Apuntes: reflexiones variadas sobre Habermas
Marzo 19, 2026

Jürgen Habermas, la fecundidad de las Humanidades y la Teoría Crítica de la Sociedad

Recordó que la comunicación busca el entendimiento, que la razón es, en el fondo, voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos

Cuando el jurado del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 2003 encontró entre los candidatos el nombre de Jürgen Habermas, reconoció sin ambages que no entraría a formar parte de la historia en el futuro, sino que estaba ya en la historia, era ya una cumbre de nuestro tiempo. Y así ha sido.

Habermas ha mostrado con su extraordinaria obra, entre otras muchas cosas, que las humanidades y las ciencias sociales son imprescindibles para construir sociedades emancipadas, libres de ideología. Como miembro de la Escuela de Fráncfort, intentó superar el triunfo de la razón instrumental, que todo lo mercantiliza, todo lo convierte en objeto, en medios para otros fines, de modo que a los seres humanos nos resulta imposible ponernos de acuerdo en fines últimos y construir juntos una mejor sociedad. El camino para lograr esa superación fue la Teoría de la Acción Comunicativa, que descubre la entraña dialógica de los seres humanos, el mundo de la intersubjetividad, que —como bien decía Hannah Arendt—, nunca debería ser dañada.

Junto a Karl-Otto Apel, su maestro y amigo entrañable, Habermas recordará que la comunicación busca el entendimiento, la Verständigung. Que la razón es, en el fondo, voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos.

Sin ejercer ese poder comunicativo, que es también una forma de poder, la democracia es imposible, porque es imposible el ejercicio de la razón pública mediante una política deliberativa.

En estos tiempos en que la democracia se encuentra en horas bajas en el nivel mundial, no digamos ya la fortaleza de la Unión Europea, que parece incapaz de encontrar acuerdos, recordar este núcleo de la filosofía habermasiana y ponerlo en vigor se hace necesario.

Ese núcleo se amplía a una teoría crítica de la sociedad, una ética comunicativa, una teoría normativa de la democracia deliberativa, una reflexión sobre el Estado democrático de Derecho, necesario para proteger los derechos humanos e inevitablemente posnacional, el proyecto de una Europa vigorosa, comprometida con los derechos políticos y sociales a diferencia de China o Estados Unidos, y un futuro cosmopolita.

Ciertamente, Habermas es un humanista que dialoga con las propuestas relevantes de filosofía y de ciencias sociales, incluida la discusión sobre el papel de las religiones en un mundo postsecular. Pero también con las ciencias naturales en asuntos como las biotecnologías o la defensa de la libertad frente a corrientes neurocientíficas que hoy resucitan el positivismo de los sesenta y apuestan de nuevo por el determinismo, cuando la libertad es el núcleo de la sociedad abierta.

Desde ese humanismo apuesta por un cosmopolitismo incluyente a través de la vía europea, que sigue siendo la gran opción. De hecho, en el discurso de recepción del mencionado premio Príncipe de Asturias 2003 Habermas recuerda unas palabras de Krause de 1871: “Debes ver a Europa como tu patria mayor y más próxima, y a cada europeo como tu (…) compatriota en el nivel superior más próximo”. Un proyecto común de Europa —añadirá Habermas por su cuenta— “no puede ser derribado en el último momento por egoísmos nacionales”.

Y todo ello, ¿desde dónde? Según cuenta Habermas, Marcuse y él se preguntaban cómo explicar la base normativa de la teoría crítica, pero Marcuse no respondió hasta la última ocasión en que se encontraron, dos días antes de su muerte, ya en el hospital. “¿Ves?”, le dijo “Ahora ya sé en qué se fundan nuestros juicios de valor más elementales: en la compasión, en nuestro sentimiento por el dolor de los otros”.


El mundo después de Habermas

Solo podremos pensar las nuevas realidades partiendo de la inmensa, equilibrada y sofisticada construcción intelectual que el filósofo alemán deja como legado

Jürgen Habermas en su casa en Starnberg, en el Estado alemán de Baviera.Gorka Lejarceg
Daniel Innerarity

Se escribirán muchos panegíricos sobre Jürgen Habermas, el miembro más destacado de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort. Se dirá, con toda razón, que es el último de los clásicos, que nadie como él ha conceptualizado el siglo XX, la era que en Alemania llamaban la “República de Bonn”. Nadie fue tan influyente en la comprensión de aquel mundo que se va difuminando y que ya no es el nuestro.

Me voy a permitir, desde el respeto, la admiración y la amistad, señalar algunas cosas que no tuvieron cabida en la monumental obra intelectual de Habermas, aquello que no pudo entender o no encajaba en sus categorías. Habermas no integró el feminismo y las políticas de la identidad en su universo mental, ciertas dimensiones de la complejidad de la sociedad contemporánea, la potencia arrolladora de la digitalización, el crecimiento de los movimientos reaccionarios, la incapacidad de Europa de hacer lo que todo el mundo sabe que tiene que hacer. La idea de que en una situación ideal de diálogo se impone “la fuerza del mejor argumento” nos parece un ejercicio de candidez en una época en la que la verdad le importa menos a la gente de lo que pensábamos. Esto no es un reproche sino todo lo contrario: un elogio de esa ingenuidad intelectual desde la que le resultó muy difícil entender las fuerzas disruptivas o la negatividad en la historia.

Recuerdo una conversación en su casa de Starnberg en la que yo, tal vez con demasiada osadía, pero con todo el respeto del que soy capaz, le advertía de estas realidades que estaban fuera de su construcción intelectual y le animaba a pensarlas. Me contestó diciendo: eso tendréis que hacerlo vosotros, los de la tercera generación. No sé si seremos capaces, pero estoy convencido de que únicamente lo haremos si tomamos como referencia, aunque sea para desbordarla en algunos aspectos, esa inmensa, equilibrada y sofisticada construcción intelectual que nos deja como legado.

Daniel Innerarity, discípulo de Habermas, es miembro del Consejo del Instituto de Investigación Social de la Universidad de Fráncfort, sede de lo que fue la célebre Escuela de Fráncfort, y de cuya tercera generación forma parte.


Jürgen Habermas, el último intelectual

Con la muerte del pensador alemán se pierde algo más que la vida de un gran filósofo, se nos va el único que nunca dejó de abrirse a la discusión con todos los grandes de su tiempo

Jürgen Habermas, en su discurso al recoger el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2003.
Fernando Vallespín

El último intelectual, sí, pero también el último representante de tantas otras cosas. Con Jürgen Habermas se pierde algo más que la vida de un gran filósofo, se nos va el pensador impenitente, el único que nunca dejó de abrirse a la discusión con todos los grandes de su tiempo, desde su maestro Adorno, pasando por los Luhmann, Rorty, Foucault, Derrida y cualquier otro autor que mereciera su atención. La lista sería inmensa. En eso no hizo más que aplicar los fundamentos de la teoría por la que siempre será recordado, la teoría de la acción comunicativa. De lo que se trata en ella es de intentar desarrollar un concepto de razón dirigido al entendimiento mutuo mediante procesos comunicativos libres de distorsiones y a la vez capaces de desvelar las estrategias de ocultación y engaño y los intereses del poder. Lo importante no es el acceso a la “verdad” en un sentido sustantivo, sino al mejor argumento; pero para eso hay que argumentar, desde luego, entrar en un diálogo intersubjetivo, eso que jamás dejó de practicar. Por eso es el padre de eso que llamamos “democracia deliberativa”, ese constante ejercicio de ilustración mutua entre ciudadanos libres e iguales que disuelven sus diferencias en un proceso de deliberación constante y bajo condiciones que aseguren una perfecta inclusión y simetría entre quienes así discuten.

En su empeño por reivindicar el poder de esta dimensión de la razón, Habermas probablemente haya sido también el último ilustrado, la roca en el camino de la filosofía posmoderna, su némesis. Es curioso cómo ese carácter tan abierto y afable que lo caracterizaba podía mutar enseguida en el intelectual indignado y sin concesiones, siempre dispuesto a elevar su voz contra todo aquello que a su juicio se desviaba de las promesas y las exigencias de cualquier sistema democrático. Ningún tema le era ajeno, ni desperdiciaba ninguna ocasión para hacerse presente en el espacio público -ese ámbito que tanto contribuyó a teorizar- cada vez que asomaba cualquier indicio de irracionalismo político. En su día fue calificado como la “conciencia de la República Federal”, por su casi siempre irreprimible presencia en cualquier debate de su país, que poco a poco fue ampliándose a Europa u otros acontecimientos internacionales. Cada vez que carecíamos de guía intelectual frente a algún gran acontecimiento, ahí estaba Habermas para orientarnos. La última ocasión que recuerdo, hace escasos meses, fue con motivo del retorno de Trump, la guerra de Ucrania y Europa. Ay, Europa, eso por lo que tanto venía luchando.

Quiso el destino que el último libro de Habermas –Un nuevo cambio estructural de la esfera pública y la democracia deliberativa (Trotta, 2025)- volviera sobre el mismo tema que, 60 años antes, contribuyera a hacerle famoso. Esta vez, sin embargo, lo hizo para elevar su enorme preocupación por cómo la digitalización, las redes sociales y las plataformas -tanto la estructura como el funcionamiento de la comunicación pública- hacían ya casi imposible el despliegue de una opinión pública compatible con los criterios de legitimación democrática. Antes, nonagenario ya, nos regaló un denso tratado de 1.700 páginas titulado Otra historia de la filosofía. Combinó, así, hasta el final, la atención a la actualidad apoyada en su sólido compromiso cívico, con la reflexión pausada propia del filósofo de raza.

Como nos cuenta Philipp Felsch (El filósofo, Trotta, 2025), sus últimos años estuvieron marcados por la frustración y la desesperanza. “Actualmente, todo a lo que había dedicado mi vida se está perdiendo paso a paso”, le confesó. Ante el terrible devenir del mundo político al que estamos asistiendo se veía en el rol del escritor de la época helenística que “conserva la memoria de las promesas incumplidas de su declinante cultura para los nacidos después de él”. Hoy empieza a cundir la impresión de que quizá hayamos entrado en esa fase, en la decadencia de la polis democrática. Pero gracias a pensadores como él no solo hemos aprendido a saber cómo detectar sus insuficiencias, sino también cómo armarnos para defenderla. Descanse en paz.


On the Death of Jurgen Habermas

A Day to Mourn, A Hero to Celebrate

1

Jurgen Habermas died today, near Munich. He was one of the titans.

Cass’s Substack is a reader-supported publication. To receive new posts and support my work, consider becoming a free or paid subscriber.

In sports, you might say, with a certain tone of voice: Magic, or MJ, or LeBron. In philosophy, or academia more generally, you say, with that same tone of voice: Habermas.

2

A long time ago, as a young law professor, I was walking with John Rawls. (What a privilege; surreal.) He asked me, “Who do you think is the greatest thinker about democracy?”

If there was a thought bubble over my head, it would have said, “John Rawls has just asked you to name the greatest theorist of democracy. You must be hallucinating, or dreaming. Wake up!”

I resisted the urge to run away. I mumbled something and asked him what he thought. He said, with a degree of gravity: “Habermas.” Then he paused and noted, with some emotion, that Habermas was German and grew up under Nazism.

3

I was privileged to meet Habermas on several occasions. He was so curious, and so generous. He was a bit formal, but so kind. He seemed like the world’s best listener. Know the Bob Dylan song, “Forever Young?”

Habermas seemed like that to me, in his openness and appreciation of others. He was deeper than all of us, of course, and he knew infinitely more, but he never gave a sense that he knew that.

4

I would much like to write something new about Habermas, but his death has hit me like a ton of bricks, and so instead, here’s a reproduction of most of a long NY Times review I did of one of his greatest books, Between Facts and Norms, back in (wow) 1996).

The review wasn’t up to the occasion, of course, but I did my best.

You can find the full review here: https://www.nytimes.com/1996/08/18/books/democracy-isnt-what-you-think.html

5

Most people know that the Constitution’s First Amendment provides the rights to freedom of speech and to the free exercise of religion. But in the first Congress some people seriously proposed that the First Amendment should contain another right: the right on the part of constituents ‘’to instruct’‘ their representatives how to vote. The first Congress ultimately rejected the proposal. Roger Sherman made the central argument against it. In Sherman’s view, representatives had a ‘’duty to meet others from the different parts of the Union, and consult. . . . If they were to be guided by instructions, there would be no use in deliberation.’‘ A right to instruct would destroy the object of the meeting.’‘

By rejecting the right to instruct, the first Congress affirmed a distinctive concept of politics. It favored what might be called a deliberative democracy, in which representatives would be accountable to the people but also operate as part of a process that prized discussion and reflection about potential courses of action.

Jurgen Habermas is one of the most important political philosophers of the 20th century; he has been preoccupied for much of his life with the problem of political legitimacy. Under what circumstances is it legitimate for political authorities, mere human beings, to exercise power over other human beings? It is unsurprising that a German philosopher – in his teens during the Nazi period and a witness to countless other atrocities since – should direct his attention to this question. Mr. Habermas thinks that the question is especially urgent in an era that is ‘’postmetaphysical,’‘ in the sense that it has lost the sense that we have wholly external foundations by which to ground our judgments and choices. Whether or not we believe that God exists, it seems clear that as citizens in a heterogeneous society we must proceed on the understanding that our choices are our own. But even as he insists on this point, Mr. Habermas draws a line against modern irrationalists, many of them – like Michel Foucault and Jacques Derrida – influential within the modern academy. Mr. Habermas says, tellingly, that those who oppose reason and the Enlightenment can give no account of the basis for their own rhetoric, which seems inspired by the Enlightenment commitment to human liberation.

In his influential past work, Mr. Habermas offered a ‘’theory of communicative action’‘ whose centerpiece is the ‘’ideal speech situation.’‘ In the ideal speech situation, all participants have equal power, attempt to reach understanding, do not act manipulatively or strategically, and understand their obligation to offer reasons. In this situation, outcomes depend on what he calls ‘’the unforced force of the better argument.’‘

This is abstract stuff, and for many years Americans, Germans and many others have been interested in the real-world implications of Mr. Habermas’s work. For example: Can we derive a set of rights from those ideas? Real-world politics is far from the ideal speech situation; might that notion bear on the obligations of the mass media, on issues of race and sex, on campaign finance law? Mr. Habermas’s new book, ‘’Between Facts and Norms,’‘ is both the culmination of a lifetime of thought about political legitimacy and his effort to bring his argument closer down to earth by developing new understandings of law, democracy and the relationship between them.

Much of Mr. Habermas’s analysis turns on an exploration of two accounts of democracy, which he labels ‘’liberal’‘ and ‘’civic republican.’‘ Under the liberal account, rooted in the work of Thomas Hobbes, politics is a process of bargaining, a matter of aggregating private interests. Liberals define citizens as holders of negative rights against the state. In the liberal view, politics is a struggle among interest groups for position and power. The civic republican account, rooted in Aristotle and Rousseau, is very different: politics is not a mere matter of protecting our selfish interests but instead an effort to choose and implement our shared ideals. Civic republicans see rights not as negative constraints on government, but as promoting participation in political practices through which citizens become authors of their own community. Consider the right to free speech and the right to vote. For civic republicans, politics is a matter of discussion and self-legislation, in which people participate not in bargaining and compromise but in forms of reflection and talk.

The organizing theme of the book is Mr. Habermas’s rejection of both views and his effort to defend instead what he calls ‘’deliberative politics’‘ or deliberative democracy.’‘ This is emphatically a procedural ideal. It is intended to give form to the notion of an ideal speech situation. Like civic republicans, deliberative democrats place a high premium on reason-giving in the public domain. But like liberals, they favor a firm boundary between the state and the society, and they insist on a robust set of constraints on what the government can do. Mr. Habermas sees majority rule not as a mere statistical affair, an effort to tally up votes, but instead as a large social process by which people discuss matters, understand one another, try to persuade each other and modify their views to meet counterarguments. In this way we form our beliefs and even our desires.

The deliberative conception of democracy anchors Mr. Habermas’s theory of political legitimacy. For him, democracy does not exist to secure rights with which we have been endowed by our Creator; nor is it simply a way to allow us to throw the rascals out; nor is it a mechanism for processes of accommodation, compromise and the exercise of power. Democracy, ideally conceived, is a process by which people do not implement their preferences but consult and deliberate about what values and what options are best.

Mr. Habermas’s argument sees constitutional law as institutionalizing the presuppositions of a system of discussion by which legitimate lawmaking is made possible. Thus his account of fundamental rights includes the right to ‘’equal opportunities to participate in processes of opinion- and will-formation in which citizens exercise their political autonomy and through which they generate legitimate law.’‘

Mr. Habermas thinks that the principal goal of a court, interpreting a constitution, should be to protect the procedural preconditions for deliberative democracy. The point suggests an especially aggressive role for courts when democratic processes do not fit with the aspirations to deliberation and democracy – for example, when people are excluded from politics, or when outcomes reflect power and pressure rather than reason. This is how Mr. Habermas tries to reconcile the tension between law and democracy, seeing them not as opposed but instead as mutually supportive. Law can create the preconditions for democracy, by insuring freedom of speech, voting rights, political equality and so forth. Democratic ideals can inform the appropriate content of law.

For those interested in a deliberative approach to democracy, much future work lies not in abstractions but in more concrete thinking designed to help with concrete problems. American democracy, for example, is far from deliberative, and we might ask how to make it more so. Can the mass media – even the Internet – be harnessed to promote political deliberation? How can a deliberative democracy operate when there are huge disparities in both wealth and education? What sorts of constraints should be imposed on the permissible substance and form of public talk? Should we strengthen local democracy? Mr. Habermas does not much take up these issues.

But this is a work of political philosophy, dealing with the foundations of democratic theory, and as such it has great value, above all because of its careful exposition of deliberative democracy and the potential for productive interactions between democracy and law. The 20th century is ending at a time when democratic aspirations are proliferating throughout the globe; Jurgen Habermas has provided one of the best and, I think, most enduring accounts of the values that underlie those aspirations.

6

Rest in peace, Professor Habermas. We’re in your debt. We celebrate you. We’ll not see your like again.

————————————————

0 Comments

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

PUBLICACIONES

Libros

Capítulos de libros

Artículos académicos

Columnas de opinión

Comentarios críticos

Entrevistas

Presentaciones y cursos

Actividades

Documentos de interés

Google académico

DESTACADOS DE PORTADA

Artículos relacionados

Share This