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F. SIRY, LECCIONES DE CHILE: ¿LAS CIENCIAS HUMANAS Y SOCIALES, VIGÍAS DE LAS TRANSFORMACIONES UNIVERSITARIAS? — UDP, Centro de Políticas Comparadas de Educación (CPCE)
Reseña crítica del libro Universidad: entre invención y herencia. El trabajo de las ciencias sociales y humanidades (Eds. Brunner y Bravo), 2026, Ediciones Universidad Diego Portales. Redactada por F. Siry
François Siry, LEÇONS DU CHILI : LES SCIENCES HUMAINES ET SOCIALES, VIGIES DES TRANSFORMATIONS UNIVERSITAIRES? La Recherche en Éducation, Numéro 33, 2006. (Traducción de Anthropic, Opus 4.8). Versión en francés: https://www.la-recherche-en-education.com/larecherche/article/view/14495
Introducción: diagnóstico de una mutación existencial de la universidad
La obra colectiva dirigida por los sociólogos chilenos José Joaquín Brunner y Mauricio Bravo, Universidad: entre invención y herencia. El trabajo de las ciencias sociales y humanidades fue publicada a comienzos del año 2026 en un clima político tenso, marcado por la victoria electoral del ultraconservador José Antonio Kast y su llegada al Palacio de La Moneda. Más allá de esta coyuntura nacional, la obra interroga la historia universal de la universidad y se inscribe en el diagnóstico general de las transformaciones de la educación superior observadas en los cuatro rincones del mundo desde la década de 1990: el de una institución influida por la globalización y la cultura empresarial (Marginson, 2000), integrada y sometida a los mercados en una suerte de «triple hélice» junto con la industria y las políticas de innovación (Etzkowitz, 2008), y reconfigurada por una lógica competitiva uniforme, basada en los rankings internacionales y los sistemas de evaluación (Hazelkorn, 2015).
José Joaquín Brunner es un académico y hombre público chileno, reconocido por su influencia en el ámbito de las políticas educativas y de la reflexión académica. Especialista en el análisis de las políticas públicas y de los sistemas educativos en América Latina, constituye una voz influyente en los debates sobre la modernización y la gobernanza de la educación superior. Exministro entre 1994 y 1998, ocupó numerosos cargos directivos a lo largo de su carrera, en particular en la FLACSO[1]. Mauricio Bravo Rojas es un investigador chileno, cientista político de formación, actualmente vicedecano de la Facultad de Educación de la Universidad del Desarrollo (UDD) en Chile. Sus trabajos abordan, en particular, el mejoramiento de la asistencia escolar y la inclusión educativa, así como el papel de las universidades privadas independientes.
Al reunir cerca de una treintena de contribuciones, el libro propone una reflexión sobre las mutaciones contemporáneas de la universidad. Esta evolución se encarna de manera particular en Chile, donde la educación superior se ha privatizado y financiarizado intensamente, produciendo un sistema altamente competitivo y marcado por el endeudamiento y por fuertes desigualdades de acceso. El hilo conductor que enlaza estos textos es el análisis de la crisis existencial que atraviesa la institución universitaria y, más específicamente, la fragilización de las ciencias sociales y humanidades (CSH). Estas quedan atrapadas entre su herencia humanista crítica y una exigencia creciente de desempeño, de rentabilidad y de alineamiento con lógicas gerenciales. Aunque los artículos que lo integran están ordenados alfabéticamente, pueden no obstante agruparse en torno a tres grandes ejes temáticos: la universidad como institución peligrosamente trastocada por la emergencia de nuevas formas de gobernanza marcadas por la racionalización y la generalización de la evaluación mediante indicadores; las ciencias sociales y humanidades como campo disciplinario más expuesto a estas mutaciones; y la transformación antropológica de los actores universitarios, progresivamente convertidos en un «capital humano» subordinado a lógicas gerenciales.
Las nuevas arquitecturas del poder universitario. Gobernanza por la reputación y racionalización sistémica
Esta primera sección reúne los análisis dedicados a las transformaciones estructurales e institucionales de la universidad, entendida como un sistema en plena crisis de identidad y sometido a restricciones globales. Al respecto, el caso chileno constituye una suerte de «versión intensificada» de tendencias que se observan también en Francia, aunque en un marco históricamente más regulado por el Estado.
Mauricio Bravo realiza una contribución mayor al descifrar el papel del prestigio reputacional como motor central de la búsqueda del estatus de universidad de clase mundial. Inspirándose en los trabajos de Bourdieu (capital simbólico) y de Marginson (carácter posicional), demuestra que la reputación no es un simple trofeo, sino que constituye un verdadero «capital reputacional» que condiciona el acceso a los recursos, a los talentos y a la visibilidad institucional. Los rankings (o clasificaciones internacionales) globales (ARWU, THE, QS) actúan, así como dispositivos de gobernanza que transforman ese capital en «bienes informacionales» cuantificables, generando un círculo vicioso para las instituciones periféricas y acentuando las asimetrías geopolíticas.
Bravo identifica varios riesgos asociados a esta dinámica: el isomorfismo institucional, la reproducción de las desigualdades internas y la progresiva desconexión entre pertinencia local y visibilidad global. Aboga, por ello, por una gestión responsable del prestigio, en la cual este sea la expresión de una contribución académica y social compleja, y no un fin en sí mismo. Este análisis se prolonga en el de Francisco Ganga-Contreras y sus colegas, quienes muestran, a partir del estudio de los doctorados en CSH en Chile, cómo la presión ejercida sobre los investigadores para publicar en revistas indexadas (Scopus, WoS) entra en conflicto con la pertinencia social y territorial de la investigación, favoreciendo a la vez la centralización y la concentración de la producción científica.
José Joaquín Brunner propone, por su parte, una clave de lectura de inspiración weberiana para comprender esta mutación. A su juicio, la universidad del siglo XXI no atraviesa una simple «deriva neoliberal» pasajera, sino que se inscribe en un profundo proceso histórico de racionalización que reconfigura esta institución en una «burocracia competitiva». Recurriendo a la metáfora weberiana de la «jaula de hierro», muestra que la institución queda así atrapada en una lógica de encierro resultante de la convergencia de tres fuerzas: la de un Estado racionalizador, que impone la «legibilidad» de la actividad académica y su traducción en datos cuantitativos mensurables; la de una lógica de mercado, que transforma la competencia entre los actores universitarios en un mecanismo «disciplinario» de regulación de la comunidad académica; y la dinámica propia de esa burocracia competitiva, gobernada en adelante por una nueva élite gestora que somete el trabajo académico a los imperativos del management y del desempeño.
Frente a esta nueva hegemonía, Brunner propone una tipología de las posturas académicas, que va desde el «purista», resistente a los cambios, pero sin influencia efectiva, hasta el «burócrata cínico», oportunista y poco escrupuloso. La posición más noble sería la del «profesional crítico» que, en nombre de una ética de la responsabilidad, acepta las reglas del juego a la vez que las cuestiona, empleando su competencia técnica para preservar las misiones sustantivas de la universidad: la producción de conocimiento y la formación. El universitario está llamado, así, a actuar como un «agente doble», que se conforma en apariencia a las nuevas exigencias mientras defiende, internamente, la lógica vocacional del trabajo académico.
Carlos del Valle amplía esta perspectiva al identificar cinco dimensiones críticas en las dinámicas de transformación universitaria (mercado, burocracia, formación, política, ciencias sociales). Pone de relieve los efectos perversos de la búsqueda de la excelencia: la elitización de una minoría de instituciones y de actores, en paralelo a la precarización de la mayoría, la hipersegmentación del trabajo y la «despersonalización» del profesor-investigador, reducido en adelante a sus indicadores de desempeño. Por último, Aldo Mascareño, apoyándose en la teoría de sistemas de Niklas Luhmann, conceptualiza la universidad como una «fórmula de contingencia», es decir, una representación simplificada que permite reducir la complejidad inherente a su funcionamiento. Ahora bien, es forzoso constatar que esta lectura funcional se ve hoy fragilizada por la colonización de la inteligencia por mecanismos internos y por su progresiva deflación, así como por una «pedagogización» amplificada por protocolos estandarizados y una «tecnificación» de las actividades universitarias (en particular a través del auge de la inteligencia artificial), que conducen a una inexorable pérdida de confianza en la institución.
El saber enjuiciado: la precarización de las ciencias sociales y humanidades
El destino reservado a las CSH en este nuevo entorno académico constituye el núcleo de la obra, que explora tanto su especificidad epistemológica como el modo en que son cuestionadas. El análisis de las amenazas que pesan sobre este conjunto heterogéneo de campos disciplinarios sirve aquí de prisma para comprender los límites de la creciente sujeción de la producción del saber a normas métricas y a los imperativos del cortoplacismo. Las CSH se verían enfrentadas a un dilema corneliano: o bien adaptarse a las lógicas mercantiles y cuantitativas del mercado hipermundializado del conocimiento, o bien aceptar ser relegadas al rango de disciplinas consideradas poco útiles para el desarrollo socioeconómico.
Frente a esta alternativa entre estandarización y desclasamiento, Arturo Fontaine y Marcos García de la Huerta defienden el carácter históricamente irreductible de las «humanidades». Según Fontaine, estas aprehenden al ser humano como un sujeto en busca de sentido, allí donde las ciencias lo tratan como un objeto, distinguiendo las razones (propias de las humanidades) de las causas (correspondientes a las ciencias). García de la Huerta va más lejos al afirmar que ellas encarnan nuestra capacidad de comprensión, esencial para «habitar el mundo», a contracorriente de las lógicas de eficiencia y de operacionalización del saber. Sin embargo, esta concepción humanista del saber se ve hoy socavada por una tecnocracia selectiva, que tiende a reducir el conocimiento a resultados inmediatamente útiles y mensurables.
Juan Manuel Garrido aporta un matiz crucial al sostener que no existe una diferencia epistémica fundamental entre ciencias y humanidades, pues ambas producen conocimientos que descansan en estructuras cognitivas similares. Su distinción sería ante todo institucional y gestora. Por consiguiente, la marginación de las humanidades resultaría menos de un clivaje epistemológico que de opciones de financiamiento y de gobernanza científica (como en Chile con el sistema Fondecyt) que privilegiarían ciertas formas de saber consideradas más «productivas», con el riesgo de debilitar la base cognitiva común de las prácticas de producción científica.
Esta puesta bajo presión se manifiesta concretamente en el trabajo académico. Elisabeth Simbürger describe la paradoja de los investigadores que aspiran a escribir libros (una tarea que exige tiempo prolongado y pensamiento profundo), pero se ven constreñidos por el sistema de evaluación a privilegiar la hiperproductividad. La escritura de un libro se convierte en un «sueño» inaccesible, sacrificado en el altar de la «lógica de entrega» de artículos indexados en desmedro de una «lógica de descubrimiento» auténtica y más fecunda.
Frente a esta amarga constatación, varios autores exploran vías de resistencia. Rodrigo Cordero y Francisco Salinas llaman a las ciencias sociales a retornar al «arte de contar historias», a rehabilitar el relato frente a la producción de métricas destructivas, para recuperar su capacidad de otorgar sentido. La propia sala de clases, lugar de la performance narrativa, debe defenderse frente a las técnicas pedagógicas estandarizadas. Desde una perspectiva feminista, Karen Glavic propone una «escritura de contacto» que, mediante una praxis rigurosa de la cita, construye una memoria y una genealogía alternativas, resistentes a la lógica competitiva de entrega del paper. Nelly Richard identifica la crítica cultural y la teoría feminista como prácticas capaces de desafiar la rigidez del sistema al producir «saberes de la precariedad», a la vez fragmentarios, situados y atentos a la materialidad del lenguaje.
Este diagnóstico formulado por los autores chilenos encuentra un eco particularmente elocuente en el contexto francés, donde las Ciencias Sociales y Humanidades sufren un desclasamiento comparable, aunque con modalidades específicas ligadas al modelo republicano históricamente universalista y centralizador. La misma exigencia de desempeño cuantificable se ejerce allí a través de dispositivos como la Ley de Programación de la Investigación (LPR) de 2020 y la carrera por los financiamientos por proyecto (ANR, Horizon Europe), que imponen a los investigadores la misma «lógica de entrega». La jerarquización de las publicaciones (que favorece las revistas indexadas en inglés) y la precarización estatutaria de los jóvenes doctores reproducen la dualización del cuerpo académico descrita por Carlos del Valle. No obstante, la marginación de las CSH reviste un carácter paradójico: mientras la demanda social por su experticia nunca ha sido tan intensa frente a las crisis contemporáneas (climáticas, democráticas) y a las consecuencias éticas de los trastornos tecnológicos, estas son simultáneamente desacreditadas y sometidas a criterios de evaluación que las desnaturalizan, al ser tomadas regularmente como blanco en el debate público, acusadas de vehicular una ideología «woke» o de resultar inútiles en el mercado laboral (Fassin, 2023; Cusset, 2023). Frente a esta estandarización, las vías de resistencia esbozadas por los autores chilenos (rehabilitación del relato, «escritura de contacto», «saberes de la precariedad») convergen con los esfuerzos de los colectivos franceses por defender, en los intersticios del sistema, la capacidad de las CSH para pensar el «mundo común» y mantener viva una concepción del saber no reducida a su solo valor mercantil.
El universitario de hoy frente a las paradojas de la inclusión
La dimensión subjetiva y política de la recomposición neoliberal del paisaje universitario constituye un tercer eje del libro. Al centrar el análisis en quienes habitan (o intentan habitar) la universidad, este enfoque permite comprender cómo las transformaciones estructurales se encarnan en trayectorias individuales y colectivas. Revela así nuevas formas de subjetivación académica (el universitario «empresario de sí» o «manager», el capital humano, etc.), a la vez que descifra las tensiones entre adaptación y resistencia que atraviesan en adelante al cuerpo docente y a los investigadores.
Mauro Basaure propone una perspectiva original sobre el modo en que los investigadores se apropian y hacen uso del conocimiento teórico. Distingue tres períodos correspondientes a distintos regímenes de recepción intelectual: el «régimen de precariedad mediatizada» (escasez, dependencia de las traducciones y de las editoriales institucionales, orientación hacia problemáticas nacionales); la «burocratización documental», que corresponde a la profesionalización y estandarización de la producción académica; y el actual «régimen de sobreabundancia inmediata» (RSI), impulsado por la digitalización y la inteligencia artificial. En este RSI, la barrera lingüística, largo tiempo gravosa, se atenúa, dando paso a un nuevo desafío: la selección y la evaluación crítica de las fuentes de información en un océano de datos. La pregunta central ya no es «¿cómo acceder a la teoría?», sino «¿qué hacer con ella?», un dilema redoblado para los intelectuales del «sur global» en un contexto de asimetrías estructurales de las condiciones de trabajo y de estudio.
Alejandra Castillo y Nicole Darat abordan, por su parte, la cuestión de la inclusión y de la reproducción de las dominaciones. Castillo, apoyándose en Althusser, define la universidad como un «aparato androcéntrico» que, bajo apariencias modernas (digitalización, globalización), continúa reproduciendo el orden dominante. La inclusión numérica y cuantitativa de las mujeres enmascara allí la persistencia de una estructura patriarcal. Darat, retomando la metáfora de Audre Lorde («las herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo»), sostiene que los fundamentos patriarcales de la universidad persisten mientras esta institución siga concebida estructuralmente para excluir. Para quienes, como ella, «se supone que no deberían estar aquí», la inclusión formal (cuotas, diversidad) constituye una trampa si no va acompañada de una transformación profunda de este bastión construido exclusivamente por un solo género. La resistencia pasa por colectivos y prácticas de reciprocidad orientadas a quebrar la ideología individualista del mérito.
Más pesimista, Rodrigo Karmy Bolton propone una lectura histórica radical. Reconstruye tres mutaciones de la adequatio (es decir, la producción del sujeto por la universidad), que va del sujeto cristiano medieval al ciudadano del Estado-nación producido por las humanidades modernas, y luego al capital humano de la universidad neoliberal. En esta última fase, las ciencias de la gestión han reemplazado a las humanidades como dispositivo de subjetivación. Para Karmy, la universidad de «calidad» se convierte en una máquina de destrucción del «mundo común» (Arendt, 1961; Latour, 1999) de las escrituras, donde la lengua tecnocrática sustituye a aquello que creaba vínculo y sentido entre las investigadoras y los investigadores, y cuyo desenlace lógico está representado por la IA.
Más allá del contexto chileno: repensar la crisis como una oportunidad de refundación
La obra dirigida por Brunner y Bravo traza un diagnóstico inquietante, ampliamente compartido no solo por sus treinta autores, sino también por la comunidad académica. Pone de manifiesto las consecuencias nefastas de una racionalización segregativa que transforma la universidad en una burocracia competitiva, degrada las CSH y produce nuevas formas de exclusión bajo la apariencia de inclusión. El cuadro es sombrío para la profesión universitaria, tironeada entre la adaptación cínica y una resistencia simbólica. Desde el punto de vista de la sociología de las organizaciones, la universidad moderna ilustra a la perfección el «fenómeno de burocratización» descrito en su momento por Michel Crozier (1963): hipertrofiada por la evaluación y la competencia, se encierra en un círculo vicioso en el que la proliferación de normas sofoca la iniciativa académica y refuerza, a su vez, los fenómenos de repliegue corporativo o de conformismo.
No obstante, la riqueza de las contribuciones reside también en las pistas que esbozan. Para superar la mera constatación crítica, resulta fructífero poner estos análisis en diálogo con otros trabajos contemporáneos, de modo de aprehender este momento crítico como una oportunidad de refundación. En esta perspectiva, la crisis de identidad de la universidad puede asimismo situarse en la era que Zygmunt Bauman describió como la de la «modernidad líquida» (2011). Históricamente concebida como una institución «sólida», santuario del saber y garante de la estabilidad profesional de los intelectuales que componen una sociedad, hoy se encuentra profundamente sacudida por esa licuefacción de las estructuras sociales, que las vuelve más frágiles, temporales e inciertas.
En el plano sistémico, la obra, concentrada principalmente en la transformación del oficio de profesor-investigador y en el lugar de las CSH, aborda de manera menos directa la experiencia de los estudiantes, situada, sin embargo, en el corazón de estas mutaciones. Constituye una prolongación, en otro contexto, de los trabajos de François Dubet sobre el «declive de la institución». Tanto en Francia como en Chile, la universidad ya no es un santuario dotado de una misión integradora clara, sino un espacio en el que el individuo se vuelve «vendedor» y, con mayor frecuencia, «cliente» en un mercado de la formación en plena expansión. Del mismo modo, los autores coinciden con el análisis crítico de Marie Duru-Bellat (2006) sobre la meritocracia, convertida en una ficción necesaria pero generadora de desigualdades. En el contexto chileno, donde el endeudamiento estudiantil es masivo, las desilusiones frente a las promesas meritocráticas, fundadas en la idea de que el trabajo escolar recompensa el esfuerzo y el talento, resultan tanto más violentas cuanto que enmascaran la reproducción social, aquí brillantemente denunciada por María Picazo Verdejo a propósito de las barreras multidimensionales a la movilidad internacional.
La perspectiva latinoamericana de la obra converge con los trabajos del investigador mexicano Axel Didriksson (2023) sobre el proceso de «descomposición y recomposición» de la universidad a escala global y regional. Este último insiste en la necesidad de superar la oposición estéril entre Estado y mercado para pensar la universidad como un bien público y social, modelo alternativo al que domina por su influencia: el de las «WCU» o Universidades de Clase Mundial. Mientras que los autores chilenos parecen a veces atrapados en esta dicotomía (o bien la adaptación al mercado, o bien el repliegue en un Estado protector), Didriksson defiende, a la manera de una «tercera vía», la singularidad histórica de la universidad caribeña y latinoamericana en tanto institución dotada de una «autonomía integral», fundada en principios colegiados y participativos y, sobre todo, portadora de movilización social. No obstante, llega a las mismas conclusiones mediante una formulación más radical, al subrayar que esta autonomía ha sido «violada» por la intervención de organismos externos de evaluación y de acreditación, por la creciente privatización y por la mercantilización de la educación superior, en desmedro de las clases más desfavorecidas (Didriksson, 2023, p. 215).
El llamado a una «innovación disruptiva», formulado por Teresa Matus en la sección final, es una propuesta para reforzar la colaboración transdisciplinaria (por ejemplo, los «co-laboratorios» que involucran a diversos actores de la sociedad), reconociendo la «incompletitud» de los actores, sean estos universitarios, civiles o privados. La universidad no debe únicamente resistir o adaptarse: está llamada a coconstruir su legitimidad con su entorno, asumiendo su responsabilidad en la producción de respuestas a los trastornos contemporáneos (climáticos, sociales, tecnológicos). El propio José Joaquín Brunner (2025), en una reciente síntesis sobre la crisis global de las universidades, confirma que ni el mercado ni el Estado pueden, por sí solos, sostener instituciones de calidad, autónomas e inclusivas. La crisis de identidad se convierte entonces en una invitación a repensar la pertinencia social del saber, no en términos de utilidad económica inmediata, sino de contribución al debate público.
El libro culmina en una nota de optimismo, al proponer vías de escape para salir de la «jaula de hierro» weberiana que materializan los muros de la universidad actual. Los «saberes de la precariedad», las «escrituras de contacto», la rehabilitación del relato en la sala de clases o, incluso, los colectivos feministas son otros tantos instrumentos de resistencia cuyo objetivo no es derribar el sistema, sino abrir en él espacios de solidaridad y de producción de sentido. Es precisamente lo que Brunner entiende por la responsabilidad ética del «profesional crítico»: aceptar la nueva realidad a la vez que se la remodela desde dentro. Las mutaciones de la universidad no son únicamente un problema que resolver mediante políticas públicas; invitan asimismo a sus actores a nuevas formas de aprendizaje, más creativas y colectivas.
En conclusión, la obra resuena mucho más allá de su anclaje chileno. Su lectura nos obliga a mirar las transformaciones universitarias no como un epifenómeno, sino como una transformación antropológica mayor. Al leerla, se comprende que la defensa de las CSH no es un combate de retaguardia en una torre de marfil. Es el combate por mantener, en el corazón de la institución, la capacidad de pensar el mundo común, de formar sujetos críticos y de producir un saber emancipado de las lógicas del capital.
Aunque las contribuciones fueron redactadas con anterioridad a las elecciones presidenciales chilenas de 2026, se percibe una aprensión latente ante una inflexión neoliberal de la educación en el pensamiento de los distintos autores. Si bien la precipitación editorial, motivada por la voluntad de publicar la obra antes de la alternancia política, vuelve parcialmente obsoletos algunos pasajes —en particular los dedicados a la ambiciosa Ley de Financiamiento de la Educación Superior (FES), cuyo destino será verosímilmente sellado por el gobierno ultraliberal de Kast—, el libro se revela, in fine, como un alegato en favor de la preservación de las letras y de las humanidades frente a una lógica competitiva y liberal ajena a su esencia misma. Se empeña en justificar la especificidad epistemológica de este campo científico, al tiempo que reafirma su papel social. La impresión de defensa de una especie en vías de extinción en la era de la inteligencia artificial debe, con todo, relativizarse. El libro constituye, en realidad, un grito de alarma proveniente de uno de los países geográficamente más alejados del contexto francés y europeo, en una región —América Latina— que aún busca afirmar su visibilidad en el campo del saber universal. Con todo, los análisis que reúne, aun inscribiéndose en una configuración política singular, poseen un alcance ampliamente extrapolable al conjunto de los sistemas universitarios del planeta.
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