En días pasados, Valentina Verbal presentó su documento “LA ILUSIÓN POSLIBERAL PATRICK DENEEN Y EL PROYECTO POLÍTICO DE JOSÉ ANTONIO KAST”, un ensayo que examina el posliberalismo de manera crítica a partir de dos niveles complementarios: la obra del politólogo estadounidense Patrick Deneen y su posible expresión en el proyecto político encabezado por José Antonio Kast en Chile. Se sostiene que el posliberalismo constituye una crítica relevante al liberalismo contemporáneo, sobre todo en lo relativo a la transformación de las comunidades intermedias, el reconocimiento de la autonomía personal y la creciente dificultad para sostener los bienes comunes compartidos. Sin embargo, también se argumenta que las respuestas ofrecidas por esta corriente enfrentan importantes dificultades teóricas y políticas, especialmente en sociedades modernas caracterizadas por la autonomía personal y la coexistencia de diversas concepciones de la vida buena. Bajar el documento aquí.
Invitado a comentar el documento para el día de su presentación, preparé el siguienyte texto:
Leer a Valentina Verbal desde una cultura de izquierdas
Presentación de La ilusión posliberal, de Valentina Verbal Stockmeyer (Horizontal, 6 de julio de 2026)
José Joaquín Brunner
Estimada Valentina, autoridades y colegas de Horizontal, amigas y amigos:
Es un gusto y una tradición afortunada, en verdad, presentar un libro junto a quien lo ha escrito. Hacerlo con la autora al lado tiene la ventaja de que podrás corregirme en el acto, y la desventaja, para mí, de no poder exagerar mis reparos sin que me repliques de inmediato. Acepto el riesgo de buen grado: es la forma más seria de honrar un trabajo como el tuyo.
Quiero comenzar por confesar una incomodidad que, a la postre, resultó productiva. Se me ha pedido presentar un ensayo escrito desde la derecha liberal acerca de la deriva de la derecha chilena, ante un público, me imagino, mayoritariamente de derechas o en los vecindarios del sector. Y lo hace alguien que viene de una cultura de izquierdas y que ha pasado buena parte de su vida discutiendo, no siempre amistosamente, me temo, con la tradición que esta tarde nos convoca. La situación tiene su gracia. Y conviene nombrarla de entrada, porque en esa gracia se cifra, me parece, una de las claves del momento que vivimos.
Durante casi todo el siglo XX, la izquierda hizo del liberalismo su adversario teórico predilecto: lo acusó de ser formal y abstracto, de encubrir, bajo la igualdad ante la ley, las desigualdades de la vida. Hoy asistimos a un curioso intercambio de papeles. Es la derecha, o una parte considerable de ella, la que ha empezado a desconfiar del liberalismo, a tratarlo como un estorbo del que conviene desprenderse; y es desde la izquierda democrática donde uno se sorprende ver, no sin perplejidad,
que se defiende un piso liberal para la convivencia.
El ensayo de Valentina Verbal es, por eso, doblemente interesante: por lo que dice y por quien lo dice. Es la voz lúcida, y resueltamente autocrítica, de una liberal que mira hacia su propia casa y advierte que se está quedando sin liberalismo. Y a mí me toca esta tarde una tarea que no carece de ironía: salir a defender, en casa ajena, algo que también es nuestro.
El vocabulario importa
Lo primero que el libro nos exige es una higiene del vocabulario, porque tras la confusión de las palabras suele esconderse la política. Usamos de manera casi intercambiable una familia de términos que no son sinónimos: liberalismo clásico, social-liberalismo, libertarismo, conservadurismo, posliberalismo, iliberalismo. Vale la pena, aunque sea en trazo grueso, separarlos.
El liberalismo clásico, es la defensa de la libertad individual, el imperio de la ley, el Estado limitado y la sociedad plural: la libertad entendida, ante todo, como ausencia de coacción. El social-liberalismo añade que esa libertad, sin ciertas condiciones sociales mínimas, es una ficción, y admite que el Estado corrija al mercado en nombre de una autonomía real que, dicho sea de paso, es la tradición que habita mi propia cultura política. El libertarismo, en cambio, radicaliza la libertad económica hasta el punto de querer disolver al Estado en el mercado. El conservadurismo, en cambio, no es una doctrina económica, sino una disposición: aprecio de la tradición, prudencia frente a la abstracción, valoración de las instituciones heredadas; y en Occidente convive largamente con el liberalismo en una alianza que es, justamente, si leo bien, la que el libro reivindica. El posliberalismo es la tesis de que el liberalismo no fracasó pese a su éxito, sino a causa de él: el individuo soberano termina en la anomia y urge restaurar un bien común sustantivo. Por último, el iliberalismo es la democracia de las mayorías despojada de sus límites liberales: sin contrapesos, sin derechos de las minorías, sin prensa libre. Es una democracia protegida, a mi juicio, en favor de una seguridad punitiva y una desconfianza institucionalizada hacia la incertidumbre liberal.
Y justamente aquí aparece la primera advertencia del libro, que Valentina dirige a un columnista de la plaza, pero que yo extendería a todo el debate: cuando el ‘liberalismo’ pasa a significarlo todo, termina por no explicar nada.
Una ola occidental y su vanguardia contradictoria
Efectivamente, la crisis del consenso liberal no es una rareza chilena: es un clima occidental. Desde 2008, y con mayor fuerza desde 2016, la derecha del mundo desarrollado viene mutando de la vieja síntesis liberal-conservadora hacia otra cosa. El ‘trumpismo’ es su epicentro: un nacional-populismo autoritario que rompió con la tradición reaganiana del libre comercio y del Estado mínimo. Pero a mí lo que me interesa, por lo que viene más adelante, es la vanguardia intelectual de este desplazamiento, porque es contradictoria de un modo que anticipa lo chileno.
De un lado está el posliberalismo comunitarista: el propio vicepresidente Vance se declara posliberal, y tras él una constelación de intelectuales, Deneen entre ellos, que sueña con un Estado capaz de restaurar el bien común sustantivo, la familia, la comunidad moral. Del otro lado milita exactamente lo contrario, aunque también apoye financieramente a Vance: el tecnolibertarismo de Peter Thiel y de la nueva derecha de Silicon Valley, que no aspira a restaurar comunidad alguna, sino a disolver todos los límites; desregulación total, dominio tecnológico absoluto e incluso la superación de la condición humana y de la muerte misma, por una suerte de nueva eternidad poshumana.
Dos visiones contrarias, por tanto, que comparten coalición y resentimiento contra el liberalismo, pero que apuntan en direcciones opuestas: una quiere volver a la aldea y a la iglesia; la otra quiere abandonar el planeta. Que semejante contradicción pueda cohabitar bajo un mismo techo nos dice algo sobre la naturaleza de estos movimientos: son menos una doctrina que un frente enfilado a superar al liberalismo.
En Europa, esta ola tiene su propia gramática: Orbán le dio nombre a la ‘democracia iliberal’ y a su método, y junto a él operan, en otra clave, las derechas identitarias de Meloni o de Le Pen. En América Latina adquiere una fisonomía distinta, que importa para leer a Chile. Aquí no manda Deneen, sino dos figuras más terrenales: Bukele, que ha convertido la megacárcel y la ‘mano dura’ en el nuevo paradigma regional del orden; y Milei, que ha hecho del libertarismo económico una fe. Súmese la larga sombra de Bolsonaro, con su filosofía nacionalista-militar de inspiración religiosa. En breve: punitivismo y mercado; una derecha dura, menos comunitarista que securitaria y menos tradicionalista que penal y proempresarial. La sustancia moral espesa de Deneen —la familia, la aldea, la parroquia— es aquí, en nuestra región, una nota menor; los acordes dominantes son la cárcel y la motosierra.
Las derechas chilenas: del orden protegido al triángulo irresuelto
Si miramos a la derecha chilena con este mapa en la mano, el cuadro se aclara. Su matriz ideológica contemporánea no nació liberal: nació, bajo la dictadura, como una fusión peculiar entre la ‘democracia protegida’, la desconfianza guzmaniana hacia la soberanía popular sin amarras y el neoliberalismo de Chicago. Un liberalismo económico sin liberalismo político: esa fue la fórmula fundacional. La transición la atemperó; la derecha se reconcilió, parcialmente, con la democracia y alcanzó una expresión más liberal-conservadora, con un eje gerencial y modernizante, con los dos gobiernos de Piñera, que Valentina trata, con razón, como el punto más alto de la síntesis que defiende. Sigue pendiente, sin embargo, también en este subsector, la cuestión no resuelta de la complicidad pasiva.
A lo largo de todos estos años aquella fractura permanece latente. El estallido de octubre de 2019 y el ciclo constitucional que le siguió —dos procesos, dos plebiscitos, un país que se miró en el espejo y no se reconoció ni en uno ni en el otro— derrotaron, antes que a nadie, al ala liberal de la derecha. Brito, el columnista que Valentina discute, marca precisamente ahí el principio del fin del ‘sueño liberal’. Y no se equivoca en la cronología, aunque sí, me parece, en la celebración. Sobre esa derrota, en efecto, se montó el desplazamiento que hoy observamos.
Porque lo que presenciamos en estos meses es un desplazamiento de aquel centro de gravedad. La derecha republicana que hoy gobierna es heredera menos del Piñera liberal que del ‘pinochetismo civil’ del orden y la seguridad, con la misma economía privatizadora, el mismo Estado pequeño y el mismo acomodo preferencial para los ‘espíritus animales’ de inversionistas y grandes empresarios. Al’ bloque duro’ se le agregan dos alas, al igual que ocurre con la vanguardia global: dos extensiones que no se llevan bien. A un lado, los nacional-libertarios en torno a Kaiser, hiperliberales en lo económico y, sin embargo, iliberales por su desconfianza hacia los contrapesos institucionales. Al otro lado, el populismo del Partido de la Gente, de carácter plebeyo y naturaleza transaccional. Todos comparten una vocación no liberal, que puede ser anti, iliberal o posliberal según el caso y el día.
He sostenido en otro lugar que la ideología de este gobierno es una amalgama de al menos cuatro pliegues: el gremialismo guzmaniano y su recelo de los partidos; la doctrina de seguridad nacional y su ‘democracia protegida’; el ethos de las virtudes cristiano-familiares; y la confianza irrestricta en los’ espíritus animales’ que sería necesario liberar para que florezca un capitalismo sin amarras.
Estos cuatro pliegues no conviven en paz: de su fricción brota una indefinición estratégica que caracteriza a nuestra gobernanza actual. Hay, en el corazón de este proyecto, una tensa tríada de órdenes normativos en pugna. El primero es el orden de la familia y de la comunidad moral: el pater familias, que exige esfuerzo, sacrificio y virtud; la sociedad organizada en torno al matrimonio, el hogar, la fe y las jerarquías. El segundo es el orden del mercado y la libertad de elegir bienes: la lógica fría que reduce todo vínculo a un contrato y no reconoce jerarquía alguna más que la del precio. El tercero es el orden del ‘Leviatán securitario’: el Estado hobbesiano que desconfía de la naturaleza humana —“el hombre es el lobo del hombre”— y se reserva el monopolio de la fuerza; la pulsión punitiva que no cede ante ningún argumento pedagógico ni ante ningún intento de prevención.
Estos tres órdenes son filosóficamente incompatibles entre sí. La familia moral choca con el mercado, que disuelve precisamente la comunidad que se dice querer restaurar; el ‘Leviatán punitivo’ colisiona con los libertarios, que no toleran un Estado que vigila y sanciona; y ambos desahucian cualquier intento de Estado social, forzando a las políticas sectoriales a subordinarse a los imperativos de la seguridad. El timón de la gobernanza oscila entre esos tres polos sin definir cuál es su centro de gravedad. Esa oscilación —y no un problema de comunicaciones o de poderes relativos dentro del gabinete— es la fuente más honda de la indefinición que aqueja a la gobernanza del país en su etapa de instalación.
Lo que el libro ilumina
Sobre este telón de fondo, leo con mucho interés el ensayo de Valentina Verbal. Su mérito es doble. Como historia intelectual, ofrece la mejor reconstrucción disponible del posliberalismo de Deneen y una crítica mesurada y justa: muestra que Deneen exagera al atribuir solo al liberalismo el crecimiento del Estado moderno, que caricaturiza la libertad liberal como ausencia de todo límite, y que defiende, en rigor, una diversidad particular funcional a una homogeneidad específica. Como diagnóstico del presente, el libro tiene el coraje —escaso también dentro de la propia trinchera que habito— de nombrar lo que otros prefieren celebrar: que la derecha chilena está desplazando al liberalismo de su horizonte normativo. Su hallazgo de un posliberalismo tácito, una derecha que ya no libra de frente la batalla cultural, pero conserva como referente privilegiado e inconfeso a la familia tradicional; que reivindica a Portales y a Bello mientras omite la fusión liberal-conservadora y a figuras como Lastarria o Amunátegui me parece agudo y, además, certero. Y la tesis central es atractiva: la derecha chilena ha sido más fuerte no cuando una sensibilidad se impone a la otra, sino cuando liberalismo y conservadurismo coexistieron. La ilusión posliberal sería la creencia de que la derecha puede prescindir de una de las dos mitades de su propia tradición.
Tres objeciones amistosas
Permítanme ahora, en el espíritu que la propia autora querría —a fin de cuentas, escribe no para ser aplaudida, sino para ser discutida—, tres objeciones amistosas; tres lugares donde yo empujaría el análisis más allá, desde la sociología que cultivo.
La primera atañe a la palabra misma, posliberalismo. El posliberalismo de Deneen es, ante todo, antineoliberal: desconfía tanto del mercado como del individuo soberano, y quiere un Estado que limite el comercio en nombre de la comunidad. Pero el proyecto chileno que Valentina describe es fervientemente promercado: Estado pequeño, desregulación extensa, espíritus animales agresivos. Hay ahí un desajuste. Deneen explica bien a una corriente intelectual minoritaria —el mundo socialcristiano, los círculos que ella misma menciona—, pero explica mal el centro de gravedad gobernante, que es más securitario y libertario que comunitarista. Como la propia autora observa, habitualmente los dirigentes chilenos no citan a Deneen; solo algunos intelectuales sí lo hacen. La etiqueta ‘posliberalismo’, entonces, ilumina mejor a un pequeño círculo ilustrado que a la derecha dura y sus seguidores, que, sospecho, marchan al ritmo de Bukele y Milei, no al de Deneen.
La segunda objeción proviene de mi tríada de órdenes. Donde el texto articula todo en torno a una noción económica del ‘orden’, yo distingo al menos tres nociones que no se empalman entre sí’. Porque el Estado securitario quiere un Estado fuerte, y eso es antilibertario; el mercado lo quiere mínimo; y la comunidad moral lo quiere sustantivo, y eso es antiliberal. La ‘emergencia gubernativa’ y ‘el orden’ no son un programa; apenas cubren la ausencia de una síntesis. La misma contradicción que vimos en la vanguardia global —Deneen contra Thiel, la aldea contra el cohete— reaparece aquí, domesticada, entre la familia cristiana del programa republicano y el disciplinamiento cultural anhelado por los libertarios. La ilusión posliberal no es solo normativa; es, además, una coalición que no suma.
La tercera objeción amigable —que suelo formular también en mi propio sector— es que hay un sesgo claramente intelectualista al leer este giro como una mera batalla de columnistas y de ideas. La tentación posliberal no solo es un error de doctrina; es asimismo una respuesta a angustias reales —de inseguridad, de migración, de una economía estancada y de una educación que prometió movilidad y hoy no asegura empleo— que los liberales en versión chilena, incluso los liberal-sociales, no supimos procesar. Y aquí pondría yo un espejo a la ‘ilusión posliberal’: la ilusión liberal-conservadora que consiste en creer que esta síntesis se restaura idealmente, por medio de argumentos, sin tocar las condiciones que la quebraron. Condiciones que conocemos bien: desequilibrios en el desarrollo, desigualdades de clase, oportunidades educativas segmentadas desde temprano; en breve, falta de capacidades que respalden las libertades.
Un piso común
Concluyo. Lo que une, a esta hora, a un académico de la izquierda democrática con un círculo de derecha abierta y tolerante como el que aquí se reúne, en torno a la autora del documento que nos convoca, no es un programa: es un piso. La convicción de que la pluralidad moral de nuestras sociedades no es un defecto que corregir, sino una condición que administrar; y de que el liberalismo —en su sentido amplio, el de los derechos y los contrapesos, no el de tal o cual receta económica— no es una ideología más entre otras, sino la gramática que permite que distintas concepciones de la vida buena coexistan en paz.
Valentina cierra su libro diciendo exactamente eso. Yo solo añadiría que vale la pena decirlo también más allá de la derecha: es patrimonio de toda la cultura democrática.
Hay, sin embargo, en esta escena una cierta melancolía que no puedo ocultar. La derecha liberal redescubre el valor del liberalismo justo cuando pierde el control de su propia casa, y un hombre de izquierda como yo viene a defenderlo entre amigos que quizá están perdiendo esa batalla. Pero quizá sea eso, precisamente, lo que estos tiempos reclaman: que la defensa del piso liberal-democrático deje de ser bandera exclusiva de una trinchera y se convierta en una tarea compartida. Presentar este libro es, para mí, una manera de decirlo. Agradezco a Valentina la ocasión, y a ustedes la atención.
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