Universidades en riesgo: la crisis global
José Joaquín Brunner, 28 de septiembre de 2025
La educación superior corre el riesgo de perder su carácter global justo cuando más se necesita el intercambio de ideas y talentos. En medio de un orden mundial tensionado por los nacionalismos, las universidades deberían ser un refugio de la razón universal.
La educación superior atraviesa una crisis silenciosa pero profunda que se repite en distintos idiomas y geografías. En el fondo, lo que está en juego es si las universidades podrán seguir siendo espacios autónomos de conocimiento o si quedarán arrinconadas por la asfixia financiera y las presiones políticas.
En Estados Unidos, el segundo mandato de Donald Trump ha golpeado duro a las universidades. Los recortes propuestos al financiamiento científico alcanzan hasta un 50% en agencias clave y se habla de gravar las grandes donaciones universitarias como si fueran utilidades empresariales. Harvard llegó a enfrentar la suspensión de la certificación para recibir estudiantes extranjeros. El mensaje es claro: la universidad ya no goza del prestigio que tuvo en el pasado.
En el Reino Unido, el panorama no es mejor. El declive de estudiantes internacionales —cayeron 17% las matrículas— dejó a muchas universidades al borde de la insolvencia. La mitad de ellas ha tenido que cerrar programas y las demás exploran alianzas para ahorrar costos. Paradójicamente, en Francia el problema es el contrario: la matrícula crece en contra de la tendencia europea y, con ella, los déficits presupuestarios. El aumento de estudiantes, lejos de celebrarse, se vive como un dolor de cabeza financiero.
Nuestra región tampoco escapa. En Chile, la gratuidad universitaria implantada hace una década genera déficits porque los subsidios estatales no cubren los costos reales de los alumnos exentos de pago. Además, crea una serie de dificultades adicionales y rigideces para el gobierno y la gestión institucionales. El proyecto FES trae consigo riesgos adicionales.
En Argentina, el ajuste fiscal del presidente Milei ha significado una caída de 30% en términos reales de los presupuestos universitarios. Hay huelgas docentes y universidades paralizadas. En Colombia, incluso la histórica agencia de crédito estudiantil ICETEX tambalea; tanto que universidades y municipios han debido improvisar sistemas propios de préstamos. Y en Kenia, la auditoría oficial reveló que las universidades acumulan deudas equivalentes a un año y medio de transferencias públicas, mientras el gobierno, en gesto populista, reduce los aranceles.
La conclusión es obvia: la combinación de gratuidad sin financiamiento suficiente, austeridad fiscal y deudas crecientes configura un cuadro que amenaza la sostenibilidad del sistema.
Pero 2025 muestra también cómo la política y los gobiernos se entrometen cada vez más en la vida universitaria. En Nicaragua, el gobierno de Ortega cerró o confiscó universidades —incluida una jesuita de prestigio— acusándolas de “terrorismo”. Reabiertas bajo control estatal, hoy son caricaturas. En Irán, el Ministerio de Inteligencia ordenó a todas las instituciones rechazar a estudiantes de la fe bahá’í, etiquetados como amenaza a la seguridad nacional. Y en Rusia, el colapso paulatino de su sistema universitario combina la emigración de académicos con una censura férrea contra cualquier crítica a la guerra contra Ucrania.
Estos casos exponen un riesgo más general: la erosión de la autonomía universitaria. En países de Europa del Este se refuerza el control estatal sobre universidades y academias de ciencias. En Estados Unidos, legislaturas estatales intentan vetar la enseñanza de ciertos temas incómodos. En Turquía o India, los gobiernos nombran rectores a su medida. La universidad, que florece con debate abierto, se ve reducida a instrumento del poder político.
Un tercer ángulo de esta crisis es el repliegue de la internacionalización. Después de décadas de movilidad estudiantil, apertura y cosmopolitismo, muchos gobiernos han decidido restringirla. Australia duplicó el costo de sus visas y fijó cupos estrictos; Canadá limitó permisos de trabajo para estudiantes; el Reino Unido prohibió que los alumnos traigan familiares. Malasia, más drástica, dejó de enviar becarios a Estados Unidos. Trump, quién llegó a insinuar un aumento del número de estudiantes chinos en las universidades estadounidenses, sin embargo impuso topes de cuatro años a las visas de estudio, lo que vuelve casi inviable completar un doctorado.
La educación superior corre el riesgo de perder su carácter global justo cuando más se necesita el intercambio de ideas y talentos. En medio de un orden mundial tensionado por los nacionalismos, las universidades deberían ser un refugio de la razón universal.
Lo que ocurre apunta en dirección contraria. La crisis de financiamiento refleja Estados sobrecargados y contribuyentes reacios. La erosión de la autonomía es señal de democracias fatigadas y autoritarismos agresivos. El freno a la internacionalización responde a sociedades que se repliegan sobre sí mismas en medio de la incertidumbre global.
En América Latina esta tormenta se vive con un ingrediente adicional: la desigualdad. Allí donde la universidad se expande de la mano del mercado, la segmentación social se vuelve más visible; allí donde el Estado intenta garantizar gratuidad sin recursos suficientes, cunde la frustración y amenaza la legitimidad del sistema. La lección es clara: ni el mercado ni el Estado, por sí solos, pueden sostener universidades de calidad, autónomas e inclusivas.
Si prevalece la asfixia financiera, la intromisión política y el cierre de fronteras, la educación superior perderá su rol histórico. Desde su origen, la universidad ha tenido el patrocinio de las autoridades, también su mecenazgo; ha gozado de fueros especiales para cumplir su misión, y ha contribuido a la libre circulación de personas, ideas e información.
Hoy corre el riesgo de verse crecientemente integrada al encuadramiento económico-tecnológico de la sociedad. Y allí terminar como una institución puramente funcional y utilitaria, al servicio de las demandas de los Estados y los mercados. En vez de ser conciencia lúcida de su época, una plataforma inteligente guiada por valores e ideales, terminaría subordinada a la racionalidad instrumental; una pieza más de la cuarta revolución industrial.

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