La hora de las élites: anatomía de un relevo en el poder chileno
Marzo 25, 2026

Lo que Chile ha presenciado es la transferencia de una élite a otra, sociológicamente muy distinta, con vínculos, recursos, memorias y proyectos que apenas se intersectan.


De las élites en democracia

Una de las ventajas menos reconocidas, pero más cruciales, de las democracias liberales es que obligan a las élites a cambiar. No en un sentido retórico o ceremonial, sino en el sentido real y directo de la rotación: entrar, salir, competir, perder, intentar de nuevo o desaparecer. Joseph Schumpeter lo expresócon claridad, lo cual puede incomodar a los románticos de la democracia: en esencia, la democracia no es, principalmente, el gobierno del pueblo, sino un mecanismo pacífico y competitivo para escoger a las élites que gobernarán. La democracia no elimina a las élites; las regula, las somete a reglas y las obliga a renovarse o a ceder su lugar.

Quien analice la historia política reciente de Chile desde una perspectiva sociológica notará un fenómeno de gran interés analítico. La llegada de José Antonio Kast a La Moneda representa no solo un cambio de gobierno, sino también una transformación en la composición, los vínculos y la cultura de la élite que controla el núcleo del poder político. Además, la salida de Gabriel Boric no solo indica el fin de un ciclo en su administración, sino también el cambio de una élite con características sociológicas muy distintas, que intentó —y apenas logró— una forma diferente de gestionar el Estado.

Sería un error limitarse únicamente a la superficie de la alternancia electoral. La sociología histórica revela que en toda sociedad democrática compleja existen diversas élites distribuidas en varias esferas: la empresarial y gerencial, la militar, la social —que en Chile aún lleva la marca de los apellidos, legado de antiguas aristocracias y oligarquías—, la comunicacional a través de los medios masivos y quizás también de las redes sociales, la académica y científica, la artística y literaria, y la religiosa, con diferentes iglesias y credos. Además, hay una élite menos visible, pero a veces influyente: la civil organizada en colegios profesionales, gremios, fundaciones, el empresariado mediano estratégico y movimientos de derechos e identidades. Estas élites intermedias interactúan de diversas formas con las élites principales y otros actores en una sociedad altamente diferenciada.

Las élites en cada esfera tienen su propia lógica de competencia, sus propias formas de legitimación y sus propios conflictos. Pueden ser metropolitanas o regionales, con diferentes grados de internacionalización; su demografía, cultura e ideologías también varían. Además, mantienen relaciones de cooperación, tensión o rivalidad con las élites de otras esferas. En síntesis, el mapa del poder no es un organigrama claro, sino un campo de fuerzas en constante cambio.

El relevo: de una élite a otra 

La reciente elección de presidentes y parlamentarios ilustra cómo opera la alternancia de las élites políticas en una democracia. No se trata sólo de un ajuste dentro del mismo bloque gobernante ni de un cambio de nombres con ideas de fondo similares. Lo que Chile ha presenciado es la transferencia de una élite a otra, sociológicamente muy distinta, con vínculos, recursos, memorias y proyectos que apenas se intersectan.

La élite que salió —que presidió Gabriel Boric— se caracterizó por su diversidad de izquierdas, su fuerte impronta generacional, una ideología líquida que oscilaba entre lo radical y lo institucional según las circunstancias, y una tecnocracia débil, con la excepción parcial del personal provisto por el Socialismo Democrático. Quizá su rasgo sociológico más revelador era la precariedad de sus conexiones con las demás élites: prácticamente sin lazos previos con la élite empresarial-gerencial ni con la militar, y con vínculos tenues incluso con la sociedad civil organizada. Su capital simbólico más fuerte —una suerte de memoria de identidad— remitía al movimiento estudiantil universitario y a sus luchas, es decir, a una experiencia sectorial y generacional, no a una red de poder transversal.

La élite que asume el poder, liderada por José Antonio Kast, presenta un perfil muy distinto. Es una coalición de derecha diversificada, claramente dominada por los republicanos y por sectores similares de la antigua UDI, con un papel secundario para otras agrupaciones de derecha (su ala liberal y su ala nacional-libertaria). Esta élite no se define por su generación, sino por su orientación hacia el orden y la autoridad, con matices de carácter autoritario (la “complicidad pasiva” de la que habló el Presidente Piñera). La diferencia sociológica clave radica en que este grupo llega al poder con fuertes lazos orgánicos e ideológicos con la élite empresarial y gerencial, además de tener afinidades programáticas con las fuerzas militares y de seguridad del Estado, contar con una sólida presencia de cuadros tecnocráticos en el ámbito económico-neoliberal y mantener una relación natural con las élites religiosas conservadoras.

La diferencia es, entonces, de carácter estructural, no sólo de estilo. Un bloque de poder de derechas está respaldado por un entramado de poderes fácticos —como el capital económico, la sintonía entre el ejército y la policía, los medios de comunicación y las instituciones religiosas— que le confiere una densidad social que el bloque de izquierdas simplemente no posee. La izquierda que gobernó con Boric tenía una presencia relativamente favorable únicamente en algunos círculos académicos, intelectuales y artísticos-literarios: ámbitos valiosos para la producción de sentido y la crítica cultural, pero insuficientes como base para ejercer un poder efectivo.

Es importante ser claro: hoy, aunque la lucha de clases aún existe, ha dejado de ser la cuestión principal de la hegemonía y ha sido reemplazada por la lucha de élites en distintos ámbitos de la sociedad. En esa batalla, los aspectos ideológicos-culturales adquieren mayor peso, como señala Gramsci; el papel de los medios de comunicación es fundamental; el conocimiento experto atraviesa todas esas áreas, ahora influido por la inteligencia artificial, y las diferencias generacionales alimentan tensiones entre las figuras establecidas y los nuevos actores en cada contexto. Esto fue especialmente evidente en los últimos años en la élite política de izquierda, donde la irrupción generacional del Frente Amplio desplazó a los liderazgos tradicionales de la Concertación, sin lograr consolidar sus propios liderazgos.

Excursus universitario: dos matrices, dos mundos

Una perspectiva especialmente esclarecedora para comprender la diferencia entre ambas élites es la formación académica de cada una. En términos sencillos —pero sin distorsionar—, se puede afirmar que la élite liderada por Boric refleja la cultura estado-docentista y el perfil público de la Universidad de Chile, mientras que la élite encabezada por Kast proviene de la cultura “gremialista” de la Pontificia Universidad Católica, que pone énfasis en los valores privados, la sociedad civil, la familia y las jerarquías.

No es, por supuesto, un determinismo institucional. Sin embargo, las universidades actúan como fábricas de disposiciones, y las que cultivan la Chile y la Católica difieren significativamente en dimensiones cruciales.

La cultura de la Universidad de Chile sitúa al Estado en el núcleo de la vida social. Su ideal democrático es participativo y deliberativo, y enfatiza la esfera pública y los conocimientos positivos. Favorece las organizaciones de servicio público y opera con un ethos de procesamiento burocrático que representa al Estado, centrado en un sistema de valores. Valora mucho el compromiso público, ve con mayor naturalidad el partidismo como forma legítima de acción y tiende a gestionar los conflictos mediante vías políticas, siguiendo una lógica de gobierno mayoritario.

La cultura de la Pontificia Universidad Católica, en cambio, centra su visión en la sociedad civil. Su modelo democrático es orgánico, con matices corporativos; la esfera privada del hogar y la economía prevalecen; se prefieren las asociaciones privadas con fines o vocaciones públicas, y el ethos de gestión se fundamenta en la confianza en los contratos, dentro de un marco de responsabilidades. La valoración se enfoca en cumplir metas intermedias en lugar de un compromiso público abstracto; hay menor aceptación del partidismo, y los conflictos se gestionan de forma jerárquica y persuasiva en la lógica de un gobierno consultivo, en lugar de uno mayoritario.

Estas dos matrices no son simplemente estilos: son estructuras subyacentes que configuran cómo percibimos lo posible y lo deseable en política. Decir que Chile cambió de gobierno es insuficiente; lo que realmente cambió fue la matriz culturaldesde la cual las élites directivas ejercen su gobernanza.

Contrapuntos tácticos: dos formas de gobernar

Las distintas élites difieren no sólo en la composición de sus redes y de sus matrices universitarias, sino también en la manera en que ejercen el poder, en sus prioridades, en sus estilos discursivos y en sus posturas internacionales.

El gobierno de Kast ha mostrado una marcada preferencia por prioridades específicas: seguridad, orden, control migratorio y disciplina fiscal. Todo lo demás se subordina o se pone en espera (salvo terremotos, incendios o un caos petrolero mundial). En contraste, Boric gobernó con una variedad de aspiraciones prioritarias que dispersaban la energía del Ejecutivo y multiplicaban los frentes sin consolidar ninguno. En el discurso, la diferencia también es clara: mientras Kast enfatiza el orden, la disciplina y el trabajo —una retórica de restauración de valores y reconstrucción social—; Boric se centra en el cambio, el entusiasmo y la declaración de principios, en un proceso de refundación. Kast busca mantener la nostalgia de un orden perdido, mientras Boric promueve la imaginación de un nuevo orden.

En política exterior, el alineamiento revela afinidades ideológicas profundas. Kast gravita hacia países de ideología iliberal-conservadora y nacionalista, con desconfianza hacia el sistema multilateral. Boric se alineaba con los países autodenominados progresistas, con sus ideologías popular-transformadoras y con la agenda de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Donde Kast proyecta una modernidad dentro de parámetros valórico-católicos, con sistemas clasificatorios sólidos y una moral comunitaria, Boric proyecta una posmodernidad en coordenadas de identidades múltiples, interseccionalidad y autonomía individual.

El valor central que define cada proyecto resulta revelador. Para Kast, la seguridad, vista como un gobierno de emergencia constante, funciona como una especie de ‘democracia protegida’ en tiempos de crisis. En cambio, para Boric, la transformación, entendida como un gobierno del cambio, representa una democracia impulsada por expectativas de justicia. Ambos valores contienen sus propias trampas: el gobierno de emergencia puede prolongarse indefinidamente y debilitar las libertades que se afirman proteger, mientras que la promoción de la transformación a menudo se exagera en el discurso y termina decepcionando a quienes busca movilizar.

Luego, está la memoria política, ese ámbito en el que las élites buscan sus raíces de legitimidad. La memoria del kastismo, consciente o no, alude a Pinochet: al gobierno de excepción, a la salvación del comunismo y a la revolución capitalista neoliberal. Es una memoria incómoda pero funcional, que sirve como reserva de significado para justificar la mano dura. Por otro lado, la memoria del boricismo está dividida y, por tanto, es más vulnerable: por un lado, Allende y la revolución democrática truncada por el golpe militar; por otro, el reformismo de la Concertación y la modernización del país. Son dos memorias que nunca lograron fusionarse, dejando a la izquierda joven sin un relato unificado.

Cada bloque tiene un trauma funcional que actúa como el nervio expuesto de su identidad actual. Para la derecha de Kast, el 18 de octubre de 2019 fue una asonada popular violenta, diseñada para derrocar a Piñera y quebrar el Estado de Derecho; su débil reacción defensiva y represiva revelaría una lección que, en opinión de la derecha dura, no debe repetirse. En cambio, para la izquierda de Boric, el 18-O siempre ha sido objeto de duda: ¿fue una revuelta con potencial de ruptura democrática o solo protestas por expectativas frustradas de modernización? Al respecto, las izquierdas discuten incansablemente hasta hoy, como corresponde a una élite tributaria de la República de las Letras.  Esa ambivalencia, nunca resuelta, debilita al bloque desde adentro.

Renovar sin romper: el arte de seleccionar personal

Un aspecto interesante de este relevo es cómo cada élite ha gestionado su propia tensión entre renovación y continuidad. Mientras que la élite de izquierdas sólo pudo reemplazar parcialmente los liderazgos tradicionales heredados de la Concertación, la élite de derechas ahora intenta reemplazar —aunque aún está por verse—los liderazgos sobrevivientes del piñerismo.

En ambos casos, se recurre a representantes de la tradición correspondiente para ocupar puestos clave. Los ministerios del Interior y de la Segpres en ambos gobiernos ejemplifican esto: Carolina Tohá y Álvaro Elizalde simbolizaron la continuidad del lineamiento concertacionista en el gobierno de Boric, mientras que Claudio Alvarado y José García Ruminot representan ahora un puente con la derecha tradicional en el gobierno de Kast. Sin embargo, el gobierno de Kast parece más innovador en la elección de personal para carteras estratégicas: Hacienda y Cancillería ejemplifican una apuesta por perfiles técnicos alineados ideológicamente, pero no provenientes del circuito político tradicional.

La paradoja, conocida en la sociología de las organizaciones, señala que toda élite emergente debe destruir parcialmente a la anterior, pero también necesita sus cuadros experimentados para evitar enfrentarse a la complejidad del aparato estatal. Ni Boric ni Kast escapan a esta regla. La diferencia es que Kast cuenta con un reservorio tecnocrático más amplio y mejor vinculado a las élites económicas, lo que le da más margen para innovar sin improvisar. Además, a su favor tiene una élite de medios de comunicación comprometida con el proyecto ideológico común.

Apuntes impresionistas: cómo se mueven las demás élites

Aunque la rotación en la élite política es lo más visible, los cambios en otras áreas también son importantes, aunque sigan ritmos y lógicas distintos.

En el ámbito empresarial y económico, se observa estabilidad en el personal directivo de los grandes conglomerados, con cambios generacionales paulatinos y un incremento de los capitales externos y de las alianzas público-privadas. Predomina una ideología neoliberal, aunque empieza a ser matizada por el nacionalismo económico de Trump y por la creciente presencia china en el comercio internacional chileno. No es casualidad que la Cancillería del gobierno de Kast muestre una afinidad destacada con esta élite: la política exterior se convierte cada vez más en política económica por otros medios.

En el ámbito militar-policial, existe una cadena de mando jerárquica bien organizada que, en sí misma, constituye una circulación de élites. La novedad es que, por primera vez desde la transición de 1990, un gobierno valora abiertamente a las Fuerzas Armadas y a las policías, las reconoce, las apoya y les otorga una mayor influencia en la seguridad nacional, tanto interna como externa. Es una etapa de acercamiento que también entraña riesgos: la línea entre la defensa nacional y la seguridad interior podría desdibujarse y los delicados límites entre el poder militar y el civil podrían confundirse.

En el ámbito académico-cultural, el fenómeno más destacado de la última década es el surgimiento de una red de instituciones universitarias y think tanksque actúan como intelectuales orgánicos de las posturas de derecha. Este ecosistema intenta crear una nueva síntesis entre tradiciones que hasta hace poco parecían incompatibles: liberalismo económico, conservadurismo moral, doctrinas securitarias, nacionalismo y redes de valores de derecha radical. Aunque es un proyecto ambicioso y todavía en desarrollo, representa un cambio respecto al histórico predominio de las izquierdas en la producción intelectual chilena.

En la esfera mediática y en las redes sociales, el escenario es conocido. Ambos periódicos tradicionales expresan claramente su respaldo a las ideas, al estilo y a las prioridades del gobierno de Kast. La base común es una visión compartida del crecimiento y un entusiasmo por activar los ‘animal spirits’ de la economía. En redes sociales y medios de tamaño medio y menor, la lucha es constante, con la televisión dramatizando el espectáculo del crimen organizado, delitos comunes y otras catástrofes, lo que combinado con el “clima de emergencia» crea un ambiente de máxima alerta ante cualquier conducta considerada desviada: un pánico moral que se alimenta a sí mismo y que actúa como una frontera ideológica, con zanjas y muros simbólicos para restringir la difusión de críticas, los cuestionamientos a las medidas de emergencia y, en general, a las ideologías “izquierdizantes”, especialmente del Partido Comunista y del Frente Amplio.

En el ámbito religioso, finalmente, se manifiesta lo que Max Weber llamaría una ‘afinidad electiva’ —una buena química— entre el gobierno de Kast, las iglesias cristianas y la comunidad judía, especialmente en sus expresiones más ortodoxas: el catolicismo conservador y la religiosidad evangélica de carácter nacional-popular. No es una alianza formal, sino algo más sutil y posiblemente más efectivo: una convergencia de sensibilidades morales que respalda el discurso de restauración de valores y crea una base social organizada que las izquierdas seculares no pueden replicar.

Coda: lo que está en juego

El panorama que surge de este análisis no resulta alentador para quienes valoran una democracia pluralista y abierta. Se identifica una asimetría fundamental entre dos bloques de élites: uno que accede al poder mediante una red extensa de conexiones en las principales áreas de influencia social, y otro que ha gobernado desde un aislamiento relativo, apoyado en las rutinas de normalización y en los acuerdos con la oposición y sus redes de poder.

Esta disparidad no es casual ni un fallo que pueda corregirse con una estrategia electoral diferente. Es el fruto de décadas de consolidación paciente del poder por parte de las derechas chilenas en todos los ámbitos —empresarial, militar, mediático, religioso, académico y profesional—, mientras que las izquierdas fueron perdiendo influencia en casi todos ellos, confinándose en la universidad y en la calle como espacios de resistencia simbólica, pero no de poder real.

El reto que plantea el gobierno de Kast a la democracia chilena no radica en sus medidas específicas, como la ley ómnibus, el cierre de fronteras o el recorte uniforme del gasto ministerial, las cuales pueden ser más o menos acertadas según los criterios y resultados deseados. En cambio, el problema principal es la concentración de afinidades entre la élite política en el poder y las élites de otras esferas, una tendencia que conduce a la hegemonía si no existen contrapesos institucionales sólidos y una oposición capaz de restablecer sus propias redes de poder en la sociedad. Por ahora, la élite de esa oposición parece desconcertada, recurriendo a una combinación de antiguas consignas, ideas vencidas hace rato, maniobras declarativas y a la falta de horizontes, resultado de su derrumbe ideológico.

Con todo, las izquierdas reformistas necesitan más la democracia que las derechas, cuyo mando tiene un amplio sustento en la esfera económica y en los lazos visibles e invisibles con las demás élites del poder.

Schumpeter tenía razón: la democracia es una competencia entre élites. Sin embargo, cuando una élite acumula ventajas en todos los ámbitos y la otra se repliega, aunque el mecanismo democrático siga en marcha, su capacidad de generar una verdadera alternancia —no solo electoral, sino también social— se debilita. Este quizás sea el mayor riesgo para la democracia chilena actual: la hegemonía transversal de una élite que controla la mayoría de los centros de poder. Como enseñó Gramsci, tal hegemonía termina por consolidarse como ‘sentido común’ del orden a través del Estado, los mercados, el lenguaje, las creencias, los valores y el conformismo, y se vuelve más efectiva cuanto menos depende de la fuerza para mantener ese sentido común.

2 Comments

  1. Eduardo Aninat

    Interesante
    Voluntarista
    Con varios aciertos y adecuada
    sofisticación
    La crítica está a mi juicio muy focalizada en la aparición y triunfo subito de Kast en ya pocos meses , y en suponer Olvidada la Concertación y oxidado el Piñerismo- modernizador
    Como es eso ? Solo en 90 días plazo ? No cuadra Schumpeter diría : Too soon to be true

    Reply
    • jjbrunner

      Bien, amigo y colega, ya veremos si están olvidados o no… Por lo que vamos viendo desde hace años en el caso de la Concertación, donde compartimos oficinas pero no oficios, y desde hace rato —al interior de las derechas— con el ideario y el estilo de Piñera, me temo que no es too soon sino too late para seguir con la nostalgia de los viejos tercios.
      Atentamente,
      JJ

      Reply

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