El umbral del pudor
Junio 28, 2026

Logo El MercurioJosé Joaquín Brunner, 29 de junio de 2026

El Gobierno ingresó al Congreso un proyecto de ley que crea un registro nacional de incivilidades y actos vandálicos. Su sola arquitectura es reveladora.

A un lado, los delitos: atentados, daños mayores, violencia contra la autoridad. Al otro, las incivilidades, beber en la vía pública, evadir el pago del pasaje, un rayado, el ruido. Y reforzando punitivamente, hacia ambos lados, la pérdida de beneficios sociales para unos y otros. Quiero detenerme en esa confusión de categorías, porque toca asuntos que tienen que ver de manera central con la educación. En efecto, las incivilidades son, ante todo, una materia de integración social y poseen una dimensión inconfundiblemente formativa. Administrarlas por la vía del castigo y del registro sospechoso supone malentender su naturaleza.

Conviene partir por el diccionario. La RAE define la incivilidad como falta de civilidad o de cultura; sus sinónimos —grosería, descortesía, zafiedad— remiten a un déficit de formación, no a un delito. Su reverso, la civilidad —sociabilidad, urbanidad, cortesía—, se aprende: en el hogar, en la sala de clases, en la pertenencia a una comunidad escolar; en esa lenta adquisición de una forma-de-ser entre los otros que es el corazón mismo del proceso formativo. No se nace civil o ciudadano; se llega a ser lo uno y lo otro. Su ausencia es un hecho social: involucra a padres y madres, a hermanas y amigos, a parvularias y profesores, a psicólogas y religiosos; en fin, en primerísimo lugar, a las comunidades e instituciones formativas.

La sociología clásica se ocupó de mostrar que el límite de la civilidad no es natural, sino histórico. Norbert Elias, uno de los fundadores de la sociología alemana, documentó cómo aquello que llamamos “conducta civilizada” —los modales en la mesa, el control de los fluidos corporales, el manejo de la agresividad— se construyó desplazando hacia arriba el umbral de la vergüenza y del pudor: lo que antes era normal, como escupir en el suelo o gritar, se volvió intolerable. Recuerdo, entre mis primeras lecturas sobre estas cosas, al antropólogo francés Lévi-Strauss anotando, al pasar, que entre los nambikwara, un pueblo indígena de la Amazonía brasileña, sus miembros vivían enteramente desnudos. Y concluye: no ignoran lo que nosotros llamamos pudor: trasladan el límite.

El pudor es universal; su umbral es móvil y aprendido. Ese umbral, además, lleva marcas de época, de clase y de gusto: del antiguo manual de Carreño a las variables normas de hoy, la civilidad se enseña y reenseña en cada generación. Los patrones educativos y los modales de comportamiento se aprenden en el grupo. Son, esencialmente, procesos de enculturación mediante los cuales las sociedades crean a los individuos y los domestican, asegurando su propia reproducción y las diferenciaciones estamentales.

Freud lo formuló sin rodeos: la cultura “tiene que movilizarlo todo para poner límites a las pulsiones agresivas de los seres humanos”. Y el levantamiento de esos diques —el asco, la vergüenza, la contención— es, en buena parte, obra de la educación. Goffman, sociólogo norteamericano  que ayudó a entender el siglo XX, mostró que el decoro sostiene la posibilidad misma de la interacción. Y Zygmunt Bauman, filósofo-sociólogo polaco-británico identificado con los debates sobre la posmodernidad, propuso la tesis de que vivimos el ocaso de la contención, exhibiendo en el espacio público lo que antes se reservaba a la intimidad. La incivilidad prolifera en ese clima. Y, con los medios masivos de comunicación y a través de las redes sociales, se vuelve viral y se difunde como una festiva pandemia.

Hoy el problema ha adquirido un filo más agudo. Massimo Recalcati, psicoanalista y ensayista italiano, sostiene que la familia y la escuela han dejado de operar como portadoras de una ley que impone un límite al deseo del niño; en su lugar, el capitalismo de consumo instala un mandato contrario: gozar sin límites y de inmediato. Leída así, la incivilidad es el síntoma de un sujeto que no tolera descubrir que el mundo no gira en torno a él. Poner la música a todo volumen en un espacio compartido o agredir verbalmente en el tránsito son formas de goce narcisista que niegan la existencia del Otro.

Hannah Arendt ofrece el fundamento. Cada niño que nace es un “recién llegado” a un mundo que lo precede, con sus códigos y su lenguaje. En cierto sentido, la educación es siempre conservadora: a través de ella, los adultos asumen la responsabilidad de presentar ese mundo a quien llega. Un filósofo de la educación contemporáneos lo dirá de otro modo: educar es ayudar al niño a resistir la tentación de poner sus propios deseos en el centro de todo. Esa dialéctica está hoy interrumpida; con frecuencia, los niños no encuentran adultos que los introduzcan en la realidad, sino que los introducen a su negación. La traducción práctica es un resentimiento ante al mundo, sin más esperanza que consumirlo y sacar ventajas de él.

Vuelve aquí, desplazada, la vieja antinomia entre civilización y barbarie. Pero es justamente la confusión entre ambas la que el proyecto de las incivilidades y de los vándalos institucionaliza. El vandalismo —con su carga de violencia y sus delirios de micro y macro escala— es dominio de la policía y del derecho penal; esto es, de la represión del Estado.

En cambio, la incivilidad pertenece a la sala de clases y a su lenta pedagogía de los límites. Extraerla de la esfera educativa para enrolarla en una campaña moralizante de un orden autoritario cualquiera —como restaurar jerarquías a fuerza de registro, sanción y suspensión de beneficios— es confundir el síntoma con la enfermedad. En rigor, el registro propuesto castiga el síntoma y deja intacta la causa. Y se arriesga a conseguir lo contrario de lo que promete: al tratar al incívico como un cuasidelincuente, despojado de gratuidad, beca o subsidio —precisamente a quienes más dependen de ellos—, podría terminar empujando la incivilidad más allá de su umbral. Quizá la barbarie moderna sea el resultado de las incivilidades que no supimos educar.

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