Sobre la reforma propuesta para la universidad pública española
Febrero 23, 2013

El pasado viernes 15 de febrero se hizo público un Informe que la Comisión de Expertos nombrada por el ministro de educación José Ignacio Wert, ha realizado de cara a la Reforma del Sistema Universitario Español que pretende impulsar el Partido Popular. Junto al Informe, se ha publicado una Addenda con dos votos particulares disconformes con algunos aspectos de aquel.

 

La Comisión de Expertos para la Reforma del Sistema Universitario Español entrega el documento con sus propuestas al Ministro José Ignacio Wert

15 de febrero de 2013

Nota de Prensa, Ministerio de Educación, 15 de febrero de 2013

http://www.mecd.gob.es/prensa-mecd/actualidad/2013/02/20130215-comision-expertos.html

Ver imagen en alta resolución. .

La Comisión de Expertos para la Reforma del Sistema Universitario Español ha hecho entrega al Ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert de un documento de “Propuestas para la reforma y mejora de la calidad y eficiencia del sistema universitario español” en el que se recogen las conclusiones del grupo de trabajo.

La Comisión de Expertos fue nombrada, por Acuerdo del Consejo de Ministros el pasado 13 de abril de 2012, a propuesta del Ministro.

El documento de “Propuestas para la reforma y mejora de la calidad y eficiencia del sistema universitario español” ha sido suscrito por la totalidad de los miembros de la Comisión que han participado en la misma hasta la conclusión de sus trabajos (dos de sus miembros: el profesor Barberá y la profesora Chuliá causaron baja en el grupo de trabajo, por razones personales, hace unos meses).

El profesor Alzaga y la profesora Urrea, con independencia de haber firmado el informe en su conjunto, han suscrito una adenda con reservas sobre dos de los capítulos del informe, los atinentes a la selección del profesorado y a la gobernanza de las universidades.

El Ministro y su equipo se han reunido con los comisionados a quienes han agradecido su desinteresado esfuerzo a lo largo de estos meses. El Ministro ha subrayado que los trabajos realizados serán objeto de un cuidadoso análisis y un amplio debate en el seno de la comunidad universitaria en la línea que se señalaba en el Acuerdo de Consejo de Ministros que dio origen a esta Comisión.

Los miembros de la Comisión de Expertos para la Reforma del Sistema Universitario Español que han elaborado y firmado este informe son:

Presidenta:

María Teresa Miras-Portugal, Catedrática de Bioquímica y Biología Molecular Universidad Complutense de Madrid. Académica de la Real Academia de Farmacia.

Vocales:

Óscar Alzaga Villaamil, Catedrático de Derecho Constitucional, Profesor Emérito de la Universidad Nacional de Educación a Distancia.

José Adolfo de Azcárraga Feliu, Catedrático de Física Teórica e IFIC (CSIC-UVEG), Profesor Emérito de la Universidad de Valencia.

José Campmany Francoy, Catedrático de Teoría de la Señal y Comunicaciones y Director de iTEAM, Universidad Politécnica de Valencia.

Luis Garicano Gabilondo, Catedrático de Economía y Estrategia, London School of Economics and Political Science.

Félix M. Goñi Urcelay, Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular, Universidad del País Vasco UPV/EHU, Director Unidad de Biofísica (CSIC-UPV/EHU)

Rafael Puyol Antolín, Catedrático de Geografía Humana, Universidad Complutense, Vicepresidente de la Fundación Instituto de Empresa.

Matías Rodríguez Inciarte, Presidente del Consejo Social de la Universidad Carlos III de Madrid, Vicepresidente tercero del Banco de Santander.

Mariola Urrea Corres, Profesora Titular de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales, Directora del Centro de Documentación Europea de la Universidad de la Rioja.

Los documentos podrán consultarse en la página web del Ministerio.

Propuestas para la Reforma y Mejora de la Calidad y Eficiencia del Sistema Universitario Español 

 

 

Sobre la reforma universitaria

Poner el cascabel al gato es lograr que los cambios se apliquen y no queden diluidos en la burocracia. La clave es dar los instrumentos a las autoridades académicas para que actúen contra los grupos de presión

NÚÑEZ, EL País, Madrid, 21 FEB 2013

Hace unos días, EL PAÍS proponía 10 reformas en defensa de la democracia y el progreso económico, entre otras un pacto educativo que garantice la formación de capital humano y la investigación, basado en un sistema de criterios, incentivos y controles ajeno a los vaivenes políticos. Unos días más tarde, el Ministerio de Educación hacía públicas las propuestas para la mejora y eficiencia del sistema universitario español de la comisión de expertos nombrada hace unos meses por el propio ministro. El problema que se pretende resolver, según se deduce del texto, es el exceso de uniformidad y la escasa diversidad del sistema universitario español que ni atiende debidamente las necesidades sociales de formación e investigación ni tiene instituciones de prestigio entre las primeras 200 del mundo. ¿Garantizarían dichas propuestas esa imprescindible y urgente transformación de tan vetusta institución en caso de que llegaran a convertirse en la cuarta ley universitaria de la democracia? Personalmente tengo serias dudas al respecto.

El documento es claro y está bien redactado. Reconoce la contribución de la universidad a la sociedad, muy inferior a la que se espera de ella, e identifica algunos de los males que le impiden mejorar, entre otros muchos: el perfil académico de los profesores, con un bajísimo índice de investigadores entre ellos; unas titulaciones prácticamente idénticas en campus situados a escasos kilómetros unos de otros; las malas prácticas de contratación y la extrema burocratización de la vida académica; y, por supuesto, la ausencia de verdaderos controles externos. No hay duda de que la universidad sería mejor si se asumieran la mayor parte de las propuestas, es decir: si las oposiciones fueran públicas y abiertas internacionalmente; si la investigación fuera determinante para acceder a un puesto docente y para ocupar cargos de responsabilidad; si las universidades compitieran y colaboraran entre sí; si hubiera una mayor movilidad de estudiantes y profesores; si los claustros fueran más reducidos y operativos; si los rectores fueran nombrados entre académicos de “reconocido prestigio”. Las propuestas son quizá las mejores de los últimos años, sin ser ni novedosas ni revolucionarias; lo importante sin embargo no es que lo sean, sino que resulten eficaces para mejorar sustancialmente la universidad.

Ahora bien, nada hace prever que la universidad sea capaz de reformarse a sí misma simplemente porque una nueva ley así lo diga. Las grandes universidades contemporáneas no han surgido de proyectos de reforma de las ya existentes, sino de verdaderas refundaciones en las que la selección de su principal activo, los profesores, ha sido tan importante como el diseño del nuevo entorno institucional. En España, este proceso no se ha llevado nunca a cabo. En los dos últimos siglos, solo dos textos legislativos han contemplado la renovación completa de sus claustros como paso previo a la reforma de la universidad, con garantías económicas para quienes se vieran forzados a abandonarla: el reglamento de 1821 y el Estatuto de Autonomía de la Universidad de Barcelona de 1933, por motivos muy distintos, como es fácil imaginar. La depuración de los claustros universitarios tras la Guerra Civil se hizo por otras vías legales. Llegada la democracia, la Ley de Reforma Universitaria de 1983 estableció un nuevo marco institucional, pero al mismo tiempo consolidó en sus puestos, e incluso promocionó, a los profesores vinculados a la universidad en aquel momento, a través de las disposiciones transitorias, con lo cual cometió una especie de suicidio administrativo. Bajo el amparo de una mal definida “autonomía universitaria” y en ausencia de mecanismos eficaces de control social, dichos profesores patrimonializaron la universidad, aplicando de la ley lo que les convenía y soslayando lo que no les interesaba, con la total pasividad del ministerio. Algunas de las propuestas sugeridas por el actual comité de expertos las contemplaba la propia LRU, como la necesidad de implantar una contabilidad analítica, que 30 años después aún no existe; o el requisito de que nadie pudiera aspirar a un puesto de funcionario en la universidad donde se hubiera doctorado sin antes pasar uno o dos años en otra universidad, requisito que se soslayó durante años mediante “certificaciones” pactadas entre universidades hasta que, según me confesó el entonces secretario de Estado, se anuló mediante decreto “para adecuar la ley a la realidad”.

Siguiendo la tradición española, las propuestas no proponen una renovación de los claustros universitarios, sino la consolidación de los derechos adquiridos de funcionarios y profesores acreditados, entre los que yo misma me encuentro. No se plantean, tampoco, una cuestión de fondo de la que depende el éxito del nuevo diseño institucional: cómo conseguir que los más de 51.101 profesores funcionarios, “de los cuales el 57,6% tiene una actividad investigadora nula o inexistente”, según el informe, a los que se suman más de 50.000 entre interinos y contratados cuyos méritos se desconocen, acepten la reforma y no la dinamiten desde dentro, con o sin la ayuda de algún que otro partido político. El meollo del problema está en poner el cascabel al gato, es decir, en encontrar la manera de que la reforma verdaderamente se aplique, en lugar de quedar diluida en una maraña de legislación y guerrilla burocrática, como ha ocurrido con las anteriores. La clave está en los instrumentos que se otorguen a las nuevas autoridades académicas para que puedan actuar contra el poderoso lobby universitario en lugar de ser, como las actuales, su cabeza visible. El fracaso de los consejos sociales, que debían haber defendido los intereses de la sociedad frente los corporativos, es sintomático y se debe a que han carecido de esos medios de actuación. Fueron los incentivos y los instrumentos los que fallaron, no la idea en sí, lo que debe tenerse muy presente en el futuro.

Es cierto que las propuestas recomiendan implantar incentivos, tanto personales como institucionales. Pero sus sugerencias en esta materia son muy pobres y se limitan a aconsejar el establecimiento de diferencias salariales entre los profesores, hoy escasísimas, y a proponer que el sistema de financiación de las universidades se vincule a la docencia e investigación y “al extraordinario valor que su actividad aporta al conjunto de la sociedad” cuya “estimación es muy compleja”. Los expertos pasan la patata caliente al ministerio para que “establezca un conjunto de criterios e indicadores objetivos”, es decir, proponen que se estudie el tema. Sorprende que no hayan analizado los distintos modelos de financiación de las universidades públicas que muchas comunidades autónomas tienen ya implantados y que contemplan ese tipo de “indicadores objetivos”. El de la Comunidad de Madrid, negociado y aprobado siendo yo misma responsable de la política universitaria y de investigación, recogía ambas vertientes, docencia e investigación, y fue un poderoso incentivo para que las universidades iniciaran un gradual proceso de cambio. Por desgracia, no ha tenido continuidad.

Sin incentivos adecuados ni controles posteriores no hay reforma educativa de verdad

Los incentivos, especialmente los económicos, provocan respuestas inmediatas por parte de las instituciones y de los individuos; las regulaciones, por el contrario, solo desatan mecanismos de resistencia al cambio que, de hecho, acaban desvirtuando el nuevo marco institucional. Sin incentivos adecuados y sin controles posteriores eficaces no hay reforma verdadera. Lamentablemente, sin embargo, la aportación de las propuestas en ambos sentidos es claramente insuficiente y contrasta con lo prolijo del resto de las recomendaciones, que se insertan en la mejor tradición intervencionista y reguladora española. Espero que el actual Gobierno sea consciente de los obstáculos a los que se enfrenta una auténtica reforma de la universidad y tenga la voluntad política de establecer un marco institucional adecuado, de vacunarlo contra los virus académicos y políticos que han hecho abortar tantos otros proyectos bien intencionados, de dotar a los nuevos responsables universitarios de los incentivos adecuados para implantarlos en un medio hostil al cambio, y de dar a la sociedad los mecanismos de control imprescindibles que garanticen su éxito.

El país se juega su futuro.

 

Clara Eugenia Núñez es profesora titular de Historia Económica (UNED) y exdirectora de Universidades e Investigación de la Comunidad de Madrid

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