
La élite chilena sabe alternarse en el gobierno, pero ha desaprendido a gobernar en el sentido fuerte del término: articular una dirección, construir mayorías, dotar de horizonte a la acción colectiva.
La esfera política de la sociedad chilena atraviesa una crisis de proporciones.
Para empezar con lo más tradicional, el presidencialismo —esa institución de casi dos siglos, muy valorada en los relatos políticos chilenos— aparece debilitado, con su figura principal en el backstage, donde el poder se relaciona con la cotidianeidad. Por eso carece de liderazgo auténtico y, lo que es más notable, tiene una mala percepción pública apenas estrenado en su cargo y tampoco cuenta con el pleno respaldo de su propio sector.
Esta sintomatología se atribuye generalmente a una estrategia comunicacional totalmente dirigida en contra del gobierno anterior y carente de perspectiva futura, así como a la falta de una estrategia sólida de gobernabilidad. Se refleja en un “segundo piso” conflictivo que se ha vuelto inofensivo y en un gabinete político reducido a dos ministros enfocados en obtener “un voto más”, en lugar de impulsar al Presidente para construir una plataforma de liderazgo efectivo en un contexto que, en los últimos meses, ha visto deteriorarse el ánimo de la población. Sin embargo, han logrado algunos avances en la zigzagueante tramitación de la ley miscelánea, aunque no en cuanto a ensanchar su base de apoyo.
Las derechas —incluidas las viejas y las nuevas, algunas duras, otras blandas; extremas y moderadas; liberales, iliberales, posliberales y libertarias, así como populistas— discuten entre sí en torno a ideas, la lealtad al Presidente y sus futuras proyecciones. En ese entorno, surge una confrontación de personalidades, enfoques y estilos: republicanos contra Chile Vamos, y Chile Vamos contra los nacional-libertarios; sensibilidades que priorizan el cuidado de la gente o del capital; grupos que defienden la austeridad presupuestaria frente a quienes apoyan transferencias directas; círculos que quieren proteger el medioambiente y una mayoría que se aburre de temas ecológicos; actitudes religiosas frente a minorías liberal-secularistas; y, recientemente, liderazgos dispuestos a crear espacios de diálogo político-técnico limitado, en contraste con otros que llaman a votar y a imponer el número decisivo sin más trámite.
Entre tanto, los círculos intelectuales, think tanks, technopols, portavoces gremiales y editores de opinión del sector se muestran impacientes ante un gobierno que no termina de definirse y un oficialismo con escaso talento político, que se desordena de continuo y avanza a trastabillones según la lógica de “un voto más”, sin construir bases de gobernabilidad.
Estos círculos están conscientes de que el llamado “gobierno de emergencia” de Kast se va vaciando lentamente, sin ofrecer un esquema de poder político más estable capaz de establecer un orden alternativo que evite el péndulo de la alternancia. Cada día, este oficialismo, liderado por el Partido Republicano, requiere apoyarse en sus dos alas opuestas: los nacional-libertarios, que se orientan en una dirección, y el Partido de la Gente junto a los socialcristianos, en la contraria. Sin embargo, esta situación entra en conflicto con el “camino propio” del PDG y su aspiración de llegar al gobierno con su líder, así como con la tendencia a la supervivencia de algunos grupos de Chile Vamos que rechazan moverse hacia el extremo.
Detrás de este aparente caos, hay una lucha ideológica no oficial entre las distintas facciones de derecha. Actualmente, se refleja de manera desigual en tres ámbitos — económico, de seguridad y cultural—, y se manifiesta en el gobierno, en el Congreso y en el espacio público. Es útil analizar brevemente cada una de ellas.
En el ámbito económico, se libra, según admitió el propio ministro Quiroz y ha sido repetidamente sugerido por Kast, la batalla cultural más significativa: cambiar el ethos del capitalismo nacional y devolverle su impulso de trabajo, esfuerzo y disciplina; promover el sentido del sacrificio y la austeridad; incentivar el deseo de éxito personal y familiar; y fomentar un espíritu emprendedor y competitivo. Al mismo tiempo, busca superar los aspectos que este relato considera vicios de la época: la mediocridad, la envidia, el resentimiento, el hedonismo, el consumismo masivo y la peligrosa tendencia a depender del Estado y de los derechos otorgados.
No se trata solo de ajustar las expectativas fiscales, sino de promover una pedagogía moral en la economía. Para el gobierno, esto se refleja en una ortodoxia fiscal, control del gasto y una ofensiva “antipermisológica’ que se presenta no solo como una política técnica, sino como una cruzada: liberar los “espíritus animales” del empresariado requeriría, sobre todo, eliminar una cultura de sospecha hacia la inversión. En el Congreso, esto se manifiesta en la resistencia a nuevas transferencias destinadas a las necesidades de la población (en contraste con las “necesidades de la empresa”) y en la desconfianza hacia cualquier derecho social que, según esta perspectiva, fortalece la dependencia de grupos e individuos respecto al Estado. La paradoja es clara: un mismo bloque que pide reducir el Estado en la economía, pide más presencia estatal para moldear la moral económica de los ciudadanos.
En cuestiones de seguridad, opera un “imperialismo” punitivo cuya raíz más profunda es principalmente cultural: buscar recuperar la sociedad frente a vándalos e incivilizados, y premiar a los buenos ciudadanos. Esto implica establecer, usando la mayor presión penal y mediática, categorías de enemigo interno —como los bárbaros escondidos que amenazarían la buena sociedad, la familia y los valores tradicionales— en un amplio esfuerzo de “re-disciplinamiento” que se fundamenta en definir los límites de lo incivilizado.
Ya lo mencioné anteriormente, en otra columna, respecto al proyecto de crear un registro nacional de incivilidades y actos vandálicos: su simple estructura, que coloca en un mismo espectro el atentado y el rayado y penaliza ambos con la pérdida de beneficios sociales, confunde el síntoma con la enfermedad. La incivilidad no es en esencia un delito, sino una falta de socialización que forma parte de la lenta enseñanza de los límites, no una causa sospechosa. Gestionarla a través del castigo —privando de beca o subsidio, precisamente a quienes más los necesitan— corre el riesgo de exacerbarla y generar la barbarie que se busca evitar. Por tanto, el tema de la seguridad no es solo un asunto de orden público; es una intervención en el imaginario, una forma de reescribir la frontera entre civilización y barbarie, desplazándola hacia abajo, hasta tocar la vida cotidiana de los más pobres.
El frente cultural sigue siendo el campo más adecuado para la lucha ideológica. Sin embargo, la derecha republicana ha decidido, por ahora, hacer una pausa aparente en esta batalla, concentrándose en sus dos principales pilares de emergencia: la inversión empresarial y la seguridad punitiva. La agenda cultural más expresiva permanece en manos de la facción extrema de las derechas conservadoras, el nacionalismo libertario de Kaiser, aunque no desaparece por completo del horizonte del gobierno de Kast; sigue siendo parte de su visión de transformación social desde una postura de derecha dura.
Sus principales características son tres: (i) tratar la educación más como una cuestión de seguridad que de formación humana y ciudadana, convirtiendo las aulas en fronteras contra incívicos y en refugios para vándalos (que, en efecto, existen); (ii) cuestionar las humanidades por su supuesta falta de beneficios económicos, adoptando una lógica de rentabilidad que exige a la cultura rendir cuentas como si fuera un negocio más; y (iii) en el futuro cercano, la guerra cultural se centrará en el debate sobre el indulto a ex militares por delitos cometidos durante el estallido social del 18-O, una confrontación fundamental para los nacional libertarios y la derecha más radical del Partido Republicano, para quienes el entorno simbólico de la destrucción causada por el violencia anti-sistema sigue siendo la batalla principal.
En resumen, muchos en el sector se manifiestan, tanto tras bambalinas como a veces públicamente, descontentos con el curso de “su” gobierno.
Las posiciones más duras de la derecha ven cómo se diluye ese “gobierno de emergencia” que esperaban: uno que actuara con decisión —mediante órdenes ejecutivas, demostraciones de fuerza, participación en las calles de las Fuerzas Armadas, medidas de excepción y mano dura, no solo en palabras; en breve, algo más cercano al estilo portaliano o trumpista— para mantener el orden frente a los grupos armados en La Araucanía, el crimen organizado, los campamentos y los barrios peligrosos. Dos demandas simbólicas reflejan el malestar: una, ya mencionada, es el indulto a funcionarios condenados por uso indebido de la fuerza en 2019; y otra, que quedó en una metáfora exagerada, es la expulsión masiva de inmigrantes irregulares, sin esperar ni invitaciones a salir.
Kaiser y su grupo se declaran de oposición “amigable”, no sin ironía. La entrevista al lidera nacional libertario de hace dos domingos en La Tercerabasta para medir el descontento desde ese extremo. Ve “diagnósticos incompatibles” dentro de la derecha oficialista: de un lado estarían quienes creen posible volver “a una política de conversaciones y acuerdos amplios, que murió el año 2010 a más tardar”; del otro, quienes sostienen que tras el 18-O y el 4 de septiembre “se ha generado un nuevo polo y una nueva fractura política” que debiera consolidarse “de tal manera de reconstruir la institucionalidad y la viabilidad de Chile como Estado-nación”. Y, preguntado por la viabilidad de un gobierno aún más duro, responde sin vacilar: “las posturas más duras son aquellas que generan popularidad”, y la popularidad “consolida el apoyo político entre aquellos que quieren ser reelectos”.
El gobierno de Kast ha generado desilusión en su sector más conservador: lo ven como una derecha tímida, poco decidida, sin coraje, carente de principios, y ausente de un estilo más truculento y radical en sus objetivos y acciones. No sería ni el gobierno de emergencia que prometió ni el que sus seguidores más radicales esperaban.
Las derechas tradicionales —conservadoras y neoliberales, herederas del factor civil del pinochetismo, actualmente agrupadas (de forma casi fantasmagórica) en Chile Vamos— ven, a su vez, un gobierno indefinido: ni aprueban la tendencia que Kaiser impulsa, ni tampoco, ven surgir un piñerismo con más sensibilidad social y capacidad para ampliar la base de apoyo. Perciben a un Kast ausente, sin iniciativa, sin control de su propio partido, oscilando entre la “emergencia” y la “normalidad”. Con un gabinete poco cohesionado y un segundo nivel cuasiministerial, el gobierno prioriza dos pilares: Quiroz, encargado de una reactivación económica austera apoyada en beneficios para las grandes inversiones, y Arrau, responsable de una reestructuración de la lucha contra el crimen y de una seguridad punitiva que abarca desde la educación hasta las fronteras. En suma, la falta de una estructura coalicional sólida se convierte en un punto débil para el gobierno de Kast. Las derechas en el oficialismo están divididas entre quienes proponen formar una coalición con una visión a largo plazo (Longueira) y quienes prefieren organizarse en torno a un “corazón” republicano (como señaló Kast ante la dirigencia de su partido) que “late para todas las partes del cuerpo”. Faltó definir dónde residiría el cerebro para que esa alianza pueda liderar la conquista de objetivos comunes: minds and hearts.
El Partido de la Gente, que inicialmente adoptó un populismo dirigido a las «nuevas clases medias”, ha evolucionado de una relación meramente transaccional con el gobierno a una postura de crítica abierta, hasta nuevo aviso. Hace unas semanas, su líder en Concepción calificó a Kast de «liderazgo culposo” que “no ha asumido el liderazgo necesario en esta etapa de consolidación».
“Hemos tenido un espiral inflacionario, pero también una caída en las expectativas. Las empresas están muy asustadas, no están contratando, y se puede ver reflejado en esta región con un desempleo sobre el 11% [9,8% según el INE]. Por lo tanto, en lo económico, ha fallado. En seguridad se perdieron tres meses con una selección errada de la ministra (…) y finalmente el que paga los platos rotos es la sociedad y una región tan importante como esta región del Biobío”.
La falange intelectual y mediática de la derecha, salvo algunas excepciones, ha sido más indulgente que crítica. Contenta con estar en la cima de una ola que este grupo ve como una victoria definitiva de las derechas —sin importar el apellido de la ola, ya sea dura, neoliberal, iliberal, posliberal o libertaria, pues sus matices son menores frente al abismo que los separa de las izquierdas, que consideran enterradas—, aplauden que Kast y Quiroz hayan llevado al país de vuelta a la ortodoxia. Esto incluye el balance fiscal, la reducción de impuestos al capital y una ofensiva contra la ideología progresista, ya que creen que de ello se derivarán inversión, crecimiento, empleo y el retorno al Chile exitosa de ayer.
No repara esta escuela de pensamiento (mágico) cuán distinto es el mundo de hoy —con sus nuevos alineamientos geopolíticos y sus nuevas exigencias productivas— respecto de aquel de los años 1990 en que el país, superado el invierno de la dictadura, se integraba a los mercados al calor del boom de los commodities; ni en la diferencia que separa una gobernabilidad social-liberal del tipo Concertación de la economía política de la derecha corporativo-empresarial que hoy impera desde Hacienda. Tampoco, nuevamente, salvo excepciones individuales, este estamento ha cuestionado con un mínimo de rigor crítico las políticas de seguridad punitiva impulsadas por el gobierno, sus bases éticas y sus potenciales consecuencias, o la abierta preferencia por una doctrina de “espíritus animales”, junto con el cuidado extendido a los “poderes fácticos” de la sociedad en vez de la atención debida a los sectores vulnerables de la población.
No debe sorprender que los intelectuales más abiertos del sector estén en un estado de “resignación”, según uno de ellos, quien escribe: “Es el signo de estos tiempos: los sectores moderados o desaparecieron o ya no existen como opción independiente de quienes administran los extremos. Una centroizquierda que no tiene vida propia al margen del PC y el FA. Una centroderecha a la que Republicanos y Libertarios han ido día a día erosionando”. En resumen, la vanguardia intelectual de las nuevas derechas parece no ser tan nueva y, con el tiempo, ha decidido —o ha sido relegada— a una posición subordinada al extremo más radical del sector.
2
Las izquierdas, ahora en la oposición, contribuyen a esta crisis en la política nacional. Primero, aún no se recuperan de la derrota del año pasado y están confundidas sobre su papel. ¿Deberían ser confrontacionales con un gobierno que se presenta como refundador del orden, la autoridad y las jerarquías, y que se alinea con liderazgos iliberalesa nivel internacional? ¿No está en juego, a mediano plazo, la democracia representativa y la estabilidad de sus instituciones fundamentales? ¿No resulta lógico que se opongan frontalmente en el Congreso, en las calles y en la sociedad civil.
En estos cuatro meses del gobierno de Kast, ocurrieron dos cosas que hacen inciertas las respuestas a estas preguntas. Primero, el llamado «gobierno de emergencia» fue menos coherente y decidido de lo esperado, lo que decepcionó a ambos extremos. Segundo, la oposición está formada por grupos con ideas y estrategias muy distintas, y su verdadera naturaleza aún no está clara.
Los cuatro años previos de Boric no ofrecen una memoria de identidad común que sirva como un “atractor” hacia donde converger. Por el contrario, existen relatos encontrados que se remontan mucho antes —al fin de la Concertación, al fallido intento de la Nueva Mayoría, al estallido de octubre de 2019, al triunfo del Frente Amplio y al gobierno de Boric con sus dos anillos, y especialmente, a la tumultuosa Convención Constitucional. Este conjunto de eventos puede verse como un segundo estallido, no violento sino discursivo y radicalmente desquiciador, que fue una causa remota, entre otras, del posterior triunfo de las derechas duras de Kast y Kaiser, y que, además, acabó con la derrota de la derecha tradicional de Chile Vamos. Las izquierdas llevan esa herencia de pliegues, suturas, tendencias centrifugas y memorias dispersas, de proyectos en ruinas y sueños entre escombros.
El rincón más anacrónico lo ocupa el PCCh, con sus tradiciones obreras de hace un siglo, su enfoque revolucionario —que abarca la URSS, Europa del Este y Cuba—, su ideología leninista y su estructura de cuadros. Actualmente, enfrenta tensiones por conflictos generacionales, de género, de líderes locales y, sobre todo, entre un “movimientismo callejero” y el antiguo “frentismo electoral”. Por ahora, domina una posición intermedia: un pie en las instituciones y otro en la calle.
Tras la derrota de su gobierno (Boric, primer anillo) y de su candidata (Jeannette Jara), el PC permanece firme porque combina flexibilidad táctica con rigidez estratégica: su objetivo sigue siendo el comunismo o, como alternativa, un “socialismo de verdad”, “¿socialismo real corregido?”, con una democracia diferente, economía colectivizada y un enfoque antiimperialista. Por ello, promueve tanto la unidad de toda la oposición —un frente unido contra una posible regresión de la derecha— como la preparación para asumir el malestar, el resentimiento y la indignación que puedan surgir en las calles.
Junto al PCCh, que posee una menor densidad histórica y presenta procesos entremezclados de renovación y conservadurismo, se sitúa el Socialismo Democrático (SD), que combina la larga historia del PS con la corta del PPD. Fue un pilar en la renovación de las izquierdas durante la dictadura y, posteriormente, en la transición social-liberal de la Concertación, nuestra peculiar “tercera vía” que transformó el país entre los años noventa y 2000.
A diferencia del PC, carece de una estructura burocrática estable, es vulnerable a corrientes internas y caudillos, y genera disidentes con facilidad. Tras la disolución de la Concertación —que contribuyó a causar, al no facilitar una segunda renovación—, tampoco pudo liderar otra transición programática ni regenerarse ideológicamente, convirtiéndose en la “segunda fuerza” de las izquierdas después del PC y el Frente Amplio. Aunque mantuvo cierto peso tecnocrático —lideró Interior-Seguridad y Hacienda bajo Boric—, se fue vaciando de visión, ideas, programas y estrategias, atrapada en el único juego restante: peleas tácticas en las cámaras, choque de caudillos/as, conflictos internos y una profunda confusión ideológica, que ya tiene un carácter estructural, similar a fenómenos en otras partes de América Latina y Europa.
En esa etapa de deconstrucción, sin ideas fuertes ni peso propio para marcar una diferencia estratégica, al SD le sucede lo esperado: una división entre quienes desean un enfrentamiento directo con el gobierno en todos los frentes y quienes prefieren una oposición más razonable y dialogante; esta última, mientras desafía las políticas oficiales, buscaría renovar sus ideas y dejar que surjan nuevas propuestas. La primera postura coincide con el frentismo y el movimientismo del PC, así como con las tendencias radicales del Frente Amplio; en estos casos, predomina un ambiente de unidad hacia dentro y de confrontación sin fisuras hacia fuera, a la espera de que las condiciones de la calle cambien favorablemente.
La postura más abierta y negociadora del SD, que parecía buscar incidir en la tramitación del proyecto de ley miscelánea durante las últimas dos semanas, se rompió de manera estrepitosa ante la alegría del sector más duro del oficialismo, la explotación mediática de los acontecimientos y en beneficio del populismo de derechas que busca precisamente aprovecharse de la degradación de la política. La situación resalta aún más claramente el colapso ideológico de las izquierdas en su punto más vulnerable, el SD, que no está rígidamente anquilosado como el PCCh ni tiene una base generacional que garantice su proyección futura, como el Frente Amplio. Y, por lo mismo, depende casi por completo de una renovación de las ideas para crear una propuesta socialdemócrata avanzada para la primera mitad de este siglo.
El tercer componente de nuestras variadas izquierdas, el más reciente y con una composición generacional claramente adulta joven, es el Frente Amplio (FA). Este proyecto surgió de las luchas estudiantiles, logró un exitoso paso a la política electoral y alcanzó el gobierno en 2022, basado en una plataforma de transformaciones radicales: un “otro modelo de desarrollo”, una nueva Constitución, una matriz productiva renovada, derechos sociales universales, sustentabilidad ambiental y apertura identitaria hacia América Latina. Aunque inicialmente inspirado por los ecos del 18-O, ese programa solo guio los primeros meses del gobierno de Boric y luego fue desplazado tras el masivo rechazo a la Carta refundacional de la Convención. Desde entonces, el gobierno transitó un camino empinado hacia un reformismo socialdemócrata moderado, “en la medida de lo posible”, con influencias ex-concertacionistas, hasta la derrota ante unas derechas que capitalizaron una demanda de cambio centrada en mayor consumo, empleo, orden y seguridad.
Hoy el FA juega a definirse antes de actuar: compás de espera, congreso ideológico vuelto hacia dentro, reafirmación de una tardía “vocación socialista” sin ideas-fuerza que aportar y que tampoco parece sentir la necesidad de hacerlo por ahora. La declaración pública del reciente congreso es un documento definitivamente frustrante (y frustrado); vino (mal) envejecido en viejos odres. Su núcleo es ser “un partido socialista”. ¿En qué consiste eso? Según la declaración del congreso partidista: “Creemos que la desigualdad, la crisis climática y la concentración de la riqueza no son accidentes, sino consecuencias de un modelo económico que explota a quienes viven de su trabajo y pone las ganancias por sobre las personas. Por eso, nuestro horizonte es superar ese modelo y su versión neoliberal, porque solo así será posible construir un país verdaderamente democrático, feminista y sustentable”. Este tipo de cosas se escribió con brillo, lucidez y profundidad en 1848. En el siglo XX se convirtieron en ruinas. ¿Cómo volver a iluminarlas con esperanza? El FA retoma la retórica de la Convención Constitucional, ahora amortiguada por el folclore de las neoizquierdas: “Promovemos un desarrollo que reconoce el ecologismo y que tiene como condición el trabajo decente, la justicia social, territorial y ambiental. Este modelo requiere un pacto social que ponga por delante el buen vivir para las grandes mayorías, reduzca progresivamente las desigualdades estructurales y fortalezca un rol del Estado planificador y protector del ecosistema que enfrente la crisis climática”.
¿Qué queda del FA y de su curva de aprendizaje? Al tenor de la reciente declaración, muy poco. Es, demográficamente hablando, la fracción más joven de las izquierdas y, por esa razón, con más años de futuro por delante; conserva un expresidente con cierto liderazgo de opinión; tiene un núcleo tecnopolítico directivo que no parece dotado sin embargo de un imaginario de futuro; posee una representación parlamentaria con peso propio, pero nada de decisiva hasta aquí y cuenta con alcaldes con presencia metropolitana y regional; y, por último, se labró un nicho entre las élites de la esfera política y allí tendrá que competir. Al contrario, como acabamos de ver, carece de un andamiaje de ideas fuerza: su enunciado socialista no pasa de ser un saludo simbólico —entre nostálgico y vagamente retórico—, se halla vaciado de sentido utópico y no cuenta con instrumentación programática alguna. Dispone, en suma, de más tiempo que el resto de las izquierdas para rehacerse. Esa es, en rigor, su mayor ventaja.
Más a la izquierda habita un pequeño mundo que va de los círculos anarquizantes violentos —antisistema práctico y destructivo— hasta los círculos intelectuales de las bellas letras que deconstruyen semánticamente el orden y mantienen viva la llama de una destitución que no busca el poder ni el contrapoder, sino lo que un colega llama una izquierda órfica. A la vez, los círculos belletrísticos son el último eco del estallido convertido en mito y un rincón contemplativo de las humanidades, parte de una “internacional crítica” que fulmina al capitalismo global como texto, como moralidad schumpeteriana y como simulacro de pulsiones fascistas hoy impuestas algorítmicamente.
Localmente no inciden mayormente en la política ni les preocupa su caótico devenir; esperan que las propias contradicciones del sistema produzcan un nuevo estallido, aquí y en el mundo. Para estos círculos, lo decisivo es que estamos (siempre) al borde del abismo apocalíptico. Así lo explica un colega de un órgano de esa corriente —Bellas Letras. Semanario Político Cultural, que bien podría ser un Seminario, relevando así su status académico:
“No estamos frente a una crisis, sino frente a un fin. El fin de una forma de la máquina Estado-Capital de carácter subsidiario, instaurada durante la dictadura y desplegada durante la democracia (…). Un ‘fin’ que puede permanecer años, décadas en agonía, y que —atendiendo a la historia chilena— no parece que vaya a resolverse de la manera más democrática o pacífica”.
El apocalipsis representa, para estas bellas letras, un acontecimiento único, como el estallido de octubre de 2019, que, a la vez , es permanentemente un tipo ideal; permanece en el imaginario como un acontecimiento potencial de liberación, el único que puede poner fin a la máquina portaliano del poder que recorrería nuestra historia. En breve, ahí una parte de nuestras izquierdas encuentra su punto de fuga; es como si dijera: nuestro punto de partida es el fin de tu realidad.
3
Para terminar, ¿qué revela esta doble radiografía —la del oficialismo y sus variedades de derechas; la de la oposición y sus variedades de izquierdas— cuando se la mira en conjunto? Al menos cuatro rasgos transversales, que vienen de lejos y exceden con mucho al actual gobierno.
El primer rasgo es un problema de las élites. Lo que la crisis pone en evidencia no es la victoria de un sector sobre otro, sino la incapacidad compartida de nuestras élites —de gobierno y de oposición; políticas, tecnocráticas, empresariales, intelectuales y mediáticas— para fundar un esquema de gobernabilidad que dure más que un ciclo electoral. Cada coalición llega al poder con una promesa maximalista —refundar el orden, refundar el modelo— y descubre pronto que carece de la fuerza, las ideas o las alianzas para consolidar nada. La derecha dura prometió un “gobierno de emergencia” y administra la normalidad que despreciaba; la izquierda prometió “otro modelo” y terminó gestionando el que quería sustituir. La élite chilena sabe alternarse en el gobierno, pero ha desaprendido a gobernar en el sentido fuerte del término: articular una dirección, construir mayorías, dotar de horizonte a la acción colectiva.
De allí el segundo rasgo, que es temporal. Una esfera política tan polarizada como fragmentada —donde ningún bloque logra imponerse ni articular al otro— produce un peculiar empate del estancamiento: no la parálisis total, sino una alternancia periódica de equipos de gobierno que se relevan sin alterar la trayectoria de fondo. Cambian los nombres, los énfasis y los colores; permanece la incapacidad de destrabar el crecimiento, de reformar sin refundar, de gobernar sin sobre prometer. Es el eterno retorno de lo mismo bajo la apariencia del cambio: un péndulo se mueve, pero el reloj permanece detenido.
El tercer rasgo concierne al estado ideológico de la sociedad chilena, tironeada desde las derechas y las izquierdas por fuerzas que —de uno y otro lado— resultan incapaces de cumplir sus promesas. La secuencia es aleccionadora, incluida la parte que toca a mi propia tradición: Bachelet II prometió cambios estructurales y entregó reformas a medio camino y algunas mal diseñadas; Piñera II prometió “tiempos mejores” y encontró el estallido que lo dejó sin gerencia ni pendrive; Boric prometió sepultar el neoliberalismo en su cuna y aprendió, a los golpes, a administrarlo quizá con algo más de sensibilidad social. Nada garantiza que Kast escape a ese guion: bien podría estar cumpliendo, ahora desde la derecha, el mismo ciclo fatídico de la sobre promesa y la decepción. La sociedad, entretanto, migra de una orilla a otra, buscando en cada elección lo que la anterior no le dio y castigando lo que la anterior le prometió en vano. El resultado es una ciudadanía a la vez oscilante y desencantada, disponible para el próximo relato y descreída de todos.
El cuarto rasgo inscribe lo chileno en un cuadro mayor. La democracia liberal-representativaatraviesa turbulencias de alta intensidad, de Estados Unidos a Europa y a lo largo y ancho de América Latina: derechas duras en ascenso que buscan regímenes de emergencia, punitivos hacia dentro y desreguladores hacia la economía; e izquierdas confundidas por su propia trayectoria durante el siglo XX y por su desplome ideológico en el XXI. Chile no es una excepción a esta marea, sino una de sus expresiones, con acento propio. Lo distintivo, entre nosotros, es la combinación de una dependencia de las trayectorias institucionales, donde la esfera política se mantiene en permanente crispación, junto con una volatilidad electoral extrema que tensiona a las instituciones y degrada los liderazgos.
Nada de esto anuncia una catástrofe inminente ni autoriza el gozo apocalíptico de las bellas letras. Anuncia, más bien, algo menos espectacular y más agotador: la prolongación del empate. Salir de él no depende de un nuevo estallido ni de un nuevo mesías, sino de algo que ninguna de nuestras élites parece hoy en condiciones de ofrecer: la paciencia de crear ideas antes que consignas, y la virtud de gobernar sin prometer refundar. Mientras tanto, la esfera política seguirá girando sobre sí misma, ruidosa y estancada, esperando un milagroso desempate.
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