracia es una que pretende progresar al ojo, prescindiendo de las tecnologías de diagnóstico, monitoreo y reflexión de la propia sociedad?
Señor Director:
Pienso que el debate sobre el rol y situación de las Humanidades y las Ciencias Sociales generado por los cambios introducidos por el Ministerio de Ciencia es necesario y relevante.
La ministra Lincolao ha justificado los cambios apelando a la utilidad de lo priorizado. Es una justificación de tipo tecnocrático que responde a un prejuicio ideológico propio de amplios sectores de la derecha chilena: las ideas ya están, los diagnósticos ya están, falta ejecución, acción, aplicación.
Sin embargo, este prejuicio, que se pretende tecnocrático, es técnicamente incorrecto. El desarrollo es un proceso reflexivo: la especialización (o diferenciación funcional) produce órdenes sociales cada vez más complejos que requieren de una mayor capacidad de monitoreo (autoobservación) para poder ser administrados. Y las Humanidades y las Ciencias Sociales cumplen ese rol: son un espejo que nos permite observarnos mientras nos transformamos e ir monitoreando esos cambios.
Pretender recuperar el impulso desarrollista sin ellas es como querer pilotear un Airbus 380 con la tecnología de navegación de una avioneta. Y si a alguien le parece, con buenos motivos, que los aparatos de navegación no están funcionando bien, la solución no es apagarlos, sino tratar de recalibrarlos.
Todo esto debería ser obvio a siete años de una crisis de sentido global del sistema social, que casi descarrila por completo los fundamentos del orden político, económico e institucional de Chile. Algo que ocurrió justo cuando, según los aparatos de navegación de los mismos sectores que hoy nos dicen “basta de diagnósticos”, todo iba razonablemente bien.
¿Qué clase de tecnocracia es una que pretende progresar al ojo, prescindiendo de las tecnologías de diagnóstico, monitoreo y reflexión de la propia sociedad?
Antropólogo social, Magíster en Análisis Sistémico aplicado a la Sociedad por la Universidad de Chile y doctor en Teoría Política de la Universidad de Oxford. En 2016 fue elegido uno de los 100 jóvenes líderes de la revista “Sábado”, de El Mercurio. Autor de los libros El poder del poder (2016), El precio de la noche (2021), Sueños de cartón (2023) y Dignos. Crónica del estallido social (2025); coautor de Gobernar con principios (2012); traductor de La gran sociedad (2014), de J. Norman; y de El Federalista (2019), de Alexander Hamilton, James Madison y John Jay; editor de Subsidiariedad (2015), además de artículos académicos.
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Humanidades: entre Escila y Caribdis
Un conservador genuino conserva, poda, pero no destruye la tradición.
Ya que está tan de moda volver a citar a la “Odisea” (hay que agradecerle a Christopher Nolan ese regreso al mundo griego), me surge —a propósito de la decisión de la ministra de Ciencias, de focalizar recursos para becas en ciencia y tecnología, en desmedro de las Humanidades— la imagen de Escila y Caribdis para graficar la situación en la que se encuentran las Humanidades hoy. Como se sabe, Odiseo, con sus compañeros de periplo, debían cruzar un estrecho angosto entre Escila, monstruo de seis cabezas que vivía en una cueva y devoraba a los marineros, y Caribdis, una fuerza que, en forma de remolino, tragaba todo lo que pasaba cerca. Si Odiseo se acercaba demasiado a la primera, perdería algunos de sus hombres; si pasaba cerca de la segunda, podía perder el barco entero. ¿Cuál de los infaustos males debía elegir? Las Humanidades hoy navegan entre dos monstruos tan devastadores el uno como el otro.
El primero es el integrismo “woke” y la deconstrucción, que han secuestrado las Humanidades y las han convertido en lo que George Steiner llamó la “cháchara de altura”. El cantinflerío teórico, que esconde un vacío de ideas y que ha infestado de ideología identitaria las artes y las letras. A Derridá o Foucault uno los respeta, pero el derridaísmo o el foucaultismo sectarios se han vuelto indigestibles, por no decir vomitivos. Obviamente que se entiende que no se quiera dar fondos a esa majamama posmoderna que tanto daño ha hecho en la formación de los estudiantes humanistas. ¿Pero equivale eso a entregar a las Humanidades al otro monstruo, Caribdis, para hacer desaparecer toda la embarcación? Ese otro monstruo es la tiranía de la técnica, el nihilismo tecnológico que parece hechizar a una parte de nuestra élite, que cree que sin significados, sin interpretaciones, sin sentido se puede regresar bien a Ítaca. Es la misma élite que no tuvo herramientas interpretativas cuando el estallido la pilló de sorpresa, la élite que, en las conversaciones de sobremesa, tilda de vagos a los intelectuales y los artistas. La misma élite que se espanta cuando sus hijos optan por carreras humanistas y ningunea a los intelectuales de su propio sector y cree que la fórmula de éxito en la vida, la política y la empresa es la sola gestión. Son los culpables, en parte, de que hoy Occidente, y particularmente los jóvenes, estén viviendo una crisis de sentido colosal.
No debemos entregarnos a ninguno de los dos monstruos. Las Humanidades deberán navegar entre los dos, recuperando en primer lugar su seriedad, rigor y esencia (pienso en los estudios clásicos, la filología, la filosofía como ejercicio espiritual, etc.) y defendiéndose, en el otro flanco, de ese pragmatismo ramplón que las considera “inútiles”. ¿Fueron inútiles las primeras preguntas por el ser formuladas por esos primeros filósofos surgidos en Asia Menor en el siglo IV a. C.? Sí, fueron inútiles, pero de ahí nació Occidente y, más adelante, la ciencia y la misma técnica.
Cometería un grave error estratégico un gobierno conservador como este, al aprovecharse de la decadencia de las Humanidades hoy y, por haber sido cooptadas por un cierto sectarismo “progresista”, jibarizarlas o derechamente eliminarlas. Un conservador genuino conserva, poda, pero no destruye la tradición. De hecho, en las Humanidades están también las fuentes del pensamiento conservador. Cuidado, al arrancar la cizaña, de arrancar también el trigo. Se equivocan algunos iluminados de una cierta “derecha cavernaria” al creer que, entregando las Humanidades a Caribdis, lograrán deshacerse para siempre de la Escila “woke” (a la que se ha entregado la izquierda cavernaria). En los tiempos que vienen, deberemos enfrentar las tentaciones seductoras de las sirenas (entre ellas la IA) y, sin Humanidades, nuestra alma corre el riesgo de naufragar. Sí, hablo de Alma, señora ministra, y de esa “otra” ciencia que se ocupa de las inútiles y necesarias cosas olvidadas.
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“Humanidades maltratadas”.
El intenso debate por las señales del gobierno frente a las “áreas prioritarias” en becas del EstadoAcadémicos, rectores y decanos han salido a defender el rol de las humanidades en el avance del pensamiento y la ciencia. 12 de Agosto de 2026 | 08:04 | Redactado por Daniela Toro, Emol.87
Fuente: Emol.com – https://www.emol.com/noticias/Nacional/2026/08/12/1208213/debate-gobierno-desinteres-humanidades.html
El programa Becas Chile y Fondecyt había sido uno de los objetivos que, desde el inicio del Gobierno, la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao señaló que podrían sufrir cambios, y luevo de análisis y auditorías, la semana pasada se anunciaron los ajustes para este sistema creado en 2008 para que estudiantes pudieran seguir sus estudios en el extranjero.
En marzo, Lincolao dijo ante la Comisión de Ciencia de la Cámara de Diputados que a raíz de los recortes que impulsó el Ejecutivo a la mayoría de carteras, habría uan suspensión de las becas en el extranjero. En junio, la ministra dio a conocer los resultados de una auditoría al programa, el que arrojó una serie de incumplimientos por parte de becarios, los que se traducirían, de acuerdo a la cartera, en millonarias deudas. A inicios de agosto, Lincolao presentó a la Comisión de Ciencia de la Cámara, los principales lineamientos de la reformulación que tendrá el programa. La propuesta, entre otras cosas, busca focalizar las becas en áreas estratégicas para el desarrollo del país, fortalecer el seguimiento de los beneficiarios y mejorar su inserción laboral una vez finalizados sus estudios.
La definición de esas áreas estratégias son las que han abierto un debate y controversia. Esto, porque Ciencia focalizará los recursos en ciencia, tencología, innovación, inteligencia artificial, cambio climático, ingeniería, astronomía y otras otras especialidades donde exista una demanda efectiva de profesionales altamente calificados. Lo anterior llevó a que varias voces salieran a cuestionar que se está dejando de lado a las humanidades, relegándolas a apenas un 30% del financiamiento de becas.
Entre esas voces surgió la de la exministra de Ciencia del ex Presidente Gabriel Boric, quien calificó la medida como un “quiebre histórico y muy peligroso”. Críticas a la “señal” del Gobierno El sábado, en una carta en El Mercurio, la vicerrectora académica de la U. Alberto Hurtado, Antonia Larraín, salió a cuestionar que las bases del Concurso Fondecyt Posdoctorado 2027 destinen el 70% del financiamiento áreas prioritarias, donde “la investigación en humanidades y ciencias sociales queda relegada a desafíos productivos, tecnológicos y de justicia penal, antes que a desafíos sociales, culturales y democráticos”. Asimismo, cuestiona una “falta de alineación estratégica” en esta materia”, puesto que la Estrategia de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, entregada hace pocas semanas por el Consejo CTCI al Presidente de la República, sitúa en su primera categoría de prioridades los desafíos de bienestar sostenible: salud integral, educación habilitadora, confianza y cohesión social y seguridad humana”, pero según precisó Larraín, “en las bases esos mismos desafíos aparecen reducidos a su sentido más intrumental y restringido”. “Aún hay tiempo de corregir. La investigación en humanidades y ciencias sociales es clave para que entendamos cómo asegurar la estabilidad democrática y productividad a largo plazo en un mundo de acelerada transformación. Nadie lo investigará por nosotros”, precisó.
El domingo, se sumaron a los cuestionamientos decanos de distintas facultades de artes y humanidades de la Universidad Católica -ciencias sociales; historia, geografía y ciencia política, letras, filosofía, artes y teología-, quienes también cuestionaron la señal que entrega el gobierno en torno a las “disciplinas que, a su juicio, el país necesita con mayor urgencia”. “El mensaje del Gobierno sugiere que, para el desarrollo de un país con recursos limitados como Chile, las ciencias aplicadas y la tecnología son vitales, y que la inversión en artes, ciencias sociales y humanidades merece ser postergada hasta un futuro en que los desarrollos industriales y tecnológicos nos permitan dedicarnos a la creación artística o a la reflexión filosófica sobre el sentido del quehacer humano”, cuestionan los decanos. Los firmantes enfatizan que la evidencia dice que no es posible alcanzar el desarrollo solo con ciencias aplicadas y tecnología, y para ello ponen dos ejemplos: el primero, que en la prueba PISA 2022, “un tercio de los estudiantes chilenos de 15 años no fue capaz de comprender un texto”, mientras que el informe “El Fenómeno de la desinformación” (2023) del Ministerio de Ciencias, alertó sobre bajas competencias críticas que disponen las personas para lidiar con bots en redes sociales. “Sin el discernimiento que propician las Artes, las Ciencias Sociales y las Humanidades —y el trabajo de las nuevas generaciones que las cultivan— no podremos disipar el malestar social que entorpece el goce de los avances tecnológicos”, subrayaron. Investigadores y filósofos
El académico de la U. de los Andes y analista político, Daniel Mansuy, también se refirió a la definición del gobierno de manera crítica. Segúin planteó, “la decisión parece confirmar un extendido prejuicio, según el cual la derecha que nos gobierna no tiene ningún interés en el pensamiento ni en la reflexión para ella, solo existen la economía y las ciencias ‘aplicadas’ (como si la aplicación no exigiera previa reflexión). Si el Ejecutivo no corrige dicha medida, no tendremos más que concluir que ese prejuicio tiene mucho de verdad”. “Si de verdad las humanidades aspiran a contribuir al pensamiento crítico, lo que menos necesitan y menos podrán justificar es la ausencia de toda autocrítica por parte de quienes las cultivan”. Alejandro Vigo, filósofo
Por su parte, ayer martes, el filósofo Alejandro Vigo, sostuvo en una carta a El Mercurio una visión distinta, apuntando a una falta de autocrítica dentro de las humanidades y las ciencias sociales. “Si de verdad las humanidades aspiran a contribuir al pensamiento crítico, lo que menos necesitan y menos podrán justificar es la ausencia de toda autocrítica por parte de quienes las cultivan”, parte señalando en el texto. Agrega que “esa inexcusable autocrítica deberá comenzar, necesariamente, por la renuncia al expediente de evitar discutir la realidad de lo que hoy se hace y ofrece en nombre de las humanidades por medio de la apelación a su idea, esgrimida como escudo de defensa que todo lo cubre. La sublimación por vía de esencialización, para usar una expresión de Habermas, bloquea de antemano la posibilidad de una ponderación interna”. Con todo, agrega datos, como que “las humanidades y las ciencias sociales han logrado captar la friolera del 61,3% de las 12.589 becas otorgadas en la historia del programa de Becas Chile, muy por delante de áreas como ciencias naturales (17,8 %), ingeniería y tecnología (10,1%), ciencias médicas y de la salud (7,3%), etcétera. Me pregunto si semejante desbalance no resulta estridente, por no decir escandaloso, para cualquiera, también para quien, como es mi caso, ama las humanidades y les ha dedicado su vida”.
Quien también expresó su parecer en torno al debate fue el investigador del IES, Pablo Ortúzar, quien enfatizó que la ministra Lincolao “ha justificado los cambios apelando a la utilidad de la priorizado. Es una justificación de tipo tecnocrático, que responde a un prejuicio ideológico propio de amplios sectores de la derecha chilena: las ideas ya están, los diagnósticos ya están, falta ejecución, acción, aplicación”. Sin embargo, dice Ortúzar, “este prejuicio, que se pretende tecnocrático, es técnicamente incorrecto. El desarrollo es un proceso reflexivo: la especialización (o diferenciación funcional) produce órdenes sociales cada vez más complejos que requieren de una mayor capacidad de monitoreo (autobservación) para poder ser administrados. Y las Humanidades y las Ciencias Sociales cumplen ese rol: son un espejo que nos permite observarnos mientras nos transformamos e ir monitoreando esos cambios”. “Todo esto debería ser obvio a siete años de una crisis de sentido global del sistema social, que casi descarrila por completo los fundamentos del orden político, económico e institucional de Chile. Algo que ocurrió justo cuando, según los aparatos de navegación de los mismos sectores que hoy nos dicen ‘basta de diagnósticos’, todo iba razonablemente bien. ¿Qué clase de tecnocracia es una que pretende progresar al ojo, prescindiendo de las tecnologías de diagnóstico, monitoreo y reflexión de la propia sociedad?”, zanjó.
Rectores se suman al debate
Quienes también salieron a profundizar en el debate fueron los rectores de los planteles U. de Santiago, UDP y UC, quienes también enviaron cartas a El Mercurio o comunciados públicos abordando las disintas preocupaciones sobre la señal del Gobierno en torno a las humanidades.
El rector de la UC, Juan Carlos De la Llera, dijo compartir la preocupación de los decanos, subrayando que “Chile necesita desarrollar más y mejor ciencia y tecnología, pero difícilmente alcanzará su desarrollo si restringe los espacios de aquellas disciplinas que nos permiten comprender al ser humano en su integralidad, sus interacciones y los enormes desafíos que enfrentamos como sociedad incluso con la gran irrupción de nuevas tecnologías. El ser humano debe estar siempre por delante de cualquier ciencia aplicada o tecnología, porque además es quien la desarrolla”, sostiene. “Creemos que el verdadero desafío de una política científica moderna no consiste en establecer una competencia entre áreas del conocimiento, sino en generar las condiciones para que dialoguen, colaboren y se potencien mutuamente”.
Dr. Pedro Palominos, rector Usach “Nuestra ciencia se fortalece cuando nuestros investigadores interactúan con el mundo y cuando investigadores del mundo eligen venir y hacer en Chile. El desafío es construir una política científica equilibrada capaz de conjugar ambos objetivos. En relación a los magros recursos disponibles, nuestro país debe convencerse de que el único camino al desarrollo pasa por la educación y el conocimiento”, enfatiza.
Por su parte, el rector de la UDP, Carlos Peña, comentó en una columna de opinión titulada “las humanidades maltratadas”, que la disminución de recursos hacia las humanidades -en favor de las “áreas prioritarias”-, “son una grave lesión a las universidades y la esfera pública”. “Devaluar a las humanidades o las ciencias sociales, empujarlas fuera del espacio público en favor de la tecnología, es un error de proporciones gigantescas que no solo erige al técnico en el profeta de nuestra época, sino que hace de la política un puro policy making”, sostiene Peña. Asimismo, enfatiz “que en estos mismos días en que se hizo este anuncio que desprecia (no hay otra forma de describirlo) a las humanidades y las ciencias sociales se discuten iniciativas de ley —como el relativo al aborto, la gestación subrogada o la selección escolar— para cuyo análisis se requiere una conciencia esclarecida acerca de la índole moral e histórica de nuestra condición”. “Y es de veras contradictorio que mientras esos problemas, y otros semejantes como la Inteligencia Artificial, asoman en la conciencia pública, en momentos en que la técnica parece sustituir todo discernimiento y reemplazarlo por la simple capacidad de manipular la realidad, el Gobierno consienta en disminuir el apoyo a los quehaceres intelectuales que indagan en ellos, como si esos problemas fueran puramente ideológicos o de preferencias y no de razones cuyo examen es vocación más propia de las humanidades y de las ciencias sociales”, subrayó.
En tanto, el rector de la Usach, Dr. Pedro Palominos, sostuvo en una declaración pública titulada “La excelencia científica del siglo XXI requiere integrar todas las áreas del conocimiento”, que “la pregunta ya no es únicamente qué disciplinas debemos fortalecer, sino qué tipo de conocimiento necesita Chile para construir su futuro”. “Desde nuestra perspectiva, la respuesta es clara: Chile necesita más ciencia, más investigación y más innovación, pero también una mayor capacidad para integrar el conocimiento. Hoy sabemos que ninguna transformación tecnológica puede comprenderse plenamente desde una única disciplina”, enfatiza. Junto con enumerar distintas áreas o disciplinas, incluye que “la inteligencia artificial requiere ingeniería, informática y ciencia de datos. Pero también necesita filosofía, derecho, educación, psicología, sociología y artes para comprender sus implicancias éticas, sociales, culturales y humanas”. “Creemos que el verdadero desafío de una política científica moderna no consiste en establecer una competencia entre áreas del conocimiento, sino en generar las condiciones para que dialoguen, colaboren y se potencien mutuamente”, subrayó.
Defensa de Lincolao y los “recursos públicos limitados”
La ministra Lincolao ha dado señales de conocer el debate que se ha generado y ha salido en más de una oportunidad a sostener y profundizar en su postura. El sábado, en una columna en El Mercurio, la ministra sostuvo que “Chile enfrenta hoy un desempleo de 9,4% y una ocupación informal del 27%. Esa realidad también alcanza a personas con doctorado. Además, cda año se gradúan cerca de 1.300 nuevos doctores en Chile, mientras este concurso dispone de aproximadamente 260 cupos. La demanda nacional potencial supera ampliamente la capacidad del instrumento”, defendió. NOTICIA RELACIONADA Ministra de Ciencia defiende cambios en Becas Chile: “Priorizar no es decidir qué conocimiento importa y cuál no” La ministra explicó que las prioridades se definieron tras cruzar los datos de los proyectos adjudicados durante los últimos diez años con las capacidades que Chile necesita y con sus desafíos productivos, sociales y tecnológicos. “El análisis mostró brechas importantes. Áreas como futuro del trabajo, ciberseguridad, minería, acuicultura, agronomía y tecnologías satelitales representaban, cada una, menos del 2% de las adjudicaciones. En diez años no se financió ningún proyecto en ingeniería óptica, fundamental para desarrollar capacidades tecnológicas asociadas a nuestra astronomía. En neurociencias se financiaron apenas cuatro proyectos y en medicina de precisión, sólo uno”, apuntó. Con todo, Lincolao defendió que “priorizar no es decidir qué conocimiento importa y cuál no. Es asumir la responsabilidad de que los recursos públicos limitados generen el mayor valor posible para Chile”.
Este martes, la ministra añadió -en conversación con Radio 13C-, que cuando tomó la cartera el 11 de marzo, buscaron con su equipo los instrumentos que se usan para ejecutar esta política pública de Becas Chile, “y buscamnos esta palabra que dice ‘balance’ (en la ley) y notamos que había una carga bastante fuerte en otras áreas y no necesariamente en las áreas donde teníamos ventaja competitiva como país”. Consultada por cómo responde a las críticas de académicos, rectores y decanos, Lincolao sostuvo que “es mala comprensión de las prioridades, y es una visión tal vez un poco antigua de cómo se deben dar las ciencias sociales y las humanidades”.
Fuente: Emol.com – https://www.emol.com/noticias/Nacional/2026/08/12/1208213/debate-gobierno-desinteres-humanidades.html
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Científicos y académicos se rebelan ante el desdén de Kast hacia las ciencias sociales
El mandatario defiende que los nuevos criterios del Fondecyt de postdoctorado 2027 responden a que “los recursos son escasos y las necesidades infinitas”. Se privilegiará la IA y la robótica

Antonia Laborde
La polémica se originó a comienzos de agosto, cuando la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID), dependiente del Ministerio de Ciencia, publicó las nuevas bases del concurso Fondecyt de Postdoctorado 2027. Por primera vez desde su creación en 1991, el fondo —tradicionalmente abierto a todas las disciplinas por igual y adjudicado sin distinción temática, sólo por mérito científico— definió 10 áreas prioritarias, entre ellas minería, agroindustria, seguridad y ciberseguridad, a las que podrá destinarse hasta el 70% de las adjudicaciones. Ni las humanidades ni las artes figuran en esa lista; las ciencias sociales solo serán contempladas si sus proyectos se enmarcan en áreas como “Capital Humano, Productividad y Futuro del Trabajo” o “Seguridad, Justicia y Políticas Públicas”. Las nuevas bases también exigen a los investigadores extranjeros contar con residencia definitiva en Chile al momento de postular, un requisito hasta ahora inexistente.
La rectora de la Universidad de Chile, Alejandra Mizala, en una columna en EL PAÍS, ha indicado que, precisamente porque la IA está transformando las economías y las vidas de la gente, se necesita “también fortalecer disciplinas como la economía, la sociología, la historia, la filosofía, la antropología, la lingüística, las artes, la comunicación y los estudios culturales”. La razón es sencilla: la tecnología puede ampliar extraordinariamente aquello que somos capaces de hacer, pero no puede decidir por nosotros qué vale la pena hacer”. El fin de semana, el analista y miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales, Daniel Mansuy, escribió en El Mercurio que las decisiones del Gobierno “parecen confirmar” que este “no tiene ningún interés en el pensamiento ni en la reflexión”. Consultado sobre las críticas transversales, el mandatario dijo a Tele13 Radio que su Administración ha optado por poner el acento en áreas como la inteligencia artificial y la robótica. Abogado de profesión, el presidente utilizó como argumento para la importancia que le dan en su Gobierno a las ciencias sociales que la ministra de Desarrollo Social, María Jesus Wulf, es socióloga. “Lo que estamos planteando es que tenemos que ordenar la casa”, en alusión a los beneficios de Becas Chile, cuando el motivo de críticas es el Fondecyt.
El cambio de las bases del Fondecyt de Postdoctorado generó un rechazo transversal en el mundo científico y universitario. El Consejo de Rectoras y Rectores de las Universidades Chilenas (Cruch), que agrupa a 30 entidades educativas del país, envió una carta a la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, solicitando reconsiderar la medida. Su vicepresidente ejecutivo y rector de la Universidad de Valparaíso, Osvaldo Corrales, explicó en La Tercera que el organismo comparte la necesidad de que el Estado defina prioridades estratégicas, pero considera que el Fondecyt “no constituye el instrumento adecuado” para ese fin.
Por su parte, Sergio Lavandero, presidente de la Academia de Ciencias y del Instituto de Chile, calificó las señales del Gobierno de Kast de “desalentadoras por la forma en que se hizo efectivo y por la concepción que subyace a él”, enfatizando que las disciplinas artísticas y humanas quedan prácticamente excluidas. A esas críticas se sumaron otras de la academia. José Joaquín Brunner, especialista en políticas de educación superior, escribió que la educación superior, las ciencias, las humanidades y las artes están “entrampadas” en un conflicto de fondo ideológico dentro del actual Gobierno, y que la definición de las áreas prioritarias del Fondecyt revela “una concepción estrechamente economicista del conocimiento”.
La ministra de Ciencias y Tecnología, Ximena Lincolao, defendió este fin de semana el cambio en las bases en El Mercurio: “Las 10 áreas prioritarias tienen aspectos que vienen de ciencias sociales y humanidades, si es que se les da una mirada diferente. Tienes capital humano, productividad, futuro del trabajo que tienen que ver con humanidades… También seguridad, justicia, políticas públicas y ciberseguridad”. Aunque descartó revertir la modificación para esta convocatoria, abrió la puerta a revisar las bases el próximo año.
Para respaldar el requisito de tener la residencia en Chile, afirmó que el programa ha becado a un 36% de investigadores extranjeros —de 5.024 beneficiarios—, de los cuales 354 no llegaron a iniciar sus proyectos por no obtener la visa a tiempo. La ministra confirmó además que los otros dos concursos del fondo —Fondecyt Regular y de Iniciación— no se modificarán en esa línea. El sociólogo y politólogo Alfredo Joignant sostuvo en una columna publicada este lunes en EL PAÍS que el episodio “describe a cuerpo entero” al presidente Kast “y su anti-intelectualismo”, calificando a la ministra Lincolao como alguien que “sabe mucho de tecnología y nada de ciencia”.
La tensión actual entre el mundo científico y académico con el Gobierno de Kast se suma a un sonado episodio ocurrido en mayo. Durante la gira Presidente Presente en Puerto Montt, el mandatario cuestionó el retorno de la inversión pública en investigación académica, poniendo como ejemplo estudios que terminan en “un libro precioso, empastado, en la biblioteca” sin generar empleo. Más de 20 sociedades científicas y académicas respondieron a través de una carta abierta que detrás de cada avance que hoy damos por sentado —un tratamiento médico, una variedad agrícola resistente a la sequía, un protocolo de manejo de aguas— hay “décadas de investigación acumulada”.
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