

José Joaquín Brunner, académico UDP y UTA
Las últimas semanas han traído imágenes perturbadoras: crimen de una profesora en Calama, violencia en pasillos y patios de colegios, estudiantes golpeados y atemorizados, peligrosas acciones de grupos anárquicos, familias exigiendo respuestas, autoridades bajo presión.
Nadie puede quedarse indiferente ante eso. Entiendo perfectamente que, en este clima de alarma, los responsables de gobierno sientan la urgencia de actuar —y de mostrar que actúan—. De ahí la propuesta que hoy circula con fuerza: permitir que los colegios instalen pórticos detectores de metales en su acceso principal y puedan inspeccionar las mochilas de los alumnos.
Lo dice la evidencia acumulada a lo largo de más de dos décadas de investigación en países que han recorrido este camino antes que nosotros. Y el veredicto es consistente: los detectores de metales en los colegios no reducen la violencia. Lo que sí producen, en cambio, es un espejismo de seguridad que tranquiliza a los adultos sin proteger a los estudiantes.
¿Qué muestra la investigación? Primero, el efecto disuasivo es mínimo y no está demostrado. El estudio más citado en la materia —Hankin y colaboradores, publicado en 2011 tras revisar quince años de investigación— no encontró evidencia suficiente para afirmar que los detectores reducen la violencia real en los colegios. Pueden disminuir levemente el porte de armas al interior del recinto, pero eso no se traduce en menos peleas ni en menos agresiones.
Segundo, y esto es más grave: los detectores producen efectos negativos documentados. Dos estudios de referencia —Gastic (2011) y Perumean-Chaney y Sutton (2013)— constataron, con muestras representativas de miles de estudiantes, que los alumnos en colegios con detectores se sienten menos seguros que aquellos en colegios sin ellos. La presencia de un arco detector indica, ante todo, que el lugar es peligroso. Deteriora el clima escolar. Genera ansiedad. Y tiende a afectar con mayor fuerza a los estudiantes de entornos más vulnerables, que ya cargan con otras desventajas.
A esto se suman los límites operacionales obvios: un detector cubre una puerta, no un patio, ni los alrededores, ni el trayecto de ida y vuelta. Para eso haría falta aplicar dispositivos de inteligencia artificial y transformar los establecimientos en recintos vigilados. Y la revisión de mochilas, según los mejores investigadores, tampoco tiene ni siquiera un mínimo de eficacia demostrada: un experto en seguridad escolar demostró que es posible ocultar decenas de objetos peligrosos en una mochila pequeña sin que la inspección visual los detecte.
Todo esto no es un argumento para cruzarse de brazos. Es un argumento para invertir bien los recursos —que son escasos— en aquello que sí funciona.
¿Qué funciona? Prevenir antes de reaccionar. Fortalecer las comunidades escolares desde adentro: equipos directivos con liderazgo real, docentes con autoridad reconocida y apoyados institucionalmente, ambientes donde los alumnos sientan que pertenecen y que hay adultos que los cuidan. Contar con profesionales de la salud mental en los colegios —psicólogos, orientadores con tiempo y recursos— capaces de detectar oportunamente señales de riesgo y trabajar con casos de desequilibrio psicológico antes de que escalen. Además, abrir la escuela al entorno: trabajo sostenido con las familias y con las redes vecinales, porque la violencia que entra al colegio viene de afuera, y no hay pórtico que detenga lo que se forja en la calle.
Nada de lo que propongo es rápido ni capta la atención de los medios de comunicación. No produce el efecto llamativo de una fila de detectores instalada en la comuna en un plazo de una semana. Pero es lo que, a la larga, protege de verdad a los estudiantes, a los docentes y a las familias.
Un colegio seguro no se construye con arcos de metal en la entrada. Se construye con comunidad, confianza y presencia humana calificada.

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