Optimismo y pesimismo del análisis político
Febrero 25, 2025

Optimismo y pesimismo del análisis político

En estos días, lo que uno lee en la prensa o contempla en la TV es la fascinación por la fuerza, las personalidades napoleónicas, los titanes tecnológicos, las decisiones tajantes, el lenguaje brusco, la imposición del orden, aunque sea a patadas, los estados de excepción, el poder absoluto y el deseo de la pena de muerte.

 

Me excusarán los medios que generosamente publican mis reflexiones si digo que estas semanas de vacaciones casi he dejado de leer noticias locales para concentrarme en la prensa y TV internacional.  Fue como pasar de las que antes llamábamos“peleas de barrio”—hoy son guerras narco con muertosde verdad—a unos dramas que mis colegas de las ciencias sociales y humanidades designan con términos dramáticos como epocales, de alcance civilizatorio, mutantes del orden mundial, propios de crisis planetaria, verdaderos asaltos a la razón. Y así por delante.

¿Ocaso de una época?

En efecto, al sumergirse uno en la prensa foránea se tiene la impresión de que estamos “al final de algo” para usar otro de esos clichés que hacen moda en la academia y entre los talking heads (cabezas parlantes, locutores o locutoras de TV devenidos celebridades). ¿Al final de qué? (¿De todo, una época o una mala época, los tiempos, la democracia liberal, un orden internacional gobernado por reglas, los equilibrios de poder, la modernidad, el capitalismo, el neoliberalismo, la humanidad como hasta ahora ha existido, o una mezcla simultánea de todo eso?).

Efectivamente, el cliché de que estamos al final de algo y que aún no amanece lo nuevo, nos persigue en todos los frentes: en las conversaciones cultas y en el medio ambiente mediático; en los discursos parlamentarios y en las conversaciones de café. Como dijo un famoso historiador británico ya muerto, pareciera que el piso bajo nuestros pies se estuviera moviendo y que ese movimiento telúrico nos deja con una terrible sensación de incertidumbre e inseguridad.

En verdad, si parece cierto que los “grandes relatos” de la modernidad—o sea, de la razón y el progreso, del avance irresistible de las ciencias y la autonomía personal, del liberalismo y el socialismo, etcétera—han empezado a desaparecer con el confuso arribo de la posmodernidad, no es menos cierto que en reemplazo surge otra “gran narrativa” (occidental al menos); esta sobre el fin de la historia.

Pero ahora con un sentido mucho más radical que el de Fukuyama quien—con su tesis sobre el triunfo rimbombante de la democracia y el capitalismo tras la disolución del imperio soviético, hace algo más de tres décadas—en cualquier caso, no pudo equivocarse más certeramente. Pues, en verdad, la historia siguió adelante al galope y hoy el siempre débil eslabón entre capitalismo y democracia liberal se ve más frágil que nunca antes en los últimos 80 años. Al contrario, están en ascenso los autoritarismos. Y la historia se repite con otros actores y aliados: Rusia y Putin, China y Xi, India y Modi, USA y Trump, Nethanyahu e Israel. Estos son los nuevos, dispares, imperios del imaginario autoritario, igual como ocurría hace un siglo en una atormentada Europa que, tampoco entonces imaginó lo que le esperaba.  Marchaba, otra vez, sonámbula hacia una segunda guerra mundial

¿Fascinados con el orden fuerte?

La escena mundial, mirada desde nuestro extremo austral es un cuadro trágico. Permite apreciar la velocidad con que el mundo se ha movido y sigue  moviéndose hacia esta verdadera exaltación del autoritarismo (ruidosa, ostentosa por un lado, o bien, por el otro, silenciosa, de cómplices pasivos donde nos inscribimos todos los demás). Un giro autoritario visible en diversos planos de la vida en sociedad: líderes, regímenes, uso del lenguaje, mantención del orden, frente a conductas desviadas, tratamiento de los disidentes, la relación entre Estados, las formas de hacer política, la resolución de conflictos, el tratamiento de las minorías.

En estos días, lo que uno lee en la prensa o contempla en la TV es la fascinación por la fuerza, las personalidades napoleónicas, los titanes tecnológicos, las decisiones tajantes, el lenguaje brusco, la imposición del orden, aunque sea a patadas, los estados de excepción, el poder absoluto y el deseo de la pena de muerte.

Al contrario, se rechaza la ambigüedad, la debilidad, la ternura, la compasión (¿mero buenismo?, la fraternidad (¡ay, los pilares solidarios!), la búsqueda de acuerdos, la ponderación de razones, la negociación, el libre intercambio; se rechaza a los inmigrantes, los disidentes, los otros/as diferentes, las indefiniciones; en fin, malditos son los tibios.

A nivel internacional los protagonistas de la escena, ya lo decíamos, son Trump en primer lugar, por la irradiación (todavía) del país que gobierna; luego Xi, secretamente admirado por quienes aman el orden a cualquier costo, la eficiencia y las jerarquías; y, en un tercer círculo, el de los glotones, todas esas figuras imperiales con un apetito desmedido de poder como Putin, Modi, Orban, Erdogan, Nethanyahu y su desorbitada guerra o, en nuestra región, Buquele cuyo símbolo apropiadamente es una cárcel panóptica.

Según Freedom House, cada vez hay más países en que la democracia retrocede y un mayor número de personas que vive bajo condiciones autoritarias, de fuerza bruta, dislocación del orden político o en un medio ambiente de violencia.

Una corriente de simpatía rodea en EEUU de América a un joven acusado de asesinar en la calle a un alto ejecutivo de una empresa de seguros, como protesta justiciera contra el lucrativo negocio de seguros de salud en dicho país. (¿Acaso no despierta un sentimiento similar en algunos círculos de pensamiento avanzado de nuestro propio medio? ¿Y no resuena aquel acto de castigo justiciero, de una extraña forma, con la violencia correctiva dirigida por nuestro octubre rojo (2019) contra los símbolos de poder del sistema, léase el Estado y las Fuerzas Armadas y policías, la clase política, la iglesia católica, los monumentos patrióticos, los bancos y el comercio? ¿Tan frágil es la memoria que no recordamos ya de qué lado estábamos en aquellos días cada cual?

En Washington, el presidente Milei entrega una motosierra a Elon Musk; sobre el proscenio ambos celebran su furia compartida contra el funcionariado del Estado (deep state) y reviven el viejo sueño de una sociedad sin Leviatán, solo con criptomonedas y tecnologías posthumanas. (Sin ir tan lejos, ¿no se escucha decir acaso en algunos círculos de derechas (aunque en voz baja) que lo de Milei y Musk es precisamente lo que deberíamos también hacer aquí? Poner fin a la permisología, quemar la grasa del Estado, reducir su elefantismo, cerrar ministerios (curiosamente, siempre el de educación está entre los primeros de la lista), terminar con el empleo público parasitario y cortar de una vez con las políticas de cobrar más impuestos y luego lanzar billetes desde un helicóptero?

En cuanto al panorama internacional, las tendencias de opinión pública en lo tocante al autoritarismo y el deseo de un orden fuerte no son tan distintas. Según señala una encuesta del Pew Research Center del año pasado, una mediana del 31% en 24 países apoya sistemas autoritarios. La encuesta indaga sobre preferencias ciudadanas respecto de dosmodelos autoritarios de gobierno: un sistema en el que un líder fuerte puede tomar decisiones sin interferencia del parlamento o los tribunales (“líder autoritario”) o bien, un sistema en el que los militares gobiernan el país (“gobierno militar”). En México, Argentina y Brasil las respuestas favorables al autoritarismo en cualquiera de ambos modelos son alrededor de un 60% o más. En Indonesia e India se declaran a favor del autoritarismo tres de cada cuatro encuestados. El porcentaje de ciudadanos que apoya al autoritarismo suele ser mayor en los países de renta media que en los de renta alta. También tiende a ser mayor en los países encuestados de la región Asia-Pacífico, África o América Latina que en Europa y América del Norte.

Para una mejor comprensión del significado de estas cifras, tómese en cuenta que dentro de la opinión pública encuestada hay, parapetada detrás de una espiral de silencio, unos grupos amplios de población que al percibir las corrientes en favor de una posición en principio contraria a la de ellos—en este caso, los partidarios del  autoritarismo—se retraen, prefieren callarse y, por esa vía, terminan engrosando la opinión mayoritaria.

En virtud de este proceso, la pretendida democracia de las encuestas refleja cada vez menos la voz de los admiradores de Buquele, de la secreta rebelión de las masas, del deseo de un orden fuerte. En varias partes de mundo se ha comprobado que esa parte de la población está integrada, ante todo, por personas con menor escolarización, grupos con una precaria inserción laboral y que se sienten amenazados en sus ingresos, status y/o valores tradicionales.

¿Historia de imágenes?

A propósito de guerras e imágenes, otros colegas míos, esta vez del mundo de los estudios de las comunicaciones, suelen hablar de la obscenidad de las noticias y su reportaje. Al respecto recordé en estos días una crónica del famoso periodista inglés Robert Fisk de hace ya muchos años, en tiempos de la guerra de Irak, reportando in situ de la situación bélica. Escribía ahí: “Si esto es lo que estamos viendo en Bagdad ¿qué pasa en Basora y Nasiriya y en Kerbala? ¿Cuántos civiles mueren ahí también, de manera anónima, sin que nadie los documente porque no hay reporteros que atestigüen su sufrimiento? Abu Hassan y Malek Hammoud preparaban el almuerzo para sus clientes en el restaurante Nasser, del lado norte de la calle Abu Taleb. El misil que los mató impactó junto a una calzada con dirección al este y la explosión lanzó hacia dentro la parte delantera del negocio, lo que despedazó a ambos hombres, uno de ellos de 48 años y el otro de tan sólo 18. Un compañero de ellos me guió a través de los escombros. Esto es lo que queda de ellos ahora, me dijo mientras me extendía una palangana rebosante de sangre”.

Uno queda en silencio y estupefacto ante tales escenas, repetidas en cientos de lugares del mundo desde los días de Bagdad y ahora en Gaza y Ucrania. La frase contenida en un informe de Amnesty International a propósito de la franja de Gaza— “hombres, mujeres, niños, niñas, bebés, hospitales, farmacias, colegios, viviendas, carreteras… Nada ni nadie parece escapar…”, la vemos y escuchamos ad nauseamnosotros también, desde una distancia sideral, como si viviésemos en otro planeta. La rutinización de las imágenes hace a la banalidad del mal y arriesga con hacernos parte de otra horrible espiral de silencio.

Sí, dirá más de alguno, pero antes estuvo la matanza de los inocentes israelitas por Hamas y, en el extremo del delirio putinesco, antes asimismo estuvo la agresión a Rusia del gobierno fascista de Zelensky. Es cierto, el lenguaje se vuelve parte de la guerra, igual como las desoladoras imágenes de escombros en Jan Yunis en la franja de Gaza o en Mariupol y Bakhmut, ciudades ucranianas cuya destrucción y escombros nos muestran las imágenes satelitales.

Esta vez, a propósito de esas imágenes transmitidas cada vez más frecuentemente “en vivo” por los canales de TV (imágenes de muertos o vivos muriendo), uno percibe cómo hemos ido habituándonos (dolorosamente) a los escombros. Y no puedo dejar de pensar en el “ángel de la historia”, esa potente metáfora del escritor e intelectual judíoalemán Walter Benjamin, muerto (quizá por suicidio) mientras escapaba del nazismo y su régimen feroz de autoritarismo genocida (¿es un presagio o una farsa ver en las pantallas a dos eminentes trumpistas, Elon Musk y Steve Bannon haciendo en público, alegremente, el saludo nazi?).

En su último escrito, entiendo que fue el último, Benjamin invoca un cuadro de Klee que se titula Angelus Novus. Allí, relata— y cito el pasaje entero a continuación en sus propias palabras—se ve un ángel, al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas tendidas. Y entonces explica: el ángel de la historia debe tener ese aspecto. Su rostro está vuelto hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que arroja a sus pies escombros (ruina sobre ruina) amontonándose sin cesar.

Cómo no recordar las imágenes terribles de la región devastada del Donbass en Ucrania y los distritos pulverizados por drones y misiles de la franja de Gaza, precedidas por una interminable cadena de destrucciones previas que van apilándose frente a nuestros ojos y que nos hemos acostumbrado a explicar y justificar. Sin éxito, sin embargo, pues como concluye Benjamin su breve tesis sobre el sentido de la historia, “el ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destruido. Pero un huracán sopla desde el paraíso y se arremolina en sus alas, y es tan fuerte que el ángel ya no puede plegarlas. Este huracán lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas, mientras el cúmulo de escombros crece ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso”, concluye.

¿Un huracán llamado progreso (moral)?

Más de algún lector amigo(a) del columnista me ha dicho últimamente: veo que estás muy pesimista. Imagino que lo dicen en uno o en ambos de los sentidos estipuladospor la RAE: “propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más desfavorable” y “doctrina que insiste en los aspectos negativos de la realidad y el predominio del mal sobre el bien”. Son dos acepciones bien distintas de un mismo término, también con diferentes implicaciones.

Como sea, los mencionados lectores(as) aciertan en una y la otra acepción, aunque sólo calificadamente pienso yo.

En relación a la primera, hay envuelto un efecto óptico que conviene considerar. A medida que los aspectos desfavorables de la historia crecen y se arremolinan en Ucrania, Gaza, Siria, Eritrea, Somalia y tantos otros lugares, a los que cabe agregar los nuevos tipos de guerras internas movilizadas por mafias y bandas de diverso tipo, junto con los efectos de dictaduras y otros regímenes oprobiosos—todos los cuales dejan tras de sí una huella de escombros—también la visión pesimista crece inevitablemente. Si el ángel de la historia no puede plegar sus alas y los escombros continúan acumulándose ante nuestros ojos, sería extraño no reflejar ese movimiento desfavorable y proclamar cándidamente que vivimos en el mejor de los mundos posibles.

Ahora bien, en relación con la segunda acepción del pesimismo, referido a la cuestión teológica respecto al predominio (o no) del mal sobre el bien en el mundo, tiendo a pensar más bien—por el peso de mi propia formación cultural de ascendencia germana, católica-protestante, postconciliar y sociológico-weberiana (por naturaleza escéptico-realista), si por un instante se admite esta confesión—que el sujeto moderno hijo del progreso, del que habla Benjamin, es un ser laberíntico. “Aquí mis pasos
urden su incalculable laberinto” dice el verso de J.L. Borges.

Al decir de Freud (en El Malestar de la Cultura), este sujeto no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara sino, por el contrario, “un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo”. Y concluye este famoso pasaje con una referencia al antiguo dicho latino: Homo homini lupus (también hoy convertido en un cliché para designar los efectos del neoliberalismo que, supuestamente, nos transformaría a todos en lobos entre lobos). De ahí a los escombroshay un solo paso.

Solo que en Freud, o Benjamin, el laberinto no es mera ideología; está hecho de tensiones y malestares en la cultura y de la civilización actual—la más creativa y destructiva de todas las que han existido—y que a la altura del siglo XX alcanza la fuerza del huracán que zamarrea la historia.

¿Un interludio de vacaciones?

Benjamin mismo, quien a veces es acusado de ver escombros por todas partes y poseer una inclinación pesimista en ambos sentidos de la acepción, amén de una pesadez típicamente germana y una forma densa y oscura de comunicarse en sus escritos, se me aparece sin embargo de pronto como un sujeto cercano y apasionado contra las condiciones desfavorables del mundo (cuyo mal concibió también teológicamente y del que creyó el mundo podía salvarse, por lo que suele considerársele un mesiánico).

Efectivamente, aprovechando los días estivales de lectura, descubro un Benjamin  completamente distinto en una espléndida crónica publicada en la revista  New Yorker. El artículo está dedicado a intelectuales y literatos alemanes que parten al sur a reencontrarse con la vida y con el calor del sol en Italia. Abre con una imagen memorable: “Una de las reacciones químicas más patentes de la cultura europea se produce cuando partículas de materia mental alemana entran en contacto con Italia. De repente, los escritores alemanes descubren que la vida merece ser vivida de nuevo, al sucumbir ante la visión que se les ofrece desde la veranda. Así ocurrió antes con Goethe y tras él con una larga serie de literatos germanos”.

Este relato sigue a cuatro famosos académicos alemanes que toman unas largas vacaciones en el sur de Italia, en Nápoles, el año 1925; Theodor Adorno, Siegfried Kracauer, Ernst Bloch y nuestro Walter Benjamin, mientras buscaban escapar “de la olla a presión inflacionaria de la República de Weimar”. Más tarde su obra los llevaría a constituir “el cuerpo de pensamiento continental conocido como la Escuela de Fráncfort”, según informa el relato del New Yorker.

Benjamin aparece ahí como un vital, amicable, comensal, inteligente, inquisitivo y enamorado vacacionista. Al regresar a su tierra natal, describirá su viaje a Nápoles como el más vital y comenta en vena optimista que su círculo en Berlín “está conteste de que ha ocurrido un cambio visible en mi”.

¿Teodicea o sociodicea?

Para nosotros resta todavía la cuestión más espinuda, la del pesimista que supone el predominio del mal sobre el bien en el mundo o la historia. Entonces, para cerrar una exploración ya suficientemente prolongada, ¿qué decir sobre esto,? Yo mismo, ¿me inscribo a este lado de la ecuación del pesimismo o, al contrario, creo en alguna forma posible de redención del mundo en un tiempo mesiánico por venir como intuyó Benjamin, parado al borde del abismo que debiera separar a la política y la religión?

Si tomamos la misma línea de razonamiento de Freudque dibujamos hace un momento, es posible compartir también este otro razonamiento suyo:

“Tal como nos ha sido impuesta, la vida nos resulta demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos, decepciones, empresas imposibles. Para soportarla, no podemos pasarnos sin lenitivos (No se puede prescindir de las muletas ha dicho Theodore Fontane). [Lenitivo significa, justamente, “medio para mitigar los sufrimientos del ánimo”]. Los hay quizá de tres especies: distracciones poderosas que nos hacen parecer pequeña nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas que la reducen; narcóticos que nos tornan insensibles a ella. Alguno cualquiera de estos remedios nos es indispensable” (El Malestar en la Cultura).

Como un típico intelectual de la cultura alemana, Freud, además de creador de una Weltanschaung (la visión psicoanalítica del mundo y de la existencia en él), cuando llega a una encrucijada en su propio pensamiento, recurre a Goethe, monumento cultural del pensamiento nacional germano. Lo cita en ese punto recordando al aforismo donde dice: “Quien posee ciencia y arte, / tiene también religión;/ y quien no posee aquellos dos, ¡pues que tenga religión!”.

Quiere decir: o uno se dedica al propio jardín y cultiva allí las ciencias, por ejemplo, o encuentra en el arte una ilusión de vida o, por último, recurre a algún narcótico como un lenitivo para el ánimo. Luego confiesa: “No es fácil indicar el lugar que en esta serie corresponde a la religión”. Sospecho que le adjudicaba algo de cada una de las tres funciones paliativas: opio del pueblo, ilusión de las masas, enajenación de la conciencia. Era el lenguaje del siglo XIX, coetáneo con la muerte de Dios.

Desde la perspectiva de la sociología y de las ciencias humanas, como solían llamarse antiguamente, el problema del mal en el mundo—al cual a veces se le atribuye el pesimismo de algunos columnistas —no es una cuestión de teodicea (teología natural centrada precisamente en el problema del mal) sino de las modernas sociodiceas (explicaciones sociales / sociológicas del mal).

La sociología del mal, por lo mismo, no opera en un marco divino como la teología ni en el laboratorio bíblico de interpretación religiosa, sino en la sociedad, a través de estudio de causas y efectos, de percepciones y representaciones, de relatos y datos, y de explicaciones provistas por los textos clásicos de la disciplina; nuestras propias, pequeñas “biblias” weberiana, marxiana o durkheimiana y sus profetas y predicadores.

Aquí, por tanto, no hablamos del mal del mundo sino del mal en el mundo, causado por sus desajustes civilizacionales y pulsionales a la Freud, o sus estructuras de opresión y explotación como en Marx, o las guerras y conflictos de poder como en Weber, y así por delante. Hoy mismo estudiamos el mal en el mundo cuando observamos situaciones de anomia y desintegración social en la huella de Durkheim, o cuestiones de dictaduras, autoritarismos, desviaciones y crímenes, todo lo cual es parte del mal en la sociedad y debe ser analizado científico-interpretativamente y, a la vez, contrarrestado política, ética, social y tecnológicamente.

O sea, en el terreno donde se lo puede hacer retroceder o, al menos, volver menos dañino, injusto y gravoso. Como dice un lector contemporáneo de la antigua teodicea cristiana, “no existe el mal-ser, existe el mal-hacer, el mal en cuanto obra del hombre, como mal uso, abuso de su libertad”. O tantas otras fallas, desviaciones y pulsiones que describen Freud y las demás sociodiceas, y que pueden conducir colectivamente al tremendum horrendum, como ocurrió varias veces durante el siglo XX.En los tiempos que corren (literalmente) encontramos noticias y presagios de esos horrores que vuelven a invadir las pantallas de TV y la prensa digital en Internet.

Por mi parte, desde temprano estuve convencido, y sigo así, de la necesidad y posibilidad de empreder acciones para entender y evitar los males sociales. Aunque con frecuencia—como ocurre también a muchos de mi propia generación—desesperamos por lo limitado de los logros, la fuerza del torbellino que nos envuelve y por la visión de los escombros que vemos acumularse por todas partes. Es decir, el mundo puede reformarse y mejorar en lo posible, razón suficiente para un optimismo realista y escéptico a la vez.

Pero, al mismo tiempo, hay que aceptar—contra Benjamin y las utopías absolutas—una tesis central de las sociodiceas: que ni la acción política, social, intelectual, científica o artística mejor imaginada y diseñada puede salvar al mundo en el sentido teológico de la palabra. A quien lo espera y persiste en perseguirlo, “¡pues que tenga religión!”.

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Académico UDP y UTA, ex ministro Más de José Joaquín Brunner

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