La ciencia no es un lujo: es la capacidad de una sociedad para construir su futuro
Mayo 22, 2026

Logo el PaísSe requieren autoridades dispuestas a asumir su responsabilidad con el desarrollo científico nacional: no como una mera inversión económica, sino para enfrentar crisis complejas, fortalecer la vida democrática y ampliar la capacidad colectiva de construir respuestas frente a la incertidumbre

Carla Fardella  Pablo González  José Joaquín Brunner, 21 MAY 2026 – 00:00 CLT

Una sociedad que desconfía sistemáticamente de su ciencia y sus universidades erosiona su capacidad de enfrentar el futuro. Los países desarrollados lo saben bien: no existe desarrollo económico sin investigación robusta, universidades fuertes y formación avanzada. En contextos de estrechez fiscal suele reaparecer la tentación de tratar la inversión científica como un gasto prescindible o postergable. Sin embargo, la ciencia sostiene dimensiones fundamentales de la vida contemporánea: salud, transporte, minería, alimentación, predicción climática, tecnologías digitales, educación, vacunas, manejo de incendios y productividad económica.

En la última década se han intensificado los debates sobre el papel social de la ciencia. Diversos organismos y estudios han planteado la necesidad de avanzar hacia modelos de producción científica que la entiendan no solo como motor de crecimiento económico, sino como una capacidad para comprender, anticipar y responder a desafíos sociales. El cambio climático, la pandemia y las desigualdades socioeconómicas han reforzado estas expectativas y evidenciado la necesidad de vínculos más colaborativos entre ciencia y sociedad. Los grandes problemas contemporáneos desafían las formas tradicionales de hacer ciencia: multiplican los actores involucrados, tensionan las nociones clásicas de verdad y autoridad, y exigen altos niveles de cooperación intersectorial.

Pese a que la inversión en ciencia y tecnología se ha mantenido estable en torno al 0,3%-0,4% del PIB, la producción científica chilena ha crecido de manera significativa. En 15 años se duplicó la cantidad de doctores y el país ha alcanzado indicadores de productividad comparativamente altos para la región: cada investigador en Chile publica en promedio más artículos anuales que el promedio OCDE, y la investigación nacional tiene los niveles de citación más altos de la región, cercanos a estándares internacionales. Todo ello evidencia una ciencia productiva y con creciente reconocimiento global, altamente eficiente, dado el bajo nivel de inversión.

Avanzar en esta área requiere reconocer todo lo logrado hasta ahora y los desafíos pendientes. Diversos diagnósticos han mostrado la escasa integración entre universidades, Estado, empresas y ciudadanía, así como las dificultades para que el conocimiento científico tenga impacto más allá del ámbito académico. La baja inversión privada, la escasa inserción de doctorados fuera de las instituciones de educación superior, especialmente en las empresas, y la débil participación de organismos estatales distintos al ministerio de Ciencias son síntoma y resultado de esta desconexión. Enfrentar este diagnóstico reduciendo los recursos para hacer ciencia cuando lo que se requiere es mejorar su impacto sería un error: el camino es perfeccionar los instrumentos existentes e introducir nuevos. El desafío no es únicamente producir más ciencia, sino fortalecer su circulación social, su legitimidad pública y sus vínculos con otros ámbitos de la vida colectiva. Esa responsabilidad recae principalmente en el ministerio de Ciencias —que ha avanzado en esa dirección— y en los ministerios sectoriales, que deben fijar prioridades coherentes con las oportunidades del país.

Los desafíos que enfrenta hoy la ciencia exceden los marcos en que actualmente opera. Se requiere un Estado capaz de comprender el valor estratégico del conocimiento y de facilitar vínculos más robustos entre ciencia, políticas públicas, sector productivo y sociedad civil. Se requieren también autoridades dispuestas a asumir su responsabilidad con el desarrollo científico nacional: no como una mera inversión económica, sino como condición fundamental para enfrentar crisis complejas, fortalecer la vida democrática y ampliar la capacidad colectiva de construir respuestas frente a la incertidumbre. La función de la política es equilibrar y encadenar la búsqueda del conocimiento en sí con su aplicación práctica y la producción de valor público, lo que es un desafío de dirección estratégica y coordinación institucional, de articulación de redes que colaboran, hacia el interior y el exterior, cada uno con funciones distintas. La ciencia no es la suma de talentos individuales; es la capacidad de una sociedad para comprender problemas complejos, producir conocimiento y construir futuro común.

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