En solo noventa días, el gobierno de Kast, los republicanos y las derechas aliadas parecen estar siendo superados por los hechos. La economía resultó ser más impredecible de lo que se anticipaba: hay menos crecimiento, y Hacienda ha tenido que admitir que no cumplirá con el equilibrio fiscal en los plazos prometidos. Lo mismo sucede con la expulsión de inmigrantes: originalmente era una promesa fundamental; ahora el propio Presidente la describe como una “metáfora”. En materia de seguridad, la situación empeora: días atrás, este diario reportó un cuerpo baleado y maniatado y otro desmembrado, mientras que el último informe oficial registró quince homicidios en una semana, cuatro más que la semana anterior. Además, la CEP informó antes de ayer que el 67% de la población tiene poca o ninguna confianza en que Kast cumpla sus promesas de campaña. No son buenas señales.
De todos modos, es probable que la campaña haya originado la situación actual desbordada. Las excelentes promesas de aquel entonces —todo iba a salir bien— se desvanecieron, arrastrando consigo las expectativas. Hoy, aquello parece, en el mejor de los casos, una hipérbole bien fundamentada. Un personaje de Shakespeare advierte acerca de un aspirante al poder que “haría promesas al pueblo que no podría cumplir”.
Tampoco el cambio de gabinete ni el mensaje del 1 de junio lograron distraer de esta situación incierta y desalentadora. Se enfrentaron a la realidad, al igual que el “gobierno de emergencia”, otra metáfora que se desvanece.
Kast erró en su diagnóstico y propuesta de solución. Chile no se estaba desintegrando; más bien, permanecía estancado, con una inseguridad creciente y una polarización marcada. Se trataba de problemas de larga duración que no requerían una respuesta dramática ni una refundación radical, sino de fomentar un ambiente de consenso para superar las inercias, reducir la polarización y enfrentar las amenazas del crimen organizado.
En lugar de eso, el oficialismo optó por confrontar ideológicamente a la mitad del país, lanzar desde Hacienda recortes —que el ministro explicó ayer como parte de una “batalla cultural”—, cargar con hipérboles contra el gobierno anterior y adoptar una Política Nacional de Seguridad Pública —promulgada durante el gobierno de Boric—, la cual el nuevo ministro de Seguridad considera un marco adecuado para actuar.
En resumen, Kast inicia su mandato en un escenario enredado: abre múltiples frentes simultáneos, hostiliza sin justificación a la oposición, pierde la confianza de la sociedad civil, y se ve superado por la complejidad de los asuntos que prometió controlar. Además, está inmerso en una lucha moral contra las incivilidades, lo que anticipa el retorno del discurso contra los bárbaros.
0 Comments