A medida que se intensifican las presiones financieras, las universidades responden cada vez más a clasificaciones y métricas que premian el prestigio, a menudo a expensas de una colaboración global equitativa.

Pieza de reflexión de IdeasLAB | Por Eszter Lukács y Zsolt Kohus, Universidad Széchenyi István, Hungría
Las universidades se encuentran en una encrucijada. Las presiones financieras que enfrentan son cada vez más existenciales. Instituciones que alguna vez fueron consideradas motores de movilidad social y progreso global ahora luchan por mantenerse abiertas, financiar la investigación y cumplir con sus misiones. La financiación pública, otrora vital para la educación superior, se está agotando y concentrando en las instituciones de élite (OCDE 2024; Zatonatska et al. 2019; Wu 2020). Sin embargo, las expectativas siguen aumentando: más estudiantes, más innovación, mayor participación internacional. ¿Cómo se puede esperar que las universidades hagan más con menos, año tras año, sin comprometer los valores que se fundaron para defender?
Esto ya no es solo una cuestión presupuestaria. Se ha convertido en una cuestión de prioridades globales. Si las sociedades realmente creen en el poder transformador de la educación, ¿por qué la educación superior se trata tan a menudo como un gasto en lugar de una inversión? ¿Por qué las universidades se ven obligadas a buscar ingresos mediante aumentos de matrícula, iniciativas comerciales y concesiones a los donantes, mientras que su misión fundamental —la docencia, la investigación y el servicio público— corre el riesgo de quedar relegada?
Si las sociedades realmente creen en el poder transformador de la educación, ¿por qué la educación superior se trata tan a menudo como un gasto en lugar de una inversión?
La incómoda realidad es que muchas instituciones se están transformando no por una visión académica, sino por razones financieras. Este cambio tiene profundas implicaciones para la cooperación internacional. Sin financiación adecuada y autonomía estratégica, las universidades corren el riesgo de convertirse en entidades transaccionales en lugar de socias colaboradoras. Además, la calidad e inclusividad de la investigación global están en juego. La distribución geográfica de las citas en la ciencia global sigue siendo fuertemente sesgada hacia los países occidentales tradicionales y los países en proceso de occidentalización, donde las instituciones más prestigiosas dominan las clasificaciones universitarias (QS 2025, THE 2025, Gazni y Thelwall, 2016). Ocupar una posición central en las redes de colaboración global es cada vez más vital, pero esta dinámica perjudica a las universidades de menor visibilidad e impacto.
En las clasificaciones universitarias se observan algunas excepciones notables, especialmente entre países de ingresos bajos y medios-bajos como Azerbaiyán, Egipto, India, Nigeria, Pakistán y Turquía, que han incrementado significativamente el número de instituciones representadas en las ediciones QS 2026 y THE 2026 en comparación con las ediciones QS 2020 y THE 2020. Es importante destacar que países de Europa Central y Oriental, como Polonia, la República Checa, Hungría o Rumanía, también han mostrado un notable aumento en el número de universidades clasificadas durante este período. Sin embargo, este progreso no es universal, ya que muchos países con niveles de ingresos similares muestran un desarrollo limitado, lo que pone de manifiesto las persistentes disparidades en la educación superior a nivel mundial. Este “progreso” desigual también puede reflejar características estructurales de las propias clasificaciones globales, que imponen jerarquías competitivas en las que las ganancias de algunos actores no se traducen necesariamente en un avance general del sistema.
La escasez de fondos y sus consecuencias globales
Durante décadas, las asignaciones gubernamentales (es decir, la financiación pública directa destinada a las universidades a través de presupuestos nacionales o regionales) constituyeron la base del funcionamiento universitario en muchas partes del mundo. Permitieron a las instituciones perseguir objetivos a largo plazo, invertir en investigación y mantener su independencia académica. Sin embargo, esta base se está desmoronando. En muchos países, la inversión pública en educación superior ha disminuido significativamente, lo que obliga a las universidades a buscar fuentes de ingresos alternativas. Este cambio ha conllevado una creciente dependencia de las matrículas, las donaciones filantrópicas, las iniciativas comerciales y las colaboraciones con la industria.
Las iniciativas comerciales pueden ser lucrativas, pero también conllevan riesgos. Cuando los objetivos financieros empiezan a eclipsar las prioridades académicas, las universidades pueden verse obligadas a comprometer su misión fundamental.
Las tasas de matrícula, sobre todo en las instituciones privadas, se han convertido en una importante fuente de ingresos (Ritzen, 2021). Si bien contribuyen a cubrir los gastos operativos, también suscitan serias preocupaciones sobre la asequibilidad y el acceso a la educación superior. Los estudiantes y sus familias se ven cada vez más agobiados por el aumento de los costos, y la promesa de la educación superior como vía hacia las oportunidades se ve amenazada. La filantropía ha intervenido para paliar algunas de estas carencias, apoyando becas y ayudas financieras (Tierney, 2021). Sin embargo, el apoyo filantrópico suele concentrarse en instituciones de élite, dejando atrás a otras.
Las actividades comerciales —como la transferencia de tecnología, las licencias y los servicios auxiliares— ofrecen otra vía de ingresos (Perry, 2023). Las iniciativas comerciales pueden ser lucrativas, pero también conllevan riesgos. Cuando los objetivos financieros empiezan a eclipsar las prioridades académicas, las universidades pueden verse obligadas a comprometer su misión fundamental.
Los fondos patrimoniales brindan seguridad financiera a largo plazo y permiten realizar inversiones estratégicas en investigación, infraestructura y profesorado (Acharya y Dimson, 2007). Sin embargo, su distribución no es uniforme. Las instituciones con larga trayectoria y sólidas redes de exalumnos suelen contar con mayores reservas, mientras que las universidades más nuevas o menos prestigiosas a menudo tienen dificultades para crear fondos patrimoniales significativos. La captación de fondos exitosa requiere un liderazgo comprometido y un esfuerzo constante, recursos que no todas las instituciones pueden permitirse.
El efecto Mateo y la brecha en la colaboración global
La distribución desigual de los recursos financieros ha generado una profunda brecha en el panorama de la educación superior. Mientras que algunas universidades prosperan, otras sufren una financiación insuficiente crónica y oportunidades limitadas. Esto es especialmente cierto en los países en desarrollo, en Europa Central y Oriental, y entre las instituciones con menor prestigio en los rankings universitarios mundiales. Estas universidades a menudo carecen de acceso a becas de investigación competitivas, a colaboraciones internacionales y a mercados estudiantiles de alto poder adquisitivo.
Esta ventaja acumulativa refuerza las jerarquías existentes y limita la diversidad de perspectivas en la investigación global. Además, socava el potencial de la cooperación internacional para ser verdaderamente inclusiva y transformadora.
Este desequilibrio se ve acentuado por el efecto Mateo en la colaboración científica: un fenómeno en el que investigadores e instituciones consolidadas atraen mayor reconocimiento, financiación y colaboraciones, mientras que sus homólogos menos conocidos luchan por ganar visibilidad. A medida que las universidades de élite dominan las redes de citas y los proyectos colaborativos, otras quedan marginadas. Esta ventaja acumulativa refuerza las jerarquías existentes y limita la diversidad de perspectivas en la investigación global. Además, socava el potencial de la cooperación internacional para ser verdaderamente inclusiva y transformadora.
¿Debería la excelencia en la educación superior limitarse a un puñado de instituciones de élite? ¿O podemos construir un sistema que permita a todas las universidades tener éxito y contribuir de manera significativa a la producción de conocimiento a nivel global? La creciente concentración de riqueza e influencia en las instituciones de educación superior de primer nivel amenaza la cohesión del sector y la integridad de la colaboración internacional.
Además, los modelos de financiación basados en el rendimiento, que vinculan el apoyo financiero a indicadores como la producción investigadora y las clasificaciones mundiales, pueden perjudicar a las instituciones centradas en la docencia y el servicio a la comunidad (Jongbloed y Vossensteyn, 2001). Estos modelos a menudo no reflejan el alcance total del impacto de una universidad, especialmente en regiones donde el acceso y la equidad son primordiales.
Repensar los modelos de cooperación y financiación.
Para forjar un futuro más equitativo y resiliente de la cooperación internacional en educación, las universidades y los responsables políticos deben replantearse la financiación de la educación superior y la creación de alianzas. El objetivo no debe ser simplemente sobrevivir, sino prosperar en los ámbitos académico, social y global.
Renovar el compromiso público con la educación superior.
Los gobiernos deben reconocer la educación superior como una inversión estratégica para el desarrollo nacional y global. El aumento de la financiación pública puede apoyar la investigación, la docencia y la infraestructura, al tiempo que garantiza que las universidades sigan siendo accesibles y capaces de establecer alianzas internacionales significativas.
Adoptar enfoques de financiación híbridos.
Los modelos híbridos que combinan financiación pública y privada permiten a las universidades diversificar sus fuentes de ingresos manteniendo la rendición de cuentas. Estos modelos pueden fortalecer la resiliencia institucional y permitir a las universidades buscar colaboraciones internacionales sin comprometer su misión académica.
Fomentar la colaboración equitativa y el uso compartido de recursos.
La cooperación internacional no debe limitarse a las instituciones de élite. Las iniciativas conjuntas de investigación, las instalaciones compartidas y los consorcios regionales pueden reducir costos y promover la innovación transfronteriza. Los organismos de financiación y los gobiernos deben apoyar alianzas inclusivas que reúnan a instituciones de diversos tamaños, capacidades y ubicaciones geográficas.
Innovar en las herramientas financieras para la colaboración global.
Los nuevos instrumentos financieros, como los préstamos condicionados a los ingresos, los bonos de impacto social y las plataformas digitales de recaudación de fondos, pueden ayudar a las universidades a acceder a fuentes de financiación más amplias. Estas herramientas deben diseñarse para apoyar la movilidad internacional, los programas conjuntos y la investigación colaborativa, especialmente para las instituciones con recursos limitados.
Fortalecer la gobernanza institucional y la autonomía estratégica.
Un liderazgo y una gobernanza eficaces son esenciales para desenvolverse en entornos de financiación complejos y en alianzas internacionales. Las universidades con mayor autonomía están mejor posicionadas para tomar decisiones estratégicas, responder a los desafíos globales e invertir en colaboraciones a largo plazo.
La equidad y la inclusión
deben ser pilares fundamentales de la cooperación internacional. Esto implica garantizar que los modelos de financiación apoyen a las regiones menos favorecidas, que los proyectos de colaboración incluyan diversas perspectivas y que el acceso a las redes globales no se vea limitado por restricciones financieras. Sin esfuerzos deliberados para contrarrestar el efecto Mateo, la cooperación internacional corre el riesgo de reforzar las desigualdades existentes.
Reevaluar las métricas y los incentivos.
Las clasificaciones globales y las métricas de desempeño influyen en el comportamiento institucional y en las decisiones de financiación. Sin embargo, muchas de estas métricas priorizan la producción investigadora y la reputación por encima de la colaboración, de la calidad de la docencia y del impacto social. Un cambio hacia indicadores más holísticos podría alentar a las universidades a invertir en alianzas orientadas a objetivos comunes en lugar del prestigio individual.
De cara al futuro: La cooperación como piedra angular
El futuro de la cooperación internacional en educación dependerá de nuestra respuesta a los desafíos financieros y estructurales actuales. Es fundamental que las universidades cuenten con los recursos necesarios para colaborar más allá de fronteras, disciplinas y sectores, como cocreadoras de conocimiento y de soluciones. Esto requiere modelos de financiación inclusivos, sostenibles y alineados con el bien común.
La autonomía financiera, cuando se ejerce de forma responsable, permite a las instituciones invertir en talento, infraestructura e innovación (Aghion et al., 2010). Sin embargo, la autonomía debe ir acompañada de la rendición de cuentas y de un compromiso con la equidad. El efecto Mateo nos recuerda que, sin un diseño intencional, la colaboración puede potenciar las ventajas y volverse excluyente. Para aprovechar plenamente el poder de la cooperación internacional, debemos garantizar que todas las instituciones —independientemente de su tamaño, ubicación o posición— tengan la oportunidad de participar y liderar.
El futuro de la cooperación internacional en educación dependerá de nuestra respuesta a los desafíos financieros y estructurales actuales. Es fundamental que las universidades cuenten con los recursos necesarios para colaborar más allá de fronteras, disciplinas y sectores, actuando como cocreadoras de conocimiento y soluciones.
Mediante la colaboración, universidades, gobiernos y organizaciones globales pueden construir un ecosistema de educación superior resiliente, diverso y de gran impacto. En un mundo que enfrenta desafíos comunes —desde el cambio climático hasta la transformación digital—, el futuro de la educación depende de nuestra capacidad para cooperar a nivel internacional e invertir en el conocimiento como un bien común.
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