Los 250 años de Estados Unidos no solo conmemoran su independencia, también exponen la trayectoria de una nación que terminó organizando buena parte de los imaginarios modernos. Esta columna se propone observar esa trayectoria no como una historia de esa nación, sino como el despliegue de una forma cultural que ha circulado globalmente con una fuerza difícil de comparar.
Nos interesa observar la potencia de una autorrepresentación nacional que, durante dos siglos y medio, ha articulado libertad, democracia, oportunidad, innovación y éxito individual. Estados Unidos ha sido un país, una enorme economía y una potencia militar. Pero de manera decisiva, su singularidad reside en lograr haber proyectado su experiencia histórica particular como un vocabulario disponible para imaginar la vida moderna.
La antropología clásica intentó observar a Estados Unidos como cultura. Margaret Mead, en plena Segunda Guerra Mundial, interpretó el “carácter americano”, hoy esa idea resulta insuficiente para un país atravesado por muchas diferencias, pero su intuición conserva valor. Estados Unidos puede observarse como un complejo sistema de hábitos, expectativas y símbolos.
Desde nuestra perspectiva, podemos hablar de Estados Unidos como una nación imperial y no únicamente por sus bases militares, intervenciones exteriores e indiscutible dominio geopolítico. Su rasgo más profundo ha sido lograr que sus producciones culturales se vuelvan reconocibles, deseables y reproducibles. Por ejemplo, el “sueño americano” ha llegado a operar como una promesa globalizada que asocia la libertad individual, el emprendimiento y la movilidad social con una vida lograda sobre la base del esfuerzo personal.
Esa idea es poderosa. En su interpretación de la Revolución Americana, Hannah Arendt apreció algo más que la ruptura con el dominio británico, observó la posibilidad de realización de un espacio político relativamente estable para la libertad pública. Su revolución habría consistido en construir instituciones capaces de preservar una experiencia colectiva. Esa lectura permite entender por qué Estados Unidos proyectó al mundo su arquitectura constitucional y sus rituales cívicos.
Aunque la libertad declarada no incluyó a todos quienes habitaban la nueva nación. Ahí se instalan sus contradicciones: produjo una de las semánticas políticas más universalistas de la modernidad y, a la vez, dejó en los márgenes a quienes no cabían en ella. La nación convivió, sin más, con la esclavitud, la segregación, arrinconando a sus pueblos originarios, con una expansión territorial violenta, con desigualdades de género, fundamentalismos religiosos y políticos, y una sospecha permanente hacia quienes no encajaban con sus modelos dominantes.
En todo caso, no es posible afirmar que “los estadounidenses son” individualistas, emprendedores, violentos o democráticos. Más preciso es decir que en los Estados Unidos se han seleccionado y estabilizado repertorios culturales extremadamente contradictorios.
La religión civil estadounidense expresa esa tensión. Su bandera, los padres fundadores, la Constitución, la Declaración de Independencia, los monumentos, los discursos presidenciales, los memoriales de guerra y las ceremonias públicas están investidas con una dimensión moral. Esa singularidad ha contribuido a auto-justificar sus intervenciones en distintas regiones del mundo con el pretexto de cumplir una misión, antes que como expresión de sus intereses. El problema no es que ese pretexto sea falso, se trata de que formulado de esa manera ha podido convertirse en expectativa verosímil para otros y para sí misma.
La noción de imperio cultural designa esa capacidad de estructurar horizontes más allá de sus fronteras. Hollywood exportó entretención, pero también modos de imaginar la heroicidad, el amor, la juventud, la amenaza, la guerra, el triunfo y el fracaso. Silicon Valley ha difundido dispositivos junto con una moral de la innovación, la disrupción, la conectividad y el emprendimiento. Sus escuelas de administración han transmitido técnicas de gestión y expandido la imagen de una organización eficiente como competitiva y orientada a resultados.
Pero su fuerza cultural no debe entenderse como una imposición. Las culturas no asimilan pasivamente las imágenes que circulan desde los centros de poder, las reinterpretan, resisten, adaptan y mezclan con sus formas locales. Lo excepcional es que Estados Unidos ha tenido la capacidad de hacer circular universalmente sus películas, universidades, marcas, tecnologías, músicas, lenguajes políticos, estilos de vida, narrativas empresariales y modelos de éxito. Su efectividad consiste en que aspiraciones locales muy distantes han terminado formulándose con categorías provenientes de la experiencia estadounidense.
Estados Unidos ha sido una gran productora de expectativas. Ha universalizado derechos, autonomía personal, libertad religiosa, valorización de la filantropía, movilidad social, innovación científica, predicadores, voluntariado y creatividad cultural. En esa misma producción se inscriben sus virtudes: confianza en la iniciativa individual, capacidad de asociación, pragmatismo, apertura a la innovación, disposición a la reinvención y tolerancia a la autocrítica. Sus vocabularios, objetos, infraestructuras e ideas sobrepasan ampliamente sus fronteras. Desde los jeans hasta internet, desde la masificación del automóvil y los electrodomésticos hasta el cine popular, desde las contraculturas juveniles hasta las universidades de elite y las plataformas tecnológicas. Su influencia ha sido convertir sus estilos y dispositivos en modelos globales.
También desde ella han surgido lenguajes críticos que impugnan el modo estadounidense dentro de sus propios espacios. Lo anterior le ha permitido exportar sus conflictos. Su cultura contiene recursos para denunciar sus propias sombras. La crítica al racismo, al imperialismo, a la violencia policial, a la desigualdad, al abuso, al patriarcado, al cientificismo, a la guerra y al capitalismo corporativo circula, frecuentemente, mediante lenguajes producidos dentro de Estados Unidos. Black Lives Matter, #MeToo, la cultura woke, las controversias sobre corrección política, cancel culture, diversidad, inclusión y los “acampes” muestran que hasta sus disputas se transforman en vocabularios globales. Esa es una de las paradojas de su imperio: mundializar sus códigos culturales y, al mismo tiempo, los repertorios disponibles para cuestionarlos.
Esa ambivalencia también organiza a sus detractores. Para sus adversarios, Estados Unidos condensa la decadencia moral, la secularización agresiva y prepotente y el materialismo consumista. Desde esas miradas es el emblema de una modernidad corruptora y decadente.
Esta semántica también estructura sus tensiones internas. MAGA, por ejemplo, añora una grandeza perdida que debe ser restaurada. La nación se habría desviado de sí misma por las élites liberales, la globalización, las nuevas corrientes inmigratorias, las burocracias federales, los organismos internacionales y el multiculturalismo. Los liberales y progresistas, por su parte, observan la erosión de las normas constitucionales, la creciente polarización, la amenaza autoritaria y populista, el deterioro del pluralismo democrático, la precarización, el militarismo, las alianzas temerarias y la captura tecno-oligárquica del país. Para unos, Estados Unidos debe recuperarse sus momentos de gloria; para otros, debe transformar las estructuras que han acrecentado sus desigualdades. Esta conmemoración ocurre, por tanto, en un país tensionado.
La hegemonía cultural estadounidense incluye hoy la mundialización de sus fracturas. El mundo observa, en tiempo real, su polarización política, las disputas judiciales, sus guerras culturales, sus movimientos sociales antagónicos, su crisis de confianza, las retóricas conspirativas, los liderazgos grandilocuentes y populistas, el auge de fundamentalismos, la persistente discriminación, el alto consumo de drogas, sus niveles de obesidad, la violencia política y sus recurrentes y noticiosos tiroteos. Esta nación ha convertido sus crisis en un espectáculo.
Aunque esta exposición no ha cancelado su poderío, Estados Unidos ya no monopoliza la imagen de futuro de la humanidad. China, la Unión Europea, Rusia, el mundo islámico, América Latina e incluso instituciones globales como la Iglesia católica le contraponen sus propias imágenes de futuro. Pero incluso cuando Estados Unidos pierde potencia relativa, sigue concentrando la atención. Sus crisis son comentadas y la discusión sobre su decadencia, real o imaginada, es también una expresión de su centralidad.
A los 250 años, las luces y sombras de Estados Unidos no se ubican en lados separados ni en auditorios distintos. Hoy importa, más que antes, cómo es observada esa celebración: ¿Es una promesa todavía convincente o se encontró con sus propios límites? Esta pregunta no remite únicamente al futuro de una nación, sino a la vigencia de una narrativa cultural que muchas sociedades han usado o usan para imaginar sus propios futuros.
Estados Unidos sigue ofreciendo una de las imágenes culturales más poderosas de la modernidad y, al mismo tiempo, expone sus contradicciones. Por eso constituye un blanco disponible. Para quienes impugnan radicalmente la modernidad capitalista, aparece como su emblema más visible; para quienes se han integrado a sus reglas, sigue operando como horizonte de aspiración. Unos la denuncian como decadencia; otros la reproducen como anhelo. Quizá a los 250 años, su singularidad resida en seguir ofreciendo una gramática cultural global, incluso cuando expone sus sombras.
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