El título de esta conversación parece una exageración o, tal vez, una desproporción. Habíamos aprendido de las micropolíticas que siempre había más de un lugar en un lugar y, por ello, el cierre de los sentidos políticos nunca lo es del todo. A cada clausura, un desvío. Es cierto, pero a pesar de esa certeza se vuelve necesario conversar sobre lo que ha venido ocurriendo en Chile desde la Revuelta de octubre del año 2019, que sorprende hasta el día de hoy con su radicalismo creativo en momentos en que la ultraderecha se prepara para conducir el país durante los próximos cuatro años. Esta conversación con la abogada feminista Sofía Brito, el filósofo Javier Agüero, el director de teatro Ernesto Orellana y el historiador Miguel Valderrama no busca dar respuestas finales, sino solo comenzar a delinear un diagnóstico en común de la crisis de las políticas del consenso de la izquierda chilena. (28 de diciembre, 2025)
¿Cómo se explica el paso desde la más importante revuelta social en Chile a la elección de un gobierno de ultraderecha?
Sofía Brito: Agradezco a Alejandra el alentarnos a escribir en estos días vertiginosos. No pienso que el triunfo de Kast exprese necesariamente el paso de un pueblo que creía en las transformaciones a un pueblo fascista. Más bien, creo que los anhelos de la revuelta fueron clausurados por el discurso de lo constituyente como vía única de transformación. De ese modo, su derrota no solo cerró un proceso institucional, sino que obliteró la posibilidad de imaginar otras formas de política, como si, una vez perdido ese proceso, ya no quedara nada que disputar. Ni la redistribución, ni las condiciones materiales de la vida, ni los modos concretos de sostener ingresos, cuidados y tiempo. La llegada de la izquierda al gobierno, que había insistido largamente en la necesidad de acortar la brecha entre política y sociedad, terminó por profundizarla.
Esa brecha se convierte en zanja cuando el oficialismo normaliza su distancia material con la vida cotidiana: sueldos millonarios frente a precariedades persistentes, el término del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) en un contexto aún marcado por los efectos de la pandemia, casos de corrupción asociados a fundaciones, y un discurso de “verdad económica” que trasladó el costo del ajuste a los hogares. A ello se sumó un campo social en repliegue, con movimientos sociales que, tras la Convención, no han logrado rearticularse en un nuevo ciclo político. La militancia y los activismos, atravesados por el desgaste, la precarización y la ausencia de horizontes colectivos claros, se vuelven cada día más complejos, más difíciles de sostener orgánicamente en el tiempo. Por su parte, un gobierno que llega en nombre de una promesa de transformación decide no sostenerla como horizonte activo y opta por administrar el orden bajo nuevas justificaciones, celebrando la aprobación de alrededor de sesenta y cinco leyes de seguridad —muchas de ellas son parte de la agenda histórica de la derecha. Ese repliegue se experimenta en la vida cotidiana como abandono, como un Estado que parece existir casi exclusivamente en su faz punitiva. En ese vacío, la ultraderecha no necesita crear miedo, sino organizarlo políticamente. Si se gobierna con la agenda de la derecha, y no se ofrece una respuesta sustantiva a fenómenos como la migración, ¿en qué sentido podía afirmarse que la izquierda lo haría mejor? No veo en Kast una alternativa de proyecto, sino la promesa de una gestión más eficaz del orden existente. Un orden cuyo terreno fue allanado durante estos últimos cuatro años para su llegada.
Javier Agüero: primero sería necesario recordar la tesitura acontecimental de la Revuelta de 2019 y que, a pesar del estruendo de la multitud, no supo diseminarse más que como un gran silencio: uno inmenso que cortó la lengua. Entonces no se dejó leer como proceso, como fraseado continuo, sino que toda potencial exégesis del instante quedó desarticulada por la irrupción de lo imposible que devino posible. Si bien puede ser entendido como un hecho político, Octubre fue el inciso, la hendija por donde lo normal-histórico descoincidió al extremo consigo mismo provocando un desplazamiento que nunca tuvo una traductibilidad propiamente política en esta perspectiva. Es así que se produce la confusión con ese “después” orgánico que vino a ser la Asamblea Constituyente, y que fue resuelta a partir de la urgencia por “salvar la democracia”, lo que tuvo su operacionalización en el llamado “Pacto por la paz” del 15 de noviembre de 2019. Y esta es la primera perforación conservadora, distribuir el imaginario de que Revuelta y Asamblea fueron lo mismo.
Esto permite tachar a Octubre en su radicalidad; obliterarlo en tanto momento “anárquico” —lo anárquico entendido no como pulsión destructiva hacia el Estado, sino que en el sentido que Catherine Malabou le atribuye a esta palabra, es decir como horizontalidades múltiples (intensidades libres) interactuando en devenir caótico, pero con un sentido común que produce vibratos alternantes de sublevación— llevando adelante un plan, ahora, metodológico e institucional. Nada puede ser más institucional en esta línea que redactar los fundamentos en los que se deberá reconocer una comunidad. Pero, se insiste, la Revuelta y la Asamblea no fueron lo mismo, son dos temporalidades cuya comparación ni siquiera es probable, sino que, de nuevo, imposible. Desde el segundo en que el acontecimiento se diluye y se entra en la fase institucional, comienza un denso proceso de restauración conservadora que expulsa paulatinamente a todo demonio refundacional. A la distancia sabemos que lateralmente se iba metabolizando en clave local lo que eran —y son— los ígneos miedos planetarios, las fobias que resignifican según el contexto pero que en definitiva vienen a ser lo mismo: la sutura de todo el mosaico disidente que amenazará la nueva encarnación autoritaria. En otras palabras, el fantasma de Jaime Guzmán se corporizó, como relato y como amago, en la prédica y estética ultra de José Antonio Kast. Ese espectro nacional —cristiano— recubierto por el júbilo neoliberal. En resumen, se pasa de la revuelta imposible a la más fabulosa restauración conservadora que el país ha conocido. Todo en cinco años, ratificando la contundencia de la oligarquía típica al momento de desmantelar cualquier tentativa de asomo refundacional. Se puede permitir una “transición” pero no una “refundación”; por fuera de los márgenes del amo folclórico no hay agencia posible ni líneas de fuga a las que se les transparente un flujo. Todo, por cierto, a partir de una sensacional gestión de los miedos y su mutación en promesa de amenazas por venir.
Ernesto Orellana: cuando las demandas sociales se capturan en el “acuerdo por la paz” del 15 de noviembre de 2019, y cuyo protagonismo sin lugar a dudas lo tuvo Boric, acordando con el consenso político neoliberal parlamentario a espaldas de su propio partido y de todo el movimiento social organizado, sucede que, paulatinamente, el resto de las izquierdas tuvieron que subordinarse al libreto organizado que ese acuerdo institucional impulsó y tuteló, incluyendo el diseño del voto obligatorio para la votación del plebiscito de salida. Yo no comparto el argumento de que Boric tuvo que rendirse ante el fracaso del plebiscito, sino que más bien se acomodó y optó por darle curso al progresismo liberal del que forma parte. Tras el rechazo, la subordinación fue demasiado rápida a la corriente del voto en curso cuya producción es compleja. Y, en ese contexto, Kast tomó ventaja, ante el cansancio, la ausencia y dispersión de liderazgo político en las trayectorias que las movilizaciones sociales venían pulsando. La responsabilidad política de Boric es relevante, no tan sólo por su inmadurez en términos políticos (con visión cortoplacista, de narrativa moderada muy ad-hoc a su origen biográfico demócrata cristiano), sino porque efectivamente abandonó y traicionó a los principios que tomó (y secuestró capitalizando) de la Revuelta. La izquierda traicionada por la institucionalidad de turno no colaboró (podría haberlo hecho con un liderazgo consistente), a traducir y conducir, por ejemplo, las consignas del progresismo en materia de justicia social en los territorios de donde provino el malestar contra el sistema que causó la revuelta y que se truncó en el rechazo. El Frente Amplio fracasó en su liderazgo y suspendió la radicalidad política que le llevó a su triunfo. El respaldo que le otorga Boric a las fuerzas especiales y a carabineros, después de todas las violaciones a los Derechos Humanos cometidas y que él mismo apuntó con el dedo, así como el exceso de espectacularización en la performance institucional con la muerte de Piñera, termina por sepultar la revuelta pavimentando el camino para que el fascismo de la ultraderecha entre sin límites a las clases populares convenciéndolas de darles una oportunidad para “ordenar” Chile y “restaurar” el orden conservador de la patria.
Miguel Valderrama: la pregunta pareciera estar a la orden día, dictaminando los procesos de autocrítica de los partidos políticos de izquierda, alimentando la voracidad crítica que autoriza la función intelectual y organiza la agenda política de los noticieros. Pregunta que se enuncia prescindiendo de supuestos y sobreentendidos, o que se formula por el contrario a partir de una sobrededeterminación de significados no dichos explícitamente. En todo caso, en ambos casos, lo que la pregunta moviliza es la aserción de un desplazamiento, la afirmación de una transformación cuyos signos se presentan abierta o veladamente en términos positivos. En otras palabras, la pregunta ya contiene la respuesta, establece un dominio de significación que constituye un sentido, ya sea este de euforia o de abatimiento por lo que dicta el orden del día. Adelantar un esbozo de respuesta obliga a determinar la secuencia de una puntuación, el ritmo de un tempo que en la política viene dado por el sistema de elecciones, por una lógica de figuración pública y por un sistema de comunicación y agitación que dicta el ánimo y la especulación propia al orden demoliberal de la sociedad del espectáculo. La revuelta, aprehendida como levantamiento, insurgencia urbana o tumulto político, no fue acaso un esfuerzo desesperado por interrumpir la lógica figural y el ritmo temporal que estructura el orden democrático, lógica y temporalidad que no es exterior a la propia reproducción de la sociedad capitalista.
El Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución, suscrito el 15 de noviembre del año 2019 por casi la totalidad de las fuerzas políticas con representación parlamentaria, constituye, en este sentido, un acto de contrainsurgencia, la modelación de una gramática de contrainsurgencia que reorganizó el modus vivendi de una sociedad fracturada. Recuerda que el mismo 18 de octubre del 2019 José Antonio Kast se reunió en Río de Janeiro con Jair Bolsonaro con el fin de apoyar su candidatura presidencial en las elecciones que se avecinaban en Brasil. Un gesto de complicidad y apoyo mutuo entre fascistas que fue coronado por Kast con un presente, con el regalo del libro El ladrillo, pilar de las reformas neoliberales implementadas por la dictadura militar chilena. Este clima de agitación de ultraderecha, este ambiente sociopolítico que reclamaba para sí la experiencia de un presente eterno, fue interrumpido por la revuelta, dando lugar a un paréntesis, a un parentema que nos obliga, que nos compromete de maneras aun no entrevistas del todo. En resumen, si hemos de tomar en consideración este principio de descripción, diría entonces como respuesta a tu pregunta que no hay tal tránsito, que en verdad nuestra mirada debe estar fija en la revuelta, en el parentema que ella abrió en el tiempo de la postdictadura. Pienso que este gesto de atención, de concentración del pensamiento, es la única vía que hoy tenemos para no olvidar aquello que se atisbo por un momento en esos meses de insurrección e invención callejera.
Sofía en el prólogo a la edición que haces del libro de Slavoj Zizek En el claro oscuro aparecen los monstruos (LOM, 2025) describes el escenario de una izquierda derrotada ideológica y electoralmente, en esa ruina, sin embargo, sitúas la urgencia de pensar una izquierda no moralizante, ni nostálgica, ni tampoco correcta ¿cómo imaginas esa izquierda?
Ante todo, imagino esa izquierda reponiendo la capacidad de insistir en que existen otros modos de vida posibles. En ese gesto me resuena la cita de Terry Eagleton en el capítulo “La esperanza desesperada” de su libro La esperanza sin optimismo: “No hace falta pertenecer a una raza de arcángeles para no cometer genocidios o poner fin a la trata de personas. Quienes niegan algo tan sensato son los fantasiosos, por mucho que alardeen de pragmatismo. Nada es más quimérico que suponer que el mundo continuará siempre tal y como lo conocemos”. No hay aquí promesa de redención, sino un recordatorio de que las transformaciones no exigen sujetos puros ni futuros épicos, sino decisiones colectivas capaces de romper con la naturalización del orden existente. La ultraderecha opera precisamente en sentido contrario, reinstalando lo “natural”. El género como destino biológico, la distinción entre vidas civilizadas y bárbaras, entre quienes van a la cárcel y quienes pueden ser indultados incluso por crímenes de lesa humanidad. Frente a ello, desde los feminismos se han abierto nudos decisivos para pensar otra izquierda: ¿cómo pensar la justicia más allá del castigo, la violencia más allá de su mera condena, la democracia más allá de la paridad? No se trata del mea culpa ni de la corrección moral, sino de volver a preguntar quién decide sobre nuestro tiempo, nuestros cuerpos y nuestras posibilidades de existencia. En un contexto de repliegue, clausurar el conflicto en nombre de excesos de identitarismo ha sido una forma de administrar la derrota. El desafío, es reabrir la disputa por la vida en un escenario en el que el liberalismo, como diseño político, muestra con claridad sus límites. Aferrarse a ese modelo como única vía para afirmar la democracia ya no logra generar resonancia, porque: ¿para quiénes ha existido efectivamente la democracia? ¿Para quiénes han existido, en la práctica, los derechos?
¿La elección de un gobierno de ultraderecha pone fin al diseño político del consenso propio de los gobiernos de la transición política chilena?
Sofía Brito: Esta elección da cuenta del agotamiento de la transición como modo de gobierno, pero el quiebre no lo produce la ultraderecha, sino la revuelta, que irrumpe precisamente cuando el paradigma inclusivo-progresista deja de ofrecer futuro. La promesa meritocrática se estrella contra trayectorias truncadas y el endeudamiento, ese “basta” surge por la intensificación de la desigualdad bajo un orden que se presentaba democrático y moderno. Tras la derrota de la Convención Constitucional, no hubo una interrogación real al diseño establecido por el acuerdo del 15 de noviembre ni a la confianza en las políticas de la presencia como remedio a una democracia binominalizada. En lugar de revisar los límites del consenso, se optó por aferrarse a su reposición. El Frente Amplio terminó plegándose a la cola de una Concertación ya caduca, validando como saldo político la violencia institucional de la post revuelta: ley antibarricadas, antitomas, nueva ley antiterrorista, ley Naín-Retamal. Ese giro punitivo tiene como punto de apoyo la expansión de la cárcel como respuesta estatal. Si vemos las cifras de mujeres privadas de libertad, entre 2022 y 2025 la población penal de aumentó en un 63,5%, en gran parte por la aplicación de la ley 20.000 en contextos de crianza, informalidad y ausencia estatal. No se trata de un fenómeno aislado, sino de una forma específica de presencia del Estado que reaparece con fuerza en su dimensión penal, sin que las agendas de cuidados logren hacerse cargo de esas trayectorias atravesadas por la subsistencia y el castigo. Frente a este escenario, reaparece la nostalgia noventera y el gesto pedagógico de que hay que “explicarle a la gente que la izquierda es mejor”, como si el problema fuera un déficit de información o “transparencia” y no la experiencia material del abandono. Los recursos siguen fortaleciendo a los grandes medios de comunicación como puentes con las élites, y el financiamiento político se ordena bajo un paradigma programático que promete incluir a “los vulnerables” sin tocar las estructuras que producen esa vulnerabilidad. La revuelta instala el fin del consenso, pero en la práctica asistimos a su persistencia por inercia, sostenido por un conformismo derrotado que naturaliza el “así son las cosas”, “así se hace la política en este país”.
Miguel Valderrama: el fin del diseño político del consenso neoliberal tuvo lugar con la revuelta. Si entendemos el dispositivo de consenso como una matriz generatriz que da lugar a una producción de enunciados identificados como propiamente “políticos”, y al mismo tiempo excluye la producción de otros enunciados en tanto “impensables”, en tanto inaudibles para el sistema de razones que organiza un determinado estado de racionalidad política, el dispositivo que habilita la política de los consensos llega a su término con la revuelta. Y no es solo por la consigna de los “treinta pesos, treinta años”, que está en el centro de la revuelta, y que repudia en las calles la herencia modernizadora que la inteligencia concertacionista exhibía con orgullo como una especie de aprendizaje político-cognitivo extraído de la experiencia de la dictadura. A ese acto fundamental de repudio —habría que detenerse en el análisis de las semejanzas y diferencias que activa toda esa familia de palabras que identificamos con el repudio, el rechazo, la contestación, la protesta, la negación— le es simétrico un repudio en el orden del pensamiento, una especie de ruptura en la lógica de encadenamiento de las razones de izquierda, en lo que podemos identificar con lo que es dado a pensar en la izquierda. En Guerra y democracia he discutido con detenimiento esta “ruptura” epistemocrítica, de la que sin duda tus trabajos forman parte. Cifrada en una palabra llena de transparencia y opacidad a la vez, una palabra que entreve una mutación en curso, o que vuelve extraños fenómenos que se nos enseñan bajo la forma de lo ya sabido, de lo conocido, y por lo tanto de lo ya pensado, diría que esta palabra es la stasis. No la simple violencia, no la guerra, ya sea esta decodificada como revolución, guerra social o guerra interestatal. La stasis como lo que hay que pensar en la división, el enfrentamiento, el bando, la banda, el dominio, la identidad, la brutalidad incluso. La palabra stasis se opone a la palabra consenso.
Ernesto Orellana: Yo esperaría que se acabara para que pulsaran un nuevo proyecto político en sintonía con las fuerzas anticapitalistas que surgen en diferentes partes del mundo ante la explícita avanzada de las fuerzas autoritarias, dictatoriales y conservadoras que amenazan la vida y los derechos sociales. Pero me parece que aquel diseño se resiste en finalizar; primero, porque no han permitido que otras fuerzas de la imaginación política que la izquierda pulsa en diferentes territorios sociales puedan disputar, transformar, el poder (la clausura y exclusión en el pacto parlamentario fue nítida), y, por otra parte, porque el diseño político económico de ese consenso va a continuar.
Miguel en tu libro Guerra y democracia (Palinodia, 2024) indicas que el régimen político actual transita desde las guerras interestatales a las coloniales. De tal modo, la beligerancia no se daría entre Estados, sino que principalmente contra las poblaciones. ¿Cómo es posible entender, entonces, que el avance de esta guerra ocurra de manera electoral, voto a voto, con el alza de gobiernos de ultraderecha?
Aquí es necesario un pensar en común, la remisión a un conjunto de trabajos que ya han adelantado que este estado de beligerancia es propio de las democracias espectacular parlamentarias. Me refiero principalmente a indagaciones como las de Juan Pablo Arancibia, que no han descuidado en ningún momento el dispositivo de guerra que subyace al origen de la experiencia democrática, o a ensayos como los de Rodrigo Karmy donde se prefigura una especie de ciencia de la stasis, una stasiología, o a tus propios escritos donde has advertido de la guerra en curso contra los pobres que se abre con el fin de diseño de la modernidad.
Una guerra abierta, sin cuartel, donde el silogismo de la igualdad que se prefiguró en el siglo XX está siendo desplazado en las primeras décadas del siglo XXI por un silogismo de la desigualdad. El llamado auge de las ultraderechas se organiza sobre este desplazamiento, sobre un forzamiento mayor por hacer de la desigualdad una norma natural. Qué este forzamiento surja de un diagnóstico epocal que da por terminado un régimen político que identificaba democracia y crecimiento, que está última embestida se nutra del fortalecimiento de la oligarquía como clase social (una clase ultra millonaria que tiene el control absoluto de las fuerzas productivas identificadas con la WEB, la IA, la robótica, las tecnologías de vigilancia y de asesinato, etcétera), es menos importante que el hecho del que da cuenta, y que no es otro que el de estar en medio de una mutación sin precedentes que terminará por derrumbar el orden de las instituciones existentes. En medio de esta guerra acelerada, financiada e incentivada por la verborrea de ultraderecha, siempre es posible ceder a la tarea de la consolación, insistir en la salvaguarda de instituciones que históricamente han demostrado sus límites (pensemos en la experiencia del Gobierno de la Unidad popular), insistir sobre todo en un tiempo caracterizado por la claudicación de las izquierdas. Contra esta tentación reaccionaria, contra esta especie de conservadurismo de izquierdas, habría que impulsar la necesidad de pensar nuevas instituciones para ese otro tiempo de la igualdad que hemos de construir. Instituciones que habría que crear, fantasear, imaginar, borronear en medio del enfrentamiento. Instituciones problemáticas, instituciones-problemas, que sirvan tanto de obstáculo como de defensa, y en cuya confrontación se forme y conforme un pensamiento, una práctica emancipatoria.
Este reclamo por los derechos de invención, esta demanda de experimentalismo, ya se reconoce en los años finales de la dictadura en los planteamientos del sociólogo Norbert Lechner, quien advertía de una falta de “constructivismo” en el pensamiento de izquierda. Volver sobre este reclamo es reabrir la discusión sobre las instituciones de ese orden deseado y nunca acabado que identificamos con la emancipación y la igualdad.
Ernesto a propósito de tu obra Actos impuros dices en una entrevista que te realiza El Mostrador (1 de junio, 2022) que el trabajo de Pier Paolo Pasolini —y lo pensabas también para el teatro y las políticas culturales— desanudaba el lazo entre iglesia, capitalismo y patriarcado desde la provocación. ¿Piensas que las políticas culturales en el Gobierno de Boric favorecieron esa provocación?
El intento de desanudar esa trama ha surgido de artistas y prácticas artísticas desobedientes que han desbordado los límites de la moderación de las políticas culturales. Y en ese desborde han corrido riesgos, exclusiones programáticas e incluso cancelaciones. Si bien la libertad de creación es un signo del desarrollo cultural de los gobiernos de centro-izquierda, y es esto probablemente uno de los aspectos que se pone en profundo riesgo con el ascenso del gobierno ultraderechista. Yo no considero que durante el gobierno de Boric haya existido una voluntad política de pulsar la provocación para que el entramado capitalista-patriarcal y eclesiástico se desmonte. La consigna de un “gobierno feminista” ha sido un montaje teórico para erotizar la subjetividad de votantes, pero que en definitiva no logró traducir ni crear una práctica que enfrentara el mandato de la república masculina. Si los límites se corrieron en algún momento ha sido por la movilización social, momentos en que las prácticas culturales sin permiso de la institucionalidad de turno se tomaron murallas, calles, galerías y escenarios.
El capitalismo, la iglesia y el patriarcado continúan trabajando en conjunto ordenando los límites. Y se extremarán con la llegada del nuevo gobierno autoritario. Por otro lado, las políticas culturales durante este gobierno han transitado por dos etapas. La primera es sin dudas la más interesante: un proyecto que ponía como fundamento a la democracia cultural contigua a los derechos culturales para orientar la traducción política y el ejercicio de la participación cultural. En ese contexto se idealizan y comienzan a poner en práctica, por ejemplo, los “Puntos de Cultura Comunitaria”, heredados de las políticas culturales de Lula en Brasil, que vienen a reconocer, proteger y fortalecer a las organizaciones culturales territorializadas por todo Chile que desarrollan tejidos culturales comunitarios críticos. Y, en un segundo periodo, tras la crisis que generó el caso “convenios” en el aparato institucional, una suspensión de todo proyecto cultural emancipatorio, limitándose a generar un aumento de recursos y financiamiento para controlar el malestar de un sector cultural desilusionado por la falta de orientación política y las promesas vacías en torno a proyectos que fueron compromisos de campaña y que no lograron traducirse en política pública; allí quedaron pendientes el 1% del gasto público en culturas, la ley de artes visuales, el estatuto del trabajo cultural y una nueva política del libro. En este segundo periodo, la subordinación al neoliberalismo cultural es explícita tras convertir a la política cultural pública en un “Pase Cultural”; un bono para que sectores específicos de la ciudadanía “consuman” cultura y en donde el Estado finalmente actúa como un intermediario vía transferencias para que la “participación” cultural se reduzca a la compra de “bienes culturales” privados.
Hace poco más de cincuenta años, antes de ser asesinado por el fascismo demócrata cristiano italiano, Pasolini había profetizado: la civilización del consumo es la verdadera revolución de la burguesía. El signo del segundo tiempo de Boric en cultura es tremendamente mediocre y la administración institucional de la actriz Carolina Arredondo ha sido la peor de todos los tiempos. Su legado se limita a un pase y a la nula voluntad política de trabajar para disminuir la real precarización del sector cultural, dejando una institucionalidad profundamente debilitada, sin políticas culturales robustas, y, probablemente con la libertad para que la ultraderecha convierta al MINCAP en un nuevo centro de eventos de la presidencia.
Javier en tu texto “Los hijos del mundo deberemos saber traicionar” (Ficción de la Razón, diciembre 2025) publicado un día antes de la votación que daría por ganador a José Antonio Kast, pones atención en la estructura de la promesa. En relación a ella, ¿cuál es la promesa que debe elaborar la política de izquierda ahora que no parece tener ninguna?
La izquierda debe demorar la promesa. Como planteé en el texto “Los hijos del mundo deberemos saber traicionar”, y en la pista de Jacques Derrida, la promesa solo es posible en la medida en que ésta es extensiva a la traición. Solo se promete lo que puede ser traicionado, de lo contrario la promesa no tendría sentido alguno. Si digo: “prometo amarte para toda la vida”, pues esto es, a la vez: “prometo amarte y traicionarte en algún momento de la vida”. No es concebible prometer sin traicionar, y esto va en directa relación con una idea de la muerte, en el entendido que toda promesa que brota está condenada a desaparecer. La promesa de una vida eterna, por ejemplo, desde una cierta tradición judeo-cristiana, es porque la muerte juega no como amenaza sino como figuración que desplazaría al creyente desde una vida finita a otra que es eterna. Aquí es necesaria la espera de la muerte y pasar por ella. Ahora, ¿qué ocurre si no hay vida eterna y todo fue una mentira?, ¿sabremos alguna vez que fuimos traicionados? No importa que se cumpla o no la promesa, lo relevante es que siempre su rotura está calificada, asegurada; un siempre siendo la traición. Sin embargo, hay traiciones justas, liberadoras y urgentes; traiciones que deberían haber tenido lugar. Pensemos en Rudolf-Christoph von Gersdorff, el oficial del ejército alemán dispuesto a morir para liberar a su país de la sombra del nazismo y que intentó asesinar a Hitler (raramente sobrevivió). Rompió su promesa, traicionó a su führery quebró su juramento a la patria cometiendo perjurio, no obstante, nos preguntamos, de haberse consumado esta traición ¿no habría liberado al mundo del mal de males y evitado la muerte de millones de seres humanos cambiando la historia?
Este circuito aporético de la promesa es —del mismo modo que inhabitable como solución de lo que sea porque no hay salida, es sin-poros: a-poría— profundamente político y aquí es donde quisiéramos pensar a la izquierda, o el resto que queda de ella luego que, y en tanto resto, aún persiste y podría reinventarse una continuidad en la promesa. Porque eso que queda como resto maltrecho, deshabitado, desahuciado y sin un más allá, es un suplemento al revés, es decir no es lo suplementario como lo que complementa sino lo suplementario que queda a modo de archihuella. Un suplemento-huella. Por lo tanto, sí habría porvenir, uno que se reconoce en ese exceso de nada, o de casi nada, para ser justos. Entonces la cuestión fundamental para la izquierda, en este único y singular momento de su historia —que es la nuestra—, es retardar la promesa y sumergirse en el duelo. Duelo entendido no como la tristeza o alienación por la muerte de alguien o la pérdida de algo, sino como un persistir en la espera de que una nueva promesa vendrá, al tiempo que, sabemos, será traicionada irremediablemente, mas no por esto deja de ser una convicción cuando se modula desde un alma política que sin abandonar esa espera, no se deja extinguir. Escribe Derrida […] “la cuestión del retraso siempre me ha tenido ocupado y no opondré el sobrevivir a la muerte” (¡Palabra!: Instantáneas filosóficas, 2001). No es la muerte como el fin a lo que se refiere el argelino; tampoco la insistencia exagerada de un vitalismo ingenuo. Se trataría de que no se sobrevive a la muerte, se sobrevive a y en la vida y esto, para la izquierda planetaria y chilena, es central. La espera en el duelo… no hay promesa. No debe haberla aún. Lo peor sería caer en una optimismo pirateado, falso y anómalo después de haber sufrido (sí, es un sufrimiento) un fracaso feroz que se anunciaba, pero por el que irremediablemente había que atravesar. La promesa política en este sentido debe tener, por cierto, un nivel de estrategia superlativo; se trata de ir tras la hegemonía extraviada y colonizada casi por completo por los autoritarismos que se desplazan sobre lo procedimental que ofrece la democracia para conspirar contra la democracia misma.
Habrá que, además —después o junto al duelo— recomponer lo intra-hegemónico, esto es poder cristalizar una estructura partidista que permita, más allá de los simples artefactos electorales diseñados para la ocasión, expandirse como imaginario con capacidad de impacto en una subjetividad colectiva. Y lo anterior porque la promesa, en este caso, también se trata de un asunto de poder; pero de un poder que pueda ser asimilado desde una base social reconocible y que reconecte a la izquierda con esos condenados de la tierra, como titula el libro de Frantz Fanon, y deselitizarse tanto como sea posible. Mirar directo a los ojos hundidos de la vulnerabilidad. Así como lo apunta Sartre en el prólogo al libro de Fanon en 1961: “Lean a Fanon: comprenderán que, en el momento de impotencia, la locura homicida es el inconsciente colectivo de los colonizados”. Ese “inconsciente colectivo” —concepto jungiano— es la promesa que todavía no debe aparecer y, cuando lo haga, no puede ser bajo el lugar común del “horizonte utópico” sino que, a la inversa, como la certificación del resto, de la archihuella o de lo que queda; de aquello que es suplemento originario. No horizonte utópico sino inmanencia en duelo. Aquí, se piensa, la izquierda puede esperar mientras se revela una promesa que debería ser tan real como imaginaria, tan convencida como traicionable y, al final, que sea una invención anárquica respecto de ella misma. Hay promesa en el anarquismo y también una organicidad posible.
28 de diciembre, 2025
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