Entrevista sobre coyuntura política con Magdalena Olea
Julio 26, 2026

José Joaquín Brunner: «Tenemos una oposición que no tiene ninguna capacidad de ofrecer un proyecto de gobernabilidad»

En conversación con El Líbero, el exministro y académico hizo un balance del clima político y dio a conocer su opinión sobre el plan de Reconstrucción que sacó adelante la administración de Kast en sus primeros cuatro meses. «Me parece que es una apuesta con grandes incógnitas respecto de sus efectos», sostuvo.
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A cuatro meses de haber asumido, el gobierno del Presidente José Antonio Kast se anotó un triunfo con la aprobación del corazón de su proyecto de Reconstrucción, generando algunos apoyos de parlamentarios que van más allá del oficialismo. La negociación también dejó ver un clima difícil para llegar a acuerdos con la oposición y quiebres dentro de este mismo sector.

El académico y ex ministro secretario general de Gobierno, José Joaquín Brunner, analizó en Mirada Líbero el desempeño del Ejecutivo y sostuvo que el proyecto recién aprobado «es una apuesta con grandes incógnitas respecto de sus efectos».

También se refirió a la reaparición pública de la exvocera Mara Sedini, las dificultades de la estrategia comunicacional de La Moneda y el estado de una oposición que, sostuvo, «sigue bajo el impacto de la derrota política, social y cultural que experimentó tras el gobierno de Gabriel Boric». “No es una oposición, sino varias oposiciones y estilos”, afirmó.

La ley miscelánea fue presentada confrontacionalmente

—¿Cómo interpreta el Plan de Reconstrucción Nacional? ¿Es un triunfo para el gobierno?

—Qué duda cabe, el gobierno se había propuesto llevar adelante este proyecto y obtener una mayoría, así fuera de un voto, para aprobarlo. Y lo logró con modificaciones que probablemente no son sustantivas. Yo creo que el tema más interesante es la naturaleza misma del proyecto y la forma como ha sido presentado y entendido por una parte de la opinión pública, realmente como una suerte de palanca que va a servir para sacar adelante al país y cambiar no solamente el clima político, sino además, el clima económico. ¿Va a ser posible, efectivamente, una especie de gran corrida de inversiones durante los próximos años? ¿Van a mejorar las tasas de desempleo que tenemos actualmente? ¿Va a liberar esto que llaman los “espíritus animales” del empresariado, es decir, la capacidad de volver a recuperar altas tasas de crecimiento? Esa promesa uno la entiende bien en épocas electorales, yo la entiendo mucho menos en épocas ya de gobierno y de gobernabilidad real del país. Me parece que es una apuesta con grandes incógnitas respecto de sus efectos y hay una buena parte de la comunidad de economistas, tanto nacionales como internacionales, que expresa dudas muy claras.

—¿Cuál es su diagnóstico entonces tras la aprobación del corazón del Plan de Reconstrucción?

—El clima durante estos primeros meses no apunta en la dirección que busca crear el proyecto. Esta ley miscelánea fue presentadaconfrontacionalmente, lo cual probablemente responde al espíritu de polarización que hoy día existe en el país, y fue recibida también confrontacionalmente por las distintas oposiciones. Cuando lo que en realidad uno esperaba en esta etapa fue lo que el Presidente, en su primer discurso después del triunfo electoral, prometía: ‘Vamos a buscar, efectivamente, unificar, reunificar al país, entusiasmarlo en torno a objetivos comunes’. Y el crecimiento es absolutamente fundamental en cualquier país, pero requiere efectivamente de entusiasmo, de capacidades para crear consensos y de acuerdos.

—¿Se puede revertir ese clima?

—Es muy difícil imaginar, a partir de las experiencias históricas de los países tanto del norte global, como suele decirse, como del sur, que en medio de la polarización más aguda y de la confrontación permanente se pueda crear un ambiente como el que el país tuvo entre 1990 y una buena parte de la primera década de los años 2000. Era un espíritu de entusiasmo colectivo, donde todo el mundo sentía que era parte de esta tarea del crecimiento, de la modernización y de una mayor igualdad o equidad en la distribución de oportunidades. Nada de eso existe en el discurso actual y yo creo que esa es una gran debilidad que tal vez no se ve con toda claridad ahora, cuando todo el mundo piensa más bien en el balance chico, en el balance anual y no en las características estructurales del país. Se está pensando: “Bueno, ¿quién ganó y quién perdió?”, como si eso, en realidad, fuese lo importante. A mí me parece que es un síntoma de la falta de gobernabilidad, entendida como la capacidad de movilizar el esfuerzo, el entusiasmo, la voluntad y los deseos del conjunto de la población. Eso es lo que yo veo y, por lo tanto, se mantienen, a mi juicio, todas las interrogantes fundamentales de la economía, de la política y de las latencias conflictivas de la sociedad.

Estamos acostumbrándonos a gobiernos de cuatro años que no tienen un esquema de gobernabilidad del país

—Usted escribió una columna en El Líberosobre el escenario político que estamos viviendo en Chile, donde planteaba que «la élite chilena sabe alternarse en el poder, pero ha desaprendido a gobernar». ¿Lo ocurrido con este proyecto refleja eso mismo, a su juicio?

—Sí, yo creo que es un buen ejemplo. Y lo que yo decía en esa columna nada más refleja lo que ha venido ocurriendo, por lo menos, durante la última década. Esta alternancia abrupta de Bachelet II a Piñera, a Boric y a Kast. Estamos, y ese es el riesgo, acostumbrándonos a gobiernos de cuatro años que no tienen un esquema de gobernabilidad del país, en el sentido de una capacidad para construir bases sociopolíticas, electorales, de opinión pública y de institucionalidad que le permitan al país mantener una continuidad de las políticas en algunas áreas. No en cada campo y en todos los detalles, sino una continuidad básica en algunas áreas donde el país requiere mucho más que cuatro años para ir asentando instituciones, conductas y prácticas que nos permitan, efectivamente, enfrentar los enormes desafíos que tiene Chile y que tiene, en general, el mundo al comenzar esta próxima década del siglo XXI.

—¿Cree que esto va a seguir así?

—El período que viene, entre 2030 y 2050, o cualquier período desde el comienzo de este siglo hasta 2050, va a ser una época de enormes transformaciones en todos los planos, como lo estamos viendo. Y, desde ese punto de vista, un país pequeño, relativamente aislado geográficamente, que no está situado en los canales más habituales de tipo comercial o de circulación cultural y de ideas, como es el nuestro, requiere particularmente una gran solidez en eso que yo llamo gobernabilidad. Es decir, gobiernos que miren a más largo plazo y que, si bien hacen lo que pretenden de acuerdo con su propia ideología, se preocupen de ir desarrollando y construyendo las instituciones. Y lo que hemos visto durante los últimos 10 o 15 años es lo contrario, grandes intentos de refundación, grandes intentos de declarar emergencias. Todo el mundo está siempre en emergencia y a las únicas emergencias reales, estas catástrofes que tenemos, el estallido social y ese tipo de cuestiones, no logramos responder.

—¿Y el Plan de Reconstrucción lo ve entonces como un triunfo político genuino del gobierno o como una victoria legislativa más limitada? ¿No existe una contradicción entre describir a un gobierno sin conducción política, y reconocer que en solo cuatro meses logró aprobar el corazón de su reforma más importante?

—Yo creo que, efectivamente, si se quiere poner en esos términos, que no me gustan, es entre comillas un triunfo político de corto plazo y de limitadas consecuencias. Es una reforma tributaria para la cual había una base de acuerdo muy amplia en el país, con algún tipo de compensaciones que también era perfectamente posible buscar y encontrar. Esto podría haberse producido con un gran acuerdo y no meramente como algo que, en definitiva, significa el triunfo ideológico de quienes piensan que reducir los impuestos es una palanca absolutamente efectiva, casi milagrosa, para disparar el crecimiento. Si fuera tan fácil como eso, no tendríamos problemas en el mundo (…). Es una idea de la economía que simplifica las cosas, cuando, en realidad, lo que hemos aprendido durante los últimos 50 o 60 años es la tarea enormemente dificultosa de poder generar, efectivamente, las condiciones y los factores que favorecen realmente el crecimiento de un país.

—¿No es un triunfo, entonces?

—Desde ese punto de vista, me parece que no es un triunfo; es todo lo contrario. No moviliza realmente a una gran mayoría. Hay que ver cómo está hoy día la evaluación del gobierno y cuál es la evaluación del Presidente, quien, en tan pocos meses, ha hecho una política de austeridad fiscal. Durante los primeros meses estuvo enredado en toda una cuestión respecto de la caja vacía, de la fiscalidad y del Estado quebrado. Pasamos, luego, a concentrar completamente el foco de la política en una ley que, en definitiva, hace un par de cosas que favorecen a algún sector importante de la sociedad, qué duda cabe, pero que, de acuerdo con el análisis que yo hago y que comparto con mucha gente a nivel nacional e internacional, no desencadena realmente una nueva dinámica. Se dijo que esta era la reforma principal del gobierno. Yo creo que, por un rato, se puede entender eso como una cuestión de movilización de la opinión pública, pero no ha resultado bien, porque no hay ninguna señal de que el país piense que con esto vamos a tener más progreso. No hay más confianza en las instituciones, no hay más apoyo al Presidente de la República, no hay una mejor comprensión de cuál es el papel que está jugando el Segundo Piso. Las propias fuerzas de gobierno son tan disímiles como eran las fuerzas de gobierno durante el tiempo del Presidente Boric. Basta escuchar al presidente de uno de los partidos que se declara una oposición amiga. Es algo realmente bien fenomenal. Dice que, finalmente, el gobierno está siguiendo la música que ellos ponen, con lo cual crea una tensión evidente. Uno puede decir que son detalles, como son detalles las declaraciones de la exministra secretaria general de Gobierno.

Se anuló completamente el ministerio de la vocera

—¿Cómo interpreta la reaparición de la ex ministra Mara Sedini?

—Yo pasé por ese mismo cargo y no puedo imaginarme diciendo, recién salido del gobierno, el tipo de cosas que dice la ex ministra. Pero no tanto por lo que dice ella, que lo hace con cierta ingenuidad y reflejando lo que ha sido su trayectoria, sino porque refleja las tensiones que yo, por lo menos, advertí desde muy al comienzo en mis primeras columnas. Cuando estaba recién elegido y recién informando su gabinete, yo decía que esto del Segundo Piso empoderado como un ministerio principal del gobierno no era una buena idea. Porque cualquiera que haya estado en La Moneda, y yo estuve cuatro años ahí, se da cuenta del delicado equilibrio que tiene que haber entre el Presidente, el Segundo Piso y los tres ministerios fundamentales. El diseño político que se hizo en el Segundo Piso debilitó al gobierno durante meses. Debilitó a los ministerios que realmente tenían que ser muy fuertes desde el primer día. El gobierno se habría evitado algunos problemas teniendo fuerza en el Ministerio del Interior y en el Ministerio Secretaría General de la Presidencia.

Se anuló completamente el ministerio de la vocera, que dejó de ser vocera y pasó a protagonizar una pequeña escaramuza diaria frente a los medios de comunicación. No era un ministerio empoderado que manejase la estrategia comunicacional del gobierno, que quedó depositada en el Ministerio de Hacienda. Se ha intentado entusiasmar al país con un hecho que es, efectivamente, menor dentro del tipo de problemas que enfrenta. Y este no es el programa principal del gobierno. El programa principal es asegurar crecimiento, y lo que muestran todas las proyecciones es que, en realidad, el crecimiento promedio durante los cuatro años va a ser muy bajo, probablemente incluso más bajo que el que hubo durante los cuatro años anteriores. ¿Y qué gobierno puede realmente llegar a contar con un apoyo nacional amplio, relativamente transversal, dirigiendo su política comunicacional desde Hacienda, que siempre tiene un papel relativamente ingrato?

—¿Cree que el problema principal no estuvo radicado en Sedini, sino en que no hubo una definición clara del gobierno respecto de qué comunicar, o una estrategia?

—Yo pienso así y, efectivamente, ha habido, probablemente en el caso de ella, o por lo menos así lo ha vivido, cierta intolerancia frente a la diversidad de estilos. (Cuando yo fui ministro) el Presidente venía de uno de los partidos más fuertes de la alianza, había figuras del Partido por la Democracia y de la tradición del Partido Socialista después de su renovación. Yo era un académico y tenía mi estilo. Recuerdo que había gente que se sorprendía y me decía ‘oye, pero tú te paras ahí delante como si fueras un profesor entrando a hacer su cátedra de sociología, y eso no es lo que corresponde a un vocero’. El Ministerio Secretaría General de Gobierno no consiste solamente en vocear al Presidente, que ya es una tarea extremadamente delicada, porque hay que tener una enorme sintonía directa y personal con él. Uno tiene que hablar frente a cuestiones mayores y menores y reflejar lo que el Presidente está pensando. Es una tarea extremadamente delicada. En este gobierno, desde el primer día, la anularon completamente. La anularon a ella personalmente diciéndole que es una actriz, que actúe de acuerdo con lo que se le está diciendo desde el Segundo Piso, que era el que efectivamente dirigía tanto la estrategia comunicacional como la estrategia operativa de los ministerios centrales del gobierno.

Hay que manejar una relación razonable entre el Segundo Piso, el Presidente y sus ministros principales, y elaborar estrategias dentro de un circuito que tiene que llevar a todos ellos bajo el mando del Presidente. Y debe existir lo que nosotros llamábamos, durante el tiempo de la Concertación, un primus inter pares, que era el ministro del Interior. No por el hecho de ser ministro del Interior, sino porque era el jefe político del gabinete. Y miren dónde hemos terminado, exactamente ahí. Ahora todo el mundo está feliz porque, en realidad, está empezando a emerger un primus inter pares.

—¿Y la figura del ministro vocero de Gobierno?

—La figura de la vocería del Gobierno ha quedado en la incógnita. Hay un subsecretario que hace ese papel de vez en cuando, de vez en cuando lo hace el ministro del Interior. En realidad, es una confusión. Lo que se debiera restituir es que si no se quiere tener un ministerio y se quiere hacer este gesto de que hemos suprimido un ministerio, tiene que haber un departamento o una dirección, con un vocero que cuente con toda la confianza del Presidente, como ocurre en cualquier parte del mundo. En los gobiernos presidencialistas es particularmente importante quién cumple el papel de vocero.Luego, hay que definir quién lleva la estrategia comunicacional del gobierno, porque, efectivamente, todo parece mostrar que esa estrategia no está funcionando bien.

Tenemos una oposición que no tiene ninguna capacidad para ofrecer ningún tipo de proyecto de gobernabilidad

—Usted ha dicho que la oposición no tiene identidad ni estrategia. ¿Lo sucedido esta semana reafirma esa idea? ¿Cómo ve el estado actual de la oposición y cuáles son los desafíos que enfrenta?

—Depende de qué proyecto de gobernabilidad sea capaz de empezar a ofrecerle al país. Y acá tenemos una oposición que no tiene ninguna capacidad para ofrecer ningún tipo de proyecto de gobernabilidad. Todo lo contrario, es una oposición que todavía está bajo el impacto de la derrota electoral y de la derrota social, cultural y política que experimentó después del gobierno de Boric. Ese gobierno se presentó como una posibilidad real de generar algo nuevo. Esta fue la idea proclamada, ser un gobierno que refundaba las bases de la gobernabilidad del país, en términos de una nueva generación política que, desde las izquierdas, iba a constituir un nuevo tipo de izquierda. Luego se confundió completamente a la altura de la Convención Constitucional, lo cual llevó a que, finalmente, el gobierno de Boric tuviese que redefinirse por completo y volver a aprender cómo se gobierna desde una perspectiva que vamos a llamar, gruesa y metafóricamente, más bien socialdemócrata. Era una generación que había nacido en la política enfrentando a los partidos que se entendían a sí mismos como socialdemócratas, fundamentalmente, el Partido Socialista renovado, el PPD, una buena parte de la Democracia Cristiana, el Partido Radical e, incluso, sectores liberales que durante el tiempo de la Concertación adscribían a ese tipo de orientación.

-Se evidencian estilos muy distintos, uno quizás más negociador dispuesto a dialogar con el gobierno, y otro, como el que representa la dupla Manouchehri-Cicardini, en el que se oponen prácticamente a todo. ¿Está de acuerdo?

—La oposición en este momento no es una oposición, sino varias oposiciones y varios estilos mezclados. A mí me parece que, estructuralmente, lo más interesante es la diferencia que se genera entre un polo muy contradictorio, que es la alianza Frente Amplio-Partido Comunista. Es el polo más duro, más confrontacional y más ideológicamente explícito en cuanto a la necesidad de superar el capitalismo y construir una sociedad socialista. Después de un siglo de atroces fracasos, sigue sin tener sentido plantearlo de esa manera. Sin embargo, ahí está. ¿Por qué digo que es interesante? Porque se trata de una nueva generación política, en el sentido de que tiene la novedad de ser una generación relativamente compacta, con una historia política desde 2006 en adelante, de jóvenes que nacieron en democracia y que se han desarrollado dentro de ella. Esta generación se junta con lo más antiguo de la izquierda, con un partido que, otra vez, es interesante desde el punto de vista organizacional, el Partido Comunista. Es un partido serio, con tradiciones y con raigambre social, pero completamente anacrónico. Proviene del siglo XX, de sus momentos revolucionarios y de la tradición de la revolución soviética, respecto de la cual no puede haber nada más ajeno al siglo XXI.

—¿Cuál es el «estatus» de la izquierda, entonces?

—Tenemos a una nueva generación de izquierdas, o de un cierto tipo de izquierdas, junto con un partido anacrónico, formando un bloque relativamente duro que, en lo coyuntural, quisiera confrontar directamente, en cada plano y todos los días, al gobierno. Y, por otro lado, tenemos a una izquierda con potencial, no voy a decir con la realidad, de ser una oposición que, junto con expresar su desacuerdo con muchas de las políticas que pueda ir presentando el gobierno, lo haga desde un punto de vista que suele llamarse constructivo. Eso no significa llegar y plegarse a la voluntad dominante del gobierno, sino buscar efectivamente puntos de acuerdo o, cuando no existen, levantar alternativas políticas y técnicamente bien fundadas. Eso es lo que se necesita. Ahí estaría el PPD, el Partido Socialista, el Partido Liberal que existe hoy día en torno a Mirosevic y el Partido Demócrata Cristiano. Podrían ser, desde ese punto de vista, una incipiente alternativa interesante de una izquierda que se repiense a sí misma en las condiciones del siglo XXI: una izquierda reformista, abierta a la profundización democrática y a defender valores liberales que hoy día están arrinconados en muchas sociedades occidentales, pero que, a la vez, tenga un programa serio y bien fundado de cambios y reformas para sacar adelante a una sociedad capaz de resistir todos estos cambios geológicos que vamos a tener en el mundo durante el siglo XXI. Tenemos esos dos polos y, luego, problemas de estilo que no son, en realidad, una alternativa. Es el estilo de algunos personeros de distintos partidos, y eso cruza a la izquierda y a la derecha, que practican esto que llaman hacer política “sin filtro”.

—¿A qué se refiere?

—A decir cualquier cosa, aparecer espectacularmente, llevarse por delante cualquier viso de seriedad para conseguir pequeñas ganancias en las redes sociales. Eso desprestigia y corroe las bases de legitimidad de la política. Y esa es la parte más grave, porque si ese tipo de estilo logra imponerse y tener un efecto de mayor alcance en la sociedad, significa la desaparición del delicado tejido que es la democracia y la política democrática, que obliga a conversar, a negociar, a encontrar acuerdos y a trabajar en conjunto. Esta otra política es la política de las soluciones instantáneas. Es populista, en el fondo, y autoritaria desde otro punto de vista, porque siempre termina dependiendo de la voluntad de un líder que interpreta el sentimiento popular y habla desde ahí. Y el gobierno ha estado durante estos días teniendo que recurrir a ese tipo de política organizada en un partido, que es el Partido de la Gente, para conseguir cierto alivio y una mayoría que no sea de un solo voto. Pero, efectivamente,empieza a pagar un precio de fondo y de estilo muy serio al tener que embarcarse en esa aventura.

Yo no esperaría que durante los próximos años vayamos a tener una especie de cambio de clima político

—¿Qué espacio le queda a la izquierda para llegar a acuerdos después de lo que ocurrió con el PPD hace unos días, cuando se fustigó a los senadores que intentaron llegar a ellos?

—Si uno es realista, creo que hay muy poco espacio de lado y lado para hacer acuerdos. Nadie tiene seriamente interés en concordar. Nadie está dispuesto a pensar su proyecto político como ocurrió durante los tiempos iniciales de la Concertación. En ese momento, incluso en situaciones cien veces más complicadas que las que tenemos ahora, no era fácil pensar que la sociedad pudiese hacer una transición razonable. No solamente fue una transición de revitalización de las instituciones democráticas, sino que, además, con todas las cortapisas y restricciones que existían, fue capaz de crear un proyecto modernizador que terminó, a pesar de la desconfianza inicial, arrastrando a toda la sociedad, incluida buena parte del empresariado del país. Abrió el país al resto del mundo y tuvo una capacidad enorme para generar gobernabilidad.

—¿Eso no existe hoy, incluso después del plan de Reconstrucción?

—Hoy día no existe ninguna voluntad real de ir en ese camino. Entonces, lo que podemos preguntarnos es si, coyunturalmente y respecto de cierto tipo de materias, existen capacidades para avanzar con algún acuerdo. Sí puede haberlas, como se ha ido viendo en el mismo proyecto de Reconstrucción, la ley miscelánea en realidad. Lo vimos en algunos puntos. Hay algunos acuerdos en materia de reducción de permisología. Hubo acuerdos, más allá de lo que luego aparece en la burbuja de la superficie, para cambiar las condiciones de la invariabilidad tributaria. En materia de seguridad también se han visto acuerdos. Fueron difíciles, pero algunos se lograron durante el gobierno pasado. Lo reconoció el nuevo ministro de Seguridad al llegar al gobierno, cuando dijo que sí, hay una política que van a implementar y que sirve como marco. Es decir, hay acuerdos aquí y allá, pero yo no esperaría que durante los próximos años vayamos a tener una especie de cambio de clima político, en el sentido más profundo de la palabra. No veo que se vaya a encontrar una plataforma de unidad en torno a las emergencias reales, cómo enfrentamos el nuevo mundo del desorden comercial, cómo enfrentamos el nuevo mundo geopolítico de presiones desde Estados Unidos y China.

Respecto de los grandes problemas, no veo que exista voluntad de acuerdo. No la veo en la base y tampoco la veo en el gobierno. Estas cosas, en realidad, se despiertan y se estimulan desde el gobierno. El que tiene que crear un ambiente de gobernabilidad en torno a esto es el gobierno. Y me parece que el gobierno tiene otro pensamiento, otra forma de entender la política, otra ideología y otra manera de concebir lo que está pasando en el mundo, y que va a avanzar en esa dirección. Por lo tanto, con una oposición desarticulada al frente, vamos a vivir cuatro años muy parecidos a los cuatro años anteriores, a los cuatro previos a esos y a los cuatro anteriores a aquellos.

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