Pablo Torche: selección académica
Enero 23, 2019

Captura de pantalla 2016-10-13 a las 11.10.26 a.m.La selección escolar es efectiva para un país que no queremos construir

por Pablo Torche

22 de enero de 2019

El sistema educacional que reclama la sociedad actual es uno completamente distinto, que tienda a un país más integrado, donde todos tengan acceso a los beneficios del desarrollo, no solo unos pocos que logran ingresar a una especie de “elite”. Un sistema que nivele efectivamente hacia arriba, no uno que, para beneficiar a unos pocos, debe sacrificar a otros muchos. Lo mejor que podemos hacer para lograrlo es seguir avanzando en esa línea, no dejarnos enceguecer por voladores de luces que plantean que, a través de la segregación, vamos a llegar más rápido, pues ese camino solo nos conduce a un objetivo que no queremos alcanzar.

Veamos las dos caras de la moneda. Imaginemos por un lado a un alumno vulnerable, inserto en un sector de alto riesgo social, pero que le va relativamente bien en los estudios, es responsable, ordenado, “mateo”. A esto se suma una familia que valora la educación, lo incentiva a estudiar y tiene altas expectativas sobre su futuro. Tiene, en suma, lo que se ha dado en llamar –un poco siúticamente– “mérito”, un concepto en el que confluyen dos elementos muy distintos: por un lado, las competencias cognitivas y hábitos de estudio y, por otro, las expectativas y motivación de la familia.

Imaginemos en contrapartida a otro alumno. No es tan bueno para los estudios, le cuestan algunas materias. Para hacer el caso más claro, tampoco tiene los mejores hábitos, es desordenado, impaciente, distraído y, por qué no decirlo, un poco flojo. Para no exagerar, no vamos a decir que pertenece a una familia con problemas graves de alcoholismo, violencia intrafamiliar, vinculada al tráfico de drogas o a la delincuencia (aunque sería probable), pero sí algo más dramático: sus padres no tienen muchas expectativas respecto de sus capacidades ni de su futuro. Lo consideran un “porro”, un bueno para nada, y se lo dicen abiertamente, desde chico. Son de esos padres que dan por descontado que su hijo jamás llegará a la universidad. En consecuencia, este segundo niño tiene mala autoestima (un problema grave, que ha sido soslayado en este debate) de manera que, en vez de sacar el mejor partido de las capacidades que tiene, estas se ven empequeñecidas por culpa de un autoconcepto que lo lastra, lo limita. Es un niño literalmente “vulnerable”: vulnerable a la falta de oportunidades, a las malas juntas, a la ausencia de expectativas.

Frente a estos dos niños recién descritos, la pregunta que se plantea a partir del recientemente enviado proyecto de admisión escolar es la siguiente: ¿qué tipo de sistema educativo es más justo? ¿Uno que favorezca las opciones del primer niño (el aventajado) para que desarrolle al máximo su potencial, o uno que resguarde sobre todo las opciones (ya difíciles) del segundo, para que no recaiga en una marginalidad incluso más dura? En términos más concretos aún, refiriéndose en específico a la política de los liceos de excelencia, ¿qué es lo más conveniente? ¿Un tipo de liceos que agrupe a los(as) niño(as) que reúnan las características del primero, con el fin de potenciar su desarrollo, o bien uno donde convivan estudiantes aventajados y estudiantes con dificultades, donde se encuentren, en la misma sala, estudiantes con altas expectativas con aquellos otros que se sienten buenos para nada?

La selección en liceos de excelencia se basa en un modelo que puede haber hecho sentido hace algunas décadas, cuando el país asumía una elite profesional muy pequeña, y capas muy grandes de la población que simplemente permanecían al margen del desarrollo. Pero hoy el país ha cambiado por completo, y las expectativas de acceso y participación se han extendido a capas muy amplias de la población (lo que los políticos llaman las “clases medias”). Los liceos selectivos, que se ofrecen como una promesa de movilidad social, terminarán transformándose en una traición a estas nuevas clases medias, que obviamente es mucho más amplia que los 50 o 100 mil cupos que podrán ofrecer estos liceos.

Desde un punto de vista puramente individual, ambas opciones resultan atendibles. Si es efectivo que aquellos estudiantes más aventajados pueden desarrollar mejor sus capacidades en ambientes más homogéneos, entonces puede ser conveniente desarrollar centros educativos especialmente diseñados para ellos. Pero si también es efectivo que la educación de los estudiantes más rezagados se ve perjudicada con la ausencia de alumnos más talentosos (el famoso “descreme”, que transforma algunos establecimientos en verdaderos guetos de pobreza), entonces también parece injusto que, para beneficiar a los primeros, haya que perjudicar a los segundos. ¿Qué opción hay que tomar? ¿A quién privilegiar?

Planteado así, la única solución posible a este problema parece ser de carácter matemático. La respuesta correcta consistiría en buscar la mejor ecuación para beneficiar al mayor grupo de alumnos “aventajados”, y perjudicar a un grupo lo más reducido posible, de estudiantes con dificultades. El desafío sería determinar el número óptimo de liceo de excelencia que es necesario construir. ¿Un puñado para todo el país (como es en la actualidad)? ¿Uno por comuna (que es, más o menos, lo que propone el gobierno)?

Una solución distinta puede surgir adoptando una perspectiva social, no solo individual, del problema. Indudablemente, la educación cumple un rol individual, esto es, se orienta a desarrollar el máximo potencial de cada individuo, pero este es solo parte de su rol, no el único. La educación también cumple un rol social, que es esencial a su sentido. Es desde una perspectiva social que cada sistema educativo determina los saberes y valores que vale la pena transmitir a las nuevas generaciones, y es también una mirada social la que justifica promover la convivencia, el respeto a la diversidad, la integración social. Prioridades educativas muy actuales como el cuidado del medioambiente, la participación democrática o la solidaridad, no tienen, en rigor, ningún sentido pensando desde una perspectiva puramente individual. Son prioridades que el sistema educativo adopta en virtud del rol social que cumple, que es fundamental. Es sin duda una mirada muy ramplona, a la larga peligrosa, la que busca organizar el sistema educativo desde una perspectiva puramente individual.

Pensar la educación desde su rol social, consiste fundamentalmente en preguntarse qué tipo de sociedad queremos construir, y cómo el sistema educativo vincula el legítimo desarrollo de las habilidades personales de cada quien, con los valores y principios que son relevantes para la sociedad.

Desde este punto de vista, la selección de los(as) niños(as) más aventajados(as), para agruparlos en ciertos establecimientos escogidos, resulta a todas luces problemática. Puede ser “eficiente” para desarrollar al máximo las capacidades de algunos, pero a la larga derivará inevitablemente en una sociedad aún más estratificada aún, donde el apoyo y la promoción que reciben los niños se define a partir de una identificación muy temprana de su “potencial”.

La selección educativa puede resultar atractiva para algunos, en un país signado por el individualismo a ultranza, donde el único objetivo parece ser maximizar el beneficio personal, en desmedro de los demás. Pero va sin duda a contracorriente de la sociedad que queremos construir, más integrada y más justa, donde las aspiraciones de todos tienen cabida, no solo de unos pocos.

La selección en liceos de excelencia se basa en un modelo que puede haber hecho sentido hace algunas décadas, cuando el país asumía una elite profesional muy pequeña, y capas muy grandes de la población que simplemente permanecían al margen del desarrollo. Pero hoy el país ha cambiado por completo, y las expectativas de acceso y participación se han extendido a capas muy amplias de la población (lo que los políticos llaman las “clases medias”). Los liceos selectivos, que se ofrecen como una promesa de movilidad social, terminarán transformándose en una traición a estas nuevas clases medias, que obviamente es mucho más amplia que los 50 o 100 mil cupos que podrán ofrecer estos liceos.

Desde un punto de vista estrictamente educativo, las perspectivas tampoco son positivas. En primer lugar, se profundizará el temido “descreme”, donde los liceos ubicados en sectores vulnerables se verán aún más precarizados con el éxodo de sus alumnos destacados. A la pérdida del “efecto par” (que puede ayudar a tirar para arriba a los alumnos con dificultades), se sumará la natural baja de expectativas, que afectará al conjunto del establecimiento. Si ya resulta difícil motivar e integrar a los estudiantes de entornos vulnerables, ahora, con la sombra de un liceo selectivo a la vuelta de la esquina, la sensación de exclusión y desánimo será aún más difícil de contrarrestar. A la larga, la proliferación de liceos de excelencia tenderá inevitablemente a un sistema escolar de primera y otro de segunda categoría.

Los resultados tampoco serían mucho más auspiciosos en la vereda de los liceos selectivos. La homogeneización de estudiante aventajados en centros educativos segregados tendrá un efecto “burbuja”, que tampoco es ideal para la preparación para los entornos diversos y plurales que caracterizan el mundo de hoy. A la promesa espuria de que solo por estar en dicho liceo se accederá a una especie de elite, se sumará también un inevitable sesgo academicista. Los liceos de excelencia tenderán a la formación de alumnos un poco unidimensionales, habituados a convivir solo con gente parecida, y educados (desde su misma selección) en torno a una idea de éxito desde una perspectiva solo individual.

El sistema educacional que reclama la sociedad actual es uno completamente distinto, que tienda a un país más integrado, donde todos tengan acceso a los beneficios del desarrollo, no solo unos pocos que logran ingresar a una especie de “elite”. Un sistema que nivele efectivamente hacia arriba, no uno que, para beneficiar a unos pocos, debe sacrificar a otros muchos. Lo mejor que podemos hacer para lograrlo es seguir avanzando en esa línea, no dejarnos enceguecer por voladores de luces que plantean que, a través de la segregación, vamos a llegar más rápido, pues ese camino solo nos conduce a un objetivo que no queremos alcanzar.

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