Comparten una misma imposibilidad: imaginar un futuro que sí se nos viene encima.

José Joaquín Brunner, 27 de Febrero de 2026
Vivimos un tiempo extraño: discutimos el futuro con categorías del pasado. La política se ha vuelto un combate entre memorias, no entre proyectos. La izquierda, golpeada por la muerte de sus grandes promesas, se refugia en una nostalgia peculiar: no añora lo que fue, sino lo que pudo haber sido. Una sociedad sin clases, igualitaria y laboriosa, aparece como un futuro idealizado que hoy apenas funciona como consuelo. La administración que en estos días concluye vivió suspendida de lo que pudo ser; una nueva Constitución. Pero no fue. Corre el riesgo, por lo mismo, de terminar sin dejar rastro de futuro.
Mas, el clima post utópico no es un síntoma puramente progresista. La derecha vive su propia versión: la restauración. No es la melancolía por un sueño caído en desgracia, sino el deseo de revivir un pasado idealizado, ordenado y moral. Un mundo, sin embargo, innombrable —porque nombrarlo obliga a asumir los costos— en el que la democracia era “protegida”, el conflicto social era sospechoso y la crítica se leía como desorden.
El anhelo del presente apunta a la recuperación de un orden autoritario: familia y tradición en el centro, seguridad y vigilancia panópticas, roles jerárquicos claros, cada persona y cada clase social “en su lugar”. Y, junto con este ideal, una promesa económica: un Estado al servicio de los “animal spirits” liberados para acelerar los mercados y elevar la productividad. Restaurar sería, entonces, volver a cuando la política no interrumpía la economía y la sociedad no interfería en la autoridad.
Nostalgia y restauración comparten una misma imposibilidad: imaginar un futuro que sí se nos viene encima. Ambas se alimentan del temor —miedo al torbellino del presente (¡la modernidad!), a la incertidumbre que genera la democracia, a la revolución permanente que genera un capitalismo schumpeteriano—. Y, a cambio, ofrecen salidas emocionales: la ilusión de un futuro reflejado en el retrovisor o la seguridad de un estado excepcional metamorfoseado en una emergencia permanente. En esta confusión de los tiempos, a las puertas de nuestros infiernos locales, somos invitados a abandonar cualquier esperanza.
La pregunta incómoda es qué hacer con ese doble repliegue. Si las izquierdas quieren dejar de administrar la nostalgia, necesitan restaurar una utopía concreta; un futuro posible en un mundo que parece girar fuera de su órbita, atraído hacia dos polos negativos: MAGA de Trump y la Ruta de la Seda de Xi. Por su parte, si las derechas pretenden ser algo más que restauración (¡esa complicidad pasiva!), deben aceptar que los conflictos del pluralismo y la diversidad no son mero desorden, sino la condición de ser de la modernidad.
Es el futuro que no logramos imaginar el que nos empuja hacia el pasado: para reinventar lo que no fue o para traer al presente lo que nunca debió ocurrir.
Pero huelga preguntarse si ambos imaginarios no esquivan, con sus respectivas idealizaciones, un caos efectivo a la base: la inmanejable política hoy localizada en el Congreso. El futuo que es un escape hacia el pasado le acomoda más a la derecha porque restablece un supuesto orden perdido. Con esto le basta a ella para situarse al mando del buque, mientras que para la izquierda la ausencia de un futuro se traduce en nostalgia derrotista. Pero todo ello no se debe solo a la imposibilidad de imaginar un futuro, también a la imposibilidad de construir cualquier futuro, incluso el más mínimo. Como intelectual público, y sabiendo que usted ha abogado por la reforma política, creo que no debe perderse oportunidad de recordar su necesidad. Eso añadiría yo a su columna, que como siempre o casi siempre, se nutre de un ansia de futuro entendida de acuerdo al patrón modernizador. Hoy ha estado usted merodeando cuestiones de fondo que podrían poner en cuestión ese marco conceptual, pero no ha calado lo suficientemente hondo porque ello lleva tiempo y porque usted no duda de ese marco. Está bien, usted no es filósofo y no tiene por qué serlo. Así es que me remito a lo que le decía: insistamos en la reforma política.
Gracias, Pedro R., y excusas por la respuesta tardía de agradecimiento por su reflexión, que comparto en la cuestión central: la impresión necesidad de una reforma política que permita a nuestro sistema de decisión de Estado alcanzar mayor efectividad en los tres poderes, Saludo cordial, JJBrunner
Y, a cambio, ofrecen salidas emocionales: la ilusión de un futuro reflejado en el retrovisor o la seguridad de un estado excepcional metamorfoseado en una emergencia permanente. En esta confusión de los tiempos, a las puertas de nuestros infiernos locales, somos invitados a abandonar cualquier esperanza.
No entiendo la mirada por el retrovisor ? Quien va en el vehículo ? Porque mirará siempre hacía atrás ? A Fidel ? A Pinochet ? No se entiende sorry
Lo lamento, mi estimado. En el retrovisor aún está la imagen de que hay la posibilidad de hacer revoluciones “leninistas”, “fidelistas” o “chavistas” , por un lado, y, por el otro, la imagen de orden, seguridad y control completo que los “cómplices pasivos” ven aparecer a la sombra del trumpismo y la posibilidad de una “democracia protegida”. A veces la no comprensión de ideas relativamente simples se debe a escasa comprensión lectora que afecta a la población según muestran las pruebas nacionales e internacionales. No es su caso, estimado. ¿entonces qué le dificulta entender las imágenes en el espectro revisor entre nostalgia y restauración? ¿Será la velocidad con que avanza la sociedad chilena hacia la confusión?
Cordial saludo,
JJB