Una bienvenida polémica a propósito del belletrismo: Karmi, Castillo, Agüero, Schapacasse, Valderrama, Salazar, Rojas
Febrero 7, 2026

Mi columna dedicada a “La izquierda de las belles lettres ha dado lugar a una viva polémicas través de diversas respuestas que se reúnen más abajo.

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IZQUIERDAS ÓRFICAS
13 de enero 2026

IZQUIERDAS ÓRFICAS

Una respuesta a José Joaquín Brunner

“La derrota es siempre breve”

Patricio Manns

1.- Tragedia. 

En su texto Orfismo y tragedia el teórico italiano Gianni Carchia –quien había presentado los textos de Henry Corbin en Italia- articula un planteamiento importante que vale considerar para cualquier apuesta por una izquierda que pretenda saltar hacia el porvenir. Para Carchia, la máquina en cuestión es la que articula mito e historia, mundo griego y mundo cristiano. Si el primero responde al mito y el segundo inaugura la historia, la cuestión decisiva reside en el “orfismo”, esto es, un tercer espacio que se abre en medio de dicha dicotomía y que consiste en la “autodisolución del mito” que, a la vez, resiste ingresar en los erarios de la “historia”.

Un tercer lugar en el que todo pensamiento “político” que instaura los muros que dividen lo humano de lo animal resulta revocado por este nuevo lugar que, en rigor, yace entre el mito y la historia, entre la violencia sacrificial y la concepción encarnada del progreso humano. No se trata de una síntesis como de un lugar sustraído a la dialéctica integrativa, un resto, si se quiere, en el que la distinción “civilizatoria” entre animales y humanos se ve destituida. Tal apuesta, está lejos de marcar un lugar apolítico y cerca de situar otra lectura de lo político. No la política reducida al espacio “civilizatorio” de la ciudad, sino ampliada a la interdependencia entre los mundos (seres vivos y no vivos propio del “intermundo” que compartimos), el lugar que ya no admite división entre animal y humano, entre cuerpo y espíritu, entre mito e historia, no porque lo haya “sintetizado” bajo mediaciones hegelianas sino porque lo ha revocado, desactivado, entendiendo que dicha dicotomía no es tal sino una misma máquina que opera a partir de dos caras.

Es importante lo que el texto de Carchia ofrece al pensamiento: la tragedia sería precisamente el lugar donde tradicionalmente se ha representado la “política”. De hecho, el propio Hegel, en su lectura de Antígona, así lo plantea: Creonte impide enterrar los restos de Polinices en la ciudad, excluyendo así la dimensión animal de la dimensión propiamente humana que se fundaría a partir del Estado. Nos interesa Antígona no como aquella mujer que habita fuera de la ciudad y que irrumpe con la exigencia de la Naturaleza para que entierren los restos de su hermano al interior de la ciudad, sino como aquella que se sitúa en el intermundo, entre lo animal (los restos de su hermano) y lo humano (el Estado que comanda su tío).

En otros términos, Antígona resulta decisiva si se la propone como resto del “orfismo” que, siendo en rigor, el lugar de un intermundo, la tragedia incorporó a la fuerza a su rueda mítica, como si fuera Naturaleza. Bajo esta perspectiva, Antígona es la representación deformada, bizarra si se quiere, del otrora orfismo que la violencia trágica aplastó provisoriamente a partir de la figura del Estado.  Ella no es ni animalidad (restos de Polinices) ni humanidad (el Estado en Creonte). Ella porta la interdependencia de mundos que resuena irreductible a la operación trágica.

Carchia nos ofrece una pista importante: el orfismo resulta ser un lugar irreductible al conflicto entre mito e historia, pero, a su vez, un lugar que no tiene lugar en el régimen de la representación prevalente. A esta luz, el orfismo –tal como atestigua Antígona en mi lectura- sólo irrumpe de manera deformada en la medida que permanece supeditado a la hegemonía de lo trágico que, con el cristianismo, se interiorizará en la forma del “pecado original”. Es en estos términos que, me parece, habría que leer el problema que porta la noción moderna de “progreso” en tanto forma secularizada de la noción cristiana de la “historia”. Leerla no como aquello que libera a los seres humanos de sus cadenas míticas –este fue precisamente el sueño de la ilustración- sino como la fuerza que los vuelve a hundir en él. Toda noción del progreso está perseguida por el mito que pretende dejar atrás. Este último actúa como su sombra, su vértice constitutivo que, en determinados momentos, exigirá la violencia mítica, la dinámica sacrificial de la que la “historia” jamás pudo desprenderse.

Todo progresismo es, en este sentido, una forma de cristianismo secularizado y, por eso, una vía que jamás podrá desprenderse de su sombra: el mito. Por eso, en la escena de la política moderna, la máquina cartografiada por Carchia, opera a partir de la falsa dicotomía entre fascismo y democracia. El primero nos recuerda el punzante lugar del mito, la segunda, su escape “abstracto” a partir de la historia. En ambos lugares se desenvuelve la matriz trágica de la política que reduce al orfismo a una forma puramente “negativa” que deberá supeditarse al pacto civilizatorio. Como Antígona, será acusado siempre por los nuevos Creontes de “inviables”.

En este registro, la política trágica será siempre, una política centrada en la noción de Estado y, por tanto, alojada irreflexivamente en el problema del gobierno. Es aquí donde la cuestión de la izquierda adquiere densidad problemática y es a partir de la interrogación de la máquina trágica y no desde un listado de falencias, desde donde me gustaría plantear la discusión.

2.- Progresismo. 

En su reciente columna El derrumbe ideológico de las izquierdas. ¿qué sigue ahora? José Joaquín Brunner se propone un análisis de la coyuntura chilena en el que indica la existencia de un “colapso ideológico” en la izquierda. Tal nomenclatura es certera. La izquierda vive un colapso, sin duda, pero lo vive, porque lo hace la democracia liberal. En otros términos, lo que Brunner llama “izquierda” en rigor fue “progresismo”. Y no cualquiera, sino un “progresismo neoliberal” en cuanto administró, profundizándolo, el régimen neoliberal prevalente.

Cuando digo: “profundizó” quiero decir: lo democratizó al punto que se llegó a reformar la Constitución de 1980 en el año 2006 bajo el gobierno de Ricardo Lagos, pero sin modificar la matriz misma de dicha Constitución en la medida que mantuvo sus mecanismos de subjetivación y sus dispositivos más importantes. Decimos: “profundización” porque sostenemos que hubo cambios importantes durante la transición que pasaron por convertir el cuerpo centrado y uniforme del General en el cuerpo descentrado y rizomático del Capital. En este sentido, no es cierto lo que señala Brunner respecto de que mi diagnóstico sería a-histórico y que, desde la dictadura hasta la revuelta del 2019 no habría habido cambios. Los hubo, pero al interior de la misma lógica impuesta que se democratizó para impedir transformaciones estructurales. La democracia fue el katechón de la transición chilena. Por eso, su colapso obedecía a razones estructurales de la propia textura ideológica progresista.

Mi posición y no la de Brunner, explica porqué la democracia liberal fue sobrepasada por el capital: si el progresismo hizo algo fue precisamente el intensificar el ordenamiento neoliberal, dándole prioridad a los procesos de acumulación de los grandes grupos económicos que fueron instaurados en dictadura. Así, el progresismo favoreció, ante todo, las privatizaciones y así al capital de la minoría oligárquica, gestionando la democracia desde una posición de mayordomía: la “hacienda” chilena podía ser bien administrada sin modificar cuestiones sustantivas. Por eso, ese progresismo terminó: porque intensificó el régimen del capital, porque debía administrar la “hacienda” neutralizando a las luchas sociales que emergían de la cada vez más agresiva neoliberalización. En Chile, quizás fue Patricio Aylwin quien ofreció un nombre para la unificación entre democracia y capital: “reconciliación”. Proceso que, en lo inmediato, hacía referencia a un encuentro entre civiles y militares en la nueva república, en la que el Estado había reconocido las violaciones a los derechos humanos cometidas en dictadura. “En lo inmediato”: en lo “mediato”, ese nombre era, a su vez, el que permitía la unidad entre democracia y capital que, ya en los años 80 la “renovación socialista”, al sustituir la utopía socialista por la gestión democrática, había apuntalado de manera decisiva.

Sin embargo, entre la exigencia del capital y la intensificación de las luchas sociales se produjo el colapso, porque, de un momento a otro, en virtud del aumento de la violencia rizomática del capital (tanto a nivel macrofísico como microfísico, tanto en las grandes estructuras molares como procesos moleculares), la mayordomía progresista simplemente perdió eficacia. En esto consiste la dinámica interna del “colapso ideológico” del progresismo chileno, a lo que cabría contextualizar internacionalmente, el mismo “colapso ideológico” de la Marea Rosa cuyo repliegue y desarticulación impuso la forma neofascista a nivel latinoamericano. En este sentido, digamos que el progresismo cometió suicidio en cuanto su propia estructura ideológica llevaba consigo su eventual colapso, su tragedia constitutiva tensionada por dos fuerzas antinómicas, su momento límite: no podía decirle “no” al crecimiento infinito del capital, ni tampoco podía reprimir para siempre el devenir de las luchas. Optar por una u otra línea de fuerza significa devenir fascismo, encontrarse otra vez con el mito.

Dicho en otros términos, el progresismo pretendió administrar biopolíticamente la lucha de clases, y ésta simplemente, en virtud de la misma política progresista, se intensificó. De hecho, fomentar el crecimiento infinito del capital implicaba que, en algún momento, iba a ser necesario clausurar la mínima democracia y sus mínimos derechos. Y esto significa que, en algún momento, el progresismo iba a mutar en neofascismo o, lo que es igual, para seguir a Carchia, el régimen de la historia se encontraría cara a cara con el del mito, como si fueran un espejo en el que cada uno ve el reverso especular del otro y, por tanto, como si cada uno no fuera sino el rostro de una misma máquina, aquella descrita por Carchia a partir de la matriz trágica.

En este escenario, en el que se vuelve imposible mantener unidos democracia y capital, es cuando la máquina mitológica de la transición colapsa y, con ella, lo hace el progresismo que gestionó su eficacia por décadas. En otros términos, el “colapso ideológico” acusado por Brunner encuentra una explicación en el propio punto ciego de Brunner: las limitaciones estructurales del progresismo neoliberal que actuó como mayordomo de la república durante 30 años.

3.- Escisión

Cabría celebrar que Brunner ya no catalogue nuestro trabajo como parte del “partido de la violencia” sino que su percepción se haya civilizado y nos caracterice bajo la noción de las belles letres: izquierda inútil pero que escribe muy bien; una izquierda estética, pero no política. Justamente esto es lo que resulta totalmente discutible, en la medida que aflora como síntoma del punto ciego señalado: para Brunner nuestro trabajo se reduce solo a un asunto estético por la propia limitación del concepto de la política que asume Brunner. Para él, la política se enclaustra exclusivamente en el campo de la hegemonía y su matriz trágica que exige traducirse, en su momento cosista, diluído de toda retórica de la humanidad, a una “política pública” precisa.

La escisión entre escritura y política que presupone la posición de Brunner es el síntoma de la propia limitación del progresismo que funciona mecánica y cronológicamente en la medida que se vuelve terreno de la “historia”. Con su fe en la ilustración europea (no otro tipo de ilustración), el progresismo cree escapar del mito cuando, en rigor, no hace más que encontrarse violentamente con él, creyendo que forma parte de algo “externo” a sí mismo, cuando, en rigor, revela su inscripción al interior de la misma maquinaria.

Así, su salida termina siendo una entrada a la violencia originaria del mito de la que precisamente se nos prometía escapar. De esta forma, la escisión entre escritura y política introduce una ceguera sobre el carácter político de la propia escritura en la que lo político ya necesariamente remitiría al campo de la hegemonía y su tragedia, sino que asume otras variantes que, con Carchia, podríamos calificar de “órficas”.

Para Brunner –y gran parte de la tradición filosófico-política- esas tendencias se ven como amenaza de fragmentación, de desarticulación de las izquierdas, cuando, en rigor, constituyen nuevas composiciones sensibles sin las cuales ninguna de las izquierdas podría tener lugar. Escisión entre escritura y política que remite a la escisión trágica por excelencia (Antígona-Creonte, respectivamente), habilitación de la máquina que articula y separa, a la vez, mito e historia y cuyo colapso ha hundido al mundo entero en la tristeza del neofascismo.

Me atrevería a decir que la operación nominativa de calificar a esa otra izquierda bajo el término de las belles lettres deja entrever el espectro de una amenaza. Ahí donde Brunner se apresura, reduce y actúa como policía, atestigua que aquello que pretende aislar, separar de su constitutiva politicidad, en rigor, irrumpe como una amenaza. Siendo esto así, tácitamente, el texto de Brunner no puede sino reconocer el carácter político de la propia escritura. Justamente por eso, se requiere reducir a la escritura bajo el epíteto fácil de las belles lettres como antes, en plena revuelta del año 2019, calificó a esa escritura como el “partido de la violencia”.

Cada nombre que Brunner ensaya, revela la vocación policial de su posición, cada calificación del otro, deja expuesto los límites de su propio discurso. Por eso, el progresismo, como heredero de la cara “histórica” de la máquina trágica, está terminado. No porque aplicó mal sus recetas, sino porque lo hizo muy bien, dominando a las izquierdas para neutralizar su potencial crítico durante demasiado tiempo y así armonizar la imposible ecuación entre democracia y capital, entre administración y soberanía, entre historia y mito, propio de la máquina trágica.

4.- Utopía

La constatación chilena nos muestra que no hubo izquierdas sino progresismo. Este último, tendríamos que decir, no ha sido otra cosa que una izquierda expropiada de lengua. En este sentido, el progresismo es, desde ya, una política derrotada, un discurso que ha preferido adaptarse al orden de las cosas antes que transformarlo, de ahí la importancia del positivismo sociológico, que ha visto al “hecho social” antes que la potencia crítica. Y porque hubo progresismo hemos terminado en la rehabilitación de la máquina guzmaniana cristalizada en Kast. En el fondo, el progresismo fue un guzmanismo inhibido, el kastismo, un guzmanismo emancipado. El punto ciego de Brunner le impide atender dicha expropiación de la lengua y, por tanto, su “liberalismo” resulta ser una estrategia inútil e inviable frente a la recomposición del guzmanismo bajo el actual escenario stasiológico de la guerra civil planetaria.

Expliquemos brevemente: el guzmanismo de Kast dio un paso “purista” fundamental en su lectura que le permite introducir un plus político al interior del mecanicismo economicista. Ese plus se llama “moral” y en ella se inscribe la batalla cultural desplegada tácita o explícitamente. La figura de Jaime Guzmán devino una figura mística, en cuanto Guzmán se resuelve en una suerte de “santo” inalcanzable que, sin embargo, articula un dispositivo eficaz de obediencia.

Frente a ese plus político de la nueva lectura guzmaniana ofrecida por el kastismo, el progresismo a secas está desarmado y totalmente agotado, sin saber qué hacer, sin poder luchar. No puede porque no tiene plus político. A diferencia del progresismo, las izquierdas requieren de una rehabilitación de otro plus político que, en rigor, es un infra, frente al plus político de la mística guzmaniana. Si para el guzmanismo el plus es nada más que estado de excepción (“gobierno de emergencia”), para las izquierdas ese infra podría ser perfectamente la utopía. En este sentido, el término utopía es el nombre de un lugar sin lugar al interior del régimen de representación vigente, el no-lugar inherente a la propia máquina que la utopía desmantela. Por eso es u-tópos. La utopía no es abstracta sino concreta, no es ideal sino material, no es vacía sino cargada de imaginación. Por eso, sólo ella puede revocar la máquina en la medida que revela su propio vacío y apuntala la historicidad que ésta pretende invisibilizar.

Llamaremos a ese lugar u-tópico, el espacio que no se reduce ni al mito ni a la historia y que, siguiendo a Carchia, llamaremos “órfico”. En nuestra perspectiva, toda tradición revolucionaria ha sido una expresión órfica en la medida que ha intentado ir más allá de la máquina articulada por el mito y la historia. Dentro de esas izquierdas revolucionarias, dicha máquina ha impregnado, al tiempo que ésta ha sido revocada. Esto, porque dichas izquierdas viven en un intermundoentre el presente y el futuro, un mundo nuevo que habita con sus muertos, que conversa con ellos y les salva del olvido.

Por esta razón, el orfismo, no puede jamás plantearse ni desde el “purismo” de una izquierda aislada e incapaz de abrirse a las heteronomías del otro, ni el “adaptacionismo” de un progresismo que se contentó con aceptar idealistamente el orden de las cosas trazado desde Washington.

Frente la dicotomía entre purismo y adaptacionismo, es importante recordar que Marx siempre visualizó cómo el régimen capitalista producía al proletariado como la potencia que portaba su posible abolición. La utopía es material porque está dentro de la máquina, es su fisura constitutiva que, como un hilo, todo “materialista histórico” tendrá que tensar. No habrá nunca metalenguaje ni un “más allá” que garantice una aséptica universalidad. Todo está “contaminado” de antemano, las realidades son “sucias” y, justamente por eso, todo está abierto a lo porvenir.

El purismo define a una izquierda que no quiere tocar la realidad, el adaptacionismo a una que se mimetiza con ella. Una vive en el cielo, el otro solo en a tierra. Pero ninguna puede tocar el presente. Y tocarlo significa que las izquierdas órficas necesariamente habrán de ser inventadas “desde abajo”, trazando una cartografía de las nuevas formas del trabajo (sus precarizaciones) y de sus formas de vida; abriendo un encuentro con el mundo popular que articule pedagogías de mutua transformación. No de cualquier transformación sino la del capitalismo en su fase actual. A su vez, no se trata del intelectual que enseña a las masas y les dice que hacer o qué decir, ni tampoco de una invocación a la práctica sin ninguna referencia al pensamiento.

Más bien, quizás todo consista en la escena de un intelecto concebido como una potencia colectiva y que, por tanto, el trabajo de pensamiento ha de asumir su impronta igualmente colectiva. Así, entre el anti-intelectualismo del militante puro y el intelectualismo abstracto de los expertos se abre otro lugar órfico: el de la potencia del pensar en el que el saber y no saber se entrecruzan en una misma dinámica ética que puebla el lugar de la utopía y le da contenido histórico y material. Invención que, por tanto, tendrá que prescindir de la antigua idea del “intelectual orgánico”. ¿Qué hacer con la figura partido político, tan relevante para los socialismos del siglo XX y que hoy han sido reducidos a simples máquinas electorales? ¿Cómo pensar al Estado en una apuesta anticapitalista? ¿Qué es el capital hoy y su relación con la guerra y el antropoceno? ¿Cómo pensar una economía no sostenida sobre el régimen del Capital?

Por ahora, se trata de ir a contrapelo de la universidad neoliberalizada en la medida que funciona como dispositivo de separación entre la producción de saber y el mundo popular, así, todo consiste en abrir un encuentro ahí donde el discurso universitario lo corta. porque nadie piensa en particular sino es con otros: el intelecto general es el a priori desde lo cual inventar las nuevas izquierdas órficas que necesariamente tendrán que portar la intensidad de la utopía “desde abajo”, y volver imaginar al proletariado no como un “sujeto” en sentido moderno, o un simple “estrato” social, sino como una forma de vida, singularidades que exigen habitar la Tierra.

En cuanto potencia, la utopía nos permitirá recuperar nuestra lengua. Pero “recuperar” es aquí sinónimo de “inventar”. Porque la tradición es nada, nada heredamos más que la potencia desde la cual podamos abrazar una nueva lengua y, con ello, sostener un nuevo mundo en medio del viejo.  Izquierdas órficas designan dialectos singulares que no repiten viejos clichés sino inventan prácticas y discursos que permitan desafiar al capitalismo en su nueva e intensa fase stasiológica.

Que ésta pueda asumir una forma reformista o revolucionaria es un detalle estratégico importante pero no crucial (no hay que temer optar por una u otra vía dependiendo las circunstancias, entendiendo que no pueden ser vistas como vías contradictorias). Más bien, lo decisivo, es aferrar la utopía en medio del “colapso ideológico” imperante, dándole un contenido concreto que destruya la mística de la obediencia del nuevo guzmanismo (el portalianismo del siglo XXI).

Ni mito ni historia, sino utopía, lugar sin lugar en el que se desencadena la historicidad del presente. ¿Bajo qué condiciones podremos construir un conjunto de lenguas para la utopía, un vocabulario para las izquierdas órficas? Imposible escindir escritura de política, por tanto, si lo que se pretende es ir más allá de la administración de la catástrofe. Imposible, por tanto, prescindir de una apuesta intempestiva que nos traiga el pregnante recuerdo de la Unidad Popular, para desafiar, sin miedo, al feroz capitalismo monopólico organizado desde la oligarquía “santiaguina” (dirá Salazar) que, desde hace 200 años, todo lo consume y comanda.

Enero, 2026

 

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«Por una izquierda transformadora»: Una breve respuesta a Brunner

Brunner equivoca el problema: no se trata de la contraposición entre una izquierda puramente “anti-institucional” y romántica versus una izquierda “institucional” y seria (ilustrada). Eso es caricatura. Se trata, más bien, de la diferencia entre abrazar una izquierda transformadora, heredera de Marx, y una izquierda administradora, heredera de Giddens.

En sus célebre “Tesis sobre Feuerbach” Karl Marx sostuvo: “Los filósofos han interpretado el mundo, es hora de transformarlo.” Una izquierda transformadora es lo que necesitamos y precisamente lo que no hemos tenido. El progresismo neoliberal fue precisamente lo contrario: una apuesta política “administradora” y no “transformadora” que, por tanto, va a contrapelo de todo lo que decía Marx.

Hace bien Brunner en recordarnos a Marx, aunque haya sido un poco tarde[1]. Pero su posición, como la del progresismo que él representa, fue una suerte de izquierda administradora, neoliberal que se presentó como “moralmente superior” por mucho tiempo gracias al Curriculum de “haber luchado en la dictadura”. Pero ese progresismo llegó a su fin.

Si hubo una fuerza histórica que, en su práctica y teoría, contradijo totalmente a la tesis de Marx fue precisamente la Concertación. Si hubo intelectuales que descartaron a Marx durante años, fueron varios intelectuales de la ex Concertación. Que recuerden a Marx hace bien y quizás, desde ahí se pueda encontrar un rumbo. Que nos remitan a la “práctica” sin reflexionar acerca qué es eso, es precisamente, no atender, como bien sabía el profesor Osvaldo Fernández, la complejidad de la noción de “actividad práctico-sensible” esgrimida por Marx[2]. Noción distinta respecto de la noción simple, “inmediata” –se diría en léxico hegeliano- de “práctica” que Marx advierte en Feuerbach criticándolo.

Actividad práctico-sensible” no es una simple teoría ni una simple práctica –dice Fernández. En ese sentido Marx es “órfico” –sostengo- pues su noción de “actividad práctico-sensible” resulta irreductible a la teoría y la praxis representadas por el “idealismo”. Por eso, no se trata de decir “vayan a la práctica” simplemente, como si la praxis fuera algo dado; más bien, se trata de volver a Marx justamente –en esto suscribo el gesto de Brunner- y atender que su concepción de la práctica no tiene nada de “administradora” y sí mucho de “transformadora”, por lo cual, nos exige invención en la medida que no está dado ni el qué ni el cómo hacerlo. Por eso, práctica e imaginación resuenan sinónimos.

“Administrar” significa hacer cambios cosméticos para dejar el orden igual. “Transformar” significa hacer cambios tan intensos que son capaces de modificar el orden mismo. Eso significa que no existe ninguna izquierda simplemente “anti-institucional” sino una que apuesta a pensar la cuestión institucional de otra manera.  Es “anti-institucional” contra las instituciones oligarquizadas, es pro-institucional con aquellas que necesitamos inventar.

Bajo este marco, diríamos que el progresismo neoliberal de la Concertación fue una izquierda “pre-marxista” o “feuerbachiana” (idealista, finalmente), a diferencia de una izquierda transformadora (en ese sentido, “marxista” en el amplio sentido) como la que tuvo lugar en la Unidad Popular que fue pensada desde Luis Emilio Recabarren.

Por eso, desde el principio, Brunner equivoca el problema: no se trata de la contraposición entre una izquierda puramente “anti-institucional” y romántica versus una izquierda “institucional” y seria (ilustrada). Eso es caricatura. Se trata, más bien, de la diferencia entre abrazar una izquierda transformadora, heredera de Marx, y una izquierda administradora, heredera de Giddens. Por tanto, todo consiste en hacer algo totalmente distinto a lo que realizó el progresismo neoliberal que, por años, ejerció una mayordomía. ¿Una izquierda transformadora desecha al “reformismo”? Para nada. Lo acoge sobre sí. Es la gran enseñanza de Rosa Luxemburgo. ¿Puede esa izquierda ser revolucionaria? Claramente, en la medida que se proponga transformar el actual estado de cosas.

Así, una izquierda transformadora puede ser reformista y revolucionaria a la vez porque tiene un solo objetivo: atravesar la institucionalidad oligárquica de Chile, dispositivo “portaliano” por el cual el capital global se cristalizó en nuestro país desde 1833. Cualquier proyecto –no programa- que apunte en esa dirección será, de inmediato, transformador y, a su vez, tremendamente difícil.

[1] https://brunner.cl/2026/01/la-izquierda-de-las-belles-lettres/

[2] Osvaldo Fernández No basta con interpretar el mundo, hay que continuar transformándolo. En: Osvaldo Fernández Itinerarios y Trayectos Heréticos. Ed. Clacso, Buenos Aires, 2022. pp. 127-258.

Rodrigo Karmy

Rodrigo Karmy

Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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POLYTROPOS, ÁTOPOS Y TÓPOS

Una respuesta a José Joaquín Brunner

Miguel Valderrama*, Palinodia Libros

“Timeo Danaos et dona ferentes”

Eneida, Virgilio

Polytropos, el de los muchos caminos, el hábil en estratagemas, el delicado en argucias, el de múltiples giros. El vocablo griego describe bien cierta trayectoria de José Joaquín Brunner, una trayectoria política intelectual que abarca ya casi medio siglo, que tiene en El espejo trizado (1988) unas de sus obras de referencia más destacadas, y en el nombramiento como ministro de la Secretaría general de la presidencia del Gobierno de Eduardo Frei Ruz-Tagle (1994-1998) su cargo político de mayor relevancia. Con una activa vida política, Brunner ha militado en el Partido Demócrata Cristiano (PDC), en el Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU), en el MAPU Obrero Campesino (MAPU OC) y en el Partido por la Democracia (PPD)[1]. Sin embargo, y pese a reconocer su domicilio político en la centro- izquierda[2], desde la revuelta de octubre del año 2019 Brunner ha venido participando activamente como columnista en periódicos como El Líbero y Ex Ante, medios electrónicos asociados a la ultraderecha, a corrientes reaccionarias o neoconservadoras nacionales[3]. Su participación en estos medios no es en sí cuestionable, pero sí es indicativa de aquello que define quizás su característica intelectual más propia, y que aquí se identifica con la voz griega polytropos.

Polytropos justamente es el nombre que Homero da inicialmente al héroe que se encuentra en el centro de las acciones que canta la Odisea, el poema épico griego sobre el que se ha construido la memoria de Occidente. Polytropos es la primera palabra que se introduce para definir a Odiseo, aquella que lo describe de un modo singular, y que Emily Wilson en una traducción reciente al inglés del texto griego decidió trasladar por complicado (complicated), ambiguo (ambiguous)[4]. Para una izquierda que Brunner insiste en calificar de “ultra”, estos adjetivos son también los que mejor puntúan su accionar, sus posicionamientos, sus estratagemas, sus intervenciones más reconocibles.

La referencia homérica cumple de igual modo una función directriz, sirve de indicación a un propósito que tiene por tarea identificar una trayectoria, un giro, la naturaleza de un retorno. El retorno de Brunner a Ítaca, a esa isla de racionalidad que él identifica con la izquierda institucional, y que impone según las reglas de un relato establecido ajustar cuentas con la escena de los pretendientes. Este ajuste de cuentas no se da sin un ardid, sin una estratagema que se ofrece al modo de una invitación, de un reconocimiento, de una llamado o una provocación. De igual manera, este retorno, la naturaleza de este giro, la necesidad de volver a un territorio que se piensa propio, no es solo la de un académico que ha construido su prestigio intelectual diseñando y evaluando sistemas de educación superior hoy en crisis, es también la de un grupo de intelectuales que hasta no hace mucho confesaban con gusto que tenían más afinidades de pensamiento con la derecha que con la izquierda. Por supuesto, roto el hechizo de los fondos estatales, agotadas las fuentes de financiamiento orientadas al estudio del conflicto y la cohesión social, este grupo de intelectuales de izquierda se ven de pronto en stasis, paralizados y confrontados ante las puertas de un mundo que ya no los reconoce como interlocutores privilegiados de una democracia definida ayer mismo eufemísticamente bajo los términos del consenso, los acuerdos, la transversalidad, el realismo dentro de los límites de lo posible. Hoy el mundo es otro y urge volver al hogar, reclamar ese domicilio propio donde anclarse razonablemente frente a fuerzas que se presienten extrañas, inquietantes, perturbadoras, ominosas.

Telemaquia

“El derrumbe ideológico de las izquierdas: ¿Qué sigue ahora?” (El Líbero, 31 de diciembre 2025) y “La izquierda de las belles lettres” (El Líbero, 28 de enero de 2026)[5], son los dos textos con que Brunner contribuye a un debate en ciernes sobre el futuro de la izquierda. Debate que se organiza sobre ritos y resultados electorales y que a partir de dicha contabilidad analiza lo que juzga venturas y desventuras de una posición, de un bando, de un partido en sentido amplio, de una clase[6]. El supuesto que subyace al análisis es el de una amplia derrota, de una crisis de la experiencia histórica que solo puede ser vivenciada de manera radical por aquellos y aquellas que han sufrido un gran revés, que han sido vencidos, o que viven la sobrevida de existencias en medio de una catástrofe espantosa. Este supuesto, sin embargo, apenas es enunciado es sometido a un trabajo de neutralización epistemológica. En otras palabras, se invoca una derrota catastrófica para dar lugar a un debate, pero al mismo tiempo se rechaza el traumatismo que subyace a dicha invocación. La idea de que únicamente en la catástrofe surgiría un plus de saber que podría dar lugar a un trasmundo, a un mundo surgido a partir de una absoluta extrañeza, y en cuya experiencia se volverían infamiliares las reglas e historias que todo orden se cuenta al momento de reproducir la normalidad de un mundo, es rechazada ampliamente por este grupo de intelectuales. Y, si bien, siempre podría observarse que no hay dialéctica en la negatividad, que el trabajo de lo negativo no orienta un movimiento necesario en la historia, esta observación no exime de la tarea intelectual de pensar “otro mundo”, de pensar la posibilidad o el forzamiento de otro mundo justamente aquí, en medio de la devastación. Así, enunciados transcritos según el ritmo de un tono apocalíptico hoy mediatizado, y que intitulan reflexiones bajo encabezados del tipo “el derrumbe ideológico de la izquierda” (Brunner), “el fin de ‘una’ izquierda” (Basaure), “la izquierda se encuentra en punto muerto” (Joignant), encubren en la altisonancia y espectacularidad de sus rotulados, fórmulas la mayoría de las veces conciliadoras. Palabras claves como el mérito, la excelencia, la responsabilidad, el realismo, el consenso, la transversalidad, los acuerdos, el diálogo, la “realidad”, sirven de consignas maestras en la estructuración y modulación de estos textos.

De manera que el llamado de Brunner a volver a Ítaca es un llamado que compromete a compañeros de armas, a navegantes de una misma embarcación, a participantes de una misma empresa, acaso de un emprendimiento común. De ahí la necesidad de clarificar los términos, los protocolos, las motivaciones que se encuentran tras esta convocatoria a abrir un debate sobre la izquierda. Ya se sabe por experiencia, más que a los griegos, debe temerse a sus ofrendas, a los regalos que despreocupadamente dejan en las puertas. De igual modo, habría que leer con atención el conjunto de textos, twitter, entrevistas, y apariciones en programas de televisión para identificar y reconocer en ellos la figura de pensamiento que se delinea sobre ese fondo intermedial. En medio de esas manifestaciones despunta sin duda un afán, un nerviosismo (imposible no recordar los estallidos de furia de Alfredo Joignant cada vez que el poder le arrebata algo que cree que le pertenece por derecho: el premio nacional de humanidades, el financiamiento de un proyecto COES), un celo, un interés, un anhelo, la pesadez de una sentencia, de un juico absoluto. La telemaquia nombraría aquí la parte de esta Odisea en la que se asiste a un espectáculo medial, a la urgencia por armar empresa, trayecto común, figuración separada en un campo que se juzga en declive[7].

Y, sin embargo, pese a este anunciado declive, y pese a sus propios reparos, Brunner configura el mapa cognitivo de la izquierda chilena sobre la base de cierta eficiencia, de un rendimiento o performance que va más allá de los “cenáculos académicos”, del ensimismamiento de unos grupos que se juzga alienados de la realidad.

Nostos

El mapa que propone Brunner es tetralógico, se organiza sobre la identificación de cuatro obras que no carecen de unidad argumental, intención y personajes. El número de reparto propuesto tiene el mérito de suprimir la regla metafísica del número tres, es decir, de no hacer de la presentación y la discusión de la izquierda una cuestión familiar, trinitaria. Sin duda, no es la única forma de reparto propuesta del campo intelectual de izquierda, Anteriormente, otros análisis ya han señalado la necesidad de existencia de “dos izquierdas”, lo que presupone que en algún momento hubo “una izquierda”[8]; igualmente ya se ha adelantado la tesis psicodélica de tres izquierdas que en verdad es nuevamente una, una más allá de todas, de todos los enfrentamientos, de todas las herencias e invenciones[9]. Brunner propone cuatro en su cartografía. Cuatro puntos cardinales con los cuales orientarse en su regreso a casa. Un regreso a lo que por derecho le es propio, a lo que considera su natural domicilio político. Ya se ha dicho, polytropos es lo que define sus movimientos, lo que organiza la orientación de su crítica. Si bien al igual que Odiseo puede describirse como un viajero extraviado, también puede ser presentado como aquel que hace del viaje una experiencia, que tiene en el viaje, en la experiencia del retorno, el medio a través del cual cultivar un saber, acrecentar la propia experiencia aprehendida en tanto praxis, anudamiento singular de teoría y práctica (Gabriel Boric tempranamente reclamó este lugar como propio al declarar que “otra cosa es con guitarra”[10]). El saber de esta experiencia, un saber que se presenta mediado por la investidura de la historia, es aquel que se reclamó desde un comienzo como distintivo de una orientación práctica política (la experiencia de la dictadura) y que nuevamente se reclama ahora como un rendimiento propedéutico derivado de la administración político-estatal del modelo neoliberal pactado con la dictadura. La nostalgia del retorno, de ese giro o vuelta a una izquierda de la que cual se considera priopropietario, coincide así con la autorización de un saber constituido como deposito al comienzo y al final del viaje, especie de reserva de autoridad que se autovalida en los “hechos mismos”, en la porfiada realidad de los hechos mismos. Brunner cita como justificación de este doble crédito de saber —saber de la real politik— las Tesis sobre Feuerbach, de Karl Marx. Con ello busca justificar el valor de la “transformación”, el plus de saber derivado de una operación transformadora que no es más que un ejercicio de “restauración” de la realidad[11], la muletilla de un pensamiento que enfrentado a sus propios límites es incapaz de observar el marco semiótico que organiza esa realidad tenida por dada[12].

La referencia a Karl Marx puede ser una estratagema, un hábil artificio con el que revestir una posición que se quiere única y que al mismo tiempo busca ocupar desarmándolas cada una de las posiciones y oposiciones construidas. Es, en cierta lectura, el paso de lo anónimo a la identidad, de átopos a tópos. En otro sentido, aunque puntual, la referencia es atópica, gatopardista en lo que a bandos, clases y partidos se refiere. Y, no obstante, es una contraseña que sirve de paso, de tránsito a Ítaca, a esa tierra que se reconoce como origen y destino, lugar de una máscara sin máscara sin comienzo ni final.

Ítaca

Un destino, un regreso, un retorno a una isla que es todas las islas, y que por momentos a Brunner se le enseña bajo la figura amenazante del orfismo[13]. Figura que demanda de la izquierda institucional un trabajo de reconquista. Desde esta perspectiva, su esquema cuádruple de las izquierdas es tan solo una añagaza que sirve al despliegue de su propia escena de los pretendientes. La izquierda institucional, la que denomina “transformadora”, debe recuperar los derechos de la tejedora de sueños y utopías que reina en Ítaca. Este trabajo de hilos e hilván es un trabajo de avances y retrocesos, de anuncio y espera que se encarna en una voz femenina. “Revuelta”, “Revolución”, “Transformación” son los semas escritos con mayúsculas que dan figuración a una acción sobre el mundo. En torno a estas nociones se arremolinan los pretendientes que en el esquema de Brunner son exclusivamente cuatro. Ahora bien, no es seguro que el esquema patriarcal sobre el que se erige la Odisea cumpla aquí nuevamente su función. No es seguro que sea en torno a este juego de semas y figuraciones que se despliegue la gran o pequeña escena de los pretendientes. Quizá el deseo de retorno sea al de una tierra sin telar e hilvanes, sin la sombra del duelo que se entreve en el sudario funerario que Penélope teje y desteje interminablemente. Quizá, pensando en que los extremos se tocan, Odiseo se presente ahora como un Ulises moderno que ha llevado a término el duelo de la Revolución, que despliega sus aventuras en un día trabajado por la rutina burocrática y por preocupaciones derivadas de una vida ocupada en el trajín de las horas. Quizá Penélope transfigurada en Molly Bloom se enseña finalmente como un suplemento peligroso no ya de finales, sino de un tiempo donde principio, intermedio y final se confunden, donde la temporalización de la experiencia se estructura en una trama que no sabe de historias que comienzan o terminan.

Odiseo, cabe recordar, es polytropos, aquel que inventa historias, que se reclama poseedor de un saber que estando al comienzo y al final de la historia, no está en parte alguna, en cabo o punta que señale un extremo, una extremidad, un término, un extérmino. Su deseo más profundo es permanecer. “Ávido de una vida y un poder más prolongados”[14], se proyecta a sí mismo en la escena de los pretendientes. Buscando recuperar lo suyo, vibra en un movimiento entre átopos y tópos e impone un “fin de historia” a la anarquía y al comunismo de los pretendientes.

José Joaquín Brunner, el nombre propio Brunner, al ofrecer la ofrenda de un nombre, de otro nombre distinto del suyo y sin embargo tan suyo, al nombrar en belles lettres a una izquierda que juzga ultra, no hace más que cebar en el regalo del nombre, en el don del nombre, una escena de pretendientes donde, más allá del número en que se recreen, se impone siempre la lógica de una izquierda-una, de aquella que cree custodiar la unidad de los extremos, que se piensa reconciliada con la racionalidad de lo real.

*Historiador

[1] Fuente Wikipedia. En la página oficial de José Joaquín Brunner no hay referencias a su vida política partidaria. Las referencias de Wikipedia suelen ser erróneas, por lo que es necesario contrastar esta primera información sobre su trayectoria política partidaria.

[2] José Joaquín Brunner, “El derrumbe ideológico de las izquierdas: ¿Qué sigue ahora?”, El Líbero (diciembre 31, 2025).

[3] El director y dueño de EX Ante es Cristián Bofill, conocido periodista de extrema derecha. El periódico digital fue fundado el año 2020.  El Líbero se fundó el año 2014 y ha sido acusado en reiteradas ocasiones de ser un medio de ultraderecha financiado por la Unión Demócrata Independiente (UDI).

[4] “How Emily Wilson Traslated ‘The Odyssey’”, Chicago Review of Books [consulta en línea].

[5] José Joaquín Brunner, “La izquierda de las belles lettres”, El Líbero (28 de enero 2026).

[6] El texto que abre este debate, a pocos días de los resultados de las elecciones presidenciales y parlamentarias de diciembre, es la columna de Mauro Basaure, “El fin de ‘una’ izquierda”.

[7] Alfredo Joignant, “El declive del intelectual público”, El País (18 de agosto 2025).

[8] Mauro Basaure, “El fin de ‘una’ izquierda”, El mostrador (23 de diciembre 2025).

[9] Rodrigo Ramírez Pino y Guido Girardi, “Las tres izquierdas y el fin de la política del siglo XX”, El Mostrador (27 de enero 2026).

[10] Andrés Montero Jaramillo, “Otra cosa es con guitarra: los acordes desafinados de Gabriel Boric”, El Debate (05 de marzo 2023).

[11] Véase, para este punto, la crítica de Javier Agüero, “José Joaquín Brunner y su belle écriture du préjugé”, Palinodia Libros (29 de enero 2026).

[12] Alejandra Castillo, “El límite de Brunner, el límite de la concertación”, Palinodia Libros (28 de enero 2026).

[13] Rodrigo Karmy, “Izquierdas órficas. Una respuesta a José Joaquín Brunner”, Carcaj (13 de enero 2026).

[14] Margaret Atwood, “Coro: Conferencia sobre antropología”, Penélope y las doce criadas, trad. Gemma Rovira Ortega, Barcelona, Salamandra, 2005, pp. 153-157 [p. 156].

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Alejandra Castillo*

            ¿La izquierda ha llegado a su fin? Esta pregunta se plantea teniendo a la vista el escaso éxito de las posiciones de izquierda en el juego de las elecciones, el notorio aumento de gobiernos de ultra derecha en el planeta y la evidente falta de un programa político que logre diferenciarse de los partidos de centro-derecha. Debe advertirse que la pregunta sobre “el fin de la izquierda” es una pregunta retórica, pues solo busca establecer una distinción entre una izquierda de mayorías, necesaria y deseable, y otra minoritaria, fallida y errática. El libro de Susan Neiman Izquierda no woke, publicado en el año 2023, da el marco para esa distinción[1]. Dos izquierdas: una buena, hija de la ilustración y la idea de progreso; otra mala, nihilista, lectora de Michel Foucault, Giorgio Agamben y Judith Butler. Una izquierda que habla claro desde el universalismo, la otra opta por lenguas de minorías y tribus urbanas. Esta distinción, una vez establecida, no intenta afirmar la coexistencia de ambas, sino dictaminar a la primera como la única forma posible de izquierda, mientras describe o enmarca a la segunda bajo la denominación woke. Por woke se entiende una especie de actualización espectacularizada del “alma bella” hegeliana, una conciencia snob que se mortifica por los males del mundo, por las políticas de la identidad asociadas a la lógica del reconocimiento, y hundida en el tormento de su mortificación olvida a la clase trabajadora y las luchas por la justicia social. Este olvido, se nos dice, se suple con agendas políticas vinculadas a la crisis climática y a las diversidades sexuales. No habría que dejar de mencionar que la izquierda universalista que se nos propone como la única posible es la izquierda liberal.

            Los argumentos esgrimidos por Nieman para afirmar la verdadera izquierda frente a un progresismo vacío han permitido a muchos analistas políticos acusar a las políticas de género y feministas como las culpables del derrumbe electoral de lo que confusamente se identifica como progresismo. En el contexto chileno, luego de conocerse los resultados de las elecciones presidenciales de diciembre del 2025, y que dieron por ganador al candidato de ultraderecha José Antonio Kast, la búsqueda de culpables en la bancada de izquierda no ha dejado de intensificarse.

Repitiendo el gesto que les ha enseñado Neiman de trazar el límite entre la buena izquierda y la mala izquierda, y en la pose propia de un ejercicio de (pseudo)autocrítica, José Joaquín Brunner se pregunta por la sobrevida de la izquierda luego de la derrota presidencial de la alianza oficialista. La pregunta que plantea es de reconocimiento. Luego del desastre electoral Brunner necesita saber cuánto queda vivo, cuanto ha muerto del cuerpo político de la izquierda. La pregunta se multiplica en insistencias y variantes sencillas: ¿hay izquierda aún? Y si las hay, ¿cuántas izquierdas? ¿Una, dos o tres? Junto a estas preguntas, Brunner identifica a un enemigo, la ultra izquierda “amante de las belles-lettres, cuyo objetivo es crear textos y distribuirlos en los cenáculos que la reúnen”[2]. Por la gracia de una traducción local lo woke, cruzando fronteras idiomáticas, se transfigura en belles-lettres, muta ya en la jerga de una oligarquía que desprecia la lectura y la escritura en “bellas letras”: insignia y sello de una izquierda ensimismada, postmoderna, postestructuralista, discursiva, endogámica, destituyente, aérea, volátil, moralista, inútil, sectaria … inclinada a la fragmentación y el partisanismo y de remate poco influyente[3].

En medio de ese florido conjunto de epítetos cita una conversación que coordino con algunas de las voces más lúcidas de la escena cultural chilena para analizar el ascenso de la ultraderecha en Chile[4]. Distinto al ensimismamiento, a la soberanía de un yo parlante, el texto referido críticamente es una intervención coral; contra lo alto y aéreo de un nombre propio que sanciona y establece premios y castigos, un grupo respondiendo a un problema común desde intervenciones situadas en el feminismo, el teatro, la filosofía, la historia.

¿Cuál es problema de Brunner con el arte, el cuerpo, la escritura? Su propia definición restringida de política a un recorte político partidario parece ya indicar los límites de un pensamiento que reposa en una comprensión vulgar del materialismo. Ante el fracaso electoral del diseño político de la concertación (y de sus sucesivas reinvenciones) no cuestiona realmente lo que está mal en tal diseño. De hecho, no lo hace en absoluto, en relación a ello advierte: “Las únicas izquierdas en América Latina que han logrado implementar reformas y mantener gobernabilidad en las últimas décadas son las de orientación socialdemócratas y gradualistas”[5].

Distinto a la autocrítica, Brunner se inventa una fantasmática poblada de enemigos íntimos externos, especie de extemité o “parte maldita” que encuentra en el tranquilizador prefijo “ultra” un apropiado chivo expiatorio (prefijo que, por cierto, se cuida de utilizar al momento de identificar la derecha en el gobierno). El exilio de la izquierda denominada belle letrista de la política le da a Brunner la posibilidad de recrear, una vez más, un límite sobre el cual afirmarse. Este límite es un límite del pensamiento, un rechazo a pensar, a examinar el derrumbe de un mundo del que una vez formó parte el socialismo democrático y la llamada “renovación”. Mientras se siga cautivo del embrujo de que “no hay alternativas” se seguirá pensando en que solo hay una única y buena izquierda: aquella incapaz de pensar fuera de la caja del capitalismo.


* Filósofa feminista.

[1] Susan Neiman, Izquierda no woke, trad. Victoria Gordo del Rey, Debate, 2024

[2] Brunner, “El derrumbe ideológico de las izquierdas: ¿Qué sigue ahora?, El libero(diciembre 31, 2025) https://ellibero.cl/columnas-de-opinion/el-derrumbe-ideologico-de-las-izquierdas-que-sigue-ahora/

[3] Brunner, “La izquierda de las belles lettres”, El libero, (enero 28, 2026) https://ellibero.cl/columnas-de-opinion/la-izquierda-de-las-belles-lettres/

[4] Alejandra Castillo, “Una conversación son Sofía Brito, Javier Agüero, Miguel Valderrama y Ernesto Orellana” en Palinodia Libros (diciembre 28, 2025) https://palinodialibros.wordpress.com/2025/12/28/alejandra-castillo-chile-un-pais-de-ultraderecha-una-conversacion-con-sofia-brito-javier-aguero-miguel-valderrama-y-ernesto-orellana/

[5] Brunner, “El derrumbe ideológico de las izquierdas”, El libero (diciembre 31, 2025)

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Javier Agüero Águila1

En un texto publicado en el medio El Líbero titulado “El derrumbe ideológico de las izquierdas: ¿qué sigue ahora?”, José Joaquín Brunner sostiene, a propósito del triunfo presidencial de José Antonio Kast, que “El reto es reconciliar a la izquierda con la sociedad actual. La derrota del 14-D debe desencadenar un proceso de reconstrucción del ideario de las izquierdas chilenas del siglo XXI” (https://brunner.cl/2026/01/la-izquierda-de-las-belles-lettres/)

Aquí aparecen dos palabras en las que, pienso, habría que detenerse: “reconciliar” y “reconstrucción”.

La palabra reconciliación fue uno de los dispositivos de lenguaje y prototipos eufemísticos más puramente transicionales (una “cacofonía menguante”). Fue una palabra farmacológica, medical, pasada por ácido y con una alta dosis de benzodiacepina; había que narcotizar a un pueblo completo que no terminaba de convencerse del novel formato democrático por más arcoíris que dibujaran las estrategias de Eugenio Tironi. Lo anterior, en el sentido que reconciliar al Chile de la Transición con su reciente pasado barbárico era mucho menos un asunto de convicciones de los antiguos “héroes” que entraban en la fase de descanso –recomiendo ver, puesto que es ilustrativo de lo que aquí se pretende decir, el cuadro del pintor cubano Rafael Soriano “El descanso del héroe”–, sino que mucho más la apertura de una brutal zona de Realpolitik en la que era necesario ecologizar a un país de sus pérdidas, de sus marcas impresas a modo de una escritura de muerte, de sus arcanos dolores; todo a la luz de un momento histórico que debía, penetrado por los enclaves autoritarios (M.A. Garretón dixit) y sin abandonar la pasión neoliberal por sobre todo, repactar con la oligarquía típica que daba un leve paso al costado en su contubernio con la órbita militar para travestirse en un perímetro donde lo político estaba subordinado a una Constitución espuria que ahora subalternizaba, de otra forma y con otros actores, exigiéndole a una parte de la sociedad (la dañada) entrar en un escandaloso sonambulismo de cara a la orgía de destrucción que venía de desplegarse.

La palabra reconciliación fue uno de los dispositivos de lenguaje y prototipos eufemísticos más puramente transicionales (una “cacofonía menguante”). Fue una palabra farmacológica, medical, pasada por ácido y con una alta dosis de benzodiacepina; había que narcotizar a un pueblo completo que no terminaba de convencerse del novel formato democrático por más arcoíris que dibujaran las estrategias de Eugenio Tironi. Lo anterior, en el sentido que reconciliar al Chile de la Transición con su reciente pasado barbárico era mucho menos un asunto de convicciones de los antiguos “héroes” que entraban en la fase de descanso –recomiendo ver, puesto que es ilustrativo de lo que aquí se pretende decir, el cuadro del pintor cubano Rafael Soriano “El descanso del héroe”–, sino que mucho más la apertura de una brutal zona de Realpolitik en la que era necesario ecologizar a un país de sus pérdidas, de sus marcas impresas a modo de una escritura de muerte, de sus arcanos dolores; todo a la luz de un momento histórico que debía, penetrado por los enclaves autoritarios (M.A. Garretón dixit) y sin abandonar la pasión neoliberal por sobre todo, repactar con la oligarquía típica que daba un leve paso al costado en su contubernio con la órbita militar para travestirse en un perímetro donde lo político estaba subordinado a una Constitución espuria que ahora subalternizaba, de otra forma y con otros actores, exigiéndole a una parte de la sociedad (la dañada) entrar en un escandaloso sonambulismo de cara a la orgía de destrucción que venía de desplegarse.

“Reconciliar” entonces no para mirar hacia al futuro, sino para exorcizar el pasado y habilitar los pórticos, se insiste, por donde pasara el hombre y la mujer repactantes y anfibios; preñados de neoliberalismo, guzmanismo y, al fin, del pinochetismo estucado con el rímel de nuevas instituciones que no se acomplejaban cuando de rendirle culto al tirano se trataba; todo activado desde un estado de vergüenza febril, pero a la vez consciente, en un país que celebraba las glorias de su nueva democracia regalándole a ese mismo tirano un lugar en el Senado de la república. Porque “reconciliar” significaba expandir el imaginario completo de una comunidad que regeneraba sus instituciones, sus objetos de coerción y los preceptos reorganizados al compás de la marcha fúnebre de la indexación al planeta de la transa, las amnistías (palabra que comparte raíz con “amnesia”), las leyes de punto final, etc. Estructura normativa igualmente espuria que nos recuperó en el confort del mercadeo y el vitrineo mientras la impunidad –otra institucionalidad pensada para la ocasión– planificaba su siguiente estratagema. Y en este punto, se cree, es central caer en cuenta que, tal como lo escribe Jacques Derrida: “La norma no es sino la buena consciencia de una amnesia” (Béliers. El diálogo ininterrumpido, 2003, 74); Jacques Derrida quien, por cierto, y entre otros, es muy citado por el profesor Brunner en su último texto “La izquierda de las Belles Lettres” al que ya haremos referencia, también aparecido en El Líbero hace un día.

Entonces ¿por qué Brunner retorna a la palabra “reconciliar”, para volver, parafraseándolo, a reunir a la izquierda con la sociedad actual?

Aquí es donde entra el otro verbo del que se sirve: “reconstruir”. Y se refiere puntualmente a la “[…] reconstrucción del ideario de la izquierda chilena del siglo XXI”. Entonces “las preguntas arden”, como escribía, de otro modo, Antonin Artaud: ¿Cuál izquierda? ¿La que él representa y que dijo que no votaría nunca por una mujer comunista? ¿Es esto posible? ¿Se trata, al fin, de una izquierda anticomunista? ¿O de una que en la ausencia de un horizonte utópico debe abdicar de cualquier convocatoria al comunismo porque éste, justo, representa el fin de todas las utopías arrasadas por los genocidios del siglo XX? Se trataría de ese modo de un nuevo ideario que se reconozca en su vocación fumigante de toda hermenéutica del tiempo y que se disemine por fuera de la reconstrucción funcional al sistema de enganche con los poderes clásicos, concertacionistas-derechistas, de los cuales Brunner mismo fue no solo miembro activo sino que artífice ¿Es el ideario perdido una suerte de coartada para retomar los “valores” fundantes de la Transición y su práctica condensada en los pactos concertacionistas para que, así, se revele el mantra, ahora en el contexto de un conservadurismo extremo, de la utopía extraviada de la izquierda?

En rigor el señor Brunner no está hablando de reconstrucción, sino de restauración y, en esta perspectiva, juega el juego peligroso de la posverdad, o de lo que se dado a llamar como tal; la posverdad como lo propio de un tiempo vaciado de sentido en el que no hay relatos con tendencia a la universalidad y que producen una órbita indecidible en donde todo puede ser dicho sin complejos; posverdad que no es lo irreal, sino una realidad lateral que alcanza amplísimos niveles de aceptación en la población, la misma que al interior del bosque denso y oscuro de un mundo donde no se despejan “verdades” para un sujeto que renunció a ser parte de cualquier dimensión común, pasa a ser materia de parábolas heterogéneas cuya característica es la de reproducirse sin horizonte utópico ni impulso emancipatorio, restringiendo la verdad y la mentira a un plano en el que no pueden ser discernibles la una de la otra; una región en la que se mimetizan dejando al individuo en una suerte de tierra de nadie donde se funde con la popularidad de un concepto fatuo (belle Lettres), anémico y que no le entrega más que respuestas inmediatas que erosionan su presente, obligándolo a buscar no la mentira ni la verdad, sino el suplemento que le dé un porqué a la desorientación de su existencia.

Aquí es donde se instala la crítica, extensa pero en extremo resbalosa – y apurada a mi modo de ver–  de Brunner a partir de su coqueto entramado de palabras: “La izquierda de las Belles Lettres”. Apurado, sostengo, porque sus categorías son posverdades o lugares comunes fuertemente densificados por intuiciones que pretenden ser emblemáticas sin respetar el oficio del sociólogo que debería, ante todo, ser cauto, pensar, describir, confrontar, en fin, antes de arriesgar una taxonomía tan definitiva. Primero reconoce una izquierda del Socialismo Democrático; después otra al que pertenecería el Frente Amplio y el Partido Comunista y, finalmente, aquella que  emerge “[…] desde el núcleo de los intelectuales de izquierda más allá de la izquierda institucional (literalmente, ultraizquierda)” (El Líbero, 28 de enero, 2026).

Es increíble el desenfado de la cartografía; la rapidez con que organiza los flujos interpretativos que, no obstante, no contienen nada; el vértigo de sus insinuaciones, etc. Y lo es porque practica el antiguo ejercicio de citar autores (Derrida, Agamben, Sartre, Marx entre otros –no advierto mujeres salvo Alejandra Castillo a quien utiliza para engrosar su argumento–) sin dar cuenta, sin detenerse un segundo con un mínimo de rigurosidad y honestidad intelectual, en lo que significa el pensamiento enorme de estos filósofos para generar una suerte de mantra que le permite escalar juicios y prejuicios sobre una “ultraizquierda” que, según su mirada, naufraga en el océano de la indeterminación sin “voluntad de poder”; escrituras y criaturas que le parecen sofisticadas pero inútiles; bellas, en un sentido irónico, en sus letras pero vacías de sentido real al momento de agenciar una acción política.

De esta manera, Brunner castiga a las nuevas generaciones que se han resistido a recuperarse y ser meros taladros del relato de la gran épica concertacionista; como si fuéramos vagabundos románticos nada más embaucados por la háptica de nuestras lectura y escrituras. Es una forma espléndida pero demasiado obvia de producir una borradura, destilar una obliteración y de lanzarnos a la galaxia de los ineptos que solo imaginan pero que son incapaces de metabolizar eso imaginal en un proyecto ¿Cuál es el suyo? Me pregunto a la luz de tanta máquina que nos pasa por encima para entronizar la idea de que únicamente somos bálsamo de letras, auspicio poético para una extrapolítica que no tiene, para él, “razón de ser”.

Es el juego y gesto que Brunner le hace al pensamiento conservador. Y más allá de que sea un intelectual que habrá que respetar, no por esto es aceptable el mosaico desmadrado de conceptos para impulsar la tachadura de escrituras alternativas. Él ve, en esto, una amenaza para el proyecto de una nueva izquierda –la misma que debería poder, al menos, decir de qué va y qué busca antes de sublimarse con esquemas in-soportables (sin soporte)–. También, en un movimiento de autoridad, indica cuál será, en el mundo de Kast, “la crítica autorizada” y cual no.

Quienes pagan costos no menores por estar fuera del “establishment oficial” (el mismo al que José Joaquín Brunner representa tan nítidamente con su tono de conspicua nobleza de lord inglés) no les queda más que persistir en lo que él desprecia, la imaginación y la promesa siempre porvenir de que nada está determinado y que todo lo que se apertura, a cada segundo, en cada estría acontecimental, es el fantasma de una escritura que, a pesar de su “bella escritura del prejuicio” (belle écriture du préjugé), no claudicará por más que “no tenga proyecto” y se entregue, una y otra vez, al inciso del imprescriptible devenir.

  1. Filósofo, CFI/Universidad de los Lagos

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Horas Brunner

Mauro Salazar Jaque*

          al pálido luto

Querría abrazar el debate crítico —esa fisura necesaria— que se desarrolla en un medio independiente en torno a la nota que José Joaquín Brunner publicó en El Libero: «La izquierda de las belles lettres». Sin restarme a ninguna observación crítica, abierto a los descargos más radicales, justos y coléricos, debo ser claro: pese a las tintas cargadas, ultraizquierdismo, la nota reseñada plantea cuestiones que no pueden ser eludidas por quien pretenda pensar la política con rigor.

En lo medular de su intervención provee una exigencia fundamental: la escritura que se demanda es la que se arriesga a ser audible, a comunicar sin las vestiduras del «narcisismo mesiánico», esas verdades elegidas que pretenden hablarnos desde la profecía. No se trata de un diagnóstico plano, sino de una intervención que traza —sin pretender acuerdos que no los hay, sin suturar lo que permanece abierto— una bifurcación clara: inteligencia o repliegue. Tampoco se trata, lo sabemos, de estar de acuerdo con las posiciones políticas del profesor Brunner. Con todo, es urgente cultivar un «repertorio verbal» capaz de traspasar los muros del agotado mapa universitario: un lenguaje que resuene en espacios ciudadanos, no solo en círculos de iniciados donde la teoría se vuelve fetiche.

La sugerencia del profesor Brunner es que toda «izquierda democrática» que pretenda serlo enfrenta desafíos mayores —grietas insalvables— que no pueden resolverse con las liras de la revuelta. Lo que demanda es claro: «respuestas políticas de solvencia analítica» y «vocación hegemónica». Una izquierda que busque legitimidad democrática no puede evitar la responsabilidad de comunicar con claridad, de tejer puentes —entre América Latina y Europa, entre tradiciones intelectuales dispares, entre lo que hereda y lo que quiebra— y ello exige una encomiable «ética del trabajo».

Hay que tomarle el peso a las tradiciones que el profesor Brunner representa. No solo aquella que América Latina reconoce, sino aquella que cultiva virtudes fundamentales del quehacer académico que suelen ser soslayadas por la lectura primaria de tiempo transicional. El prestigio intelectual no cae del cielo: se construye en seminarios densos, en lecturas obstinadas, en esa voluntad de quien se niega a la complacencia. Traducir, dialogar, mantener viva una tradición sin momificarla: ese es el costo de la inteligencia política. En tiempos de desgaste teórico, la «guerra de posiciones» no engendró sujeto político alguno. Necesitamos una genealogía que permanezca como legado de comprensión.

La generación que hoy piensa la política no puede eludir el «pluralismo hermenéutico» que las tradiciones intelectuales han cultivado, esa dispersión que rehúye los síncopes fáciles. Ello implica evitar una «izquierda provinciana» que se repliegue en sus propias certezas, que desdeñe los puentes construidos, y repensar una larga tarea sobre los espacios bajo la intensa amenaza autoritaria que se avecina en el país. Las diferencias legítimas en la construcción de una «izquierda democrática» deben gestionarse por la vía del diálogo y la sobriedad emocional, no por la vía del asedio sibilino.

Cabe meditar en el plano de las elaboraciones políticas las molestias que la nota ha suscitado. Si bien existen posiciones insalvables en el campo de la política chilena, la transición no puede ser homologada a leyenda negra. Lamento ciertos adjetivos en medios de derecha, dentro de un clima de alta enemización. Pero los lenguajes —las sensibilidades— deben leer el escenario global: los epistemicidios que lo recorren, esas destrucciones del saber que nadie nombra.

Pese a las diferencias radicales, justas y coléricas que atraviesan nuestro tiempo, ciertos contenidos del campo de la revuelta de octubre de 2019 merecen ser pensados con rigor, sin las liras que los envolvieron. Esa diferencia es política. No se trata de relativizar las críticas de Brunner, sino de insistir en que los contenidos de la revuelta no pueden ser desechados por sus formas endurecidas. Aquí reside el desafío: mantener la exigencia de solvencia analítica sin abandonar la vocación democrática que anima esos contenidos.

Ante la obviedad del converso, ante el cientista social adaptativo, ante esos acomodos cognitivos que traicionan el rigor —ya sea por conformismo o por sectarismo—, quedan dos caminos. De un lado, la advertencia de Dante: «Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis aquí»; de otro, el «vitalismo» que afirma, que crea, que multiplica potencias en la construcción democrática. Porque una «izquierda democrática» no tolera mediocres genuflexiones. Aquí no caben las permutas, y por las dudas, quien firma esta nota no condena la revuelta (2019), sino que profesa su afán. No hay concesiones en el orden de la convicción, ni tampoco zonas de silencio.

Por fin, una huella, en 1919, T. S. Eliot escribía: «La tradición no es una cosa que se recibe, sino que se gana con esfuerzo; encierra sentimiento de la historia, es un sentimiento de la historia en el que se une lo que está en el tiempo y aquello que trasciende al tiempo, y es lo que hace que el hombre sea tradicional».

* Doctor Universidad UFRO/Sapiensa

La obsoleta receta de José Joaquín Brunner

Lucas Schappacase[1]

El último día del año comenzó un debate por la responsabilidad del auge reaccionario encarnado en la futura presidencia de José Antonio Kast. Quien tiró la primera piedra fue el ex ministro José Joaquín Brunner, quien hoy sostiene una querella contra quienes él denomina la izquierda de las belles lettres, aquella que se encuentra más allá de los confines aceptables de la política de partidos, de los socialismos democráticos, los frentes amplios, y la familia comunista. Los acusados son intelectuales como Rodrigo Karmy y Alejandra Castillo, entre otros, a quienes se les acusa de haber deslegitimado a las instituciones que protegían a la política chilena contribuyendo inconscientemente a su auge1. Como antídoto a los efectos nocivos del ideario «ultra izquierdista», José Joaquín Brunner llama a perseverar en el proyecto democrático transicional como orientación para el futuro, lo que claramente es una ensoñación nostálgica del periodo en el que fue ministro.

Si buscamos contribuciones inconscientes al auge reaccionario podríamos encontrar bastantes entre los múltiples acomodos entre los gobiernos democráticos y los núcleos de poder (post)dictatorial.  Tomemos, por ejemplo, la vigencia de la ley 18.771 que exime a las Fuerzas Armadas de hacer entrega de su documentación oficial al Archivo Nacional, quedando exentas de poder ser controladas y rendir cuentas al poder civil. El régimen de impunidad y olvido que ha caracterizado la relación entre el Estado de Chile y sus graves violaciones a los derechos humanos, cometidos en dictadura y democracia, es consecuencia de las políticas de justicia transicional, la cual fue incapaz de realizar el proyecto de reconciliación que prometieron los gobiernos demócrata cristianos a principios de los noventa. En cambio, la continuidad de la impunidad y la arbitrariedad del poder que se ejerce sobre quienes no son considerados parte del «consenso democrático», como es la población mapuche, en un inacabado estado de excepción, ha servido como infraestructura política del nuevo rostro de la reacción.

Lo que Brunner no parece entender, después de más de media década, es que los millones que salieron a protestar durante las jornadas de 2019 lo hicieron, no sólo contra la figura de Piñera o el fantasma de Pinochet, sino también contra la insatisfacción y malestar de vivir en una democracia impotente.

¿Cómo entender el regreso de la reacción en el contexto de los discursos y anhelos expresados durante la revuelta? Esta es una pregunta que se repite constantemente desde la derrota de la Convención Constituyente en 2022.  Brunner culpa a la «ultra izquierda de las bellas letras» de haber saboteado el proceso, quitándole el piso al proyecto del nuevo gobierno. Brunner olvida completamente a quienes apostaron por la Convención y perdieron. La apuesta de la Convención no la hizo ni Karmy, ni Castillo, sino que fue Gabriel Boric quien se sentó a negociar en el parlamento, para perder estrepitosamente luego siendo ya presidente de Chile. Ese fracaso hace que su gobierno termine adoptando las políticas más conservadoras de las facciones concertacionistas, las mismas que Boric criticaba cuando era dirigente estudiantil.

Irónicamente, el gesto de Boric el 15 de noviembre fue una repetición de la negociación concertacionista con la dictadura, poniendo en práctica el pragmatismo neoliberal del ex ministro Brunner. Esto sólo se fue reforzando a medida que las esperanzas de transformación de muchos quienes creyeron en el proyecto de Apruebo Dignidad fueron chocando con el mezquino gradualismo al centro del ideario progresista.

Fue esta repetición de un discurso progresista más obsoleto para abordar las realidades políticas chilenas lo que dio espacio para la fermentación de discursos reaccionarios. La normalización estructural del olvido, la impunidad, y la arbitrariedad, de la mano de una economía mediática capturada por grandes capitales internacionales o grupos cómplices de la dictadura, son factores mucho más significativos para el crecimiento político de Kast que las publicaciones de intelectuales de izquierda lejanos de los aparatos partidarios tradicionales.

Es la obsolescencia del horizonte político de estos aparatos partidarios, y la de sus intelectuales orgánicos como el ex ministro, lo que ha permitido al movimiento reaccionario hacerse con el poder ejecutivo. En este momento crucial, en que sólo tenemos de referencia lo que ocurre en Argentina y EEUU para hacernos una idea de lo que será la presidencia Kast, es cuando la izquierda debería estar reformulando sus estrategias para enfrentar un presente nuevo, dejando de repetir fórmulas de un pasado idealizado e intentando atisbar respuestas a preguntas del hoy y mañana.

[1] Historiador

  1. véase https://brunner.cl/2026/01/la-izquierda-de-las-belles-lettres/ ↩︎

¿Sobrevive la izquierda al agotamiento de la revolución?

Sergio Rojas *, 3 de febrero de 2026

“Solo la izquierda mantiene la creencia

de que todos pueden vivir bien, vivir libres,

vivir juntos; un sueño cuyo abandono se expresa

 en el dominio de la razón neoliberal”

Wendy Brown: El pueblo sin atributos (2016)

La pregunta “¿por qué perdió la izquierda?” no es simplemente el reverso de la cuestión “¿por qué ganó la derecha?”. El asunto no puede abordarse sin ensayar una reflexión acerca qué puede significar “izquierda” hoy. Por estos días todavía comenzamos hablando de votos depositados en las urnas, pero la cuestión de fondo tiene que ver más bien con idearios, con imaginarios culturales e ideológicos a partir de lo cual los partidos políticos pudieran haber sido especialmente gravitantes. Pero, más allá de acuerdos, declaraciones a la prensa y pactos electorales, los partidos no han sido ideológicamente importantes.

De lo que no cabe ninguna duda es que la pregunta por lo que sea la izquierda en el presente exige ir más allá -o más acá- de intentar señalar a los supuestos responsables de haber perdido la reciente elección presidencial, da lugar a complejos análisis y debates conceptuales. Esto se debe a que cuando se trata de la izquierda, lo que nunca deja de estar en juego es la relación misma entre pensamiento y realidad. Me refiero a que la cuestión de fondo no es por qué la izquierda no llega al electorado, sino cómo es que no logra dar cuenta de la realidad, como si los hechos mismos fuesen hoy refractarios a las categorías que históricamente exigían prestar atención y detenerse en el discurso de izquierda. Cuando se plantea hoy, con tono de evidencia, que la izquierda debe “dejar atrás” la hipoteca conceptual que cargaba de realidad su pensamiento en el siglo pasado, ¿qué es lo que se quiere decir? Se subrayan ideas tales como hegemonía, conciencia de clase, revolución, pueblo, entre otras. Es decir, se trataría para la izquierda de dejar atrás cualquier noción que nos remita teóricamente a su raigambre marxista. Claro, es un hecho que el estalinismo, los gulags, las dictaduras comunistas hicieron del camino hacia la “sociedad sin clases” una siniestra historia policial de autoritarismos de Estado. Pero más allá de los “socialismos reales”, la izquierda siempre consistió en una interpretación de la historia. Entonces hoy, en el tiempo de los algoritmos, de las encuestas, de las RR.SS., de Instagram y del consumismo, ¿dónde se encuentra esa historia por interpretar para dar con un lugar?

Ha sido esencial a la izquierda la comprensión de la realidad como una totalidad en movimiento, de la que el mismo pensamiento es parte (he aquí el sentido de la dialéctica, un concepto caído en desuso fuera de la academia). En cualquier caso, la realidad se entendía como siendo internamente cambiante, estando su movimiento condicionado por el desarrollo de los medios de producción material de la vida. Estos han sido, por ejemplo, el arado, la máquina a vapor, la Revolución Industrial, y hoy, más recientemente, tendríamos que considerar la informática y la Inteligencia Artificial. Se entendía que la organización política de la sociedad en estamentos y clases se establecía en correspondencia con aquella infraestructura material que la hace funcionar. En este sentido, el capitalismo no es simplemente una ideología, sino una abstracta realidad que da cuenta precisamente del momento en que los medios se constituyen en el motor de la sociedad. Según Alberto Garzón, en su reciente libro La guerra por la energía (2026), el capitalismo propiamente tal se inicia “en el momento a partir del cual las decisiones sobre qué producir ya no dependen de la simple voluntad de ningún actor específico, sino de una institución abstracta como es el mercado, que obliga a todos los actores a comportarse de una determinada manera bajo la amenaza de ser destruido si opera de otro modo”. Desde esta perspectiva, en lo medular el capitalismo no consiste en una teoría económica o política, sino que es una realidad histórica cuya necesidad interna de desarrollo la destina alcanzar el tamaño del mundo.

Se entiendo entonces por qué ha sido inherente a la izquierda el “pensamiento de izquierda”, pues su tarea crítica fundamental ha sido desnaturalizar órdenes de subordinación y formas de violencia estructural. En lo esencial, la izquierda no se confronta coyunturalmente con “la burguesía” (un malentendido que el filósofo húngaro Georg Lukács denominaba “izquierdismo”), sino con la sociedad de clases. De aquí lo irrenunciable de un proyecto revolucionario, por cuanto la única transformación real sería aquella que comprometiese estructuralmente a la totalidad.

El ideario de la izquierda se despliega en función de la idea de igualdad. A diferencia de lo que sería una metafísica de la igualdad -como principio universal del pensamiento ilustrado- la izquierda considera la igualdad en su proceso concreto e histórico de realización como un efecto necesario del desarrollo de los medios de producción material de la vida. El camino hacia la sociedad sin clases es el capitalismo. En su célebre ensayo El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo tardío (1992), Fredric Jameson escribe: “Debemos, en cierto modo, llevar nuestro pensamiento hasta el punto en que podamos comprender que el capitalismo es, al mismo tiempo y en el mismo sentido, lo mejor y lo peor que le ha sucedido a la especie humana. El inveterado olvido de este imperativo dialéctico, y su conversión en esa posición mucho más confortable que consiste en limitarse a emitir proposiciones morales es demasiado humano; pero la urgencia de la cuestión exige que hagamos un esfuerzo para pensar dialécticamente la evolución cultural del capitalismo avanzado, al mismo tiempo, como catastrófica y como progresista”. En este sentido, a partir de determinado momento, necesariamente las relaciones instituidas de sometimiento y subalternidad comienzan a operar como contención del proceso de emancipación que se genera con el desarrollo del propio capitalismo.

Regresemos a la pregunta con que iniciamos estas notas: ¿por qué pierde la izquierda? En la dirección de lo que aquí vengo sugiriendo, la cuestión de fondo sería: ¿por qué la igualdad no es hoy un principio que convoque a las mayorías? Parece, en efecto, haber sido desplazado por el fenómeno del individualismo, cuyo ideario -si lo hubiese- se deja resumir en el valor supremo de la libertad. ¿Cómo llegan a oponerse entre sí las ideas de libertad e igualdad? Esto se corresponde con la burda oposición entre mercado y Estado.

Ha sido esencial a la izquierda no solo atender al sufrimiento, el dolor, las carencias de las clases estructuralmente subordinadas, sino también señalar el escándalo de que la satisfacción y el bienestar de un sector de la población se sostenga sobre el sacrificio de otro sector de la sociedad. Históricamente los seres humanos se vinculan en relaciones de colaboración, de asociación, pero también de competencia y de enfrentamiento, es decir, se trata de relaciones animadas por intereses, necesidades, cálculos y expectativas. En 1960 Sartre escribe en su Crítica de la razón dialéctica: “si la historia se me escapa, la razón no es que yo no la haga, la razón es que la hace el otro también”. Este es el contexto de lo que fue la consabida lucha por la hegemonía. Durante el gobierno de la Unidad Popular las brigadas muralistas comprendían su tarea bajo el imperativo de contribuir en el proceso de “crear hegemonía”. Ahora bien, ¿qué sucede si de pronto el conflicto ya no se deja comprender conforme a una estatura humana de valores, esperanzas y ambiciones? Es lo que sucede cuando las credenciales técnicas de admisión de los individuos en una realidad que parece des-historizada por la aceleración son meritocracia, emprendimiento, destrezas de competitividad. El predominio de la técnica en la actualidad, que se expresa en el desarrollo de la energía nuclear, la inteligencia militar, la informatización digital de la cotidianeidad, el impacto impredecible de la Inteligencia Artificial, ¿termina acaso por cancelar todo protagonismo propiamente humano, poniendo en cuestión lo que pueda quedar de historicidad en nuestras representaciones del devenir?

Fue irrenunciable al pensamiento de izquierda la tesis de que la clase trabajadora no solo era objeto de explotación e injusticias, sino que, debido precisamente al hecho de ser como clase el concreto sostén de la producción y desarrollo material de la sociedad, era también el agente histórico del cambio, el sujeto de la revolución. Históricamente la perspectiva desde la izquierda sobre los problemas estructurales de la sociedad de clases había sido revolucionaria, siendo el sujeto de esta la clase trabajadora, comprendida como sujeto universal en cuanto que el capitalismo en la que tiene su origen se desarrolla por definición en un proceso de totalización. La clase trabajadora sería el sujeto histórico universal en la misma medida en que el capitalismo en su fase expansiva debía coincidir finalmente con los límites del planeta. ¿Sobrevive la izquierda al agotamiento de ese “sujeto universal”?

El primer borrador constitucional, desenlace de la revuelta de octubre del 2019 y rechazado abrumadoramente en el plebiscito del 4 de septiembre de 2022, ¿fue un documento de izquierda? Desde mi perspectiva no cabe duda de que lo fue. Esa derrota es la que ha de darse a pensar hoy, por sobre la evaluación electoralista de la reciente elección presidencial. Esa fue la derrota de la izquierda, y lo que ha sucedido después son los ecos de aquello. Más allá de lo que se declaraba en la letra, el espíritu de ese borrador (subrayo esta condición) era ponerlo todo en discusión, hacer que el país ingresara en un período de intensa reflexión y discusión de cuestiones que eran y son fundamentales para nuestra convivencia. Tal como venía, lo que allí había fue la expresión de algo políticamente inviable: la necesidad de una transformación estructural de la sociedad, allí donde las demandas materiales se hacían una con las demandas culturales. Nuestro presente, bajo su línea de flotación, contiene esa imposibilidad. Entre las autocríticas se destacan aquellas que hablan de políticas de la identidad y pensamiento woke. El historiador Eric Hobsbawm señaló en una ocasión que las políticas de la identidad contradecían la condición esencialmente universal que debía tener el sujeto histórico para la izquierda. Por cierto, hacer ver estas “contradicciones” no allana las diferencias, sino que inaugura exigentes procesos de reflexión e investigación. Una reciente lectura diagnostica la necesidad de una “tercera izquierda”, de carácter tecnológica-humanista como síntesis de superación de las otras “dos izquierdas” -material y cultural (aunque separar una izquierda material de otra cultural -acaso la política respecto a la academia- parece más bien desarmar el interno coeficiente reflexivo de la izquierda). La noción de una “tercera izquierda” plantea la necesidad de “asegurar que la humanidad siga siendo sujeto de su propio futuro” frente al poder de las nuevas tecnologías. La propuesta se agota en enunciar el problema en términos humanistas, definiendo lo que sería una misión histórica: “evitar que la humanidad se vuelva irrelevante”, pero no avanza más allá de describir lo impensable de semejante tarea. En La ola que viene (2023) Mustafá Suleyman anuncia como una catástrofe la transformación global que producirá la Inteligencia Artificial, debido justamente a que es imposible anticipar sus efectos en cada una de las dimensiones de la existencia humana.

Hoy la realidad de una izquierda revolucionaria -como sea que se entienda este poderoso adjetivo- parece corresponder al siglo pasado. Dos variables han transformado radicalmente la situación. Primero, las nuevas tecnologías, que producen una realidad en que los medios desplazan a los fines. Siempre se pensó que el lugar el futuro era el mañana, es decir, el presente es -o era- el tiempo donde se imaginaba y se disputaba la construcción de un futuro deseado. Ahora, en cambio, escuchamos por doquier que “el futuro comienza ahora”, lo que implica que solo existirían el pasado y el futuro… ¿dónde quedó esa “tierra firme” que era el presente de las luchas por el cambio? Segundo, la denominada variable cultural, donde a las luchas por la igualdad y la libertad se suman ahora las luchas por el reconocimiento. Cuando cunde un ánimo de cuestionamiento de las instituciones de todo tipo, las políticas de la identidad pueden ser “banderas culturales” de la izquierda; sin embargo, existe al interior de ellas una compleja diferencia entre el activismo propiamente tal y, por otra parte, una rica y compleja producción teórica a la que es necesario prestar atención. Tengo especialmente presentes el pensamiento ecológico y la teoría de género.

Reconocer prioridad a los problemas básicos de la población -trabajo, salud, vivienda, educación-, garantizar la correcta administración de la justicia, cuidar el medioambiente, atender al patrimonio y la memoria histórica, entre otros asuntos de máxima relevancia, no le conciernen especialmente a lo que sería un “humanismo” de izquierda. En efecto, en el presente es de sentido común asumir que el bienestar de unos no puede ser a costa del malestar de otros, que hoy cuando los seres humanos suman más de 8 mil millones de individuos habitan imaginarios distintos, que esta cosa esférica que es el planeta no puede ser objeto de una infinita explotación de recursos. Es un error pensar que esto último, por ejemplo, sea “una causa de la izquierda”. No es necesario discutir filosóficamente la idea de progreso para aceptar que, como señala Alberto Garzón, “existen límites materiales, y en particular energéticos, a la hora de construir sociedades”. Tampoco viene de alguna convicción “de izquierda” cuestionar el derecho que una nación se pueda arrogar de apropiarse de los recursos del planeta para su particular provecho utilizando su poderío militar en un ejercicio imperial.

Ser de izquierda es creer en la potencia emancipadora de la historia, a partir del momento en que el motor de esta es el poder de transformar la realidad de manera irreversible, inaugurando futuros inéditos, haciendo de la existencia humana una fuente inagotable de originalidad. De aquí que desde la izquierda se expresa siempre no solo una voluntad de cambios profundos, sino también el propósito de pensar “a la altura de los tiempos”, de dejarse instruir por la realidad, pero no para subordinarse a esta. La izquierda implica siempre una apuesta, un coeficiente utópico, pues lo imposible no se encuentra en algún futuro que apenas se alcanza a imaginar, sino bajo el suelo del presente, custodiado por regímenes de prohibición que actúan sobre la imaginación.

Santiago de Chile, 01 de febrero de 2026

*Filósofo

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