Nuevas Ues estatales corren contra el tiempo para iniciar sus clases
Febrero 6, 2017

Captura de pantalla 2016-09-25 a las 12.18.47 p.m.Las actividades comienzan el 13 de marzo y ambas casas de estudio aún presentan varios impedimentos para funcionar

5 de febrero de 2017

Nuevas Ues estatales corren contra el tiempo para iniciar sus clases

Son más de 500 los estudiantes que en poco más de un mes comenzarán su año universitario en los dos planteles. Mientras en Rancagua aún se trabaja en la obra gruesa y se deberán dictar las clases en salas modulares, en Coyhaique no cuentan con insumos básicos, como sillas, mesas, pizarrones o computadores.

Pese a todo, los rectores Rafael Correa, de la Universidad de O’Higgins, y María Teresa Marshall, de la Universidad de Aysén, comparten el optimismo y aseguran que todos los problemas actuales se habrán solucionado en las próximas semanas. Ambos recintos educacionales son considerados como promesas emblemáticas del actual gobierno.

 

Universidad de O’Higgins: clases comenzarán en containers y entre materiales de construcción

Encontrar la Universidad de O’Higgins no es difícil para los rancagüinos, pues sus coordenadas no son nuevas. Al menos no en infraestructura, pues es un edificio que está siendo reacondicionado para alojar a los estudiantes: el antiguo Hospital Regional.

En el frontis se puede ver perfectamente la silueta del logo del antiguo recinto de salud, que fue retirado. Los años han desgastado la pintura y ahora el contorno del viejo emblema está grabado en la pared, con un azul más oscuro que el resto del muro. Un solitario pintor se dedica a cambiar el color de las rejas, que están abiertas de par en par mientras en lo que será el patio central los constructores entran y salen del edificio. Afuera, un improvisado quiosco ofrece empanadas y completos. El edificio está en la Alameda. Hay un paso de peatones que cruza el bandejón central frente a la entrada. En su calidad de ex hospital, al menos la UOH comienza con la ventaja de tener buenos accesos.

Un poco más a la izquierda de la entrada principal se puede ver un portón del que cuelga un cartel que prohíbe el paso, excepto a ambulancias. Estas siguen entrando y cuatro están estacionadas en la vereda opuesta a los modulares que pronto servirán como salas de clases. Hay más movimiento de hospital que de universidad en los alrededores. Escenario que debería cambiar en las próximas semanas, cuando el 13 de marzo se inicien las clases en el recinto.

El campus tiene una superficie total de 8.400 m {+2} construidos más 2.000 m {+2} de áreas verdes y jardines. Las obras comenzaron en septiembre del año pasado y solo una fracción estará utilizable para el inicio del año académico 2017. “El ala izquierda debería estar operacional y totalmente habilitada, con muebles y todo el equipamiento, el 28 de febrero. Son 1.400 m {+2} en tres pisos, donde estarán ubicadas seis salas más dos laboratorios de computación”, dice Rafael Correa, rector de la Universidad de O’Higgins.

Soluciones alternativas por atrasos en las obras

Desde fuera del recinto ya se puede ver una serie de escombros apilados contra una pared, las ventanas rotas y una gran malla, pintada con el logo de la universidad, cubriendo buena parte del frontis. El edificio está dividido en dos alas, y las obras se concentran principalmente en la izquierda. En dirección contraria está el servicio de salud, que todavía funciona, y por el cual se puede bordear el derruido edificio y ver su interior, que ha sido vaciado completamente. Las paredes desnudas muestran rayados, la pintura está descascarada y el suelo está cubierto por una gruesa capa de polvo. La ley que ordenaba su creación fue promulgada en agosto de 2015, momento en el que el reloj comenzó a correr y que hoy, a poco de que se inicien las clases, parece apremiar.

En agosto del año pasado surgieron los primeros problemas: no existían planos del edificio ni tampoco se retiraron los insumos hospitalarios a tiempo. Ahora, el rector asegura que están dentro de los plazos correctos y la obra avanza de acuerdo con lo planeado. “Tenemos todas las variables cubiertas”, dice tranquilo. Pero, por motivo de los retrasos, debieron buscar soluciones alternativas para recibir a los alumnos. En un principio se pensó hacer clases en salas de colegios de la ciudad, pero finalmente se optó por instalar una serie de modulares en los patios del recinto.

Son 440 alumnos matriculados que entrarán a las 13 carreras. Sobre los plazos de los trabajos, ahora resuena no solo la marcha forzada del reloj, sino también la de todos los jóvenes que llegarán en marzo a ocupar las salas y patios que no tienen aún forma.

Construcción silente

El edificio de seis pisos parece una cáscara vacía, una antigua estructura que yace inconsciente en medio de la ciudad. Las ventanas abiertas, a las que no llega el sol de mediodía, tienen un aspecto lúgubre y de su interior sale un hálito helado que contrasta con el pesado calor que cubre Rancagua. Es un edificio que ha sido despojado de todo propósito y aún parece no haber encontrado uno nuevo. Y en el mes más corto del año, los trabajadores deberán correr para darle una nueva identidad.

Los ruidos que se esperan de una obra en construcción están ausentes en esta renovación. Ni el golpeteo rítmico de los martillos hidráulicos, ni el pito intermitente que anuncia la marcha en reversa de los camiones que se llevan los escombros ni el zumbido de los soldadores. No se escucha maquinaria, solo el ruido de la calle.

Los obreros entran y salen de la obra con las manos vacías. El trabajo avanza lejos de la vista de cualquier observador. “El edificio está desmantelado. Lo que queda es trabajo más bien limpio, de tabiquería”, explica el rector.

En el primer piso del edificio se contempla un auditorio con capacidad para más de 300 personas, cuatro salas con graderías que pueden albergar a 100 alumnos, un casino y una cafetería. En el segundo piso estarán la biblioteca y salas de estudio, y en el tercer piso, las restantes dos salas más oficinas para los docentes. A esto se le suman los dos mil metros cuadrados de patios y jardines de que dispondrán los alumnos, lo que equivale a casi la mitad de una cancha de fútbol.

Mientras dure el año académico se seguirán realizando obras en el segundo edificio. Entre las tareas pendientes de la rectoría está levantar un muro que separe el espacio que ocuparán los estudiantes de la obra en construcción. Hasta ahora se puede recorrer todo el perímetro del edificio y no existe impedimento físico para ingresar a él. Además, está a la vista el inconveniente de que las obras puedan interrumpir las clases, escenario que la rectoría ha previsto. “No va a haber ruido que moleste a los alumnos. Y las poquísimas obras que se van a realizar que implican ruidos, se van a efectuar en un horario en que ya no habrá clases, de las 6 a 8 de la tarde”, explica Correa.

Un año modular

En agosto del año pasado, al contemplar el atraso en las obras, se había anunciado que se estaba buscando colegios en los cuales realizar las clases, ya que no se esperaba contar con el espacio para recibir a todos los alumnos. Ahora, la UOH encontró una manera un poco más simple y que permite dictar cátedra en el campus: salas modulares.

Los modulares son unos rectángulos de aluminio, de color café con los marcos de las ventanas y puertas pintados blancos. Hay tres en la entrada de la universidad, que tienen capacidad para recibir a 40 alumnos cada uno y otros tantos en la parte trasera, que pueden alojar a 70 personas. El rector Correa explica que estos serán los únicos que se usarán, y que solo será por este año. Asegura que cada uno cuenta con sistema de aire acondicionado, iluminación propia y conexión wifi , por lo que están perfectamente adecuados para los alumnos.

Las estructuras de metal se encuentran bajo un toldo metálico que les otorga un poco de sombra, pero que no los cubre por completo. Hay maderas apoyadas en sus costados y andamios en los que trabajadores se suben para pintar el techo. Una sierra eléctrica está en el suelo, apoyada de una de sus puertas. Los cables rodean todo.

Entre las 13 carreras que se impartirán hay varias del área de la salud, las cuales requieren clases prácticas, materiales químicos y preparados anatómicos para su enseñanza, y, como los laboratorios no estarán terminados para marzo, ya que son parte del ala derecha, la UOH firmó un acuerdo con la Universidad de Chile. “Vamos a usar los laboratorios de las facultades de Medicina e Ingeniería en Santiago. Para eso vamos a contar con buses, sin costo alguno para los estudiantes, que realizarán viajes una vez a la semana o cada 15 días a la capital, por medio día, para asistir a las clases”, explica el rector.

Este primer año, la Universidad de O’Higgins cuenta con 36 profesores de planta y 12 que trabajarán media jornada. “Nuestros docentes están formados en las mejores universidades y contamos con un alto porcentaje de profesores con posgrados”, afirma Correa.

Realidad virtual vs. realidad material

Uno de los motivos de orgullo del rector es darles una oportunidad de estudios a los alumnos de la región. “Hasta el año pasado, todos los estudiantes egresados con cuarto medio con puntajes en la PSU más o menos buenos, el 100% prácticamente se iban de la región; mientras que este año tenemos más de 300 estudiantes de acá, que en otras circunstancias estarían repartidos entre Santiago, Valparaíso y Concepción”, dice Correa.

De los 440 inscritos, casi el 50% de ellos entra con gratuidad. Correa asegura que esto no fue planeado ni algo que se tuviera previsto, pero que demuestra la necesidad que existía de creación de universidades estatales que estuvieran fuera de Santiago. “En nuestra región, el 50% de los estudiantes viene de colegios municipales, y nosotros tenemos un porcentaje muy alto respecto del resto del país de estudiantes que vienen de entornos más vulnerables”. Es por esto que han decidido que si bien las clases comienzan formalmente el 13 de marzo, una semana antes se convocará a los alumnos para realizar pruebas de diagnóstico y nivelación, para suplir carencias con las que puedan venir.

“La responsabilidad que yo siento es frente a los alumnos. Hace más de 50 años que no se creaba una universidad estatal de este nivel”, dice el rector.

Cuando se abre la página web de la universidad, hay una invitación a ver las imágenes virtuales de cómo va a ser el campus. En ellas, el café de las salas modulares contrasta con un verde pasto, hay casilleros de colores brillantes y el edificio principal casi parece cubierto de un mármol azulado, mientras que rectángulos amarillos rompen la monotonía de la estructura y otorgan calidez a la fachada. Las salas son amplias, los pasillos blancos, limpios. Un alumno lee en un pequeño muro de piedra y un pasto perfectamente cortado.

Pero hoy a los modulares los rodea un suelo de piedras y tierra dura. Los pasillos no tienen pinturas y las salas están vacías. La fachada del edificio pareciera haber visto décadas sin cuidados. No hay nadie sentado en el pequeño muro de piedra, que se ve gris y opaco. Un poco más de un mes le queda a la Universidad de O’Higgins para pasar de la realidad virtual a la realidad material.


Nueva sede en Coyhaique cuadruplica costo de arriendo de ex colegio Shadai

Las autoridades de la Universidad de Aysén esperan cerrar antes de que parta el año académico la controversia entre el plantel y los controladores del colegio Shadai de Coyhaique.

La sede estaba destinada a albergar a los estudiantes de esa casa de estudios hasta la destitución de la ex rectora Roxana Pey, quien debió dejar el cargo a mediados de 2016. En su reemplazo la nueva rectora, María Teresa Marshall, decidió iniciar un proceso de negociación para dar término al contrato de arriendo estipulado por 12 meses y que significaría un costo cercano a los $6 millones mensuales para el Estado, sin hacer uso de las instalaciones.

A la espera de cerrar el tema, las nuevas dependencias de la Universidad de Aysén, ubicadas en el ex hotel de calle Obispo Vielmo, cuadruplican el gasto que significó el alquiler del Shadai. Según los contratos de arriendo, el fisco deberá pagar 820 Unidades de Fomento (unos $20 millones de pesos) por el uso de las instalaciones. La diferencia de precios se explicaría por las remodelaciones que realizó el empresario salmonero Claudio Fischer, dueño del edificio, ubicado a tres cuadras del centro de la ciudad.

Conocedores de las negociaciones indican que la administración de Roxana Pey mantuvo contactos con el empresario, quien se habría mostrado entusiasmado de impulsar el desarrollo de una universidad en la región.

Pero el alto costo fue un factor determinante para que la ex rectora optara por buscar otro lugar. En su entorno comentan que Pey habría desestimado llegar a un acuerdo con Fischer debido a las reproches que podría haber despertado al arrendarle el inmueble, pues el empresario fue blanco de críticas durante el conflicto con los pescadores de Aysén en 2012.

Mientras el Consejo de Defensa del Estado (CDE) sigue en conversaciones con los dueños del colegio Shadai, la administración de María Teresa Marshall defiende haberse inclinado por el otrora hotel transformado hoy en el Campus Río Simpson.

“Estamos arrendando un lugar maravilloso que tiene parques, mucha luz, está totalmente remodelado. Todo el mundo que viene para acá dice que es el mejor lugar en Coyhaique”, señala la rectora Marshall, quien además dice que el precio “tiene correlación con los espacios físicos que se necesitan para la cantidad de alumnos”.

Universidad de Aysén: apuesta a que pizarrones, proyectores y sillas lleguen dentro del plazo
Coyhaique es una ciudad marcada por el viento. Los cerros que la rodean tienen sus laderas mostrando la roca desnuda y los árboles en sus faldas parecen estar ladeados. Es una ciudad que decanta al centro y caminar en cualquier dirección implica subir o bajar cuestas. Y una donde reina el silencio, y las nubes pasan rápido.

Llegando al Río Simpson, en una calle sin salida, se encuentra el recién inaugurado campus de la Universidad de Aysén. Es un edificio largo, de un piso, madera oscura y las ventanas con marcos blancos. Está rodeado de distintos tipos de árboles que esconden, desde el estacionamiento de piedra, buena parte de este ex hotel, que fue reacondicionado para funcionar como la primera universidad estatal de la región, que a partir de marzo recibirá a 92 alumnos repartidos entre las seis carreras que ofrece. La gran mayoría de ellos son de las localidades rurales cercanas a la ciudad y casi la mitad contará con el beneficio de la gratuidad.

Habitaciones de hotel, piscina y quincho

El interior está impecable. Las salas pintadas de blanco invierno huelen a pintura fresca y los pisos de madera flotante no tienen una mancha. Pero aún existen señas del anterior propósito del edificio. En la pared de una sala hay una chimenea y los grandes ventanales dan a un patio extenso donde se puede ver un quincho y una piscina vacía. En el pasillo principal hay un sacado en una esquina, donde antes funcionaba la recepción. Son tres habitaciones las que ahora serán ocupadas como salas de clases, lo que la rectora María Teresa Marshall reconoce que puede sonar a poco, pero asegura que no es un problema. “Uno se imagina que no bastan, porque existe un poco la cultura escolar, en que cada curso tiene una sala. Pero nosotros hicimos un estudio, antes de hacer el contrato de arriendo, para ver si podemos funcionar en tres salas y estamos seguros de eso”, explica. También hay espacios designados para la biblioteca, laboratorio de computación, salas de estudio y profesores.

Sin embargo, no hay sillas, mesas, pizarras ni proyectores. Tampoco libros en la biblioteca y ningún computador a la vista. De acuerdo a la rectora, esto se debe a que todo el mobiliario está comprado, pero aún no ha sido entregado y el trayecto de los camiones para realizar el despacho no es sencillo: deben llegar hasta Puerto Montt, desde donde pasan en un barco hasta el puerto de Chacabuco y de ahí reanudar el trayecto terrestre hasta la ciudad. “Esto puede producir un desfase en los tiempos de entrega. No es como traerlos desde una bodega, pero todo va a estar a tiempo”, dice confiada.

Si bien las instalaciones están listas, aún quedan varias cosas pendientes para el correcto funcionamiento. Hay que sacar puertas de los pasillos, instalar una rampa en unos escalones, habilitar una terraza, definir un espacio para la cafetería y construirla, cercar la parte que lleva al río y la piscina, y pavimentar la entrada y el estacionamiento. Todas obras que la universidad deberá ver con la inmobiliaria dentro de este mes.

Además, hay un segundo edificio, oculto entre los pinos, que tiene sus ventanas y puertas selladas. Tiene casi la mitad del largo que el que está habilitado. Desde la rectoría explican que no se usará porque la inmobiliaria considera que no está apto para recibir personas y tampoco existen planes de reacondicionarlo.

Tres salas para 92 alumnos

A dos cuadras de la plaza de armas, en calle General Parra, se emplaza el edificio que albergó -hasta los primeros días de diciembre del año pasado- a los funcionarios administrativos de la U. de Aysén. Hoy se encuentra clausurado ya que presentaba daños estructurales, problemas de electricidad y agua potable y no tenía acceso para discapacitados. Por ello, se está afinando un acuerdo con el MOP para su renovación, que debería estar lista para finales de este año. “Cuando esté listo, la rectoría y la administración se instalarán en esa sede y convertiremos los espacios que actualmente ocupamos en nuevas salas y laboratorios de práctica”, asegura Marshall.

Es que el espacio es uno de los temas sensibles para la nueva casa de estudio. Tres salas para 92 alumnos serían en principio suficientes, pero el próximo año ese número se doblaría, y así exponencialmente. Además, cuentan con carreras que necesitan de laboratorios prácticos para ser impartidas, como Enfermería o Ingeniería Forestal. “Estamos conversando con la inmobiliaria y ellos están dispuestos a construir otro módulo en el cual poder instalar nuestros laboratorios”, dice Marshall. Pero eso no se cumpliría antes del cierre de este año académico, por lo que está vigente un convenio con la Universidad de Magallanes, que le permitirá utilizar sus instalaciones, que quedan a dos cuadras del campus.

Ximena Paredes, profesora de la carrera de Obstetricia y Enfermería, dice que al menos durante este año pueden funcionar con ese arreglo, ya que las clases prácticas para los estudiantes de primer año no son tantas. “Hay cosas que, cuando lleguen los alumnos, vamos a ver que quizá van a estar pendientes. Por ejemplo, la cantidad de alumnos por sala, ya que tenemos cursos de plan común y tenerlos a todos juntos puede ser dificultoso al principio”, explica. Las tres salas que tienen habilitadas en este minuto son de dos tamaños: la grande permite que entren alrededor de 35 alumnos y las dos más chicas, una quincena cada una.

La única carrera en la cual sobraron cupos fue en Ingeniería Forestal. Carlos Zamorano, profesor de la Facultad de Ciencias Naturales, dice que esto se debe a que existe una imagen incorrecta acerca del trabajo de los ingenieros forestales. “La gente piensa que es una carrera que trabaja exclusivamente con la industria forestal, pero tiene un campo de acción mucho más amplio y que se cruza con agronomía o conservación de medio ambiente”. Asegura que una de las grandes deudas que tiene el gremio es corregir esa percepción, sobre todo ahora que, producto de los incendios que afectan la zona centro sur, el manejo de las plantaciones ha cobrado nueva importancia.

Vida útil del campus: cinco años

El campus de Río Simpson tiene una vida útil de cinco años, por lo que ya se están realizando planes para la construcción de una sede final, que quedaría más alejada de la ciudad, en la carretera que lleva a Argentina. Estará ubicada en el sector conocido por los coyhaiquinos como “Escuela Agrícola”, en un predio de 20 hectáreas. “Esta es una inversión mayor, por lo que hay que realizar todo un procedimiento desde el Ministerio de Desarrollo Social. Materialmente se va a empezar a ver ahí una construcción desde el próximo año”, dice Marshall. Más arriba, al otro lado del camino, está la sede Patagonia de la Universidad Austral, que es un edificio rectangular de tres pisos y su frontis es un gran ventanal que mira la pendiente que lleva al río. Los planes son que, cuando se termine la sede, el sector se convierta en el barrio universitario de Coyhaique.

La apuesta educacional

La calle Obispo Vielmo, donde se ubica el campus, conecta con Magallanes, que es una de las principales arterias de la ciudad. Tiene dos vías que funcionan en doble sentido y que conectan el centro de la ciudad con el Hospital Regional de Aysén. Es por esto que para el municipio el inicio del año académico plantea un desafío, puesto que en el sector se podría generar una congestión vehicular considerable. “Nosotros estamos estudiando el posible comportamiento, sobre todo en lo que respecta a los estacionamientos, porque estamos conscientes de que esto va a significar un aumento de autos en el sector”, explica Naisha Laibe, directora de tránsito de la Municipalidad de Coyhaique.

El barrio que rodea a la universidad es principalmente residencial. Manuel Badilla, quien atiende el Patán Market, una botillería y mercado ubicado a media cuadra de la universidad, cree que los estudiantes podrían significar un aumento en las ventas y tránsito de la zona, pero no tan significativa, porque ya es bastante concurrida.

En tanto, para Margarita Bahamondes, directora del colegio Altos del Mackay, uno de los liceos bicentenario de la región, “que se abra la universidad es realmente importante para nosotros y estamos muy alegres de que se haga. Es una gran oportunidad para Coyhaique y estamos ansiosos de trabajar con ellos en todos los proyectos que beneficien a nuestra ciudad”. Bahamondes explica que ellos cuentan con una alta tasa de vulnerabilidad y una de las grandes limitantes que enfrentan sus estudiantes son los costos de tener que salir de la región para estudiar, lo que deja a muchos sin acceso a la educación superior.

“Nosotros hemos dado cuenta de los problemas de la región, tanto por medio del trabajo con profesionales del área como por consultas ciudadanas”, dice Pastor Cea, docente de la carrera de Trabajo Social de la U. de Aysén. Explica que uno de los objetivos que se han planteado es que la universidad no sea solo un centro de estudios, sino que tenga la capacidad de aportar a la región. Para eso han sido orientados por las universidades de Chile y Alberto Hurtado.

A poco más de un mes que se dé inicio a las clases, el campus se mantiene en un silencio casi absoluto, que ni la presencia del Casino Dreams, que queda en la misma calle, logra perturbar. Y a algo más de un mes de que lleguen los alumnos, las salas se mantienen vacías y la gran apuesta de este gobierno por crear la primera universidad estatal en la región está cerca de revelar sus cartas. Tanto las autoridades como docentes apuestan a tener una apertura limpia y jugarse todas sus fichas para que el proyecto tenga éxito.

 

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