Instituto Nacional: Cuando el primer foco de luz comenzó a apagarse
Junio 17, 2019

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Carlos Said y Eduardo a Ortega, 16 junio 2019

El viernes, los estudiantes del Instituto Nacional se volvieron a tomar el liceo. Llevan siete semanas de movilizaciones, exigiendo cambios a la malla curricular, un nuevo modelo de financiamiento para los colegios y el “freno a la criminalización” del movimiento estudiantil, además de exigir mejoras internas, como la reparación de la infraestructura.

Más allá de la discusión sobre las demandas, la imagen de este liceo emblemático tomado, del “primer foco de luz de la nación” – como reza su himno- sin clases, se viene repitiendo desde 2005, cuando los escolares ocuparon su edificio por primera vez desde el retorno a la democracia. Entonces, se convertiría en un referente para el movimiento estudiantil y las protestas que se sucederían desde 2006 hasta ahora.

El problema es que ser la punta de lanza de las reivindicaciones sociales también le pasó la cuenta al Instituto Nacional. Solo entre 2016 y mediados de 2018 los escolares perdieron 42 días de clases. Y en 2016, el colegio perdió la subvención de excelencia académica, la que logró recuperar el año pasado.

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El impacto también se observa en los resultados académicos, como en las pruebas Simce. En 2018, los alumnos de 2° medio obtuvieron 269 puntos en el test de Lectura, 70 puntos menos que en 2010. Y en Matemática, lograron 335 puntos el año pasado, 27 menos que en 2010.

Y tampoco han ayudado los hechos de violencia que han ocurrido en las últimas semanas, protagonizados por encapuchados que han lanzado hasta 70 bombas molotov diarias desde el edificio. En esos desórdenes, incluso se llegó a rociar con bencina al rector.

Todo ello derivó en el quiebre de la comunidad. La semana pasada, el colegio citó a una reunión de apoderados, donde los profesores admitieron que tienen una salida y pidieron a las familias conversarla con sus hijos. “No sabemos qué hacer, es difícil tener una solución”, dijo Jacqueline Namuncura, madre de un joven de 3° medio. Y lo mismo creen los tres centros de padres que conviven dentro del colegio, los que surgieron del mismo fraccionamiento que se produjo en los últimos años.

La caída

Durante la historia chilena, el Instituto Nacional José Miguel Carrera, de 205 años, fue reconocido como un bastión de la educación chilena, acaso el más prestigioso de los liceos públicos. Y en esa suerte de palmarés que presumen se formó a 18 presidentes de la República, además de numerosos ministros de Estado y, también, premios nacionales de Literatura, Periodismo, Arquitectura y Arte, entre otros.

Los alumnos del Instituto Nacional, formados en el patio. Foto de 1989.

¿En qué momento se “apagó” el primer foco de luz? Si bien el Instituto Nacional sigue siendo un referente de la educación pública, como en la reciente discusión que dieron para admitir a niñas en el colegio, lo que se concretará en los próximos años, quienes pasaron por sus aulas creen que el problema se generó en los últimos cuatro períodos municipales, que corresponden a los de Raúl Alcaíno, Pablo Zalaquett, Carolina Tohá y Felipe Alessandri, cuyas gestiones, quizás sin buscarlo, minaron el sentido de autoridad dentro del plantel.

—Cuando llegó la alcaldesa Tohá, tuvo una política de diálogo con los jóvenes, cerrándoles la puerta a los rectores —recuerda Jorge Toro, quien fue rector entre 2008 y 2013—. Los alumnos decidían las cosas y nombró un grupo de abogados para defenderlos. Entonces, estaban muy empoderados. Y llegó un momento en que a los alumnos nadie los frenaba.

A su juicio, los hechos violentos del último tiempo son muy distintos al espíritu de rebeldía que atraviesa los 205 años de historia del liceo: “A los jóvenes les gusta luchar, y el día en que no lo hagan, no serían jóvenes. Pero tirar bombas molotov, querer rociarle bencina al rector, es otra cosa. En 2011 pusieron temas como la calidad y el lucro, pero ¿qué piden ahora? No tienen grandes proyectos. Quizás se sienten engañados por los políticos, les creo que estén frustrados, pero acá hay grupos extremos”.

Julio Isamit, hoy jefe de gabinete del ministro Gonzalo Blumel, fue en 2006 el presidente del Centro de Estudiantes del liceo, uno de los que lideraron la “Revolución Pingüina”. Y reconoce que hubo un hito que marcó la caída del colegio, que fue el constante recambio de los rectores, de parte de los alcaldes, como solución ante los conflictos.

—El respeto a la autoridad en el colegio se perdió cuando los alcaldes empezaron a cambiar a los rectores, siendo que lo que correspondía era apoyarlos y no quitarles el piso. Eso pasó en muchas administraciones —piensa Isamit.

De hecho, el último rector que tuvo una gestión larga fue Sergio Riquelme, quien estuvo 14 años, hasta 2004. Los siguientes tres rectores duraron cuatro, cinco y un año en el cargo, respectivamente. Y el actual rector, Fernando Soto, lleva cinco años en el puesto.

Pero Isamit también identifica un factor externo, que habría incidido en la pérdida de interés en el Instituto Nacional, con la consiguiente caída en las postulaciones: “Ahora el Instituto tiene más competencia, porque están los liceos Bicentenario y los estudiantes de zonas populares tienen otras buenas alternativas. Entonces, el Instituto tiene también una competencia externa”, explica.

A la izquierda -en el centro- Sergio Bitar; a la derecha, Carlos Ominami en su época de “institutano”.

Carlos Ominami, exministro, cree que el escenario de su colegio “es una tragedia” y teme que “esté cercano al punto de no retorno”. Pero, a su parecer, la crisis se remonta a los 80.

—La dictadura municipalizó la enseñanza pública y le hizo harto daño al Instituto, aunque no logró destruirlo. Pero la Municipalidad de Santiago no está en condiciones de administrar un colegio como este. Y durante la transición, desgraciadamente, tampoco se logró paliar los daños que había sufrido y siguió en un proceso de decadencia.

Sergio Bitar, también exministro , comparte esa opinión:

—Desde el momento en que la dictadura municipalizó y privatizó, preservar la visibilidad y la calidad de un grupo de colegios tradicionales públicos de niños y niñas es de una responsabilidad política mayor, y esto no está ocurriendo hoy día. Además, meter al Instituto Nacional en el proceso de municipalización hizo que también fuera mirado como un colegio más. Tampoco hubo financiamiento: hubo una suerte de subvaloración de la importancia de la educación pública.

Y otro exministro, Ricardo Solari, apunta a una innecesaria “masificación”:

—Cuando volví a visitar el colegio, a principios de los 90, había problemas fuertes de deterioro de la infraestructura y había una cantidad de cursos por nivel que hacía muy complejo el poder gestionar la rectoría en los distintos espacios de formación académica. Este proceso de masificación, incluyendo la municipalización, generó las bases de una cierta dificultad.

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Toma del Instituto Nacional, realizada en agosto de 1972.

El futuro

El economista Sergio Urzúa, también exalumno, cree que “esto es el resultado del desdén hacia la excelencia y el mérito en las últimas administraciones de alcaldes”. ¿Qué se puede hacer? “Soy pesimista sobre el futuro del establecimiento, porque esto no tiene una solución sencilla ni rápida”, advierte.

Urzúa ha analizado la situación del Instituto Nacional junto al filósofo Arturo Fontaine. Este último cree que hay otros factores que también influyeron en la crisis, como la aplicación del ranking de notas en el sistema de admisión universitario, que “discrimina sistemáticamente en contra de los liceos de alto nivel académico”. Y otro ingrediente, añade Fontaine, es “la estigmatización a la selección académica y, por tanto, al Instituto Nacional. La Ley de Inclusión consagró el estigma y privilegió el azar en oposición al mérito académico en la admisión a los colegios”.

Para el académico José Joaquín Brunner, el drama que atraviesa el “foco de luz” tiene factores internos, como los paros, la violencia, la pérdida de rigor y las fallas de gobernabilidad, pero también causas externas, como la pérdida de atractivo de la educación pública y la preferencia por “colegios públicos, pero de gestión privada”.

Ante esto, añade Brunner, los sectores sociopolíticos y culturales que se identificaban con el Instituto lo abandonaron y se han vuelto “en contra de su carácter histórico: su alta exigencia académica, la selectividad por méritos, el agrupar a estudiantes destacados y resilientes, el actuar como canal de movilidad social y servir para la formación de élites”.

Pese a esta crisis que asuela al liceo emblemático, los exalumnos insisten en la necesidad de buscar una solución para encender nuevamente el foco. Según Bitar, el Instituto Nacional “era un símbolo de la calidad de la educación chilena, no solo de la educación pública. Y, además, tenía un sentido republicano, de preocupación por el país, de responsabilidad por lo colectivo, que hoy también hace falta”.

Alumnos jugando fútbol en el patio, 1977.

Y Solari agrega:

—Para mis padres no había otra opción, nunca pensaron que nosotros íbamos a estudiar en un lugar distinto del Instituto Nacional. Nos hacía diferentes la historia, que era motivo de mucho orgullo: el primer liceo, el foco de luz, tanto vínculo con la República. Y te da orgullo también el hecho de que ahí han egresado y sigue egresando gente que luego ha cumplido funciones en distintos lugares que tienen que ver con el progreso del país. En el gobierno de Aylwin, por ejemplo, muchos eran institutanos.

 

 

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