Chile, una loca geografía electoral
Diciembre 16, 2021
Publicado el 16 diciembre, 2021

José Joaquín Brunner: Chile, una loca geografía electoral

Las antiguas dicotomías, pilares del mapa mental del siglo XX, están mudando o desapareciendo rápidamente.
José Joaquín BrunnerAcadémico UDP, ex ministro, 16 de diciembre de 2022

“Porque esta es la verdad y el sabor de Chile: un mismo hombre reaccionando frente a ‘países’ diversos que son Chile y que no lo son, ya que, instintivamente, ponemos el acento nacional en uno de ellos, y según sea el que elegimos como padrón, aparece un Chile diverso y susceptible de las más variadas combinaciones. En realidad, hay tantos ‘Chiles’ como chilenos repartidos por su vasto territorio”. -Benjamín Subercaseaux, Chile o una Loca Geografía (1946, p. 263).

Treinta años

Uno de los resultados más llamativos de las transformaciones experimentadas por Chile durante los últimos 30 años es la aparición de una nueva geografía político-electoral e ideológica, que aún no termina por asentarse.

Por lo pronto, el propio léxico que usamos para describir el terreno donde se asienta la polis —nuestro país político— se ha vuelto inestable. Andamos a la caza de palabras y conceptos que nos permitan nombrar y entender los diferentes campos de fuerza y las fuerzas que en ellos disputan el poder. Las antiguas dicotomías —derecha/izquierda, burguesía/proletariado, fascismo/comunismo, estatal/privado, reformista/revolucionario, conservador/liberal y así por delante—, pilares del mapa mental del siglo XX, están mudando o desapareciendo rápidamente.

Hoy hablamos, más bien, de fachos pobres y ricos; de sectores, capas y estratos en vez de clases sociales; de fuerzas constituyentes y destituyentes; de lo líquida que se ha vuelto la realidad social y de cómo fluye en diversas direcciones, sin que haya forma de hacer vaticinios o adelantar resultados electorales.

Más se habla de revoluciones tecnológicas e industriales que de aquellas otras de carácter épico, como la revolución soviética que, justamente hace treinta años, colapsó junto con el imperio de hierro al que había dado nacimiento. Y el año 2022 se cumplirán treinta años también desde la publicación del famoso libro de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia, donde sostenía que, junto con la victoriosa universalización de la democracia liberal occidental, la humanidad había alcanzado el punto final de su evolución ideológica, consagrando a aquella como la forma culminante de gobierno de la sociedad humana. Como está de moda decir: Fukuyama no vio venir a China ni el peso ascendente de los Asian values; tampoco a las democracias iliberales de Occidente ni a aquellas otras fallidas de varias partes del ‘tercer mundo’; ni vio tampoco levantarse la luna nueva y la estrella frente a la cultura popular norteamericana.

Entre tanto, durante los mismos treinta años, nuestro mapa mental de la política cambiaba rápidamente, a nivel profundo de las estructuras de la vida colectiva —transformación productiva, apertura económica a los circuitos globales, reducción de la pobreza masiva, masificación de los consumos capitalistas cotidianos, cuasi universalización de la educación superior, cambio en los patrones de comportamiento moral, secularización de la cultura junto con el surgimiento de nuevas corrientes religiosas, conciencia medioambiental— y, también en la superficie, a nivel de estilos de vida y del trato social, de los signos de status y la circulación de las mercancías, de los paisajes urbanos y el turismo popular.

Impulsada por esos cambios, también la cartografía nacional se desplazó desde la descripción de la tierra hacia los mapas sociales y de los ‘territorios’ (espacio-tiempo habitado por el poder y la memoria; lugar material y simbólico a la vez), mapas del delito, de los pueblos y las culturas, de trayectorias de lucha, de riesgos, de itinerarios generacionales, etc. En fin, mapas de comunidades imaginadas, de monumentos que encarnan historias e inflaman las pasiones, de relatos y discursos, de términos más usados y tribus urbanas, de valores y nuevas rutas.

Dicho en breve, los treinta años pasados —en Chile, desde el retorno a la democracia hasta su actual crisis de gobernabilidad; en el mundo, desde el derrumbe soviético hasta la segunda venida del imperio chino— crearon para nosotros una nueva geografía de fuerzas y expectativas, identidades y conflictos, mentalidades y valores, que hoy se expresan en inciertos balances y grandes incógnitas.

Interseccionalidades

Efectivamente, todo se ha vuelto más complejo. Nuestra sociedad se halla cada vez más diferenciada a la vez que más interdependiente, con campos de actividad y roles que se sobrelapan, con valores entrecruzados que se contaminan mutuamente (política y dinero, elecciones y espectáculo, familia y empresas), creándose zonas de polución ética, con estratificaciones y segmentaciones que reflejan la constante lucha de personas y grupos por distinguirse unos de otros y, simultáneamente, de comunicarse y acercarse.

Todo tiende a moverse hacia lo ‘inter’; es decir, hacia aquello que se sitúa ‘entre’, o ‘entre medio’ o ‘entre varios’. Así, se dice que la democracia se debilita porque fallan las ‘intermediaciones’ y, con ello, la representación de los de abajo (pueblo) por los de arriba (elites). Las redes sociales se habrían convertido en el espacio privilegiado para las nuevas formas de ‘interacción’. Frente a los excesos de la especialización, las universidades fomentan la ‘interdisciplina’. Y los mercados, según muestra Max Weber, son comunidades de relaciones prácticas —las más impersonales en que las personas pueden entrar— orientadas exclusivamente por el ‘intercambio’ de mercancías.

De todos los ‘inter’, el que más interés despierta ahora, y que resulta también de las transformaciones de nuestros últimos 30 años y la aguda conciencia de las dominaciones y exclusiones que fueron reproduciéndose o surgieron durante este tiempo, es aquel que en el nuevo léxico político-intelectual se denomina ‘interseccionalidad’.

Según Wikipedia, que proporciona el patrón oro del sistema léxico posmoderno, haciendo posible el consumo masivo de sus significados (como la Encyclopédie lo hizo para la Ilustración moderna), la ‘interseccionalidad’ muestra “que las conceptualizaciones clásicas de opresión en la sociedad —como el racismo, el colorismo, el adultismo, el sexismo, el capacitismo (prejuicio social contra las personas con discapacidad), la homofobia, la transfobia, la xenofobia y todos los prejuicios basados en la intolerancia— no actúan de manera independiente, sino que estas formas de exclusión están interrelacionadas, creando un sistema de opresión que refleja la intersección de múltiples formas de discriminación”.

Una manera de entender las transformaciones de la sociedad chilena resultantes de 30 años de integración a las corrientes de la modernidad y el capitalismo global, es precisamente a través de  esas inter-secciones (puntos de encuentro, entrecruces, elementos comunes entre dos o más conjuntos). Y no solo desde el lado de las dominaciones y exclusiones sino, también, de las múltiples nuevas inter-secciones entre agrupaciones humanas, modos de producción e inserción en la división del trabajo, participación en asociaciones de cualquier tipo, trayectorias educacionales, consumo de bienes tangibles e intangibles, interacciones a través de las redes sociales, expectativas que acompañan a diversos roles, renovadas desigualdades, explotaciones y abusos. En fin, inter-seccionalidades entre las más variadas finitudes sociales y aperturas hacia nuevas posibilidades que el capitalismo crea y destruye al mismo tiempo.

Desbordes ideológicos

El mapa electoral que hemos visto moverse y mutar con cada elección durante el presente año, nos enfrenta ahora —rodeados de  incertidumbres— al último acto de este ciclo electoral. No solo por estar en juego la más alta investidura del campo político chileno, la Presidencia de la República, sino porque, además, hay otros procesos que interactúan con la carrera presidencial, cargándola con un conjunto adicional de incertidumbre y significados potenciales.

Hemos analizado esta especial clase de incertidumbre—por sobrecarga histórica de procesos concurrentes—en otros  momentos: renovación del cuadro completo de elites (políticaeconómicaprofesionalmediática); recomposición ideológica de los partidos y bloques (de derecha e izquierda); crisis de gobernabilidadestallido social del 18-O, cuyos ecos son, a su vez, objeto de una verdadera batalla ideológica de apropiaciones y expropiaciones.

Últimamente Rodrigo Karmy Bolton, por ejemplo, retrata—desde la cátedra radical—al octubrismo chileno como “una intensidad o una potencia, si se quiere, de carácter ‘destituyente’ y, por tanto, creativa. Conjuntamente, destituyó al fantasma Pinochet, expresando dicho gesto en el derrumbe de monumentos en los que se superponían conquistadores españoles y próceres chilenos –todos “conquistadores”, de alguna u otra forma”. De esta manera, hiperbólicamente, inscribe el estallido en un arco que liga los desordenados conflictos de nuestro presente con toda la historia de opresiones desde la conquista hasta el 18-O, arco sobre el cual instala la figura fantasmática de Pinochet, oscuro objeto de temor y deseo.

Efectivamente, en el enrevesado mapa mental de la polis que habitamos, hecho en buena medida de deseos y temores imaginarios, la actual contienda electoral adquiere dimensiones épicas, que atraviesan la memoria casi entera del short twentieth century, como llamó el historiador inglés Hobsbawm al siglo que termina y culminó con la disolución de la URSS. Así, unos arremeten contra el fascismo, que encarnan en Kast, mientras otros se lanzan frontalmente contra el comunismo, personificado por Boric, nuestro Lenin local. Si no fuera porque estas metáforas descarriadas, anacrónicas, sirven para intoxicar la comunicación política y suelen llevar a comportamientos irracionales, podrían ser descartadas como parodias o simplemente tonteras. 

Mientras tanto, las y los habitantes de la polis participan desde la calle o sus hogares, en oficinas y plazas, centros comerciales y deportivos, con sus amistades y colegas de trabajo, en una cotidianidad compartida en la cual no aparecen por ningún lado ni bandas fascistas ni soviets de trabajadores, campesinos y soldados. No hay ni el fragor de los rojos ni la movilización de las camisas pardas.

Puesta en escena del mapa

En cambio, en los próximos días entraremos al verano chileno y ya hace dos años que venimos navegando por un estrecho cauce institucional con su intenso pero bien ordenado ciclo electoral, previsto por el bloque noviembrista (del 15-N) aunque no aceptado completamente todavía por el sentimiento octubrista.

Los resultados de este ciclo han sido contradictorios, al menos si se analizan  a la luz de las coordenadas geográficas convencionales. La debacle de la derecha en las elecciones de gobernadores y miembros de la Convención Constitucional (CC) como la llamó Patricio Navia en su momento, fue compensada posteriormente por los favorables resultados de este sector en las elecciones de diputados y senadores y en la primera vuelta presidencial ganada por Kast en noviembre pasado.

Contra todas las previsiones y desembarazándose de la fatídica sombra que proyecta su propio impopular gobierno, la derecha disputa la presidencia de la República con las fuerzas unidas de oposición que, hace sólo unos meses, se suponía se impondrían arrolladoramente, tal como había ocurrido con ocasión del plebiscito de entrada al proceso constituyente del 25-O de 2020.

Por su lado, los partidos tradicionales de centro izquierda, esto es, la ex Concertación con algunos nuevos afluentes, han perdido gran parte de su influencia electoral. De cara a la elección del domingo próximo se encuentran desprovistos de candidata/o, programa, liderazgos e influencia. Conservan todavía unas cuotas menguantes de poder en municipios, regiones y en el Parlamento, pero son una minoría dentro de la CC donde—para incidir, aunque sea subordinadamente—están obligados a plegarse a la mayoría administrada por el FA.

En efecto, el FA ha pasado a liderar el espacio de las izquierdas, en una alianza a ratos incómoda con el PC para la carrera presidencial, pero no en la CC, donde ambos conglomerados mantienen una sorda pugna por la conducción político-intelectual de esta instancia, igual como ocurre con la modulación programática de cara al electorado que Boric espera atraer a las urnas el próximo domingo. Como sea, el FA, sin detentar —ni mucho menos— la hegemonía del espacio de las izquierdas, sin embargo ha ganado margen de maniobra e influencia ideológica dentro del nuevo mapa mental de la política chilena. Por el contrario, su enraizamiento en los territorios (geográfico-simbólicos) y, por ende, sus redes de poder local son débiles todavía, a pesar de haberse incrementado con algunas alcaldías urbanas y marginalmente en el Congreso.

El PC, aliado del FA hacia la izquierda, ocupa en este nuevo mapa una posición incongruente. Por un lado, perdió su opción presidencial con su precandidato Jadue frente a un contendiente al que subestimó. Por otro lado, el peso relativo del PC en esta geografía variable se amplía y contrae según las alzas y bajas del octubrismo, cuya mística busca monopolizar, por ejemplo, en la CC en virtud de su alianza con la ex Lista del Pueblo y con los representantes de los pueblos originarios.

Adicionalmente, el PC se halla atrapado dentro de las coordenadas del viejo mapa, como si una cortina de hierro todavía lo separase del presente (típicamente, por ejemplo, el saludo de pésame por la muerte en 2011 del camarada Kim Jong Il y, más recientemente, la declaración de respaldo al camarada Daniel Ortega por su ‘victoria’ presidencial en Nicaragua, en unas elecciones que el mismo Boric se apresuró a calificar como fraudulentas, línea que luego debió seguir la plana mayor del PC).

En perspectiva de un potencial nuevo gobierno, el PC busca posicionarse también frente al FA como la representación política del octubrismo bajo la consigna—ya antes empleada—de entrar con un pie a La Moneda y mantener el otro en la calle. A este posicionamiento obedecen declaraciones como la del ex-precandidato presidencial Jadue, al advertir que “el día en que Gabriel se tuerza un milímetro de la línea del programa, me van a tener a mí primero en la línea de denuncia y cobrándosela para defender los compromisos que estamos honrando”. Esta ambigüedad estratégico-táctica del PC estimula a su vez al FA a buscar apoyos en la ex Nueva Mayoría, especialmente el PS pero, de ser necesario, lo hará también con lo que resta del PPD y el PR. Más difícil resultará el acercamiento con el PDC, pero no imposible, como desde ya ocurre bajo la consigna de ‘todos contra la amenaza fascista’. Tales son las enrevesadas lógicas de acción y reacción dentro de la actual dislocada geografía política chilena.

Masa marginal

Existe además dentro, pero a la vez fuera del mapa, una extensión de terra ignota —tierra desconocida— representada por una gran zona gris donde habita aquella parte del pueblo soberano, la mitad de él para ser exactos, que no vota ni se manifiesta dentro del contrato político del Estado. Sin embargo, forma parte de él como pueblo incógnito, en el exacto significado segundo de este término según la RAE: “situación de un personaje público que actúa como persona privada”.

En efecto, esta parte del Soberano, sin salir a la superficie del fenómeno público donde se establece la legitimidad electoral de las autoridades y se sostiene —como sobre una frágil línea imaginaria— la confianza en las instituciones, actúa, en cambio, como una masa de personas privadas; por ende, sin participar en el rito colectivo más decisivo de la voluntad soberana. Por el contrario, su vida multitudinaria se despliega, toda ella, dentro de los circuitos cotidianos del hogar, el trabajo, el consumo, la comunicación de masas y los servicios que (precariamente) le presta el Estado. Estamos aquí frente a la posibilidad de una noción completamente nueva de masa marginal, noción que en un contexto completamente distinto acuñó el sociólogo argentino José Nun, en 1969, inicialmente para nombrar a los habitantes de “los asentamientos urbanos periféricos (villas miseria, callampas, favelas, rancheríos) que proliferaron sobre todo a partir de la segunda posguerra”.

En cambio, se podría pensar que esta otra masa marginal —aquella asentada en el no-voto, la periferia de la ciudadanía, el lado mudo de la soberanía— se sitúa fuera de las normas establecidas por la polis; es decir, se enajena respecto de la esfera política, mientras conserva unas modalidades interseccionales de integración/exclusión respecto de las demás esferas de valor de la sociedad capitalista. De allí cabría esperar, por lo mismo, una conciencia política esencialmente anómica, cosa que por ahora solo es posible hipotetizar pues está subestudiada y, por lo mismo, permanece en tierra desconocida.

La pregunta de si estas muchedumbres públicamente mudas pueden llegar a tener autonomía política e iniciativa propia, no parece encontrar una respuesta positiva al interior de los círculos intelectuales de izquierda. Más bien, ellas aparecen, sociológicamente hablando, como colectivos altamente individualizados, con una abigarrada implantación en el mundo del trabajo y los circuitos del consumo y, agrego yo, parecen padecer una suerte de enajenación anómica respecto de la esfera política de la sociedad. Como señala lapidariamente un autor, la muchedumbre “pierde su dimensión explosiva y conflictiva en lo político cuando pasa por los senderos de los centros comerciales, haciendo que el paseante angustiado —aspirante a consumidor— sea un triste remedo del ciudadano”.

Ejercicio cartográfico

En cambio, quienes sí votan, la otra mitad (activa) del Soberano, muestra algunos rasgos novedosos en la reciente elección parlamentaria y de primera vuelta presidencial; por ejemplo, la división geográfica del voto entre ‘parisismo’ en el norte, ‘boricismo’ en el centro y ‘kastismo’ en el sur; el clivaje urbano/rural, de género y las brechas generacionales; las diferencias socio-educacionales del voto y el nulo impacto del octubrismo en beneficio del candidato de la extrema izquierda ‘proletaria’.

Son todas señales de un nuevo mapa que se halla en movimiento, sin que se conozcan aún, a ciencia cierta, los efectos de otros factores, tales como el influjo de los liderazgos locales y regionales; el rol de la comunicación a través de las redes sociales; el papel condicionte de las creencias religiosas; la incidencia de la agenda de orden y seguridad; la influencia que retienen las burocracias partidarias en los territorios y, en general, los efectos de los procesos de individuación y autonomización de las personas, otro resultado de las transformaciones educativos-culturales de los últimos 30 años. Efectivamente, una parte en aumento de la población ha pasado de ser dirigida por la tradición y el peso de la noche a ser autodirigida (por mayor información y educación), o bien, a conducirse por el ejemplo de otros en sus comunidades locales o grupos de referencia que se volvieron más visibles durante la larga resistencia al Covid.

Por último, la dificultad para explicar el origen de la votación obtenida por Parisi y, en menor medida, por  ME-O, ratifica que estamos ante una geografía electoral llena de incógnitas. Sobre todo el caso del candidato virtual que obtuvo cerca de un millón de votos resultó una completa sorpresa. Radicado en los EEUU, con el estigma de estar acusado ante los tribunales —por no pago de pensiones alimenticias— y transmitiendo un simple discurso del tipo “nos haremos cargo de los problemas de la gente” bien calibrado para diferentes audiencias, nadie previó que podía convertirse, por su caudal de electores, en un ‘hacedor de presidente’. Por una semana, los candidatos discutieron estratagemas para conseguir sus favores.

Pero, ¿quienes son esos votantes que ahora, en el balotaje, aparecen como un factor dirimente en el camino de los candidatos finalistas en la carrera hacia el poder? Se habla, inconsistentemente, de unos votantes moderados y enojados, meritocráticos y transaccionales, pequeño burgueses y populares, tolerantes y anti-inmigrantes, comunitarios e individualistas, preocupados del propio bolsillo y clientelares, muchedumbre alienada y aspirantes a integrarse en la fila de honor.

¿Puede obtenerse un mejor resumen de las transformaciones experimentadas por la sociedad  chilena que el ofrecido por este atado de contradicciones que representan las aspiraciones ascendentes y los temores descendentes de ciertas capas sociales de los estratos  medios, medio bajos y bajos no-pobres? ¿No están representadas allí, justamente, todas las interseccionalidades de la integración y la exclusión y de la valorización y desvalorización de los capitales educacionales, culturales, sociales y económicos? ¿Acaso no es esta otra expresión más de la recomposición de fuerzas que se halla en curso en la sociedad chilena, sin encontrar todavía un equilibrio entre expectativas y satisfacciones y una ideología que se mueve en tensión entre el rechazo y el orden y entre el individualismo adquisitivo y la solidaridad comunitaria?

¿Y no es todo esto, en fin, parte de nuestra loca geografía social cuyo mapa político está recién comenzando a dibujarse y mostrará el próximo domingo una nueva —pero no final—  configuración?

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