José Joaquín Brunner, 19 de julio de 2027
Vivimos rodeados de transformaciones que hace una generación habrían pasado por ciencia ficción: máquinas que conversan, climas que se desordenan, trabajos que se evaporan y otros que nadie sabe todavía nombrar. Y, sin embargo, cuando reclamamos a nuestro sistema educacional que piense su porvenir, responde exaltando o condenando el pasado. Sobre el presente nos ofrece indicadores de resultados, planes de mejoramiento, tasas de retorno y marchas y contramarchas cuatrienales. El futuro, ese territorio que alguna vez convocó imaginaciones y orientó acciones, se ha vuelto una casilla vacía.
Por cierto, no es que nos falte futuro; nos falla la facultad para imaginarlo distinto. Es la paradoja que enunció Fredric Jameson: hoy resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del orden vigente. Hemos perdido la capacidad de concebir alternativas, hasta el punto de que la ausencia de horizonte nos parece la forma natural de las cosas.
Lamentarse de las métricas y los rankings es, a estas alturas, un género agotado. Ya no hay seminario que no cumpla con el rito de deplorar el “gobierno de los números” en el campo educativo. No me plegaré, pues el problema es más fino y más grave.
Lo que desplazó a la utopía no fue el vacío, sino las tecnoburocracias encargadas de contabilizar el futuro y domesticarlo. No predicen lo que viene; gobiernan el presente fabricando ficciones colectivas de mañanas mejores y calibrándolas en metas y estándares. La OCDE entrega una “brújula de aprendizaje” que promete orientarnos “hacia el futuro que queremos”. De paso, decide por nosotros qué debemos querer. Su autoridad deriva precisamente de la capacidad de prometer futuros creíbles. Luego mide a los países en función de cuánto se alejan de las metas definidas.
Así terminamos tercerizando el porvenir a unos aparatos que lo administran por comparaciones internacionales, convencidos de que planificar es lo mismo que imaginar.
Chile no pasó de la utopía a su ausencia. Más bien, pasó de utopías refundacionales rivales —el proyecto socialista de la UP y, después, el experimento neoliberal que buscó hacer del país un laboratorio— a un pragmatismo administrativo que busca en la OCDE su guía y confirmación. Mejoró en varios planos, ¡qué duda cabe! Pero se equivocó en la naturaleza de las utopías escogidas: planos completos de una sociedad por rehacer.
De este doble naufragio nació nuestra prudencia, y de la prudencia, la utopía domesticada. El reformismo de ayer —cobertura, gratuidad, calidad, evaluación, supervisión— es valioso, pero elimina las propuestas visionarias y se focaliza únicamente en las tareas del presente. El contrarreformismo de hoy prefiere volver a la selección por arriba y promete seguridad contra los vándalos y castigo de la incivilidad.
La pregunta que surge es simple: ¿tiene Chile alguna utopía educativa que no sea meramente administrativa?
La objeción salta a la vista: ¿no aprendimos ya adónde conducen las utopías? Efectivamente, sabemos adónde conducen las utopías abstractas. Son ideales fijos y completos, abstraídos del proceso histórico: la isla de Tomás Moro, situada fuera del tiempo y sin lugar, que solo hay que revelar. La utopía concreta es otra cosa. La palabra “concreto” viene de concrescere, crecer juntos: no un plano por imponer, sino una posibilidad real inscrita en los potenciales latentes del presente. No un destino, sino un devenir. De ahí la fórmula más interesante: la utopía no es ni un ideal extraterrestre —el no-lugar— ni un hecho empírico —el aquí y ahora—, sino algo que todavía no es, pero que se halla en potencia en las posibilidades del presente. Allí al alcance de la imaginación.
Su antídoto contra la ingenuidad tiene nombre académico: docta spes, esperanza educada. No optimismo, no voluntarismo, no el desear con los ojos cerrados. Esperanza que resulta de analizar con frialdad las condiciones materiales del presente y de actuar sobre sus posibilidades no realizadas. Una esperanza que no promete el paraíso, pero que se niega a aceptar que el presente sea el último horizonte.
Y hay un paso más, que toca de lleno lo que la escuela debería ser. La socióloga británica Ruth Levitas propone entender la utopía no como un instrumento de ingeniería social, sino como “deseo de un mejor modo de ser”. Sobre esa base, comienza a hablarse de una educación del deseo. No se trata de asignarle a este metas cuantitativas y eficientes —esa ha sido siempre la tentación de planificadores y economistas—, sino de educarlo, despertarlo, enseñarle a desear de otro modo, a desear más y mejor. Un país que se limita a administrar su sistema educativo ha renunciado, sin advertirlo, a educar sus imaginarios y a construir acuerdos para movilizarlos en la esfera política. Confunde gestionar el presente con crear el futuro.
Nada de esto exige la isla remota de Tomás Moro. La utopía concreta no se ordena desde un ministerio ni se importa desde París, sede de la OCDE; se reconoce en lo que ya ocurre, pero todavía no tiene nombre. Está en la escuela que ensaya otra manera de enseñar sin esperar instrucciones para innovar, en el profesor que se niega a preparar a sus estudiantes para un mundo que dejó de existir, en la comunidad que imagina su liceo distinto del que heredó. Son posibilidades, no programas. Reconocerlas y cultivarlas —en vez de administrarlas o abandonarlas en nombre del orden— es la tarea que ningún instructivo ministerial puede hacer por nosotros.
No pienso que se deba abolir la medición ni el cálculo; pero sí dejar de confundirlos con la imaginación. Las grandes transformaciones que nos rodean no pueden abordarse solo con mejores administradores o con espíritu contrarreformista, sino con otros modos de desear e imaginar. Recuperar la utopía concreta es un gesto de resistencia frente a una época que ha extraviado todo horizonte.

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