Edgardo Boeninger: rector en medio de la vorágine y frente al riesgo de una “universidad vigilada”
Septiembre 2, 2025

Edgardo Boeninger: rector en medio de la vorágine y frente al riesgo de una “universidad vigilada”

Palabras leídas con ocasión del encuentro homenaje en el 100 aniversario del nacimiento de Edgardo, maestro y amigo.

Hablar de muestras universidades entre 1969 y 1973 es hablar de un remolino impetuoso de fuerzas; un tiempo de pasiones políticas y conflictos ideológicos intensos.  Aquel fue el momento en que Edgardo Boeninger ejerció la rectoría de la UCH, la más antigua y principal institución del Estado en el campo de la cultura nacional.

Eran los últimos años del gobierno de Frei —cuando la “Revolución en libertad” buscó modernizar la democracia— y los primeros años del gobierno de Allende —que prometía avanzar por “la vía chilena al socialismo”. El país vivía una presión histórica difícil de sostener.

Desde fuera resonaban los ecos del mayo francés de 1968, se escuchaba el sordo despliegue de la Guerra Fría y, en América Latina, los ecos de “crear dos, tres…muchos Vietnam”. Adentro, la UCH, y las demás universidades, pronto se convirtieron en caja de resonancia de esas tensiones. Con la creciente polarización, estas instituciones se vieron tironeadas a favor o en contra del gobierno y la oposición.

Si se leen hoy los planteamientos del Rector durante ese período, su norte aparece con claridad: autonomía institucional sin condiciones; libertad de enseñar, aprender e investigar garantizada; deliberación racional y pluralismo sin límites ideológicos. Esto lo llevaría a advertir “que no debe reproducirse en el seno de la Universidad el conflicto social de la comunidad chilena”.

Boeninger se alejaba así del modelo de la “universidad militante” que en esos años nos sedujo a algunos y tentó a otros como un espejo invertido: la Universidad ya bien como vanguardia y ariete de la revolución o como retaguardia y bastión de la contrarrevolución.

Al contrario, el Rector defendía un modelo de “universidad partícipe”; o sea, una que se hace parte del cambio social, pero a partir de su vocación por las ciencias y las letras, manteniendo la necesaria distancia para llevar adelante “la perforación crítica sin atenuaciones de cuanta idea, doctrina o concepción eleve una pretensión de verdad en su mundo circundante”, según describe a esta universidad José Medina Echavarría, su principal defensor en aquella época.

Para poder desempeñar esta función clave en una sociedad agitada y polarizada, la UCH, pensaba Boeninger al ser elegido Rector, requería cambios y una modernización integral. Postulaba que esa “Reforma era tan necesaria como inevitable debido a la incapacidad demostrada por la institución para adaptarse a las exigencias de su época”, lo que aparecía “reflejado en forma dramática por el hecho—decía él— de no haber experimentado modificación significativa alguna en sus objetivos, métodos, política […] y estructuras en los últimos 30 años”.

Lejos pues de un inmovilismo conservador y de las pulsiones reaccionarias, Boeninger promovió y encabezó el movimiento de esa Reforma necesaria, buscando impedir que fuese subordinada a los fines políticos de las fuerzas en pugna en la sociedad. Por eso pagó el precio de ser acusado desde ambos extremos: tibio para los revolucionarios, indefinido para la reacción.

Para él, en cambio, se trataba de evitar que la UCH fuese arrastrada por la vorágine de las fuerzas que se encaminaban hacia la conflagración final, donde sólo habría vencedores y vencidos. Por eso insistía en establecer procedimientos, elecciones, estatutos y reglas claras. Sabía que en tiempos dramáticos, la normativa más elemental podía parecer un débil dique, pero que, en realidad, era la única defensa posible de la libertad institucional.

El quiebre del 73 confirmó sus temores. La intervención militar arrasó con la autonomía universitaria y expulsó a sus autoridades. Las universidades fueron intervenidas; los rectores legítimos removidos. Edgardo renunció con la dignidad que le otorgaba su cargo y lo hizo, entre los rectores, como el primus inter pares.

Fue un gesto de coherencia: sabía que con la instauración de la “universidad vigilada” dejaban de existir los rectores legítimos de comunidades autogobernadas. Hoy, al recordarlo, importa recibir la lección que nos deja su ejemplo.

En una época en que las identidades ideológicas vuelven a tensarse y los extremos se visten con ropajes nuevos, Boeninger enseña que preservar la “neutralidad” de la universidad es, en verdad, la condición que hace posible la crítica: autonomía, diversidad, conversación informada, reglas que protegen a las minorías, pluralismo autoridades legítimas, compromiso sin condiciones con la vocación de las ciencias, las artes y las humanidades. Sin eso, la universidad se confunde con los ruidos de la calle, se somete a los dictados del poder y abandona la idea de sí misma.

Hoy son varias las sociedades de Occidente donde está de regreso la figura de las “universidades vigiladas”, en medio de regímenes que mantienen las formas democráticas, pero cada día se vuelven más iliberales. Desconfían, sobre todo, del rol crítico de estas instituciones y su espíritu independiente frente a las fuerzas en pugna en la sociedad.

Boeninger nos legó precisamente esa enseñanza. En medio de la polarización que tiraba a Chile por los extremos, sostuvo el valor del diálogo racional, de construir puentes y negociar soluciones sin renunciar a los propios ideales. Mantuvo en alto la idea de que la universidad sirve mejor al país cuando piensa con libertad y se disciplina en métodos, cuando abre sus puertas a quienes discrepan y honra la evidencia por sobre la consigna.

Ese fue el compromiso que Edgardo eligió y nos legó: una defensa concreta, cotidiana, de la deliberación y la convivencia, aún en medio de las mayores dificultades y pasiones de la política. Tampoco fue neutral frente a su época histórica; fue leal a la idea de una universidad crítica y partícipe, aborreció su transformación forzada en universidad vigilada, y se identificó plenamente con los ideales de una democracia liberal, reformista y progresiva. Por eso, en el centenario de su nacimiento, lo recordamos no sólo como al amigo, el compañero de viajes, el constructor de acuerdos políticos sino también como un rector que fue fiel a la autonomía de su institución y crítico de las tentaciones militantes.

 

Santiago, 2 de septiembre de 2025.

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