José Joaquín Brunner, 30 de noviembre de 2025
La educación, en todos sus niveles y modalidades, ocupa un lugar secundario en el ciclo electoral actual. Sin embargo, esto no significa que haya dejado de ser clave para el futuro. Por ello, resulta crucial examinar con cuidado las propuestas de la candidatura que encabeza las encuestas.
Al analizar los tres programas de la derecha (Kast, Kaiser y Matthei), que son convergentes entre sí, surge una narrativa unificada. Las derechas no solo consideran que hay problemas de gestión y de resultados, sino que ven una crisis moral y estructural en la educación.
Primero, se acusa una situación de captura ideológica; el sistema educativo habría sido cooptado por ideologías de izquierda. Kaiser es quien más claramente habla de “erradicar el adoctrinamiento ideológico”, mientras Kast denuncia la “ideologización de la educación pública” y Matthei busca cerrar un capítulo del “falso progresismo”.
Reaparece la vieja obsesión de las derechas con la moral sexual, los roles de género, la interpretación dominante de la historia nacional y, en general, con la secularización, la pérdida de fe y las tecnologías digitales. En otros países, gobiernos afines a esta visión han recurrido al control ideológico sobre el currículo, las bibliotecas y los medios de comunicación.
En segundo lugar, se señala el fracaso del Estado en la educación, que ahora sería un adversario de la libertad de enseñanza. Matthei critica la burocracia que la asfixia; Kast señala que el gasto público se duplicó sin mejorar los resultados; y Kaiser afirma que“el rol del Estado no debería ser el de educar, sino el de garantizar que nadie impida a otros educar”.
Es cierto que un tipo de permisología ha comenzado a envolver a los colegios y a las instituciones de educación superior. Sin embargo, la crítica de la derecha va más allá. En sus formas más extremas —de libertarios y de conservadores ultramontanos— propone una verdadera desescolarización de la sociedad. Se sugiere reemplazar las instituciones reconocidas por el Estado por un modelo de educación proporcionada por las familias o por cooperativas docentes libres de control estatal.
En tercer lugar, este discurso denuncia la pérdida de autoridad y seguridad en los establecimientos que buscaría reforzar y vigilar. De hecho, considera la violencia escolar como un elemento definitorio del sistema. El estado caótico que afecta a algunos liceos emblemáticos de Santiago se utiliza para representar al conjunto, más de 11 mil establecimientos.
Kast vincula directamente la ausencia de orden y respeto en la sociedad con la crisis en el sistema educativo. Matthei propone crear comunidades de aprendizaje libres de violencia y drogas. Kaiser respalda la presencia de Carabineros y Fuerzas Armadas en las escuelas como una estrategia preventiva y para reforzar en los estudiantes la importancia de su papel en la defensa del orden y la paz.
En breve, si el candidato de las derechas es elegido, sus políticas educativas se convertirán en un importante test valórico. Por ahora no ha ocurrido así. Según revelócándidamente una senadora electa del sector en días pasados, Kast “es seco para los temas valóricos; que ahora los haya dejado afuera por estrategia es otro asunto”.
Una vez en La Moneda, tendrá que explicar su plan de guerra en el frente cultural. La senadora detalla las batallas que deberá afrontar: eliminar la ideología de género en las escuelas, detener la hipersexualización de los niños, revisar los libros recomendados por el Mineduc, algunos de los cuales serían responsables de esa hiperperversión, y, lo principal, luchar contra la imposición de una agenda internacional anticristiana (deNaciones Unidas) sobre niños y adolescentes trans.
En cuanto a medidas concretas, el tono general anticipa una contrarreforma educacionalinspirada en ideas que van desde restauradoras hasta libertarias. Los objetivos incluyen: restablecer la selección social en los colegios a partir del 7º grado; desregular la creación de colegios subvencionados; establecer “cooperativas educativas” en las que profesores y padres gestionarían las escuelas de forma autónoma, eludiendo la burocracia estatal; facilitar el homeschooling y los exámenes libres, y distribuir vouchers entre los alumnos para intensificar la competencia.
¿Es posible llevar adelante un programa de esta naturaleza e imponer una visión como la aquí descrita?
Probablemente no. Ignora de tal manera las condiciones de operación del sistema —sus tradiciones, institucionalidad, actores, intereses, cultura— que el solo intento deaplicarlas desencadenaría un cuadro similar al producido a inicios del gobierno de Boric. También, entonces, un grupo extremo se propuso cambiar el paradigma o elbasamento del sistema: su conducción, organización, currículo, pedagogía, procesos,modalidades de evaluación y medición de resultados, articulación entre niveles, prácticas docentes y financiamiento. ¡En breve, todo!
A poco andar, sin embargo, esa propuesta ilusa chocó con la realidad y la complejidad del sistema y se desintegró. El Gobierno quedó sin mapa ni brújula y tuvo que seguir, de ahí en adelante, los caminos más trillados. Por eso mismo, llama la atención que los autores de un nuevo programa extremista no hayan recurrido a la importante acumulación de conocimiento experto y de experiencias que el sector de derechas posee a través de una amplia red de centros de estudio, fundaciones educacionales y proyectos educativos. Esta omisión lleva a pensar que, tal como sucedió inicialmente con la actual administración, se prefieren políticas ilusionistas y meramente declarativas, antes que aquellas realistas y basadas en evidencias y en la experiencia.
No considera tampoco este programa de choque que el próximo gobierno dispone de apenas 48 meses para cumplir con las promesas desproporcionadas formuladas para transformar el sistema y sus valores. Igualmente, no lleva en cuenta que esas promesas corren en paralelo y se hallan subordinadas a otras, más prioritarias, declaradas por un supuesto “estado de emergencia” en los frentes de la seguridad y el crimen, el crecimiento y el empleo, y los mejoramientos en materia de salud y vivienda.
¿Quién podría imaginar que, en medio de este cúmulo de promesas, un gobierno de derechas podría abordar seriamente una contrarreforma educacional y librar decenas de batallas culturales, sin provocar turbulencias sociales que solo perjudicarían al propio gobierno?

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