Ausencia de agenda
Enero 15, 2023

Logo El Mercurio  15 de enero de 2023

Ausencia de una agenda

En Chile tenemos un abigarrado debate sobre educación. Es multiforme, cubre una variedad de temas y aspectos, y en él participan diferentes actores. Toca de cerca a la sociedad, la economía, la política y la cultura.  Abarca procesos que se extienden a lo largo de la vida; desde el jardín infantil a la educación continua.

No es raro, por lo mismo, que los debates educacionales se vuelvan a ratos babélicos; esto es, confusos, ininteligibles. Ello se acentúa con la mezcla de pasiones, ideologías, creencias, tradiciones, valores, ideales pedagógicos e intereses que aquí se hallan en juego.

Todo esto es normal en sociedades pluralistas-democráticas, podría argüirse. Pero en el caso chileno, a lo largo de dos siglos, adopta el carácter de verdaderas batallas culturales. Las discusiones del primer y segundo centenario de la república así lo manifiestan.

También el último medio siglo está repleto de combates: la ENU; la sujeción del aparato educacional a la dictadura; su recuperación inicial en democracia; sucesivas conflagraciones entre lo estatal y lo privado; la lucha cien veces reiniciada contra la desigualdad educacional; la continua querella del derecho y la libertad de educación; la disputa por la gratuidad; la hostilidad entre partidarios y enemigos de la medición de resultados y la rendición de cuentas.

Hoy seguimos atrapados en esas discusiones divisorias. Basta mirar el mapa de las contiendas recientes: magnitud de los daños causados por la pandemia; polarización de puntajes en la PAES; virtudes y defectos del SAE, sistema de admisión escolar; violencia en liceos emblemáticos; admisibilidad de colegios bicentenario; querella en torno a la desmunicipalización y los servicios locales; crisis de la profesión docente; ausentismo y deserción escolar; embrollo del financiamiento de la educación terciaria; esmirriada inversión en investigación.

A esto se agregan cuestiones de próxima generación: innovaciones pedagógicas disruptivas; transformación digital; renovación de la autoridad docente; replanteamientos curriculares de fondo; saturación de flujos informativos; diversidad cultural y la cuestión—tan antigua como nueva—de educación y democracia.

Este real alud de debates complejos e interrelacionados exige una gestión de alto nivel—de información, conocimiento, destrezas técnicas y capacidades políticas—para evitar que nos sepulte o nos mantenga en estado de guerra permanente. Tal papel le cabe a la gobernanza del sistema.

Esta no se reduce al gobierno y el MINEDUC, aunque sin duda son piezas esenciales. En efecto, junto con otras agencias públicas se hallan a cargo de las definiciones curriculares, la supervisión y el aseguramiento de la calidad de los distintos niveles y de la coordinación y regulación sistémicas.

Además, ambos articulan la gobernanza con las demás instancias, organismos y actores que forman parte de ella: sostenedores y corporaciones escolares, agrupaciones de universidades e instituciones de educación superior, gremios del magisterio, partidos políticos y movimientos sociales, mundo estudiantil,  organizaciones no gubernamentales y fundaciones privadas, empresariado, iglesias y otras asociaciones comprometidas con la educación y su desarrollo.

Se trata, por consiguiente, de una forma de multigobernanza que comprende variados subsistemas, actores,  asuntos y autonomías, cada uno de los cuales participa en red para contribuir a la conducción y orientación del sistema educacional en su conjunto. Es un entramado de instituciones, dispositivos y acciones que se despliega desde el Estado a la sociedad civil y viceversa, generando una esfera que guía y dirige un sistema educacional caracterizado por su naturaleza mixta, estatal y no estatal a la vez, público y descentralizado.

Podemos preguntarnos entonces, a la luz de la experiencia del año que recién terminó, ¿qué evaluación cabe hacer de la gobernanza de la educación en general y de su núcleo político—gobierno y MINEDUC—en particular?

En su ordenamiento más general, la gobernanza educacional aparece dispersa y desarticulada. Se halla atravesada por debates polarizados y carece de una agenda común. Esto impide compartir una visión de futuro y establecer coordinaciones mayores; por ejemplo,  para abordar problemas de alta complejidad como el daño profundo causado por la pandemia a los procesos de enseñanza y aprendizaje.

En parte, este cuadro deficitario se debe a que el propio núcleo—gobierno y MINEDUC—no actúan  como un auténtico centro orientador, articulador y coordinador de la gobernanza. De hecho, el Presidente está prácticamente ausente del sector. No transmite una visión estratégica ni una prioridad que pudiera encaminar y reforzar la acción del MINEDUC.

A su turno, este último carece de una propuesta que, con base en un diagnóstico robusto, genere un consenso de gobernanza y sirva para encauzar los debates y movilizar la atención y la energía social de los actores hacia un objetivo común. No comunica liderazgo, por tanto, ni tampoco una agenda sectorial que interpele a la esfera de conducción en su conjunto y abra un cauce para la acción colectiva en red.

El propio Ministro, cuya trayectoria y talante anticipaban una conducción más próxima  a las realidades cotidianas del sistema, con foco en las prácticas pedagógicas de los colegios, se distrajo rápidamente. Me temo que se quedó sin un relato que inspire al sistema y sin una hoja de ruta con objetivos y prioridades concretas para el trienio que resta a la administración Boric.

Justo cuando tiene frente a sí el verdadero cataclismo provocado por la pandemia, en vez de concentrar allí todas las capacidades, habilidades, instrumentos y recursos del ministerio y el gobierno, se deja llevar por la corriente de los debates y su acción se desvanece en medio del ruido de las escaramuzas.

Sin embargo, todavía hay tiempo para que el MINEDUC y el gobierno tracen un camino realista para la gobernanza del sistema. Solo necesitarían proponer un plan que concertadamente impulse la acción colectiva frente al desastre causado por la pandemia.Y con ello se ordenaría también el debate. Para eso tendrían un apoyo amplio en la sociedad.

 

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