Poder, emergencia y ethos
Abril 7, 2026

La administración de Kast se proyecta como un gobierno de emergencia, pero carece de un plan B cuando la emergencia real golpea la puerta. Veremos si abril es el mes más cruel de 2026.

por José Joaquín Brunner, 8 de abril de 2026.

Tres semanas alcanzan apenas para esbozar, no un balance, sino una lectura de tendencias en torno al gobierno de Kast. Los hechos se dan por conocidos: los seis decretos de la primera noche, siete días iniciales que inundaron la agenda pública, la zanja fronteriza con retroexcavadoras incluidas, reiterados y confusos anuncios de ajuste fiscal, el bencinazo como rayo caído del cielo en día claro, medidas y contra medidas para traspasar o no el costo del bencinazo a la gente, el infausto anuncio del «Estado quebrado», la caída vertical en las encuestas, y los planes y aprontes para frenar el descenso hacia alguno de los círculos del infierno del Dante. En efecto, no son pocos los sucesos ocurridos en este breve período.

Súmese a lo anterior la lista de errores, fallas, traspiés y autogoles —nombres empleados por la prensa, incluso por dirigentes y académicos que simpatizan con el oficialismo o pertenecen a él—, acumulación que empieza a configurar la imagen de un gobierno inexperto, incierto y zamarreado por los acontecimientos. Que confunde principios con insensibilidad y rigidez con coraje.

Lo que importa es descifrar qué lógicas subyacen a estos movimientos del gobierno, qué ordenación del poder está emergiendo en La Moneda, cuál es el código cultural que anima a la nueva administración y, sobre todo, qué nos dicen estas primeras semanas sobre la naturaleza del proyecto en curso. Una naturaleza que, como veremos, es bastante más compleja —y en ciertos aspectos más intrigante— que la caricatura de un gobierno puramente retrógrado como a veces se lo retrata.

Antes de entrar en materia, una advertencia de método. La crónica política reflexiva, como intentamos hacer en estas columnas quincenales, opera con un régimen de evidencia más evanescente que el del análisis académico. Su temporalidad es la del presente, no la de la retrospección. Y su mayor riesgo es olvidar que la diosa Fortuna gobierna al menos la mitad del rumbo de los procesos. Por ejemplo, el shock petrolero, que irrumpió en la segunda semana del gobierno, no estaba en los cálculos de nadie —ni en el Folleto Naranja de Jaime Guzmán, ni en las planillas de Hacienda, ni en las pizarras del segundo piso, ni en los salones de la «vida social»—. Por eso hay que leer los primeros pasos de esta administración con esa doble conciencia: la de lo que se quiso hacer y la de lo que la contingencia impuso.

Un cuadrilátero desigual de fuerzas

La primera conjetura que permite formular la observación de estas semanas de inicio del nuevo gobierno es que el poder del Ejecutivo opera como un cuadrilátero de fuerzas desiguales. No como un organigrama piramidal con el presidente en la cúspide, ni como un gabinete colegiado al estilo europeo o como una coalición según se acostumbra en Chile, sino como un poliedro de cuatro vértices donde la gravitación de cada uno varía según el tema, la coyuntura y, crucialmente, según cuánto control logra cada uno sobre la narrativa pública del gobierno.

Formalmente, el primer vértice es el Presidente. Kast ocupa el centro simbólico del poder y, en cualquier presidencialismo, eso no es poco. Pero su protagonismo efectivo ha sido, hasta aquí, de segundo plano. Más en el terreno que en el comando estratégico. Más descolocado por las circunstancias que por controlarlas. Viajó a Arica para inaugurar zanjas y a Argentina para reunirse con Milei; recorrió zonas afectadas por incendios y visitó un liceo tras el ataque en Calama. Cada aparición lo muestra en movimiento, pero no al mando de la narrativa. La figura fuerte del jefe de un «gobierno de emergencia» —diseñada con esmero durante la campaña— se diluyó apenas llegado a La Moneda frente a la emergencia efectiva, no escogida, del bencinazo. El Presidente queda retacado detrás de las voces ministeriales más fuertes y de sus asesores, una posición incómoda para quien construyó una imagen de autoridad sin fisuras. La operación de rescate de la figura presidencial, puesta en escena la semana pasada, fue la confirmación de que las cosas se habían desordenado.

El segundo vértice corresponde a Hacienda, por lejos el ministerio más empoderado del gobierno recién estrenado. Jorge Quiroz no es otro ministro de Hacienda más en la serie que arranca en 1990. Es, con diferencia, el que ha asumido una mayor concentración de poder real desde el retorno a la democracia: a cargo de la emergencia económica, de la coordinación del gabinete sectorial económico, de la estrategia de austeridad, de contrarrestar el shock petrolero, de preparar el proyecto de “reconstrucción nacional” y de la comunicación pública de todo ello. Ademas, ha logrado instalar la figura y el relato de un ministro portaliano, adusto, severo, poco simpático y nada popular. Y lo ha he hecho en poco tiempo y con alto costo para el gobierno.

Su estilo es deliberadamente frío, técnico, inflexible. No busca empatizar ni ser aplaudido por el público: al contrario, proyecta una imagen de rigor profesional que —según la lectura del segundo piso— debía impresionar a los mercados y disciplinar el gasto. El problema es que el rigor sin empatía acarrea costos políticos. Fue Quiroz quien debió salir a los cinco canales de televisión a anunciar el alza de las bencinas con una sequedad que irritó incluso a diputados del oficialismo. Y fue también Quiroz quien se vio obligado a desmentir la tesis del «Estado en quiebra» que su propio gobierno había lanzado, marcando distancia con el segundo piso: «Jamás ocuparía una palabra como esa», sentenció. Es decir, el ministro más fuerte del gabinete corrigió públicamente al núcleo de comunicación del Presidente. Eso dice mucho sobre la estructura real del poder gubernamental. Al igual que el escaso éxito de los comunicólogos de La Moneda para detener la polémica sobre la «caja fiscal», que ha terminado enredando a Hacienda y le ha restado puntos al ministro estrella.

El tercer vértice es precisamente el segundo piso de La Moneda, centro neurálgico de este edificio del poder; el más ambicioso —en su categoría— desde 1990. Aquí se concentra un doble poder inédito. Por un lado, la gestión y control de los cuadros ministeriales —una función que en administraciones anteriores quedaba dispersa entre Segpres, algún apuntador presidencial o, en el caso extremo de Piñera, en el propio mandatario con su famoso pendrive de evaluación continua. Ahora esa tarea recae íntegramente en Alejandro Irarrázaval, el «gerente general» del proyecto Kast, amigo del Presidente desde el Movimiento Gremial de la PUC, extesorero de la UDI, arquitecto del reclutamiento del gabinete. Cuando Irarrázaval habla, se asume que lo hace a nombre de Kast. Su liderazgo se describe como «vertical»: más que escuchar opiniones, da instrucciones. Los ministros sectoriales, sobre todo, tendrán que hacer antecámara.

Por otro lado, en un ala contigua pero separada —»juntos, pero no revueltos», repiten en La Moneda—, opera Cristián Valenzuela, el aparente «maquiavelo» de Kast, cerebro de sus tres campañas presidenciales, ahora director de Comunicaciones y Contenidos, función que desplaza a un segundo plano a la Segegob. Es Valenzuela quien debe diseñar el relato gubernamental, traducir la contingencia en clave política y dirigir la voz presidencial directamente hacia la ciudadanía, reduciendo al mínimo el rol intermediario de los partidos oficialistas.

Una jugada audaz, pero riesgosa: fue Valenzuela quien, involucrando directamente a la presidencia, debió asumir la responsabilidad del desastre comunicacional del «Estado en quiebra», que provocó la reacción del Banco Central, la Contraloría y del propio ministro de Hacienda, a quien se pretendía reforzar en su fijación en la «caja fiscal» vacía. El traspié reveló una falla gruesa en el diseño: la vocera Mara Sedini quedó borroneada, sin peso propio en su cargo, mientras el verdadero encargado de la estrategia comunicacional operaba desde el segundo piso sin los contrapesos institucionales que el ministerio de las comunicaciones debiera proveer. Se ha causado allí un daño que no será fácil de reparar.

El cuarto vértice —Interior y Segpres— nace como la esquina funcional del cuadrilátero: la conducción política cotidiana, la negociación legislativa, la relación con el bloque oficialista y con la oposición. Claudio Alvarado, en Interior, y José García Ruminot, en Segpres, son los dos políticos de oficio en un gabinete de técnicos e independientes. Alvarado, UDI de cepa, viejo conocido de Kast desde los tiempos de la bancada gremialista, ha mostrado flexibilidad táctica real: fue él —no Segpres, no la vocera— quien intercedió con la DC y el PPD para destrabar el proyecto de mitigación del bencinazo en la Cámara. Sin su intervención, reconocen los diputados de derecha, el resultado habría sido otro. Pero ambos operadores con peso propio no parecen incidir de manera significativa en la definición estratégica. El poder de decisión está, más bien, en el triángulo: Presidente (algo retacado) + Hacienda + segundo piso. Interior y Segpres acompañan, ejecutan, negocian en los márgenes. Son instrumentalmente imprescindibles, pero laterales en la creación y en el diseño estratégico. En particular, Interior, tras perder su brazo de Seguridad, ha quedado disminuido y aún anda en busca de su nueva identidad. Corre el riesgo de convertirse en un primus inter pares meramente ritual.

El Presidente y el ethos del pater familias

Más allá de la configuración del poder, interesa caracterizar la figura presidencial en lo que tiene de novedosa. Kast no es Piñera —el gerente hiperactivo que llevaba el control de la gestión en su propia tablet—, ni Lagos —el catedrático que gobernaba desde la autoridad intelectual—. Lo que emerge en estas tres semanas es algo distinto y, en cierto modo, más novedoso: una presidencia portadora de un ethos de pater familias que esquiva cuidadosamente interpelar a la polis, la ciudad política, para dirigirse a las personas como miembros de un hogar. Y, a través de los hogares, a la sociedad civil.

El discurso que acompaña a esta figura es, esencialmente, un discurso de construcción moral. El del pastor que llama al buen comportamiento, al esfuerzo, al trabajo, a la puntualidad, a la corrección, a las virtudes, al cumplimiento de las tareas y, sobre todo, a ejercer las responsabilidades de cada uno en su lugar. Es un ideal de orden, esfuerzo y progreso que nace de la esfera privada, en el hogar y en la familia. Ahí hay autoridades reconocidas, jerarquías bien establecidas y deberes asumidos. Nada más polarmente opuesto al discurso frenteamplista y de Boric, que apelaban a la asamblea, la deliberación y los movimientos sociales como sujetos de transformación. Los estereotipos también hablan: Aylwin, el abogado y juez; Frei, el ingeniero de obras; Bachelet, la médica de salud pública; Piñera, el empresario e inversionista; Boric, el bachiller entusiasta. ¿Y Kast?

Kast es un personaje aún en busca de autor.Hay en él un elemento novedoso en ciernes; sin embargo, no se deja definir por su profesión o carrera. Su carisma consiste en la transmisión —simple y llana aparentemente, pero potente— de un ethos que busca insuflar un clima, no de una polis con sus asambleas y deliberaciones, sino de aires comunitarios, de sujetos prácticos en sus oficios y jerarquías «naturales», donde se trabaja armónicamente en un encuadre de nación unida en torno a la crianza, los cometidos cotidianos, el cuidado de los débiles y una historia compartida. Es un lenguaje y una ética cristiana, leídos desde una teología moral en la que cada uno está llamado a cumplir su misión según los talentos recibidos.

Teología tradicional, si se quiere, pero poderosamente enraizada en códigos culturales que —ya lo sabemos desde Weber— se conjugan bien con la ética del capitalismo en su fase cultural conservadora, reactiva: apretarse el cinturón, confiar en la autoridad, trabajar con disciplina, esperar la recompensa austera. En medio de la sociedad consumista y hedonista de masas, donde «todo va» —que los conservadores leen en clave de ocaso de Occidente—, Kast pareciera restituir un principio de «ascética intramundana», para seguir con Weber. El discurso del sacrificio, la austeridad, el empeño, el ajustarse a la escasez y a los golpes del destino se hallan regidos por ese principio.

Las señales simbólicas abundan. Kast rodea su imagen con los códigos de la esfera privada: la familia numerosa, los valores del hogar, la fe como brújula. Hasta La Moneda ha sido domesticada. El Presidente y su señora esposa comparten la mesa del casino con los más humildes. Su primer acto público, también en pareja, fue en un liceo donde reinan el orden, el aseo, el mérito y el respeto, gracias a las reglas de una sana convivencia. El Presidente pidió a sus ministros someterse a test de drogas. Prometió, desde el balcón de La Moneda, que «el que no cumpla, se va» —la amenaza del padre que exige rendimiento—. Todo apunta a un mando basado en la figura de la autoridad paterna que educa, corrige, premia y castiga. La polisqueda en suspenso; el hogar es ahora el modelo de gobierno.

La emergencia devora a la emergencia

El gobierno de Kast se construyó sobre la retórica de un triple estado de emergencia: seguridad, economía, inmigración. Esos eran los focos escogidos, los que la campaña había cincelado con precisión, los que debían imprimir al nuevo mandato un «sentido de urgencia» inconfundible. Los seis decretos de la primera noche obedecen a esa lógica: señales fuertes, velocidad y ocupación del espacio público. Portales y Trump fusionados en la figura del mandatario enérgico y dominante. Pero la estrategia de «motosierra comunicacional» —como la llamó un analista— funcionó exactamente durante una semana.

Entonces entró en escena Fortuna, diosa caprichosa, con su ironía característica. El conflicto entre Estados Unidos/Israel e Irán bloqueó el estrecho de Ormuz; el Brent se disparó de 70 a 119 dólares y Chile —que importa el cien por ciento de su petróleo— se encontró con una emergencia real, no discursiva, que nadie había elegido ni planificado ni comunicado. El gobierno de emergencia fue devorado por la emergencia de la contingencia. La nítida imagen de un Ejecutivo con tres focos intensos —guerra al crimen, batalla del crecimiento, cruzada antimigratoria— se evaporó en pocos días, reemplazada por la de un gobierno que reacciona precipitadamente en múltiples frentes no escogidos. Y que cada día abre uno nuevo o recibe otro golpe imprevisto

Lo más revelador en estas circunstancias no fue el shock en sí —ningún gobierno del mundo pudo haberlo previsto— sino la manera en que desnudó las tensiones internas del cuadrilátero. Quiroz optó por una transparencia brutal (o brutalmente ingenua): anunció el alza sin paliativos, con la frialdad del consultor que presenta cifras a sus clientes. El segundo piso, en tanto, intentó enmarcar la crisis con el relato de un «Estado quebrado» —no podemos bajar la bencina porque nos dejaron sin plata, ya saben, el país se caía a pedazos—, una narrativa que la propia realidad institucional desmintió en horas: el Banco Central, la Contraloría, el Consejo Fiscal Autónomo, el decano de la FEN (UCH) y, finalmente, el propio Quiroz se encargaron de sepultarla. El resultado fue un cortocircuito entre los vértices del poder que mostró, tempranamente, una falla de diseño: cuando la estrategia comunicacional y la estrategia económica van por carriles separados, el gobierno se desautoriza a sí mismo. Y la estrategia política, que se espera que provenga del vértice Interior-Segegob, se convierte meramente en control de daños.

Con el golpe del petróleo se debilitó, además, la emergencia discursiva —esa que el gobierno había escogido para sí— y entró a tallar un estado de austeridad donde la palabra clave ya no es «emergencia» sino «sacrificio». Nos dejaron esta situación de extrema escasez, dice este relato, y un hecho ajeno —fuera de nuestro control— nos fuerza a un mayor rigor. Las virtudes invocadas cambian sutilmente de registro: ya no es solo la mano dura contra el crimen, sino también la disciplina del ahorro, la aceptación del dolor y la moral del esfuerzo. Se ensancha, así, el horizonte del ethos cristiano-familiar descrito más arriba: los padres deben a veces administrar las carencias y la familia debe apretarse el cinturón, unida.

La amalgama ideológica

Ya lo anotábamos durante la campaña: la ideología de Republicanos y ahora del gobierno Kast es una amalgama peculiar, difícil de captar con las categorías convencionales de la ciencia política. Hay al menos cuatro capas superpuestas que conviene distinguir analíticamente, aunque en la práctica se entreveran.

La primera es el gremialismo guzmaniano: la autonomía de los cuerpos intermedios, la desconfianza radical hacia los partidos como mediadores entre Estado y sociedad, la preferencia por las tecnocracias y por la «gente de confianza» de trayectoria privada, de similares colegios y de una universidad de preferencia. Esto explica directamente el dato más llamativo del gabinete: dieciséis de veinticuatro ministros son independientes, sin militancia partidaria. No es casualidad ni pragmatismo; es doctrina. El Libro Naranja de Jaime Guzmán está impreso en la composición misma del Ejecutivo. Y se prolonga hacia abajo: treinta y dos de treinta y nueve subsecretarios tampoco militan. Los partidos del bloque oficialista —UDI, RN, Evópoli— quedaron con una representación mínima y ya lo resienten. Lo impolítico es un pilar fundamental de esta visión de mundo.

La segunda capa es la doctrina de seguridad nacional y su corolario, la «democracia protegida«, de origen guzmaniano también, con una fuerte impronta cívico-militar. El lenguaje del discurso inaugural es revelador: Kast habló de «adversarios de Chile», no de «oponentes políticos». Prometió a los inmigrantes irregulares —tachados de ser criminales en acto o potencia— que «los vamos a perseguir, los vamos a encontrar, los vamos a juzgar y los vamos a condenar»; una cadena verbal que evoca menos a un presidente democrático que a un general en campaña. La presencia en el gabinete de dos abogados que defendieron a Pinochet (Barros en Defensa, Rabat en Justicia), el respaldo irrestricto a las Fuerzas Armadas como columna vertebral de la seguridad interior, la militarización de la frontera: todo apunta a una concepción del orden público en la que la amenaza es siempre potencialmente interna y la respuesta, siempre de fuerza. Son signos a tener en cuenta, pues —en otros lugares del mundo— forman parte de las inclinaciones doctrinarias y del idioma de los gobiernos iliberales.

La tercera capa, como vimos más arriba, es el ethos de virtudes asociadas a la familia, el trabajo, la disciplina, el mérito y el ascetismo: la dimensión propiamente cultural del proyecto, su impronta restauradora. Aquí el referente no es solo Guzmán, sino toda una tradición conservadora que, para usar un atajo, podemos llamar, recordando los años 1980, una vertiente de “neoliberalismo católico«: libre mercaado acelerado por la desregulación y alimentado por los «animal spirits«, pero atemperado, a la vez, por la virtud moral, la provisión privada de seguros, la filantropía empresarial, los organismos no gubernamentales, la subsidiaridad y la caridad privada en lugar de derechos sociales.

La cuarta capa —quizá la más operativa en estas primeras semanas— es justamente la confianza irrestricta en los «animal spirits« de un capitalismo desregulado, ya no como ethos sino como emprendimiento del gran capital. El retiro masivo de 43 decretos ambientales al día siguiente de asumir, la fusión de los ministerios de Economía y Minería bajo la conducción de un exdirigente de la CPC, la rebaja del impuesto corporativo del 27% al 23% reclamado al unísono por los gremios del empresariado aún en medio de la crisis y el desbloqueo de inversiones en el SEIA: todo esto configura un programa de desinhibición extractivista y medioambiental que los gobiernos de Piñera no soñaron ni siquiera en sus momentos de mayor empuje neoliberal. La apuesta es que los grandes capitales, dejados a la suerte de sus pulsiones —drill, baby, drill, aunque sin este agresivo eslogan—, generarán el crecimiento que la austeridad fiscal por sí sola no puede producir. El riesgo es que la obstinación en este discurso de «animal spirits» reservado principalmente para unos pocos «grandes animales», mientras la mayoría de la población debe apretarse el cinturón y los «pequeños» sintientes (ranitas de Darwin y los «tres arbolitos») corren la suerte de los desamparados de este mundo, termine por confirmar trágicamente el viejo dicho: «no han aprendido nada».

Lo que acompaña a esta amalgama es un (nuevo) discurso de refundacionalismo apenas disimulado. “Hacemos lo que hay que hacer”, repiten las voces del gobierno, “lo que dicta la dura realidad, las leyes naturales de la fiscalidad, la recta moral y el sentido común”. Más que buscar el aplauso —como hacen los políticos, se sobreentiende—, “nosotros buscamos cumplir el deber. No perseguimos el favor de las encuestas sino lo necesario para reconstruir el país». Estamos, pues, frente a otra versión de refundacionalismo, con su propia dogmática, imbuida de una moral superior y de la ciencia económica de los espíritus animales.

En el plano internacional, el eje ordenador implícito es el alineamiento con Estados Unidos —es decir, con Trump y MAGA— y, culturalmente, con la red de valores conservadores y con las democracias iliberales. La Cancillería de Pérez Mackenna podría perfectamente terminar operando como servicio de comercio exterior, mientras que en lo demás actúa con criterio transaccional, con sospecha hacia los organismos internacionales, con distancia respecto del orden basado en derechos humanos, con pragmatismo mercantil y con subordinación moral frente a los grandes poderes. El gesto más elocuente fue el retiro del apoyo a la candidatura de Bachelet a la Secretaría General de la ONU: más que un cálculo diplomático o una señal de sumisión preventiva a Washington, lo más probable es que haya resultado de la profunda afinidad ideológica del régimen con la cruzada antiprogresista a nivel mundial.

El otoño que llegó

El gobierno de Kast terminó su tercera semana con un 43% de aprobación y una tendencia descendente. Mas sería un error leer esos números como un anticipo de fracaso. La derecha ha mostrado antes una capacidad notable para gobernar con el apoyo de circunstancias externas favorables y de los poderes fácticos internos. Sus élites pueden carecer del favor de la opinión pública, pero eso no necesariamente mella sus recursos de poder.

En cambio, lo que estas tres semanas sí revelan es algo más profundo y menos dependiente de las encuestas: la estructura del poder que se está configurando, el tipo de liderazgo que Kast encarna, las tensiones internas del cuadrilátero y, sobre todo, la naturaleza del proyecto ideológico-cultural que anima al gobierno. La gobernabilidad del país, a partir de esos elementos, no es fácil ni promisoria.

Ahora vendrá un nuevo intento por recuperar el control de la agenda, de la mano del megaproyecto de la ley de «Reconstrucción Nacional». ¿De qué trata esta «reconstrucción»? Se trata, según la información oficial, de un plan misceláneo que contempla variadas materias; de hecho, más de 40 medidas agrupadas en cinco ejes, entre las que destacan: la asignación de $400 mil millones adicionales para la reconstrucción de viviendas destruidas por los incendios, la exención transitoria del IVA a la venta de viviendas por 12 meses, un subsidio para proteger el empleo formal y medidas para agilizar los permisos de inversión. Asimismo, considera la eliminación de las contribuciones a la primera vivienda para adultos mayores y la reducción gradual del impuesto corporativo (grandes empresas) del 27% al 23%, supuestamente para incentivar la inversión. «El objetivo es reconstruir no solo las casas afectadas por los incendios, sino también recuperar el crecimiento, el orden fiscal y la seguridad que Chile necesita», señalóel Presidente Kast. O sea, se buscaría —mediante esta «ley ómnibus», versión local del beautiful big bill de Trump— abrir decenas de frentes legislativos; «van por todo», según alertó Carolina Tohá en días pasados.

Adicionalmente, en los próximos días el gobierno espera dar a conocer los resultados de la «auditoría al Estado«, también en cinco áreas clave: transferencias y convenios, contrataciones públicas, grandes contratos, contratación de funcionarios públicos y gestión presupuestaria. En breve, una radiografía del deep state: otro motivo para reforzar la batalla cultural contra los «parásitos», denunciar la «caja fiscal» vacía y, por otros medios, recuperar el espantapájaros del «Estado en quiebra».

La gran incógnita es qué ocurrirá cuando las políticas de austeridad «dura y pareja» golpeen a los servicios sociales que (precariamente) protegen a las nuevas clases medias en sus segmentos medio-bajo y medio-medio, los que representan una parte importante del electorado de Kast, amén de los grupos con ingresos bajos, mayor vulnerabilidad y más desprotegidos. El precedente del 18-O de 2019 debería ser obligatorio en el segundo piso. En vez de eso, todavía existe en la ideología de las derechas cierta perplejidad ante una sociedad civil que desconocen y temen, donde priman otros «animal spirits«, no los del capital, sino los plebeyos, mitad resentimiento (¡y cómo no!) y mitad agresividad, sueltos a plena luz del día con el estallido. Es el miedo latente a asonadas, a movimientos estudiantiles, a feminismos y a muchedumbres protestando, ahora empujadas por la inflación; ese es el fantasma que recorre los corredores del poder. Y los fantasmas, a veces, se materializan.

Desde ya, la estrategia gubernamental aparece atravesada por tensiones que la contingencia ha puesto en evidencia. Promete seguridad, pero recorta el presupuesto policial. Declara una emergencia económica, pero desfinancia los estabilizadores de precios. Predica la austeridad, pero impulsa rebajas tributarias. Cultiva un discurso de unidad nacional —aunque cada vez menos—, pero trata a los sectores de oposición como a adversarios que merecen las penas del infierno. Se proyecta como un gobierno de emergencia, pero carece de un plan B cuando la emergencia real golpea la puerta. Veremos si abril es el mes más cruel de 2026.

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Académico UDP y UTA, ex ministro Más de José Joaquín Brunner

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